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Este libro estudia la novelística colombiana
contemporánea y busca fijar pautas que permitan un acercamiento
crítico.
Existen muchos trabajos sobre la novela de nuestro
país, casi todos orientados hacia el pasado, en especial
hacia las obras de Isaacs, Rivera y García Márquez.
Considero, sin embargo, que el mayor vacío crítico
se relaciona con lo actual, es decir, con la producción posterior
a Cien años de soledad (1967) y, más concretamente,
con la novela de los ochentas. Además, la proliferación
de obras ha sido tan abundante -véase Bibliografía-
y los instrumentos críticos tan variados, que el panorama
general es hoy confuso. La división por regiones, el costumbrismo
o las vanguardias, las generaciones, la violencia, el realismo mágico
y otras varias categorías que fueron de utilidad en el pasado,
son ahora inadecuadas o caducas para comprender los actuales desarrollos
y lograr una comprensión global del fenómeno. Este
estudio, como se verá más adelante, pretende subsanar
estas deficiencias.He evitado señalar únicamente 'las
obras más importantes". Esta categoría, me parece,
puede confundir y entorpecer una apreciación global. Cada
novela ofrece múltiples interpretaciones, y los juicios de
valor dependen muchas veces de lo que cada lector busque, es decir,
de la perspectiva que asuma para su experiencia estética
o analítica. Del mito a la posmodernidad: la novela colombiana
de finales del siglo XX señala, más bien, las tendencias
posgarciamarquianas, cada vez más alejadas de las concepciones
míticas y más acordes con lo que sé ha denominado
la posmodernidad.
Aunque la mayoría de las obras
seleccionadas han sido publicadas a partir de 1980, esto no significa
que tal año marque un cambio en nuestra tradición.
No. Esta fecha, en sí misma, no tiene ningún significado
para este proyecto. Obedece simplemente a que, en mi concepto, hay
algunos trabajos parciales sobre textos específicos que más
adelante citaré, pero no existe una visión general
que cubra las actuales producciones.1
En algunos casos, corno el del Capítulo 3 sobre la tradición
positivista y la novela de Antioquia y Caldas, he incluido análisis
de obras de años anteriores para sustentar mejor mis planteamientos.
Las últimas décadas han traído
nuevos órdenes en Colombia: la violencia de los años
cincuentas y sesentas, el Frente Nacional y sus secuelas de democracia
restringida, el intenso proceso de urbanización y la aparición
del lumpen citadino, el sindicalismo y otras formas de conciencia
popular, la mejora de algunos indicadores económicos, la
concentración del poder financiero, el avance de la alfabetización
y de las universidades, la presencia abundante de escritores y artistas
de clase media y baja y también de origen rural, el adelanto
de la tecnología y el mayor cubrimiento de los medios de
comunicación, el crecimiento de la industria editorial, amén
de otras novedades como el narcotráfico, el refinamiento
y cubrimiento nacional de la violencia y, sobre todo, el creciente
sentimiento de desconcierto e insensibilidad social. La anterior
enumeración, parcial y caótica, sólo pretende
sugerir que, si bien es posible enunciar los cambios sufridos en
el país, no lo es tanto comprender y analizar lo que tales
cambios han traído a la literatura2
En todo caso, de lo anterior se desprende una evidencia:
Colombia ha entrado de lleno a la gran corriente de la modernidad,
pero no en forma homogénea. Subsisten, a la par con los más
novedosos desarrollos, reductos tradicionales de antigua data. En
este variado mosaico nuestra novelística en ocasiones anhela
recrear, histórica o ficticiamente, una mitología
de los orígenes; en otras define una identidad regional o,
por el contrario, se pierde en el laberinto de la ciudad moderna.
Refleja las preocupaciones más íntimas de la modernidad
y participa en diálogos que la sociedad occidental ha planteado
sobre la creatividad intelectual de la mujer, sobre la utopía,
o sobre el final mismo de la modernidad. Existe la novela folletinesca
orientada a vender libros y a divertir, que no problematiza la comprensión
del mundo, o, también, la de intensa experimentación
formal que busca nuevos lenguajes o formas de significar y se constituye
en categoría separada. En nuestro país subsisten y
cohabitan todas, y en su conjunto son testimonio abrumador de la
vitalidad de nuestra literatura.
Siguiendo la línea que parte del mito primitivo,
pasa por el urbanismo y se orienta hacia el final de la modernidad,
utilizo las siguientes ocho categorías de análisis,
aclarando de antemano que he preferido extenderme en el estudio
intrínseco de los textos y no en el de las biografías
de los autores u otras consideraciones externas:
- La costa Atlántica y su
caudal de mitologías; a partir del mito y la oralidad y
la transición hacia una sociedad moderna.
- Antioquia y Caldas, tradición
y deslinde; la mentalidad positivista de la región y su
enfrentamiento al modernismo y al grecolatinismo.
- De la arcadia a la neurosis; la configuración
de una novelística urbana. En este capítulo he utilizado
seis subcategorías: I) el éxodo del campo a la ciudad;
II) el desarraigo de los recién llegados;III) las distintas
formas de asumir la condición urbana; IV) el efecto de
la inmigración en los antiguos habitantes; V) la estética
de la fealdad; VI) otra vez el éxodo, el personaje nuevamente
emigra y recuerda su ciudad desde el exilio.
- La utopía, también novelas
sobre las utopías negativas o antiutopías.
- La solemnidad burlada; la sátira
en la novela.
- La estructura abismal; obras de profunda
experimentación en la forma.
- La historia en la literatura; novelas de claro corte histórico.
- El mito de la página blanca
y el Orbis terrarum como nuevo ecumene del escritor.
Este trasciende los límites de su terruño y asume
un cosmopolitismo moderno.
En el caso que una novela pertenezca a varias categorías,
adelantaré su análisis dentro de la más pertinente,
y la citaré en otros capítulos.
Este estudio debe entenderse como un aporte modesto
al esfuerzo conjunto de muchos investigadores contemporáneos
empeñados en erradicar ancestrales complejos de inferioridad,
y en presentar una visión optimista y renovada de la literatura
nacional.
En efecto, hace pocas décadas los estudiosos
de nuestra cultura todavía se preguntaban: ¿Existe una literatura
nacional en Colombia? La respuesta generalmente era negativa sobre
la base de caracterizar a Colombia como una nación adolescente,
sin autonomía de conciencia, ni libertad de criterio, ni
madurez de pensamiento. Se pensaba que primero tenía que
"cuajar la razón en moldes de estabilidad específica"
para que surgiera la plenitud social. En Colombia, se decía,
nada se crea, todo se imita; todo cuanto producimos en el orden
artístico lleva ya la marca de otro dueño y recuerda
a autores extranjeros. La madurez llegaría con el tiempo
y sería cuestión de siglos.
De otro lado, los mismos críticos
consideraban que con excepción de algunos valores cimeros
(Isaacs, Silva, Rivera), nuestra literatura en general era provinciana,
de "celebridades de familia", sin contacto con las corrientes internacionales.3
Simultáneamente, se le negaba autenticidad por llevar el
sello de lo extranjero, y se la acusaba de falta de contacto con
otras culturas.
En todo caso, el mito de nuestra "minoría de
edad' ha prevalecido por siglos, y tuvo sus orígenes, me
parece, en aquella polémica que sacudió a España
e Italia a principios del siglo XVI. Mientras Juan Ginés
de Sepúlveda, en su libro De justis belli causis apud indios,
basado en la teoría aristotéhca de que existen por
desigrúo natural 'hombres-siervos", y en la definición
tomista de "los infieles de primera clase", defendía el derecho
de los españoles a esclavizar e inclusive exterminar a los
indígenas, los padres dominicos Bartolomé de las Casas
y Antonio Montesinos asumían la defensa de éstos con
sermones y escritos polémicos, que tuvieron cierto eco en
las famosas Leyes de Burgos de 1512 y en la encíclica Sublimis
Deus del papa Paulo III, en 1537.
Pero esto no fue suficiente para erradicar el prejuicio.
La idea de la supuesta inferioridad siguió gravitando en
la mente de muchos, y fue difundida por hombres como Hegel, Tocqueville
y Keyserling. Hegel, como es sabido,, aplicaba,el calificativo de
"niños' a los americanos.
Hablar en historia de mayoría o minoría
de edad, de adolescencia o senectud, implica retomar el mito aristotélico
del vitalismo, de que los pueblos, como las plantas o los animales,
nacen, crecen, se reproducen y mueren; concepción que llevada
a sus extremos condujo el pensamiento occidental al esquematismo
de Oswald Spengler en su Decadencia de Occidente y a las simplezas
metodológicas que la teoría de las generaciones de
Ortega y Casset ha propiciado.
El caso de Ortega es significativo:
en su ensayo Meditación del pueblo joven, sustenta, en pleno
siglo XX, una tesis parecida a la de Ginés de Sepúlveda,
puesto que afirma que los indígenas que poblaban las tierras
americanas eran tan inferiores por su cultura a los colonizadores,
que era como si no existiesen, o como si fuesen para ellos meros
objetos utilizables (... ) La vida aquí tiene otra edad que
en Europa, y es, quieran ustedes o no, hagan lo que hagan contra
ello, una vida adolescente4
Desde otra perspectiva se ha dicho
con frecuencia que las letras americanas, hasta el modernismo, fueron
apenas un capítulo, un apéndice de las tendencias
europeas. Según Leopoldo Zea, la historia española
seguía su marcha en América corno una nota al margen,
porque la metrópoli se empenó en recrear en sus colonias
una Espana cristiana, y lo logró en gran medida. En oposición
a las corrientes científicas del resto de Europa, que se
basaban en la observación y la experimentación para
explicar los fenómenos naturales y para conocer la realidad
circundante, Espana y sus colonias se aferraron a la escolástica
y a la doctrina revelada, ya que, según se creía,
no podía existir ninguna experiencia que fuera contraria
a la revelación5
Ya Sarmiento, en el siglo XIX, había propuesto
" la desespanolización" de América, convencido
de que la tradición hispana era una camisa de fuerza que
impedía la entrada del continente a la gran corriente del
positivismo anglosajón, base, según él, de
todo progreso, por lo que proponía a los Estados Unidos como
modelo de desarrollo.
Para lograr tal desespanolización
fue necesario esperar hasta finales del siglo: en 1888, Juan Valera,
en una conocida carta a Rubén Darío, destacaba que
las influencias universales habían sido bien asimiladas en
su poesía, lo que implicaba un aporte original6.
No todos estuvieron de acuerdo con estas apreciaciones
sobre la originalidad de Darío; mientras el modernimos adquiría
fuerza arrolladora, ciertos críticos notaron en él
rasgos de exotismo, ocultismo, simbolismo, parnasianismo y esteticismo,
sobre la base de los cuales lanzaron las primeras acusaciones: los
modernistas eran evasivos, buscadores de espacios lejanos en la
geografía y el tiempo, y Darío no era el poeta de
América según expresión de José Enrique
Rodó7
Tales acusaciones, como veremos, eran apenas fruto
de la incompresión de los nuevos aires culturales que soplaban
por el continente. En otras palabras, la independencia que en lo
político se consiguió en casi todos los países
en las primeras décadas del siglo, no se logró en
lo literario sino hasta la llegada del modernismo, que en Cuba coincidió
con la misma independencia política.
El impulso renovador del modernismo es comparable
a la lucha que los 'modernos" tuvieron que sostener contra los "antiguos'
en el siglo XVI. Si la Edad Media había condenado las Novitates
en su afán de defender lo tradicional, el hombre renacentista
y barroco gustó de la idea de que omnia nova placet y pronto
Europa se vio sacudida por la batalla intelectual entre 'antiguos'
y 'modernos'. Surgieron así en el seno de la civilización
nuevas sensibilidades frente al mundo, que, paralelamente al empuje
económico, han invadido países y culturas, y cuyos
parámetros centrales serían la secularización
de la cultura, la visión científica de la vida, la
confianza en las posibilidades utilitarias de la tecnología,
el culto a la razón, al éxito y a la acción,
el temor a la ermanencia y a la obsolescencia, y la preocupación
por la productividad, es decir, la preeminencia del pragmatismo
y el progreso.
Dentro de esta forma de vida, el tiempo, que es objeto
de compraventa, ocupa lugar elevado, porque es la base de cálculo
del valor de cambio, aplicable a todas las cosas. Si en la Edad
Media el tiempo tenía un sentido religioso, la modernidad,
son el cronómetro, lo lleva a su valor y límite absolutos.
La modernidad estética es consecuencia y también
reacción frente a la modernidad social. Aunque el arte no
ha podido sustraerse a los efectos del mercado, Se ofrece frecuentemente
como protesta, como rechazo a la razón y al valor de cambio,
como anarquía, rebelión o exilio voluntario. El tiempo
para muchos artistas de la modernidad no tiene precio objetivo,
es una consideración metafísica. Para ellos, el arte
es forma espiritual antes que material; valor sujetivo antes que
económico; desgaste, viaje hacia la muerte
antes que productividad.
Surgieron entonces el surrealismo
y las vanguardias, y al desintegrarse la forma8,
el arte asumió su principal característica: el pluralismo;
un pluralismo en el que todas las escuelas, modas o tendencias son
válidas y cohabitan en el mismo espacio, y en el que todas
las propuestas tienen sus epígonos.9
Con este telón de fondo, el modernismo significó
para Latinoamérica su ingreso pleno a la gran corriente de
la modernidad.
El concepto de posmodernidad, por
su parte, es rico en significados. En primer lugar, alude a ciertos
desarrollos filosóficos basados en una interpretación
pesimista de la obra de Nietzsche. El hombre ha abandonado su centro
para dirigirse a "x', ha perdido a sus dioses y ha llegado a un
estado de soledad extrema. Se habla entonces del "fin de la historia',
de 'posontología" o 'posmetafisica" como formas de pensamiento
que pretenden sustraerse a la lógica de la modernidad y por
lo tanto al "progreso"10
. Posmodenidad alude también a un profundo sentimiento de
fracaso y desolación. Por primera vez en la historia de la
humanidad, el hombre es consciente de su inmenso poder destructivo;
poder que ejercita y acrecienta diariamente. Hechos como el debilitamiento
de la capa de ozono, que ha comenzado a modificar
el equilibrio ecológico mundial, o el uso de la energía
atómica con fines militares, son situaciones nuevas que generan
un pesimismo agudo y generalizado11.
En cuanto a lo específicamente literario, los novelistas
de la posmodernidad, al estar inmersos en el cosmopolitismo, tanto
en sus vidas como en su ideología, y al recibir el influjo
de las nuevas corrientes, son los que más alejados están
de lo tradicional y lo regional, del mito y la oralidad.
Por lo tanto, sus textos son más especulativos
y teóricos, más orientados hacia los juegos de lenguaje
y a las estructuras complejas, y buscan menos el realismo objetivo
y la mimesis social.
Utilizan frecuentemente juegos y paradojas, y hacen
extenso uso de la autoconciencia narrativa. Otras características
de la novela de la posmodenidad consisten en que en sus textos no
se evidencia un narrador único en el que pueda apoyarse el
lector, ni se presenta un discurso autorizado o una figura hacia
la que el lector pueda orientarse en busca de una verdad objetiva
dentro de la ficción. Frecuentemente carece de un
mediatizador que organice el discurso.
El concepto de posmodernismo no es
necesariamente un concepto cronológico. Al igual que
lo moderno coexiste en nuestro país con lo tradicional y
lo mitológico, también coexisten la modernidad y la
posmodernidad12. No siempre
es fácil diferenciar entre la modernidad y la posmodernidad,
y para muchos ésta es simplemente una derivación de
aquélla. Generalmente se consideran novelas modernas las
de García Márquez, Cepeda Samudio, Rojas Herazo, entre
otros elementos, por el uso de técnicas aprendidas de escritores
como Joyce, Woolf, Faulkner. Cuando se extrema el uso de tales técnicas,
o se utiliza extensamente la autoconciencia narrativa, los juegos
de lenguaje o los temas apocalípticos, estamos frente a la
novela posmoderna. En este estudio se analizarán algunas
obras colombianas posmodernas en los capítulos 4, 6 y 8.
Hoy, después de tantas décadas, subsisten
en Colombia reductos aún impregnados de los viejos complejos
de inferioridad, pero se impone cada vez más una perspectiva
sobre nuestro pasado cultural que busca colocarlo a la altura de
su verdadera dimensión.
En nuestro país algunos han
emprendido la revalorización de nuestra literatura finisecular,
tradicionalmente considerada 'insignificante' en el panorama de
nuestra cultura13 mientras
otros defienden a los poetas del modernismo contra
la acusación de que fueron europeístas serviles, afirmando
que más bien fueron 'los primeros y más grandes
desmítificadores de nuestra cultura".14
Rafael Gutiérrez Girardot,
por su parte, se ha propuesto situar las letras hispánicas
de fin del siglo XIX en el contexto europeo. Afirma que "nuestro
siglo XIX (en literatura) es bastante más rico que
el español y tan interesante, por lo menos, como el
italiano' 15 Además,
expone y analiza la conocida tesis de Federico de Onis, según
la cual, el modernismo es la forma hispánica de la crisis
universal de las letras y del espíritu, que inicia, hacia
1885, la disolución del siglo XIX, y que se había
manifestado en el arte, la ciencia, la religión y la política
y gradualrnente en los demás aspectos de la vida, con todas
las características de un hondo cambio histórico.
Dos ideas le sirven de eje argurnental: el de la extranjerización,
que conlleva la imagen de literatura universal (Weltliteratur,
concepto introducido por Goethe) o, si se quiere, de universalización
de la literatura, que va parejo con la unificación del mundo.
Y el de la secularización de la cultura y su consecuente
destrucción de las mitologías tradicionales que la
sustentaban. Si consuetudinariamente el mundo se explicó
a partir de la religión o el mito, la modernidad implicaría
una visión del mundo cada vez más centrada en la ciencia
y la tecnología. Estos fenómenos de la civilización
occidental no fueron 'copiados' por la cultura hispanoamericana
(incluida España) sino que tuvieron evolución paralela,
con características propias bien definidas. La conclusión
de Gutiérrez Girardot es que con el modernismo,
la mentalidad hispánica se había abierto al mundo,
había asimilado el pensamiento y la literatura europeos del
siglo XIX, se había puesto, en ocasiones, a su altura y había
perfilado su especificidad. Los países de lengua española
ya no deberían considerarse zonas marginadas de la literatura
mundial16
En conclusión, a partir del modernismo, quizás
ya desde la segunda mitad del siglo XIX, se desarrolló
en Latinoamérica una nueva sensibilidad para observar lo
propio, distinta a la de la cultura española, que comenzó
en ciertas élites intelectuales y burguesas y que, por influencia
del positivismo o reacción a él, generó el
modernismo. Fue la Regada de la modernidad a Latinoamérica
y significó su apertura al mundo (y que coincidió
con la llegada de la modernidad a España-Generación
del 98). Así se inauguró su participación en
el diálogo universal de la cultura, para lo cual tuvo primero
que aprender y dominar un lenguaje y, luego, al usarlo creativamente,
transformarlo: no en vano afirma Octavio Paz que el modernismo sacudió
las bases mismas del idioma en forma tan radical como lo hicieron
Garcilaso y los italianizantes en el siglo XVI17.
El boom fue otro de los momentos cumbres de nuestra
participación en el diálogo cultural. Angel Rama lo
sitúa entre 1960 y 1972 y estudia los diversos efectos que
tuvo en las letras del continente. Se trató, en primer lugar,
de un fenómeno de mercado y de difusión de la obra
de algunos novelistas. Quizá por la (en aquel entonces) reciente
Revolución Cubana y su impacto en la conciencia de los intelectuales
europeos, el interés por nuestra narrativa creció
a niveles nunca antes alcanzados. Florecieron las
traducciones y, en medio de la confusión y del oportunismo
de las editoriales, los escritores se profesionalizaron haciéndose
menos bohemios y más disciplinados, menos sujetos a la inspiración
y más dados a la investigación y al estudio. Julio
Cortázar habló de "toma de conciencia del pueblo latinoamericano".
Cobró fuerza la indagación sobre nuestra identidad,
sobre la 'desalineación ideológica', y creció
el interés por el estudio de nuestra propia cultura18.
Empero, la consecuencia más importante fue
que de un solo tajo se contestó aquella pregunta de la generación
anterior, y se contestó con una afirmación contundente.
Sí hay literaturas nacionales en Latinoamérica con
características e inquietudes propias, aun cuando 'nuestra
raza no hubiera- (todavía) cuajado en moldes de estabilidad
específica" como pretendía el maestro Rafael
Maya.
Más aún: no sólo
somos conscientes de que sí existe una literatura nacional,
sino que ya sabemos que ha existido desde siempre. Unos pocos ejemplos
bastan para mostrar el desconocimiento que nuestros antecesores
tuvieron de nuestra herencia cultural: Antonio Curcio Altamar, a
pesar de ser talvez el investigador más serio y a quien debemos
la bibliografía más completa sobre la novela en Colombia,
afirma que hubo una "absoluta inexistencia de obras de ficción
en el Nuevo Reino de Granada"19
. Sólo se necesitaron algunos anos para que otro investigador,
el,profesor Héctor Orjuela, descubriera y editara "la
primera novela latinoamericana" escrita en Santa Fe posiblemente
en 1647, por Pedro de Solís y Valenzuela, y denunciara la
existencia de otros manuscritos de obras de ficción de la
época colonial en archivos y colecciones privadas a la espera
de editores20
Orjuela, además, ha estudiado y editado
el mito indígena amazónizo Yurupari, apenas comparable
en su importancia al popol Vuh, y ha llamado la atención
sobre los elementos novelescos de la oralidad indígena, que
sólo en fecha reciente han comenzado a cobrar importancia
en el panorama de nuestra cultura.
En la década del 80 Colombia
se ha convertido en importante productor y explotador de libros,
pero es evidente que la difusión masiva de nuestra literatura
en el exterior, con excepción de las obras de García
Márquez, se mantiene en niveles modestos. Esta paradoja podría
explicarse, por lo menos en parte, por la actitud de cierto sector
de la crítica extranjera que alimenta una noción exótica
de la ficción latinoamericana, englobánsola dentro
del concepto de realismo mágico y reduciéndola a algo
puramente folclórico. De hecho, la imagen que muchos europeos
tienen todavía de Latinoamérica es la misma que tenían
en el siglo XVIII , la de un continente exótico y violento21;
imagen que permanece gracias a los esfuerzos de la mala prensa,
y de muchos escritores sensacionalistas que han guasipunguiado"
(el término es de R.H. Moreno-Durán) nuestra realidad,
apelando a elementos grotescos y truculentos para conmover a lectores
fáciles. Por fortuna, otro sector, con más seriedad,
está desarrollando una labor no periodística sino
crítica, académica y erudita, para revaluar completamente
nuestra historiografía literaria. Hacia este objetivo se
orienta nuestro empeno.
Análisis específicos de algunas obras,
incluidos en este libro, ya han aparecido en periódicos y
revistas desde 1985. Debo aclarar que tales textos han sido totalmente
reescritos a la luz de nuevas lecturas, de discusiones en clase
o de diálogos con autores.
Finalmente, quisiera agradecer a mis estudiantes del
Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad del Rosario,
y a los de los seminarios de posgrado en literatura de la Universidad
Javeriana de Bogotá, con quienes durante varios anos he mantenido
un diálogo enriquecedor sobre estos temas.
1. Para el estudio global de la
novela anterior a 1980 son útiles, entre otros, los siguientes textos:
Antonio Curcio Altamar, Evolución de la novela en Colombia, Bogotá,
Instituto Colornbiano de Cultura, 1975; Seyrnour Menton, La novela
colombiana: planetas y satélites, Bogotá, Plaza y janés, 1978; Raymond
L. Williams, Una década de la novela colombiana: la experiencia
de los setenta, Bogotá, Plaza y janés' 1980; Ernesto Porras Collantes,
Bibliografía de la novela colombiana, Bogotá, instituto Caro y Cuevo,
1976.
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2. Para una discusión más amplia
sobre estos ternas véase Isaías Peña Guliérrez, La narrativa del
Frente Nacíonal, Bogotá, Universidad Central, 1982; Diógenes Fajardo,
'La narrativa colombiana de la última década: valoración y perspectivas'
en Revista Iberoamericana, No. 141, octubre-dicienibre, 1987; César
Valencia Solanilla, 'La novela colombiana contemporánea en la modernidad
literaria' y Ricardo Cano Gaviria, 'La novela colombiana después
de' Carcía Márquez', ambos en Manual de literatura colombiana, Bogotá,
Planeta, 1988; Francisco Sánchez Jirnénez, 'Críticas y Ficciones',
Gradiva, No. 2, Bogotá, julio-agosto, 1987; Eduardo Caramillo, "Alta
tra(d)ición de la narrativa colombiana -de los 80' en Boletín Cultura¡
y Bibilógrafico, Bogotá, Banco de la República, No. 15, 1988.
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3. Rafael Maya, '¿Existe una literatura
nacional?' en Obra crítica, Bogotá, Banco de la República, 1982,
Vol. 11, pp. 313 - 330.
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4. José Ortega y Gasset,Meditación
del pueblo joven, Madrid, Espasa Calpe,1964, pp. 100 y 104.
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5. Leopoldo Zea, América en la
historia, México, Fondo de la Cultura, 1957, p.91
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6. El énfasis es mío. Véase Juan
Valera, "Usted lo ha revuelto todo", carta a Rubén Darío del 22
de octubre de 1888, reproducida por "Magazín Dominical" de El Espectador,
3 de julio de 1988, pp. 7 a 10
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7. Ricardo Gullón, Direcciones
del modernismo, Madrid, Gredos, 1963, p.17.
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8. Erich Kahier, Desintegration
of Form in the Arts, New York, George Braziller, 1968
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9. Fernando Burgos, La novela
moderna hispanoamericana, Madrid, Orígenes, 1985. Incluye extensa
bibliografía sobre el modernismo y la modernidad
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10. Véase Gianni Vattimo, El fin
de la modernidad, nihilismo y hermenéutica en la cultura posmodema,
Barcelona, Editorial Gedisa, 1987. Véase también Wolfgang Janke,
Postontología, Bogotá, Pontíficia Universidad Javeriana, 1988 (traducción
y prólogo de Guillerrno Hoyos).
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11. Estos sentimientos han trascendido
a la literatura a través de las obras de autores como E.M. Cioran.
Véase de este autor en especial Breviario de podredumbre, Madrid,
Taurus, 1986.
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12. Sigo en parte las ideas de
Raymond L. Williams en su estudio inédito 'Narrating Colombia: Ideology
and Orality in the Colombian Novel 1844 - 1987".
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13. Véase Gilberto Cómez Ocampo,
Entre 'María' y 'La Vorágine', la literatura colombiana finisecular
1886 - 1903, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1988
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14. Hernando Valencia Coelkel,
'La mayoría de edad' en Ensayistas colombianos del siglo XX, Bogotá,
Jorge Eliécer Ruiz y Juan Gustavo Cobo, editores, Instituto Colombiano
de Cultura, 1976, p. 283.
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15. Entrevista con María Alicia
Paes Barreto, "Hay que acabar con el mito del realismo mágico' en
,Lecturas Dominicales', El Tiempo, 4 de marzo de 1979.
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16. Rafael Gutiérrez Girardot,
modernismo, supuestos históricos y culturales, Bogotá, Fondo de
Cultura, 1987. Véase también Rafael Humberto Moreno-Durán, De la
barbarie a la imaginación, Bogotá, Tercer Mundo, 1988
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17. Citado por Gullón, Direcciones
... op. cit. p. 111.
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18. Angel Rama, 'El boom
en perspectiva" en La novela latinoamericana 1920-1980, Bogotá,
Procultura, 1982.
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19. Antonio Curcio Altamar,
Evolución de la novela en Colombia, p.23
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20. Pedro de Solís y Valenzuela,
El desierto prodigioso y prodigio del desierto, edición y estudio
introductorio de Héctor H. Orjuela, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo,
1984.
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21. Véase la entrevista citada
de María Alicia Paes Barreto a Rafael Gutiérrez Girardot. "Hay que
acabar con el mito del realismo mágico".
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