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Desearía comenzar leyendo dos párrafos de un artículo
aparecido hace quince días en las Lecturas Dominicales del
periódico El Tiempo. Con el título "Contra la
insolencia" y cuyo autor es el doctor ABEL NARANJO VILLEGAS.
Dice:
"Nuestro catolicismo... heredó todo el autoritarismo
y dogmatismo que la iglesia romana estableció como rompeolas
contra las guerras religiosas de los siglos XVI y XVII. Ortodoxia
y moralidad se homologaron hasta tan punto, que el Concilio Vaticano
II apenas está logrando disolver ese quiste para que el ecumenismo
logre reavivar un cristianismo petrificado en el catolicismo.
"Esta fundición de ortodoxia y moralidad, como estructura
de poder, tienen la imagen institucional de un demoteocratismo que
prescribe la intolerancia para el pensamiento y aceptación
de cualquier conducta".
Lo que me propongo hoy, de manera por lo demás muy aproximada,
es reflexionar alrededor del problema de por qué, desde los
orígenes mismos de nuestra historia y en razón de
la circunstancia a que alude el doctor ABEL NARANJO VILLEGAS en
la cita que acabo de leer, hemos sido educados más para la
intolerancia que para la tolerancia y de cómo en el comportamiento
del autoritario político, tan característico en nuestro
medio y contra el cual se ha venido haciendo un esfuerzo que hoy
en día refuerza este tipo de actos, muchas veces en vano,
se refleja un patrón de comportamiento que hunde sus raíces
en nuestro más remoto pasado: en la propia España,
que nos colonizó e impregnó nuestra idiosincracia.
Ahora bien, para comprenderlo, debemos ir a las raíces del
problema. Desde un principio el asunto de la tolerancia aparece
vinculado al de la religión. Cristo mismo podría ser
el mejor ejemplo, pues fue víctima de la intolerancia, no
de parte de las autoridades romanas que eran, como se sabe, bastante
tolerantes para con los múltiples cultos religiosos a lo
largo y ancho del imperio, sino por parte de los sumos sacerdotes
de la religión judaica, de los filisteos y los fariseos.
El estrecho vínculo que se puede establecer entre religión
y tolerancia -o entre religión e intolerancia- podría
explicarse a su vez por el nexo que desde siempre existió
entre la religión y la autoconservación. En efecto,
en último término es, fue y ha sido esta la preocupación
fundamental de aquella, y durante el largo período de desarrollo
de la humanidad histórica que precedió a la irrupción
de la modernidad, y con ella de la comprensión científica
secularizada del acontecer del mundo, tuvo a su cargo la religión
no solo la explicación del misterio o de los misterios que
enfrentaban los hombres, sino inclusive la intervención más
o menos efectiva en la problemática de su cotidianidad: la
vida y la muerte, el nacimiento, el crecimiento, la reproducción,
la enfermedad, el malestar. El malestar en y de la cultura -sobre
el cual reflexionara con extraordinaria lucidez uno de nuestros
grandes abuelos, SIGMUNF FREUD- cuyo "horizonte", como
afirmara NIETZCHE, ha sido la religión, en nuestro caso y
desde hace 2.000 años la religión cristiana.
Por cierto que el mismo NIETZSCHE afirmó en alguna ocasión,
exagerando, como lo hacía con frecuencia, que no había
existido en realidad sino un cristiano: el que murió en la
cruz, un asunto que de todas maneras valdría la pena considerar
en el contexto de lo que nos ocupa aquí, porque bien pronto
su prédica del amor dio paso justamente a la práctica
de la intolerancia. Ya en San Pablo, quien declaraba por ejemplo
todo el saber antiguo como no válido y como locura, incluyendo
a PLATON Y ARISTOTELES.
Ejemplo de intolerancia militante a partir de esta actitud es en
la temprana Edad Media San Agustín, obispo de Hipona, aunque
el mismo durante mucho tiempo viviera en la herejía maniquea.
La integración de la iglesia y el estado desde Constantino
-que después de perseguir a los cristianos pensó que
al convertir su religión en la oficial del imperio evitaría
su desintegración- contribuyó notablemente a polarizar
las actitudes hacia la intolerancia. Es con el "Constantinismo"
que se integra el destino de la religión al del estado ,
en contra de la prédica original de Jesús y del espíritu
evangélico. La intolerancia, tan característica de
la edad media y de la cual constituyen una prueba fehaciente y cruel
de las persecuciones contra las sectas; contra los cátaros
o albígenses, contra los valdenses, contra los franciscanos,
que pretendían justamente volver al espíritu tolerante
del Evangelio, a la religión del amor, es un testimonio evidente
de ese vínculo entre la iglesia y el poder secular del estado.
Pro ello, el tema de la tolerancia vuelve a aparecer propiamente
en esa "epoca de primavera" como denomina ERNEST BLOCH
al Renacimiento. La experiencia de la tolerancia corresponde a un
período de secularización de la cultura y de afirmación
universal de los valores humanos a través del Humanismo del
renacimiento. La burguesía, el tercer estado, que se había
venido gestando desde las postrimerías del siglo XI enfrentándose
al feudalismo, formula una teoría universal del hombre que
opone a la concepción estamentaria que aseguraba y legitimaba
la preeminencia de la nobleza feudal, afirmando ante la pretensión
particularista de la "nobilitas" la universalidad de la
"humanitas", la existencia de valores universalmente válidos
y por lo tanto de una cultura del hombre en cuanto hombre, el cual
debería realizar en esta tierra su proyecto.
Esta liberalidad se manifiesta también en forma de un extraordinario
sincretismo que permitía por ejemplo a Marcillo Ficino (uno
de los maestros de la Academia Platónica fundada por Cosme
de Medicis al mediar el siglo XV, traductor de toda la obra de PLATON
al latín y de muchos de sus diálogos al italiano)
en su calidad de canónigo iniciar sus prédicas en
el Duomo -la catedral de Florencia - con las palabras "amadísimos
hermanos en PLATON ". para luego pasar a explicar el Evangelio.
Esta primavera de la humanidad moderna, el Renacimiento, tiene
como ambiente natural la tolerancia, y la recuperación de
un profundo sentido de lo humano por la afirmación y proyección
de los ya mencionados valores humanos universales. Como lo han afirmado
RUGGIERO ROMANO y ALBERTO TENENTI en su obra Los fundamentos del
Mundo Moderno1, el Humanismo "había querido claramente
restablecer el equilibrio armónico de la criatura hasta entonces
metafísicamente escindida en materia y forma, y más
aún en alma y cuerpo", una reivindicación que
se había traducido en dirección a una explícita
toma de conciencia sobre el valor autónomo de las actividades
humanas, comenzando por la cultura y por sus manifestaciones. No
se afirmaba aún de manera directa la dignidad del hombre
en cuanto hombre, porque el mismo PICO DELLA MIRANDOLA (como FICINO
también profesor de la academia y uno de los maestros de
Lorenzo el Magnífico) afirma en su Oratio Pro Dignitate Homini
la divinización del hombre más que su dignidad en
cuanto tal.
Y sin embargo, de todas maneras los humanistas, para continuar
citando a ROMANO Y TENENTI, "mantuvieron una prolongada lucha
por la belleza y por la poesía, por una libertad cultural
que era fundamento y condición de la recuperada autonomía
del juicio individual", En realidad, como bien lo han demostrado
las conquistas del arte, "el anhelo de ideales en cierto modo
todavía supraterrenales no excluía en absoluto la
voluntad de hacer del hombre no solo un imitador en absoluto la
voluntad de hacer dl hombre no solo un imitador sino un heredero
original".
Surge así la idea del hombre como Homo Faber ("ontocreador",
para decirlo de una manera moderna). Un filósofo de una generación
subsiguiente a la de PICO, PIERTRO POMPONAZI), "no temió
demostrar en su Tractatus de Inmortalitate Animae, que según
la verdadera doctrina de ARISTOTELES, a la que estaba adscrita por
entonces una gran parte de loa teología, no solo la inmortalidad
del alma era indemostrable sino que el intelecto individual estaba
destinado a extinguirse con el cuerpo", como escribía
ya en el año de 1516. Con toda su inconsecuencia, con todas
sus contradicciones y a través de sus limitaciones, a través
de su carácter asistemático y fragmentario, de su
sincretismo, el pensamientoi renacentista expresaba en todo caso
la irrupción del individuo humano, en el cual encuentra su
centro la virtud "toda vez que solo gracias a él se
hace realidad la exigencia universal de obrar el bien", y cuando
el individuo lo ha querido y logrado "de ello se sigue, inseparadamente,
un sentido autónomo de felicidad que no debe esperar por
tanto de nadie, ni buscarlo en otro mundo".
En este contexto se debe ubicar también el esfuerzo de otro
precursor de la Modernidad y el ideal de la tolerancia. Erasmo de
Rotterdam, que vive del año 1466 al año 1536, un crítico
implacable de la decadencia de las costumbres de su época,
de la superstición, de la iglesia, y que por ello mismo plantea
también la recuperación de un sentido integral para
el individuo cuando publica en 1511 su Elogio de la Locura, texto
precursor de un moralismo laico que de algún modo, así
lo podemos considerar hoy, se anticipa a la Reforma y de ese modo
proyecta elementos de la primera etapa de la conciencia burguesa
en los tiempos modernos.
Mientras el Elogio de la Locura y algunos coloquios de ERASMO indican
que el camino a seguir es "la lucha de un elevado buen sentido
contra las exigencias exclusivas y contrastantes del alma y del
cuerpo, obras tratarán de alcanzar una conciliación
y un compromiso entre sus exigencias". Pero como comentan ROMANO
Y TENENTI, "la diosa Razón había hecho ya una
aparición sobre la tierra a la que poco después seguirían
otras".
Particularmente en relación con ERASMO resulta bien pertinente
recordar la cita del doctor ABEL NARANJO VILLEGAS con la que iniciábamos
esta intervención , porque en España aquel alcanzó
a tener un gran eco y otro hubiese sido el destino de ese país
y de los nuestros si se hubiesen seguido los consejos de Gattinara,
consejero del emperador Carlos V y discípulo de Erasmo, y
no se hubiese perseguido luego, como se lo hizo a lo largo del siglo
XVI, a los eramistas españoles.
También se debe recordar en este contexto, que por la misma
época de los humanistas florentinos a que se ha hecho alusión,
ya el preceptor del propio Papa Sixto IV le decía que quien
viviera correctamente y actuara según las leyes de la naturaleza
entraría en el cielo sin que importase a qué pueblo
perteneciera. Surgió con ello una actitud generosa, de una
gran amplitud, que reconocía en la religión natural,
en la práctica del bien y en la virtud moral la única
condición del ser cristiano, tal y como lo expresará
cien años más tarde MIGUEL DE MONTAIGNE.
De otra aparte, también debemos recordar de qué modo
algunos lustros después del aplastamiento del levantamiento
Husita, la primera revolución de masas campesinas en el centro
de Europa, que había tenido su origen en un acto de intolerancia
(la muerte en la hoguera de Juan Huss, rector de la Universidad
de Praga, por orden del Concilio de Constanza, en 1418), meditaba
el cardenal Nicolas de Cusa con un espíritu de fraternidad
cristiana sobre la posibilidad de una reunión no solo de
los rebeldes de Bohemia, de los campesinos husitas, sino de los
ortodoxos griegos, de los musulmanes e hindúes, en una religión
común que asegurase una "concordia universal" y
diera paso a una "paz religiosa perpetua". Resulta bien
significativo constatar de esta manera como aparece ya en el Cusano
esta noción de paz perpetua, que será el título
del célebre tratado que escribiera KANT tras la firma de
la Paz de Basilea -el primer triunfo diplomático de la Revolución
Francesa- en 1794.
ERASMO no ocultó nunca al principio sus simpatías
por LUTERO, a quien escribió en 1519 animándolo a
continuar en su empresa. Los enemigos de LUTERO también quisieron
vincular a ERASMO al origen del movimiento de la Reforma, porque
ya él había protestado en sus escritos contra los
abusos de la iglesia oficial, contra la intolerancia, contra las
persecuciones. Sin embargo, a este bien pronto le desilusionaron
los métodos violentos de los reformadores, aunque siempre
se opuso al empleo de la fuerza en contra del agustino. Interpretaba
la parábola evangélica de la cizaña que crecía
al lado del trigo en forma tolerante y decía:
"Los criados que quieren arrancar la mala hierba antes de tiempo
son aquellos que piensan que los falso apóstoles y los heresiarcas
debieran ser suprimidos por la espalda y por el castigo corporal,
pero el dueño de los campos, el señor Dios, no desea
su destrucción, sino por el contrario que sean tolerados,
que se enmienden y se conviertan de cizaña en trigo".
Y no es que ERASMO adoptase la nueva doctrina. Cuando en el año
1524 y mientras la Reforma ya había tomado pleno cuerpo,
sobre todo a través de los tres grandes escritos de LUTERO
tras la dieta de WORMS, publicó su panfleto De Liberum Arbitrium
(Sobre la voluntad libre, que contiene una polémica frontal
con LUTERO) ya era clara su profesión a favor de la iglesia
y ya había manifestado su temor y su pesar ante la escisión
de la cristiandad.
Como comenta HENRY KAMEN, autor de una obra clásica sobre
la inquisición española, "lo que citó
su actitud fue su falta de inclinación a aceptar coerciones
en asuntos de importancia secundaria". "En otras palabras,
su postura firmemente pacifista hizo que le fuera imposible aceptar
que debiera perseguirse a nadie por doctrinas que incluso no habían
sido definidas dogmáticamente"2. Y que tampoco exigía
ERASMO que lo fueran, pues muy consecuentemente con su actitud tolerante
consideraba que cuanto menos dogmas hubiese mayor probabilidad existiría
para que los cristianos convivieran con unas pocas verdades. Como
lo había dicho en una carta el arzobispo de Palermo un año
antes, "el compendio de nuestra religión es paz y unanimidad,
pero esto solo puede conseguirse cuando se define lo menos posible
y se deja libertad al juicio en muchas materias". Sobre todo
porque -agregaba- "existe una gran oscuridad en muchísimas
cuestiones..:". Era el momento en que todavía, como
sucederá con una generación de eramistas posterior
a la muerte del maestro, se albergaba aún la esperanza en
una reconciliación.
Por el mismo año de 1524 afirmaba que los luteranos tenían
siempre en los labios cinco palabras: Evangelio, Palabra de Dios,
Fé, Espíritu Santo. Y sin embargo, decía, "veo
a muchos comportarse de un modo que no puedo dudar que están
poseídos por el demonio", En 1526 increpó a LUTERO:
"Es esto lo que me aflige y conmigo a las mejores personas,
que con ese temperamento tuyo arrogante, imprudente y sedicioso,
estás agitando al mundo entero con una discordia ruinosa".
Ese mismo año escribía al Duque de Sajonia que no
era justo castigar con la hoguera un error, fuera de la clase que
fuera, a menos que estuviera vinculado a la seducción o a
cualquier otro delito que las leyes castigasen con la muerte.
Dos años más tarde se llegaría a un compromiso
político patrocinado por ERASMO que se anticipaba al principio
de la paz de Auburgo, el cual sin embargo instauró la intolerancia
al establecer que los súbditos del principe debían
adoptar su religión: Cuyus Regius Eius Religius. En realidad,
se dejó pasar por entonces una oportunidad para instaurar
efectivamente la religión de la tolerancia, el pacifismo
de Erasmo. Este tenía, como lo considera HUIZINGA -el gran
humanista flamenco de nuestro siglo- una tendencia a admitir el
libre albeldrío, una cierta inclinación racionalista
que se expresaba en su desagrado respecto a una concepción
dogmática y exclusiva administrada por la iglesia.
HUIZINGA llega a constatar cierta cercanía entre él
y los anabaptistas que dirigieron la guerra de los campesinos en
el 24 y encontraron en Thomas Munzer, como decía BLOCH con
el título de su segundo libro (1921), el "Teólogo
de la revolución". ERASMO afirmaba que los príncipes
conspiraban con el Papa contra la felicidad del pueblo, era conciente
de que practicaban la intolerancia.
Con su famoso panfleto Contra las Bandas de Campesinos Salteadores
y Asesinos en apoyo a la causa de los príncipes y en especial
al Margrave Felipe de Hessen, que los derrotó en la batalla
de Frankenhausen e impulsó la decapitación de Muntzer,
terminó la actitud tolerante de LUTERO, quien comprendió
que la Reforma había desencadenado una revolución
social y que la prédica del evangelio entre los sectores
oprimidos por la sociedad feudal y también por el incipiente
capitalismo renovaba el ideal milenarista que expresaron primero
los profetas de Zwickau y luego Munzer: instaurar el Reino de Dios
obre la tierra y predicar el evangelio para practicarlo, para realizarlo
efectivamente. Pero tal vez deberíamos volver al asunto que
nos ocupa, a la reflexión sobre nuestro destino y nuestro
proceso como nación y como cultura, considerando también
que el año entrante celebraremos los quinientos años
de América.
Recordaba que a partir de mediados del siglo XVI se persiguió
en España no solo a los luteranos -o "luterizantes",
como los "alumbrados" de Sevilla- sino también
a los eramistas, a los grandes discípulos que había
tenido ERASMO en España, entre quienes se contara un consejero
del emperador Carlos. Afirma el historiador británico J.H.
ELLIOT3 que para comprender la magnitud del conflicto en que se
encontraba la sociedad española a comienzos de la edad moderna
y la intensidad con la que la aristocracia y el alto clero se apertrecharon
en sus privilegios, se tiene que considerar esa circunstancia tan
peculiar de su historia como nación que acababa de concluir
la reconquista: en el año de 1492, unos meses antes de que
Colón llegara a Santo Domingo, había caído
el último baluarte de los moros en el sur.
Inmediatamente los reyes católicos darían inicio a
una empresa de persecución contra los árabes y los
judíos. Cuando 25 años más tarde se desencadenó
la Reforma en el norte de Europa, su nieto las emprendería
(también militarmente, desde luego) contra los protestantes,
portadores del espíritu de los tiempos nuevos.
Dice ELLIOT:
"Con la expulsión de los judíos en 1492, el
problema judío se convertiría en el problema converso.
Aunque muchos conversos habían abrazado el catolicismo más
ortodoxo y ocupaban posiciones importantes en la jerarquía
eclesiástica, los conversos eran, aunque solo fuese por su
origen, objeto de sospechas y el hecho de que algunos de ellos se
sintieran atraídos por el cristianismo de ERASMO, con su
poca estima por las formas externas, no hizo más que aumentar
las sospechas de los cristianos viejo.
La sociedad castellana al emerger de la edad media estaba obsesionada
por la cuestión de la honra, que se refería no solo
a la valía intrínseca de un hombre y su familia sino
también a la apreciación de esta valía por
los demás y la sociedad en su conjunto. Los nobles estuvieron
preocupados por la cuestión de la honra. Pero la mayoría
de ellos tenían una grieta en la armadura susceptible de
ser explotada por todos aquellos que estaban resentidos por no ser
nobles. Era un hecho notorio que la mayoría de las grandes
familias castellanas había recibido aportaciones de sangre
judía por medio de matrimonios. Así pues, si el noble
se jactaba de su honra, el plebeyo envidioso podría alardear
de otra, y acaso superior honra, la de proceder de una ascendencia
sin mancha".
En realidad, la presencia del elemento judío en el pueblo
español es tan profunda que, como sostiene Américo
Castro, el eminente historiador y pensador hispanista (el mismo,
por su apellido, de origen sefardita) y el gran historiador Fernando
Maraval, prácticamente se puede decir que el tercer estado
español (la burguesía, derrotada en 1521 en la batalla
de Villalar por Carlos V) era en buena parte judía de origen
sefardita. De manera que el problema racial en España estuvo
directamente vinculado al de la intolerancia. Fue un recurso de
la oligarquía, de la nobleza triunfadora en Villalar, para
detener en España lo que en opinión de Maraval hubiera
sido la primera revolución burguesa de los tiempos modernos,
la revolución de los comuneros de Castilla, que se levantaron
contra los abusos del séquito de Flamencos y Borgoneses que
acompañaron al joven emperador Carlos V cuando llegó
a la península a posesionarse de su cargo.
Continúa ELLIOT:
"Desde mediados del siglo XV, ciertas corporaciones de Castilla
comenzaron a insistir en la pureza de sangre -"limpieza de
sangre", ser "cristiano viejo" o sea no tener sangre
judía- como requisitos indispensable para ser miembro. Pero
parece ser que fue durante el reinado de Carlos V cuando el movimiento
contra la ascendencia judía tomó verdadero ímpetu.
En 1547 el capítulo de la Catedral de Toledo bajo las presiones
de un arzobispo de baja cuna, Juan Martínez Silíceo,
estableció un estatuto de "limpieza" que hacía
de la pureza racial condición indispensable para la obtención
de dignidades o prebendas. El estatuto de Toledo sirvió de
modelo para una serie de entidades, tanto seculares como eclesiásticas,
hasta el punto que aquellos de quienes se sospechaba que tenían
antepasados judíos se encontraron con el acceso cerrado a
multitud de cargos y con su honra .y por implicación ortodoxia-
indeleblemente manchada".
En ningún país de Europa por la época posterior
a la gran eclosión renacentista se hizo de la ortodoxia y
la intolerancia frente a la otra opinión una actitud tan
afirmada como en la España de los Austrias, como en la España
de Carlos V y de su hijo Felipe II.
Resulta particularmente interesante la circunstancia en la que
se detiene el profesor ELLIOT: que de todos modos los conversos,
que eran millones en la España del siglo XVI, los moriscos,
los judíos, los llamados marranos (o sea judíos conversos,
que tienen una gran importancia en la historia espiritual de España)
fueron objeto de sospecha, en particular por su inclinación
al Eramismo, es decir a la religión interior, íntima,
alejada de los cultos externos, que era una herencia del Humanismo
renacentista y que evidentemente había sido precursor de
la Reforma. El mecanismo de exclusión y la persecución,
el señalamiento, el chantaje permanente a que se sometió
al estamento derrotado de la revolución comunera en el año
1521, permitió la estabilización de la nobleza castellana
que a partir de entonces domina hegemónicamente a lo largo
de la larga decadencia y también detuvo el flujo de las ideas.
Cuando a mediados del siglo XVI se descubrieron células
protestantes en ciudades tan importantes como Sevilla y Valladolid
-y tengamos en cuenta que Sevilla se estaba convirtiendo en un emporio
mercantil tan importante como lo serían luego las ciudades
flamencas, porque a Sevilla llegaba todo el comercio de Indias y
se estaba formando allí una burguesía que naturalmente
encontraba mucho de legitimación en la reforma protestante
y en el eramismo-, se produjo una reacción que condujo a
la prohibición de la importación de libros extranjeros,
estableciéndose la más rigurosa censura para los editados
en España. En el año 1559 apareció un nuevo
Index Librorum Prohibitorum , un nuevo índice español
de libros prohibidos, mucho más rigurosos que los índices
anteriores, de 1545 y 1555, y en ese mismo año de 1559 se
prohibió a los estudiantes españoles ir a estudiar
al extranjero, con la excepción de algunos colegios específicos
en Bolonia.en Roma, en Nápoles y Coimbra, en donde los sacerdotes
de la Compañía de Jesús (que había sido
fundada hacía poco en el proceso de la Contrarreforma) podían
impartirles una enseñanza que estuviera alejada del espíritu
moderno, y sobre todo de ERASMO.
Por eso dice RAFAEL GUTIERREZ GIRARDOT, que el trabajo de la educación
de las masas en América se vio afectado desde un principio
por la empresa de la Contra reforma que resumió a finales
del primer siglo colonial (concretamente a partir del año
1599) el célebre Catecismo de la Doctrina Cristiana del padre
Gaspar Astete. Durante 300 años, afirma GUTIERREZ GIRARDOT
que, gracias a su influjo, los niños del siglo XVIII, de
los siglos XIX y XX, han sido acuñados en un mundo y de la
vida no solamente anacrónica sino determinada por los problemas
de militancia que acosaron al catolicismo español del siglo
XVI, por los problemas que la plantearon la reforma de LUTERO y
el Erasmismo".
Y agrega: "Tras su forma simple de preguntar y de responder,
tras su apariencia "racional" se oculta la intolerancia
y su forma decisionista de pensamiento (¡si o no como Cristo
nos enseña!, que impone naturalmente el sí y crea
la noción de amigo-enemigo popularizada luego en la asignatura
de historia sagrada con la frase de Cristo ¡el que no está
conmigo está contra mí!).
Dice GUTIERREZ GIRARDOT que "para el niño el mundo
histórico se reduce a los partidarios del "sí",
los buenos y los católicos, y los del "no", necesariamente
los malos y los no católicos. Esta estructura antagonista
se profundiza cuando en el curso de los estudios a los adolescentes
se le enseña a odiar literalmente a todas las figuras históricas
que dijeron no al padre Astete y a lo que él representaba,
a los otros que para agravar la maldad no eran españoles,
el odio trajo en consecuencia la calumnia, la deformación
y al mismo tiempo la hipocresía..."4
Porque se partía del criterio paranoide según el
cual "los otros son los malos", lo que "no son como
nosotros". Todavía a finales del siglo pasado un erudito
castellano, MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO, autor de una obra monumental,
la Historia de los Heterodoxos españoles, hablaba por ejemplo
de la filosofía alemana como la de "los enemigos de
nuestra raza" y de las "nieblas germánicas"
que nada tenían que ver con la supuesta claridad latina...
e hispánica.
Así es como hemos sido educados en el paradigma del dogmatismo
y de la intolerancia. La mediocridad espiritual de España
y de América, producto de la falta de filosofía (mientras
el idealismo alemán es un resultado secular de la Reforma
protestante , porque KANT y HEGEL lo que hacen es profundizar en
el camino abierto por LUTERO, de quien dijera HEGEL en sus Lecciones
sobre la Filosofía de la Historia Universal que fue el primero
en haber pensado que el hombre es libre por sí mismo), es
un resultado de esta actitud que constituye el meollo de nuestra
propia personalidad histórica.
Y es que nosotros utilizamos abreviaciones de nuestras expectativas
genéricas: toda cultura se estructura a partir de los prejuicios
que son esas abreviaturas. Esto fue lo que pensó un muy agudo
crítico de su tiempo y de la cultura humana en general, ARTHUR
SCHOPENHAUER, al comprobar la vigencia de esas abreviaturas que
operan pragmáticamente en la cotidianidad, como perjuicios.
Pensemos nosotros entonces en los 500 años de cultura autoritaria
y dogmática, en los prejuicios en contra del espíritu
de la modernidad que nos afectan.
Decía al principio que el asunto de la tolerancia aparecía
muy ligado al de la religión aparecía muy vinculado
al de la auto-conservación. Debemos ahora preguntarnos por
la relación que existe entre auto-conservación y perjuicio.
Cierto que estamos estructurados a partir de una comprensión
previa de los valores, de los criterios fundamentales de la vida,
y esa comprensión previa lo es de perjuicios. Entonces debemos
considerar un elemento de "amor propio", para hablar en
términos psicoanalíticos, freudianos, un elemento
de "narcicismo", alrededor del prejuicio.
La costra que envuelve al autoritario es una costra de prejuicios.
Es el momento en que el servicio de la autoconservación como
prejuicio que esta función de intolerancia, esta abreviación
del pensamiento como medio de autoconservación de la vida,
se convierte en un instrumento de agresión. En este contexto
tendrá que investigarse de verdad la dimensión clínica
de "la violencia" en Colombia. Aquí, en este Departamento
que tanto sufrió en los años 50, cuando se estigmatizaba
al que no pensaba de acuerdo con el pensamiento oficial y cuando
se empleaba, como en las guerras carlistas de España en el
siglo pasado o como en las luchas de los cristeros contra la revolución
mexicana en los años 20, el evangelio en contra del evangelio
mismo, porque no era propiamente cristiano perseguir por ejemplo
a los liberales o asimilar a los que no pertenecían al partido
de gobierno bajo el nombre de "comunismo".
El anticomunismo. Hemos sido testigos en los últimos años
de esta infame matanza de dirigentes de la Unión Patriótica
y con ello volvemos a ser testigos de una manifestación clara
de intolerancia. Porqué no se está discutiendo, no
se está argumentando, no se está haciendo la crítica,
no se está en la controversia, sino que se está eliminando
a través de sicarios a grandes dirigentes de este país
como Bernardo Jaramillo Ossa, como el colega de nuestro de la Universidad
Nacional, el profesor Jaime Pardo Leal, candidato de la UP antes
de Bernardo Jaramillo Ossa, asesinado dos años antes. También
en estos casos podemos constatar de qué modo el perjuicio
surge como ideología vinculado a la auto-conservación,
a la identidad del grupo, a través de ese mecanismo paranoide
del tipo proyectivo, junto con la necesidad del odio frente a quien
piensa y siente de otro modo, el prejuicio y el odio, que, como
dice MAX HORHEIMER es "irrevocable", porque permite al
individuo ser malo pero sin embargo considerarse bueno5. Ser malo,
asesinar, y sin embargo considerarse bueno.
A manera de ejemplo puedo traer a cuento un testimonio dramático
de un amigo que, en su calidad de psiquiatria vinculado a las tareas
de pacificación en el Urabá antioqueño, encontró
por ejemplo que en cadáveres de sicarios que habían
asesinado a dirigentes populares la cruz estaba grabada en la uña,
precisamente la del dedo que oprimió el gatillo. De este
modo, allí se podía ser malo creyendo que se era bueno.
De la misma manera que en el levantamiento de La Vendée,
en la guerrilla contra la revolución francesa, los "Chuanes"
y los campesinos de la Bretaña se tatuaban el corazón
ganándose el cielo en la lucha contra la revolución.
Sabemos que el odio colectivo y la proyección paranoide
es un resultado de la organización del prejuicio. Porque
el prejuicio negativo tiene un aspecto positivo, son caras de una
misma moneda. Si se tiene un prejuicio, por ejemplo contra un grupo
racial, es porque se está valorando el propio grupo racial,
si se tiene un perjuicio contra el negro o contra el indígena
es porque se está considerando que la pertenencia a la raza
blanca lo eleva a uno automáticamente. La Alemania Hitleriana
es un ejemplo impresionante y dramático de cómo todo
un pueblo fue sometido a este narcisismo que llama HEINZ COHUT,
el gran psicoanalista, el "Self grandioso", la idea de
que por el hecho de pertenecer a una determinada comunidad racial
se era superior y que por lo tanto todos los demás grupos
raciales y étnicos podrían ser objeto de la expropiación
y del asesinato, como sucedió en primer lugar con los judíos,
pero también luego con los rusos, los eslavos, con todos
los pueblos que sojuzgaron los ejércitos nazis.
Tenemos que hacer un esfuerzo, teniendo plena conciencia de esa
larga historia de la intolerancia en nuestro medio y recuperando,
como decía ABEL NARANJO VILLEGAS en la cita que leí
al principio de mi intervención, recuperando de ese catolicismo
anquilosado y autoritario el auténtico espíritu evangélico,
el auténtico cristianismo, tenemos que hacer un gran esfuerzo
en contra del perjuicio que conlleva el autoritarismo. Los autoritarios
-y sobre esto víctimas del más grande despotismo que
ha existido en la historia, la dictadura hitleriana, realizaron
grandes investigaciones, como la obra fundamental La Personalidad
Autoritaria- no conocen criterios de solidaridad, de interés
genuino por el otro, de amor, no pueden tener un vínculo
horizontal, de igual a igual, con los otros.
Pero lo que está en marcha es un proceso de renovación
de nuestras costumbres políticas. Acabamos de asistir a una
reforma de las instituciones rectoras de la vida ciudadana, la cual
puede tener proyecciones históricas o puede conducir también
a una nueva y a una de las más grandes frustraciones. Entonces,
si nos limitamos a la mera palabrería, al acostumbrado nominalismo
colombiano, no estaremos contribuyendo en nada. Tenemos que ser
muy constantes de ello si queremos poner en marcha un proceso de
auténtica renovación nacional. KANT decía que
la verdad es la meta a la cual, en un proceso infinito a través
de las diversas generaciones de sujetos finitos, el hombre y el
pensamiento se acercaban paulatinamente. Tenemos que ser conscientes
de que la única posibilidad de instaurar la tolerancia es
una política de la verdad, y una política de la verdad
tiene que ser radical en el reconocimiento de los síntomas.
Muchas gracias por su atención, espero con esto haber contribuido
en algo a la reflexión.
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