Prólogo
No se espera de los críticos,
como de los poetas,
que nos ayuden a encontrar sentido a nuestra vida.
Les corresponde tan sólo intentar la hazaña menor
de hallar sentido a las formas con que intentamos
hallar sentido a nuestra vida.
Frank Kermode
Estos textos surgieron de la necesidad de comprender,
reflexionar y buscar sentido a las diversas tendencias que al calor
de la nueva sensibilidad participan del desarrollo de la narrativa
colombiana en los últimos lustros, cierran el siglo y anuncian
el nuevo milenio.
La tarea de lectura de cuentos y novelas se inició
a comienzos de los ochenta cuando una serie de obras publicadas
desde 1975 hasta 1996 demostraban, tomando determinada distancia
de las inquietudes propuestas en la narrativa del "boom" latinoamericano,
nuevas búsquedas conceptuales, temáticas y formales.
Durante estos años se logró constatar que nuestra
narrativa ha sido de rupturas y simultaneidades, continuidades y
alejamientos.
En primera instancia pueden reconocerse tres momentos
fundamentales, que según sus características respectivas
denominamos de transición, de ruptura y de fin de siglo.
El primer momento, o de transición, se identifica y define
con una generación de narradores que desde mediados de la
década del sesenta y contemporáneos a la obra de Gabriel
García Márquez exploraba, mediante escrituras novedosas,
la vida cotidiana en las ciudades, la condición humana, los
imaginarios urbanos, las diversas formas de representación
y las relaciones profundas entre la historia y la ficción.
Con ellos se demostró que lo urbano no es sólo un
tópico sino una concepción de mundo formalizada en
la escritura; lo social no es solamente un problema de clases sino
una complejidad sociológica y emocional; y lo histórico
no es sólo un tema sino un llamado a la reflexión
y al conocimiento del pasado y una postura ante el mundo.
Algunos de sus narradores más reconocidos son
Oscar Collazos, Darío Ruiz Gómez, Fanny Buitrago,
Nicolás Suescún, Gustavo Alvarez Gardeazábal,
Policarpo Varón y Germán Espinosa, contemporáneos
en el trabajo narrativo que entre los sesenta y nuestros días
realizan o realizaban Héctor Rojas Herazo, Manuel Zapata
Olivella, Alvaro Cepeda Samudio, Alvaro Mutis, Pedro Gómez
Valderrama y Manuel Mejía Vallejo. En ellos está presente
la vida de la comarca dispuesta a salir al mundo, la escritura de
la conciencia y la identidad socio-cultural y determinados temas
que demuestran la hibridación de nuestra cultura. La recepción
tuvo en cuenta además, por publicaciones del momento o más
tardías, a Rociío Vélez de Piedrahita, Flor
Romero, Helena Araújo, Marta Traba, Roberto Burgos Cantor,
Umberto Valverde, Alba Lucía Angel, Luis Fayad, Fernando
Cruz Kronfly, Milcíades Arévalo, arturo Alape, Jorge
Eliécer Pardo, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Hugo
Ruíz y Ramón Illán Bacca, la gran mayoría
con una obra en marcha. Algunos lectores han llamado la atención
sobre las propuestas de Andrés Caicedo y Antonio Caballero,
cuyas respectivas ficciones, el primero a fines de los setenta y
el segundo a mediados de los ochenta, aportan al conocimiento de
la crisis generacional y de una época convulsa y desgarrada.
Una determinada necesidad renovadora se produjo al
cerrar la década del setenta y durante los ochenta, evidenciando
un claro distanciamiento de los regionalista que perduraba en algunos
narradores del momento anterior. Al explorar más ampliamente
en los imaginarios de la ciudad, en la historia y en la potencialidad
de la escritura, se fortaleció la dinámica experimental.
En el regodeo con la palabra y sin perder de vista lo nacional,
lo urbano y lo contemporáneo, algunos autores orientaron
sus preocupaciones y sus temas hacia un discurso de sensibilidad
crítica y de formalización lúdica, dando lugar
a una narrativa de ruptura. Reconocidos como contestatarios, apelaron
a la ironía, al erotismo y a la irreverencia y cuestionaron
el status quo, conservando esta postura hasta la última década
de nuestro siglo, como puede constatarse en las obras de R.H. Moreno-Durán,
Rodrigo parra Sandoval y Fernando Vallejo. Un análisis de
la obra de Fanny Buitrago, Marvel Moreno, Marco Tulio Aguilera Garramuño,
Oscar Collazos y Germán Espinosa constata su paso de la transición
a la ruptura, y especialmente en el caso de los dos últimos
la relación profunda con la historia, la sensibilidad y el
pensamiento del pasado o del presente.
Simultáneamente y cercanos a la generación
de transición, otros narradores acentúan la visión
de cambio en el ámbito urbano, la conciencia en la proyección
de la nostalgia por un mundo mejor: Fernando Cruz Kronfly, Héctor
Sánchez y los citados Roberto Burgos Cantor y Gustavo Alvarez
Gardeazabal serían algunos de sus representantes. El afán
de reconquistar imaginarios culturales propios de mentalidades europeas
se evidencia en la narrativa de Ricardo Cano Gaviria, mientras en
otros más jóvenes se perfilan horizontes de marcado
cuño existencialista que favorece el tema del desarraigo
íntimo y la soledad social y existencial, como en las ficciones
de los narradores Tomás González, Evelio José
Rosero y Pedro Badrán Pedauí, entre otros. Estos dos
últimos participan también de las propuestas que definen
la narrativa de los noventa.
Un grupo de escritores, algunos nacidos a fines de
la década del cincuenta y sobre todos durante los sesenta,
conforma el momento que hemos llamado de fin de siglo, caracterizado
por una estética de retorno a modos narrativos convencionales,
cierto anacronismo escritural y la predilección por temas
del momento, la estridencia de lo inmediatista y banal, la violencia
urbana, los mecanismos policiacos y periodísticos y en algunos
casos el regreso al misterio y el suspenso. Se evidencia en la mayoría
de ellos una actitud ajena al sentido crítico y al carácter
experimental y contestatario de los anteriores pues, en términos
generales, buscan más bien recuperar el sentido lúdico
de la fábula y la narrativa como ejercicio de escritura del
mundo actual, Hijos de la crisis de valores, como los nacidos entre
finales de los 30 y 40 lo fueron de la violencia y "del estado de
sitio", no asumen de manera tajante el enjuiciamiento a la historia
y la cultura, el carácter testimonial, comprometido o de
búsqueda como aquellos, pues en sus narraciones el presente
se ajusta más a la truculencia y a la vivencia de vacío,
nutren su imaginación con literatura negra cuya dosis de
horror coincide con realidades inmediatas y en muchos casos se ajustan
a los requerimientos culturales del momento. El balance de estas
jóvenes narrativas demuestra el entrecuce de la cultura light
y la truculencia cotidiana: tribulaciones de la vida doméstica
y realidades problemáticas; historias psicológicas
y existenciales, en fin, desarrolladas entre los vericuetos de la
literatura policial, fantástica y el realismo sucio (Hugo
Chaparro Valderrama, Santiago Gamboa, Sonia Truque, Susana Henao
y Mario Mendoza), en la escritura que propone pensamiento o conceptualización
y descansa en la fábula sencilla o la anécdota convencional
(Philip Potdevin y Juan Carlos Botero), en la recreación
de historias clásicas o legendarias (Enrique Serrano), en
la conciencia profunda que exige una escritura intimista (Consuelo
Triviño, Colombia Truque, Carmen Cecilia Suárez y
Julio Paredes), en la cultura de masas que apela a la inmediatez
consumista y a la experiencia del vacio (Rafael Chaparro Madiedo
y Héctor Abad Faciolice) o en la literatura que enmascarada
en la frivolidad expresa imaginarios del presente y de nuestra cultura
(Laura Restrepo).
La proliferación de temas, problemas e intereses
literarios demuestra una literatura en movimiento, es decir, una
perspectiva caleidoscópica que puede ir más allá
de grupos generacionales: en uno se percibe que el tiempo narrativo
se detiene en el regodeo con la escritura y el placer de la palabra
por encima de la anécdota ("el mero placer de narrar"); en
otros se recrea la sensibilidad de la época con entretenidos
textos evasivos que legitiman modos propios de la cultura y el consumismo
light, el kitsch y los estereotipos marginales, "metafísicos"
y eróticos; otros continúan las relaciones entre la
ficción y los distintos sistemas de comunicación como
el periodismo investigativo y documental. Así mismo, se desarrollan
ampliamente la literatura infantil o de temas infantil o de temas
infantiles o juveniles, las escrituras femenina y/o feminista adquieren
representación en algunas narradoras consolidando la escritura
femenina como una sensibilidad y la feminista como una postura ideológica,
se retoman personajes pintorescos o legendarios (por ejemplo, con
cierto anacronismo regional, Juan Manuel Silva recrea al Conde de
Cuchicute o la Patasola), se conquista el biografismo en la narrativa
(Ricardo Cano Gaviria y Fernando Vallejo "revisitan" la época
y su sensibilidad, su leyenda y su concepción artística
o de mundo desde el retorno a escritores como Flaubert, Silva y
Barba Jacob) y al desentrañar la vida, la literatura o los
fundamentos culturales del biógrafo y del biografiado emparentan
la perspectiva de este final de siglo con la época del autor
"revivido". Imaginarios híbridos demuestran relaciones culturales
donde prevalecen aquellos propios de culturas orales que se renuevan
con la conciencia de la historia y la escritura, como puede ilustrarse
con la narrativa de Héctor Rojas Herazo, en la que la vivencia
moderna del desamparo y el sentimiento de vacío y pérdida
se superponen a la sensibilidad y los requerimientos de mentalidades
primigenías; o en la narrativa de Ramón Illán
Bacca en la que prima el festejo del mestizaje cultural, el carácter
lúdico que del carnaval en las calles pasa al del lenguaje
de sus ficciones.
Esta profusión demuestra que la narrativa de
finales de siglo está en plena ebullición, expresa
el abandono de los dioses y las profecías, le ha dado "su
adiós a Macondo" (incluyendo García Márquez),
intenta otras formas de expresión y comunicación lúdica
y estética y constata las nuevas maneras de violencia y agresión
emanadas de la cultura de las ciudades. El narrador ya no pregunta
quiénes somos y a dónde vamos sino afirma lo que somos
y dónde estamos.
Estas reflexiones son, pues, los acercamientos de
un lector que pretende, en un país de mala memoria, salvar
del olvido el controvertido hecho narrativo de fines del siglo veinte.
Muchos autores se leyeron y otros muchos quedaron por leer y reseñar;
la selección final de obras y narradores condujo a una antología
personal; un corpus temporal (de los sesenta a los noventa)y de
autores sirvió de fundamento para trazar un mapa y una perspectiva;
por eso este acercamiento no pretende ser totalizador ni categórico
(nada más difícil en el mundo actual). Las interpretaciones
fueron acompañadas e iluminadas por reflexiones de estudiosos
e investigadores que intentan dar luz sobre las manifestaciones
artísticas de este fin de milenio en distintos países.
Cada una de las partes tiene su justificación:
los dos primeros capítulos se proponen una tipología
y un análisis de la narrativa desarrollada entre los sesenta
y fines de los noventa, estudiando de manera global los temas y
los problemas que la articulan y la caracterizan. Los tres capítulos
siguientes buscan un acercamiento desde relaciones dialógicas:
literatura-historia, literatura-ciudad y literatura-escritura.
Al explorar temas y autores se amplía la reflexión
consignando la diversidad de procesos. Un último capítulo
cierra, a manera de conclusiones, para integrar líneas, perspectivas,
factores y formas que caracterizan la producción narrativa
de las últimas décadas. El resultado final es apenas
una invitación a reflexionar sobre el estado actual de la
literatura colombiana a partir de autores que consideramos representativos.
Un segundo tomo se ocuparía del análisis monográfico
de algunos de estos autores.
Parte de esta investigación fue inscrita en
el CINDEC de la Universidad Nacional, bajo el titulo "La novela
colombiana en vísperas de un nuevo siglo" y alimentó
asignaturas de la carrera de Literatura de la misma Universidad
y de la maestría en Literatura de la Universidad Javeriana
entre los años 1992 y 1996. Debo reconocer que sin la recepción
de los estudiantes y de algunos colegas, este trabajo no se hubiera
podido realizar. La solidaridad de mi esposo Carlos Jaramillo y
de mis hijos Juan carlos, Manolo y Susana fue estímulo constante.
A Selma Marken, editora del Centro Editorial Javeriano y al profesor
y editor Jean Paul Margot de la universidad del Valle, debo reconocer
también su apoyo permanente.
Algunos capítulos son revisiones y reestructuraciones
de aquellos que fueron parcialmente publicados entre 1985 y 1995
en diversas editoriales, como en las selecciones La novela colombiana
ante la crítica. 1975-1990 (1994) y Fin de siglo. Narrativa
colombiana (1995), en algunos números de revistas universitarias
y culturales como Cuadernos de Literatura y Universitas Humanistica
de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana;
Alegoria, de la Universidad Pedagógica Nacional de Tunja;
Historia y Cultura, de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad
de Cartagena; Terna y Variaciones de Literatura, de la Universidad
Autónoma Metropolitana (México); Revista de la Universidad
del Valle y Gaceta, de Colcultura.
Santafé de Bogotá,
marzo de 1998.
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