Posmodernidades
colombianas
En los años cuarenta y cincuenta,
hay señales de una incipiente modernidad literaria en Colombia.
Por una parte, escritores como Tomás Vargas Osorio, Rafael
Gómez Picón, Ernesto Camargo Martínez, Jaime
Ardila Casamitjana y Jaime Ibáñez publican ficciones
con intenciones de ser modernas. Como ha señalado acertadamente
Yolanda Forero Villegas, novelas como Babel (1 943) de Ardila Casamitjana
y las ficciones de Vargas Osorio fueron contribuciones notables
a la modernización de la narrativa colombiana.
Por otra parte, la presencia de la revista Mito en los cincuenta
fue clave para la apertura de la literatura colombiana1,
ya que difundió en el país toda una gama de escritos
modernos de Europa y América Latina.
La narrativa moderna surge en Colombia con la publicación
de tres novelas faulknerianas y netamente modernas: La hojarasca
(1955) de Gabriel García Márquez, La casa grande (1962)
de Alvaro Cepeda Samudio y Respirando el verano (1962) de
Héctor Rojas Herazo. La novela moderna llega a un apogeo
a finales de los sesenta y principios de los setenta con Cien años
de soledad (1967), En noviembre llega el arzobispo (1967)
y la obra narrativa de Manuel Mejía Vallejo, Manuel Zapata
Olivella, Gustavo Alvarez Gardeazábal y Fanny Buitrago. Más
tarde aparecen las novelas modernas bien logradas de Alvaro Mutis,
y la obra narrativa, fundamentalmente moderna, de Germán
Espinosa, Oscar Collazos, Héctor Sánchez, David Sánchez
Juliao, Mario Escobar Velásquez, Néstor Gustavo Díaz,
Jorge Eliécer Pardo, Roberto Burgos Cantor, Marvel Moreno,
Eduardo García Aguilar, Fernando Cruz Kronfly, Alonso Aristizábal,
Luis Fayad, Tomás González, José Luis Garcés
González, Darío Ruiz Gómez y Juan José
Hoyos.
Las incursiones de García Márquez en
la ficción moderna, su aclamación por la crítica
internacional y el Premio Nobel en 1982, lo colocaron en el máximo
nivel de atención en Colombia en los ochenta y noventa. En
cambio, los ejercicios postmodernos de R.H. Moreno-Durán,
su imagen pública de escritor conocido por destacados autores,
igual que su narrativa hermética le han ganado la atención
de un grupo más selecto de lectores, generalmente escritores,
académicos y críticos interesados en la novela más
bien innovadora. Escritores como Moreno-Durán, Albalucía
Angel, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Darío Jarramillo
Agudelo, Andrés Caicedo, Rodrigo Parra Sandoval y Alberto
Duque López han trabajado dentro de esquemas postmodernos
a partir de 1968. Figuras más recientes de tendencias postmodernos
han sido Héctor Abad Faciolince, Philip Potdevin, Boris Salazar
y Julio Olaciregui.
Los postmodernos suelen ser transnacionales y cosmopolitas,
como es el caso de varios de estos escritores. Moreno -Durán,
lo mismo que Angel, han adelantado la mayor parte de sus carreras
literarias en Europa en contacto con el mundo intelectual y los
desarrollos teóricos europeos, y al mismo tiempo, unidos
a Colombia. De forma semejante, Duque López ha trabajado
bajo influencias como Rayuela y el cine norteamericano. Aguilera
Garramuño ha vivido durante más de una década
en México y la escritura de Caicedo siempre lleva las huellas
de la música rock y caribeña de los años sesenta.
Además, está surgiendo una nueva generación
de jóvenes escritores postmodernos como Philip Potdevin,
Octavio Escobar Giraldo, Germán Silva Pabón y Hugo
Chaparro, que operan a menudo con referentes culturales como el
cine y la televisión colombianos y extranjeros, que aparecen
en sus novelas a veces como parodia, a veces como pastiche.
Durante los noventa, un número
cada vez mayor de intelectuales colombianos se ha dedicado a problemas
de la postmodernidad y la literatura postmoderna. En un estudio
bien informado, Autoconciencia y postmodernidad
(1995), Jaime Alejandro Rodríguez ha analizado rasgos metaficticios
y postmodernos de novelas como La muerte de Alec de Darío
Jaramillo Agudelo, La otra selva de Boris Salazar, Trapos
al sol de Julio Olaciregui y Mujeres amadas de Aguilera Garramuño,
todas ellas, por cierto, novelas de tendencias postmodernas2.
El académico colombiano Alfonso de Toro ha
publicado un largo e informativo ensayo introductorio sobre la narrativa
postmoderna en América Latina . El sociólogo colombiano
Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez ha publicado un libro breve,
Modernidad y postmodernidad en Latinoamérica3
(1995), mientras el académico Carlos Rincón, en su
libro La no simultaneidad de lo simultáneo (1995)
presenta un repaso detallado y exhaustivo de la teoría postmoderna,
seguido por un esfuerzo tentativo y poco convincente por hablar
de la postmodernidad de autores como García Márquez
y Fuentes4.
Los antecedentes para la narrativa postmoderna en
Colombia (además de Borges y Cortázar) son las narrativas
experimentales de Eutiquio Leal, Humberto Navarro y Germán
Pinzón en los años sesenta. Aunque Cien años
de soledad (1 967) es fundamentalmente una novela que participa
de la gran tradición de la novela moderna de este siglo,
su llamada a la libertad imaginativa absoluta y su juego metaficticio
fueron modelos importantes para los escritores postmodernos en Colombia.
Y se puede afirmar que la novela postmoderna existe en Colombia
a partir de 1968, fecha en la cual Alberto Duque López publica
su homenaje a Rayuela y Morelli, Mateo el_flautista.
El escritor más productivo
de ficción postmoderna en Colombia ha sido R.H. Moreno-Durán,
con siete libros de narrativa postmoderna. Sus invenciones se inician
con la trilogía Fémina suite, compuesta por Juego
de damas (1 977), Toque de Diana (1981) y Finale capriccioso
con Madonna (1983). Su narrativa tiene raíces en Borges,
no busca un universo organizado sino que lo subvierte y con frecuencia
tiene como sujeto o enfoque temático el lenguaje mismo. Suele
demostrar una actitud paródica y burlesca ante la novela
moderna. Además, se encuentran algunas huellas de Joyce,
Cortázar, Cabrera Infante y Sarduy en su obra, la cual en
su conjunto es una antología de recursos postmodernos igual
que Terra Nostra5
Desde Fémina suite Moreno-Durán
cuestiona el concepto de Colombia como patria, ridiculizando, por
ejemplo la idea de Bogotá como Atenas Sudamericana. Lo importante
de esta actitud es la crítica de la tradición cultural
y lingüística implícita en ese concepto. Los
orígenes de Fémina suite no se encuentran en las realidades
empíricas colombianas sino en la literatura moderna. Moreno-Durán
ha explicado cómo ciertos poemas de T.S. Elliot y Paul Valery
le sirvieron de núcleo generador para escribir Juego de
damas6. Los nexos con Rayuela también
son evidentes. En Juego de damas se presenta cierto tipo
de mujer intelectual colombiana, formado en los movimientos radicales
estudiantiles de la década de los sesenta, que pasa por tres
etapas de ascenso social y búsqueda de poder. Moreno-Durán
desarrolla en esta novela paralelismos entre lenguaje y poder, y
subvierte el lenguaje convencional con el uso de la parodia, el
eufemismo y otras estrategias literarias, actividades desempeñadas
por el personaje Monsalve. Los protagonistas de Toque de Diana
son Augusto Jota y Catalina Asensi, también intelectuales,
quienes se dedican a los mismos ejercicios lingüísticos
y los mismos juegos de poder que se encuentran en Juego de
damas. En Toque de Diana, Augusto Jota es un militar retirado
quien siente que ha fracasado tanto en su carrera como en su relación
sexual con Catalina. Otra vez notamos paralelos con el lenguaje,
ya que los dos son devotos de la lengua materna original el latín,
y en sus relaciones de alcoba, ella "conjuga" y
él "declina". En la tercera novela, Finale capriccioso
con Madonna, la más hermética de la trilogía,
Moreno-Durán explora a fondo el erotismo del lenguaje y el
lenguaje del erotismo. Plantea, por ejemplo, la cuestión
de las correspondencias entre "semántica" y "semen" y luego
desarrolla un extenso y denso ménage a trois. Desde
la presentación de Laura, el personaje central, que se ve
acosada por dos hombres, la novela describe varias relaciones triangulares,
subvirtiendo así el doble bipolar de acuerdo con las subversiones
de las oposiciones binarias de muchas novelas postmodernas. Se trata
de una novela lúdica de erotismo y excesos lingüísticos,
habitada por múltiples alusiones intertextuales que van de
Proust al escritor postmoderno mexicano Salvador Elizondo7.
Los felinos del canciller (1985) no es un texto
tan cerrado como la trilogía Fémina suite. El hermetismo
queda aquí reemplazado por humor e ingenio. Es una historia
de la aristocrática familia de los Barahona que ocupa una
posición, por tres generaciones, en la diplomacia colombiana.
Las figuras principales son el patriarca Gonzalo Barahona; el hijo
Santiago Barahona; y el nieto Félix Barahona. Este es el
localizador principal, a través del cual se rememora la historia
de la familia, evocada en Nueva York, en 1949. Los referentes externos
le permiten al lector seguir la vida de la familia desde la época
de la Regeneración, a través de varios presidentes
Dramáticos, hasta el ascenso al poder del Partido Liberal
en el decenio de 1930 y, finalmente, el canto de cisne de toda esta
tradición y su reflejo en la vida diplomática, a partir
de los cuarenta.
Los elementos centrales de los Felinos del canciller
son el lenguaje y la escritura. El verbo que sintetiza la trama
es "manipular". El lector superficial podrá entonces decir
que la frase nuclear que abarca la acción es "La familia
Barahona manipula la vida de otros", para resumir tres generaciones
de manipulaciones políticas. Indudablemente, el arte de la
diplomacia, tal como ha sido practicado por la familia Barahona,
es el arte de la manipulación. Pero de mayor significado
en la lectura de la novela, sin embargo, es la manipulación
del lenguaje, ya que si la profesión de Gonzalo es la diplomacia,
su pasión es la filología. En este sentido una síntesis
más acertada de la acción sería "La familia
Barahona manipula el lenguaje". De hecho, Gonzalo, Santiago
y Félix dominan el arte de la manipulación del lenguaje.
Todos los hombres de la familia están tan obsesionados
con la filología como con sus respectivas carreras. A finales
del siglo XIX, durante la Regeneración, Gonzalo decide no
continuar sus estudios de medicina, sino más bien dedicarse
a la lingüística, y siguiendo el modelo de los letrados
ilustres de la Regeneración, alcanza altas posiciones en
la política y en la diplomacia con el uso de la filología.
Félix también estudia griego, y tiene la tendencia
a concebir el mundo por medio de la lingüística.
Los felinos del canciller es
una novela de numerosas connotaciones políticas que plantea
ciertas posiciones contra las tradiciones hispánica y del
Altiplano cundiboyacenses8. Gonzalo
es un gran conocedor de aquellas herencias, desde Cervantes hasta
Marco Fidel Suárez, el último de los presidentes dramáticos.
Las relaciones intertextuales de la obra señalan otras fuentes,
que sirven de base para la sátira a la tradición del
Altiplano. Al hablar de los presidentes dramáticos el narrador
se refiere a Luciano Mancipe, y el texto está cargado de
intertextualidad, ya que el nombre "Luciano Mancipe" evoca la obra
Los Sueños de Luciano Pulgar de Marco Fidel Suárez.
Moreno-Durán utiliza un sistema de signos para
relacionar el viejo estilo del letrado conservador de la aristocracia
con el nuevo tipo de intelectual que lo sustituyó. El narrador
escribe contra ciertos monumentos de la tradición literaria
del Altiplano, cuestionándolos en sus papeles de discursos
dominantes. Con el uso de frases que evocan a José Eustasio
Rivera (sin nombrarlo), se pregunta cuál es el papel de los
escritores colombianos principales, dentro y fuera del país.
Las referencias a Tierra de promisión, y La vorágine
de Rivera son evidentes. Pero el contexto es de mayor importancia
que las menciones a los libros: la posición de Félix
es la que le señala la tradición intelectual y lingüística
conservadora, inscrita en los monumentos literarios del Altiplano.
La manera de pensar y de actuar de los Barahona pertenece al programa
conservador, al igual que su reacción frente al discurso
de Rivera, y en general de los liberales, a partir de la década
de los treinta.
Una de las estrategias más frecuentemente utilizadas
por el narrador es la de cuestionar, en forma paródica, el
discurso de la Regeneración, sobreponiendo al lenguaje erudito,
a menudo Heno de raíces griegas o menciones clásicas,
un lenguaje coloquial. De esta forma, la escritura postmoderna de
Moreno-Durán cuestiona la frontera entre el lenguaje literario
y el coloquial.
La posición extradiegética-heterodiegética
del narrador debe ser entendida sólo de manera superficial.
Su perspectiva frente a la historia y su carácter omnisciente
se van subvirtiendo a medida que avanza en la narración.
Al comienzo, el texto presenta a un mediador omnisciente, pero el
comportamiento de éste pronto sugiere características
similares a las que Kerr le atribuye a la novela postmoderna; es
decir, que se trata de un texto que carece de mediador omnisciente
y por lo tanto de discurso autoritarios9.
No se presenta un discurso de autoridad sino que, más bien,
subvierte la autoridad de aquellos lenguajes utilizados en Colombia
a principios del siglo XX.
Los felinos del canciller
parodia algunas instituciones nacionales, y sobre todo, el concepto
de Atenas Sudamericana. La principal característica que se
le atribuye a Félix es la de ser "la máxima encarnación
de Kalos Kagathos, el perfecto caballero ático, pues no en
vano vivían en la Atenas sudamericana"10.
La novela también cuestiona la superioridad de aquellos intelectuales
adictos a las tradiciones clásicas; y, para parodiar la imagen
de Bogotá como una nueva Atenas, el narrador se refiere a
Colombia en forma distante ("ese país"). En aquellas pocas
ocasiones en las que el narrador se identifica como colombiano,
utiliza primera persona plural ("nuestro"), lo que implica la perspectiva
de un nacional en el exterior, quien mira aquel paraíso de
la lingüística como algo distante en el espacio y el
tiempo.
La transgresión de la norma sexual representa,
en esta novela, otro nivel paródico. Al igual que en María
o en Cien años de soledad (textos implícitos
de esta novela), las transgresiones sexuales a menudo se limitan
a actos simbólicos, no físicos. Por ejemplo, Félix
es caracterizado, desde el comienzo, por sus tendencias incestuosas.
La diplomacia, como es practicada por la familia, tiene cierto carácter
incestuoso, por ser actividad de un grupo cerrado de individuos
que sólo se preocupan por ellos mismos, no la de un grupo
abierto de mediadores internacionales. En el texto hay numerosas
referencias al incesto físico, principalmente entre Félix
y su hermana Angélica. Como la escritora chilena Diamela
Eltit, Moreno-Durán trabaja las relaciones incestuosas con
la sugerencia constante de que el texto mismo funciona igual, en
la esfera del incesto lingüístico.
Los elementos discutidos hasta ahora dan lugar a varios
paralelos notables: la familia diplomática de los Barahona
se especializa en manipular relaciones y personas; como filólogos
manipulan el lenguaje; el narrador, como si fuese otro de los Barahona,
manipula los personajes y manipula paradójicamente, el lenguaje.
Todo esto permite establecer una ecuación: en Los felinos
del canciller, la diplomacia es idéntica al lenguaje.
También el narrador cree en las correspondencias entre la
diplomacia, el lenguaje artístico y el protocolario. En el
universo de los Barahona, los protocolos del lenguaje equivalen
a los protocolos de la diplomacia.
Las equivalencias entre el lenguaje y la diplomacia
llevan el texto a conclusiones divertidas, juguetonas y postmodernas.
Al final, no sólo la diplomacia, sino en general todo
el material de la obra, hace del lenguaje y la escritura un tema
central. Esta característica, entre otras mencionadas, nos
permite referirnos a este texto como perteneciente a la novela postmoderna.
Además, las líneas de equivalencia se van creando
entre lenguaje y sexualidad, lenguaje y política, y finalmente,
entre lenguaje y escritura. Ya nos hemos referido a algunos pasajes
que plantean las relaciones entre sexo y literatura, como cuando
Gonzalo se refiere a su impotencia en términos lingüísticos.
En últimas, todos los actos de manipulación
en Losfelinos del canciller se refieren al lenguaje y la
escritura, o a una metáfora de éstos, tanto para el
narrador como los personajes. Gonzalo inicia sus relaciones amorosas
con Lesley-Anne con un intercambio epistolar, con lo que tales relaciones
se convierten en una práctica escrituras, que el narrador
califica de literaria al llamarla "soliloquios cruzados". En una
de las escenas más complicadas, Gonzalo, el patriarca de
la familia elabora una fórmula compleja a base de verbos
impersonales, para reconciliar sus inquietudes filológicas,
políticas y sentimentales. Tal fórmula, que consiste
en una página, se basa en las correspondencias entre las
conjugaciones verbales y las acciones humanas.
Los felinos del canciller es un ejemplo significativo
de ficción postmoderna en la región andina. Tanto
para el narrador, como para el lector, se trata de una novela de
superficies: todas las acciones son superficiales en el sentido
de que tiene mucho mayor importancia el acto mismo de manipulación
que el contenido o el producto de tal manipulación. Tanto
el lenguaje como la diplomacia están desposeídos de
"contenido". Frente a una situación narrativa en la que los
personajes (principalmente Félix), actúan como focalizadores,
y por lo tanto presentan al lector el mundo de la ficción,
y en la que en última instancia es el narrador quien ejerce
la manipulación, puede afirmarse que la novela carece de
una autoridad, un aspecto postmoderno obvio. El lenguaje mismo es
su tema y sus constantes, la ausencia y la indeterminación.
Por eso, Los felinos del canciller es el texto postmoderno
por excelencia. El narrador y los Barahona son etimologistas que
buscan la verdad en el origen, pero como otros narradores y personajes
postmodernos, no la encuentran. De forma parecida, Moreno-Durán
(como Ricardo Piglia y Diamela Eltit) busca sus propios orígenes
en el lenguaje de la tradición hispánica. En ésta,
junto con la gran tradición de la cultura colombiana, se
encuentran los orígenes de la expresión "La Atenas
Sudamericana".
El caballero de la invicta (1993) es la novela
de Moreno Durán más evidentemente ubicada en el espacio
urbano de Bogotá, pero no la ciudad realista moderna de la
vida cotidiana, sino el centro urbano de invención postmoderna,
ciudad con metro de superficie que evoca las superficies teorizadas
por Sarduy, metro con paradas imaginarias en la Universidad Javeriana,
en la Iglesia de la Porciúncula, en El Lago y otras partes
de esta ciudad simultáneamente tan premoderna, tan moderna
y tan postmoderna. Siguiendo el modelo de Borges y Cortázar,
Moreno-Durán no deja que la realidad cotidiana interfiera
con la construcción verbal de su eje urbano de los múltiples
centros que proliferan no sólo por la superficie de los rieles
del metro (es decir, las estaciones de metro), sino también
en los múltiples centros de la narración y del enfoque
lingüístico. Novela festiva y humorística, El
caballero de la invicta es la práctica de la teoría
sarduyana y joyecana por excelencia.
Esta novela termina con tres imágenes que revelan
y recalcan las actitudes postmodernas de Moreno-Durán ante
el texto literario. La primera es la imagen final, como de película
de David Lynch, del personaje mirando imágenes de televisión
en la oscuridad del país, en el caos de la ciudad, imágenes
en la pantalla de televisión de noticias y de un partido
de tenis en Wimbledon. El ritmo del tenis contrasta con el creciente
caos afuera, y el lector observa la contradicción no resuelta
entre el espacio interior de las imágenes televisivas de
ritmo tranquilo y el espacio exterior de tensión cada vez
más caótica. Pero la imagen clave de esta escena del
capítulo final del libro (y otra vez pensamos en el cine
de David Lynch) aparece en la última página cuando
el protagonista observa su propia foto del día
del matrimonio al mismo tiempo que ve su propio rostro en la pantalla
de televisión. Se encuentra en estado de crisis (como típico
protagonista de Lynch) que el narrador describe de la siguiente
forma: "en los Linderos de un vértigo cada vez más
cálido y ágil, intuve que de los tres rostros que
acaban de encontrarse el suyo encama la parte más vulnerable
y triste y fugitiva de ese triángulo que con las sombras
del crepúsculo lenta e inevitablemente se deshace" (mi énfasis).
Esta última oración de la novela, con los "tres rostros"
es una imagen común en la literatura postmoderna del tres
que rechaza y supera el dos bipolar. De esta forma, Moreno-Durán
utiliza él tres constante de Fuentes en Terra Nostra,
ese tres que busca subvertir y disolver las oposiciones binarias11.
La segunda imagen clave del capítulo final
es la del cuerpo: "Entonces sólo le queda la certeza de que
él no vive más que una de las tenebrosas escalas de
esa travesía que no se dirige hacia el país cansado
de su propio cuerpo sino hacia la fúnebre bahía
del alma" (mi énfasis, p. 220). Aquí se evoca el agotamiento
postmoderno ("exhaustion") del "país cansado", pero lo llamativo
es el hecho de ser un "país cansado de su propio cuerpo".
Con esta referencia corporal se afilia a sus homólogos
Sarduy, Balza, Piglia y Eltit con el énfasis en el cuerpo,
eliminando el "alma" romántico y la "sicología" moderna.
Es más, asocia patria y cuerpo para subvertir así
todo lo Grandilocuente del concepto de patria, desnudando el discurso
patriótico y dejando sólo el cuerpo, un cuerpo que
ha llegado al cansancio total que es el agotamiento.
La tercera imagen clave es la de la verdad, cuando
el narrador se pregunta "¿Cuándo sabremos la verdad de todo?"
(pág. 2 12), recordando al lector que, al fin y al cabo,
el trabajo científico del protagonista es una búsqueda
de la verdad, una verdad científica y "objetiva" que nunca
encuentra. El cree en ciertas certezas de las actividades de las
células durante una época, pero la verdad científica
le resulta huidiza También entra en algunas discusiones circulares
sobre la verdad, comentando, por ejemplo, "Las verdades d razonamiento
son necesarias, y su opuesto es imposible, las de hecho son contingentes
y su opuesto es posible" (pág 168). En un momento dado, Berenice
descubre que "la gente habla verdades sin ser consciente de ello"
(pág. 1 17). En s epígrafe al segundo capítulo,
cita a Chretien de Troyes "Y él que desconocía su
nombre, lo adivina y dice que se llama Perceval el Galés,
aunque no sabe si dice la verdad o no, per dice la verdad aunque
lo ignore", (pág. 125). En El caballero de la
invicta, los personajes son así, hablando verdades ocasionales,
pero en un contexto de inconciencia o ignorancia En este mundo ficticio,
dominan "las leyes arcanas de la sangre", cuestionando así
las posibilidades de la verdad científica o amplias verdades
abstractas (o truth claims).
El caballero de la invicta es una novela que
celebra e lenguaje y sus posibilidades humorísticas, con
los juego lingüísticos que asociamos con Joyce, Cabrera
Infante Sarduy. Emplea de nuevo la frase contundente y humorístico
que articula personajes, frases como "una mujer sin culo es un desastre
ecológico" (pág. 41) "un bello culo de mujer es prueba
fehaciente de la existencia del yo" (pág. 47), y "una boda
sin fotos es un matrimonio no consumado" (pág. 52), junto
con juegos más bien joycianos a lo largo de la novela.
Una función principal del festín lingüística
en esta novela es resaltar el lenguaje mismo como tema, con resultados
parecidos a los de Fémina suite y Los felinos del canciller.
Creando un personaje femenino que habla varias lenguas, Berenice,
Moreno-Durán introduce la posibilidad de que la lengua materna
tenga que ver con "las leyes de la herencia" (pág. 68). Los
seres humanos, por lo tanto, funcionan de acuerdo con las leyes
de la gramática, ya que "frente a una mujer con carácter
un marido es un subjuntivo de futuro o, a lo sumo, un futuro indefinido
u optativo" (pág. 70). Si el científico busca la verdad
de la célula humana bajo el microscopio científico,
el autor implícito coloca su microscopio por encima de la
lengua. Pero bajo estas circunstancias su personaje poliglota, Berenice,
sufre de las "oscuras leyes de la herencia" y cuando habla palabras
como emeth, que quiere decir verdad, alternaban con otros como dreek,
que significa mierda (pág. 69).
Refiriéndose al lenguaje y al uso de ciertos
eufemismos, un crítico ha sostenido que éstos son
la manifestación de una voluntad que quiere volver a nombrar
el mundo. En realidad, el uso constante de eufemismos y otras estrategias
narrativas es al revés: muestran una voluntad de no nombrar,
el inundo, de evitar a toda costa el acto de nombrar, una voluntad
manifestada a través de los eufemismos, los juegos lingüísticos,
el humor. Al nombrar, asignamos nombres, actividad poco atractiva
por un protagonista aristocrático que dice estar "asqueado"
de su propio nombre (pág. 60). En el mundo ficticio de Moreno-Durán,
el agotamiento de la patria es lo mismo que el agotamiento de los
apellidos, lo cual viene a ser, al fin y al cabo, el agotamiento
de la lengua y del acto de nombrar.
La crisis en El caballero de la invicta, por
lo tanto, no es simplemente la ya nombrada y hasta trillada crisis
de la sociedad colombiana y sus valores, sino la crisis de las fundaciones
mismas, de lengua y de cultura. Quedan ridiculizadas no sólo
las mujeres y sus papeles tradicionalmente "femeninos", sino también
los hombres y hasta las "células masculinas" que han "agotado
su capacidad" de reproducción (pág. 37). Otra vez,
Moreno-Durán subvierte las oposiciones binarias, en este
caso lo tradicional masculino y lo tradicional femenino.
En este texto tan profunda y severamente subversivo,
el cuestionamiento que llega a las fundaciones de la patria -la
cultura y la lengua- funciona en el nivel de lo ontológico.
Los intereses ontológicos de El caballero de la invicta
son los del ser y la patria, desde los apellidos y la lengua que
llegaron a Popayán, Cartagena y Santafé de Bogotá
en el siglo XVI hasta el concepto de la capital como la Atenas Sudamericana.
Los múltiples intereses postmodernos de Moreno-Durán,
constantes desde su primera novela, lo destacan en la región
andina Aunque comparte rasgos con la ficción de escritores
como José Balza, Ricardo Piglia y Diamela Eltit, en Colombia
Moreno-Durán se destaca por ser uno de los pocos novelistas
(como Albalucía Angel y Fernando Vallejo) que muestra una
conciencia crítica de los discursos masculinos y femeninos.
Su obra más reciente, Cartas en el asunto.,
(1995), como muchos libros postmodernos, puede ser leída
como un volumen de cuentos o una novela. La ficción de Moreno
Durán suele girar alrededor de la mujer; en este libro los
personajes centrales son una cantante de cabaret y una modelo. Es
la labor del lector postmoderno activo barajar las cartas de esta
novela epistolar para descifrar sus múltiples significados.
Como William Gass, José Balza y otros escritores postmodernos,
le interesa a Moreno-Durán investigar y considerar cuántos
significados puede tener una sóla palabra; esta palabra en
Cartas en el asunto es "carta". Juega con las cartas del Tarot,
de una baraja, cartas mandadas a periódicos, misivas anónimas
y cartas de amor. Con esta novela hace otro tipo de asedio al lenguaje,
criticando implícitamente los lenguajes contemporáneos
que se usan en Colombia.
La escritura postmoderna de Moreno-Durán tiene
que ser leída y entendida en la totalidad de su proyecto
literario, del cual la trilogía Fémina suite es parte
integral. Esta trilogía explora muchas de las preocupaciones
aquí señaladas en relación con Los felinos
del canciller (su cuestionamiento al concepto de Bogotá
como Atenas Sudamericana) y El caballero de la invicta (su crítica
a los patrones tradicionales de género). Con esta obra y
su más reciente Cartas en el asunto, Moreno-Durán
aparece cada vez más como el cronista de finales de siglo
de Bogotá postmoderna.
Novelistas postrnodernos como Albalucía Angel,
Marco Tulio Aguilera Garramuño, Darío Jaramillo, Alberto
Duque López, Rodrigo Parra Sandoval y Andrés Caicedo
le plantean a su lector algunas de las mismas exigencias que Moreno-Durán
y también algunas de las mismas preocupaciones temáticas.
Son novelistas innovadores cuya subversión va más
allá de descripciones críticas a la sociedad contemporánea,
cuestionando las bases y los orígenes de la lengua, la cultura
y las formas de pensar. Las novelas posteriores de Albalucía
Angel, Misiá señora (1982) y Las andariegas (1984)
representan un proyecto novelístico emanado directamente
de la teoría feminista. Angel había publicado Los
girasoles en invierno (1 970) y Dos veces Alicia (1
972), además de una novela sobre la violencia, Estaba la
pájara pinta sentada en un verde limón (1975).
Estas tres novelas iniciales son de impulsos modernos. Desde entonces,
Angel se ha convertido en la escritora feminista y postmoderna más
importante en Colombia. Además de contener un discurso feminista
bien definido, Misiá señora y Las andariegas
son novelas herméticas. La protagonista de Misiá
señora, Mariana, es la menor de una familia de aristocráticos
terratenientes cafeteros quien en cierto momento, se encuentra acosada
de un lado, por las expectativas tradicionales de su sociedad (el
matrimonio y la maternidad) y, por otro, por sus deseos de darle
a su existencia un significado propio. Estos deseos, en abierta
oposición al estilo de vida tradicional, se ven alentados
por dos amigas de su misma edad. La estructura de Misiá señora,
dividida en tres partes o "imágenes", presenta tres etapas
eronológicas en la vida de Mariana. La primera, "Tengo una
muñeca vestida de azul" se refiere a la niñez y adolescencia
de Mariana. La segunda, "Antígona sin sombra", relata su
noviazgo, matrimonio y el nacimiento de sus hijos, y su posterior
deterioro sicológico. La tercera, "Los dueños del
silencio", cuenta varias versiones relacionadas con su madre y su
abuela. Con esta estructura tripartita, se siguen las propuestas
de Cortázar, Fuentes y Moreno-Durán: la propuesta
postmoderna de superar la oposición bipolar a través
del tres.
La obra postmoderna también suele ficcionalizar
el asunto de la diferencia; en Misiá señora este
tema surge como diferencia de género. En su niñez,
Mariana sufre ciertos vejámenes que le enseñan el
significado del machismo tradicional; luego, va descubriendo su
sexualidad. Las diferencias de género también se asocian
con la estructura de clases y la ideología del catolicismo
tradicional. Como es común en muchos textos postmodernos,
en Misiá señora se traza una línea tenue
entre la realidad empírica y la imaginación pura.
Aspecto importante de esta experiencia imaginativa es la creación
de un nuevo discurso feminista, parte integral del proyecto de Albalucía
Angel.
El deseo del protagonista de Misiá señora
es "ser tú, ser tú", una búsqueda de identidad
que enfatiza los intereses ontológicos de Angel, intereses
que MeHale considera postmodernos.12
El otro texto de temas ontológicos, Las andariegas, es el
experimento más audaz de Angel. Esta novela debe ser leída
en dos niveles: de un lado, corno búsqueda de un lenguaje
femenino; de otro, como evocación de una identidad femenina
(el nivel ontolóaico). Las andariegas comienza con dos epígrafes
claves, seguidos de una declaración de la autora en la que
propone un programa feminista; luego viene un tercer epígrafe
revelador. El primero es tomado de Les Guerrilleres de Monique
Wittig. El contexto de esta cita se refiere a mujeres que destruyen
un orden existente y que hacen acopio de fuerza y coraje. El segundo
es de Las nueva cartas portuguesas de María Isabel
Barreno, María Terda Horta y María Velho da Costa
y se refiere a mujeres que se comprometen firmemente como guerreras.
La autora propone su programa feminista a partir de estos dos epígrafes
en una declaración de una página, todo esto antes
de comenzar la narración propiamente dicha. Angel explica
que había encontrado cierta iluminación en la lectura
de Les Guerrilleres y que en consecuencia se había
embarcado en su proyecto con guerrilleras que avanzaran "desde ninguna
región hacia la historia". Utilizó como guía
algunas historias de su niñez, transformándolas en
fábulas postmodernas y visiones crípticas. El tercer
epígrafe es de la mitología de las indígenas
Kogui y subraya el papel femenino en la creación.
Las sesenta y dos anédoctas breves de esta
novela no presentan una línea de trama tradicional, sino
la visión de una mujer que ha sido censurada por la historia.
Como tal, funciona como la metaficción historiográfica
que Hutcheon usa para definir la novela postmoderna. Las anédoctas
son parábolas en las que se ha negado la expresión
femenina, y cuentan las experiencias de "viajeras" en tono afirmativo.
Tanto las viajeras como el texto se encuentran en transformación
constante, como muchos textos postmodernos.
Al igual que en las obras de Moreno-Durán,
y en los escritos de postmodernos como Ricardo Piglia, Diamela Eltit
y Severo Sarduy, el tema principal de Angel en Las andariegas es
el lenguaje mismo. Gran parte de este innovador texto postmoderno
consta de frases breves con puntuación no convencional construidas
sobre una imagen. El uso imaginativo verbal es acompañado
por imágenes visuales un conjunto de doce dibujos del cuerpo
femenino, creando así los paralelos entre cuerpo y lenguaje
que encontramos en textos de Sylvia Molloy, Severo Sarduy, José
Balza y Diamela Eltit. De acuerdo con su labor de cuerpo/lenguaje,
Angel también experimenta con el espacio físico del
lenguaje en el texto, en forma parecida a la poesía concreta.
Las cuatro páginas dedicadas a este experimento presentan
una variedad de círculos y semicírculos, con los nombres
de mujeres históricamente famosas. Se produce así
un efecto final de asociación del cuerpo femenino con el
cuerpo del texto. Las andariegas termina con una especie de epílogo
postmoderno, una cita tomada también de Monique Wittig, que
consiste de cuatro frases breves en las que se expresa precisamente
la esencia del proyecto postmoderno e inevitablemente político
inherente en ambas novelas: un nuevo lenguaje, un nuevo comenzar,
una nueva historia para la mujer. Es una política postmoderna
jamás imaginada por Jameson o Habermas y una política
que hace del proyecto postmoderno de Albalucía Angel uno
de los más significativos en la región andina. Es
claro que la obra postmoderna de Moreno-Durán y Angel está
bien alejada de la modernidad de García Márquez del
cielo de Macondo (desde La hojarasca hasta Cien años de
soledad). Otro tipo de trabajo innovador es el de Marco Tulio Aguilera
Garramuño, quien comenzó su carrera novelística
parodiando concientemente la ficción macondiana con la novela
Breve historia de toclas las cosas (1 975). La parodia puede
ser un recurso postmoderno (como ha señalado Huteheon), pero
es un procedimiento que se identifica mejor como postmoderno cuando
parodia específicamente textos modernos, como esta novela
en la cual el narrador, Mateo Albán, cuenta desde la cárcel
(en forma lúdica y juguetona) la historia de un pueblo (algo
macondiano) en Costa Rica. Además del desarrollo del pueblo,
semejante en muchos aspectos al de Macondo, confiesa los tropiezos
que tiene que superar como creador literario y narrador, llevando
este texto al terreno de la metaficción historiográfica.
Los juegos metaficticios llegan a su culminación en el sexto
capítulo, en el que Albán discute sus problemas con
sus lectores ficticios. Al igual que Moreno-Durán y Angel,
Aguilera Garramuño subvierte las más sagradas instituciones
nacionales: la Iglesia Católica, el machismo y la ficción
de Gabriel García Márquez.
Para la escritora postmoderna norteamericana Annie
Dillard, la novela postmoderna consiste en "filosofía en
una taza de té" [philosophy ín a teacup
1 y a veces la narrativa de este autor presenta este tipo de
filosofía. Aguilera Garramuño abandona el contexto
garciamarqueano, pero sigue con la metaficción, para crear
un mundo perverso y diabólico localizado en un hotel sórdido,
cuyos huéspedes, aunque pobres, son ricos intelectualmente,
y se dedican a escribir novelas. Uno de ellos propone una estética
de la novela parecida, no por coincidencia, a la estética
postmoderna que experimenta el lector de Paraísos hostiles.
Darío Jaramillo, Rodrigo Parra Sandoval y Nicolás
Suescún son tres escritores discretamente postmodernos cuya
presencia en la cultura colombiana contemporánea no se ha
limitado a la novela. Jaramillo es más conocido
como poeta, pero igual que muchos escritores postmodernos, ha producido
una variedad de textos que borran los patrones tradicionales (y
modernos) de género. Ha escrito dos novelas de suma importancia
para la narrativa postmoderna en la región andina, La muerte
de Alec (1 983) y Cartas cruzadas (1 995). La primera es una
de las mejores defensas ante los que sostienen que la novela postmoderna
no tiene fábula, ya que relata una historia intrigante al
mismo tiempo que funciona como tina mietaficción por ser
una meditación autoconsciente sobre la función de
la literatura. Se trata de una novela epistolar dirigida a un "Usted"
nunca identificado, pero sí comprometido con Alec. "Usted"
y el narrador eran amigos de Alec, quien muere en una excursión.
Los personajes son colombianos, pero el escenario es Estados Unidos.
Además, el personaje ficticio quien escribe la carta es un
novelista participante en el International Writing Program en la
Universidad de lowa13. Como muchos
escritores postmodernos, Jaramillo invierte las relaciones comúnmente
aceptadas entre la realidad empírica y la ficción:
de acuerdo al narrador, la vida es "artificioso, barroca, retorcida",
en vez de la literatura. Con esta actitud, Jaramillo se afilia con
sus homólogos postmodernos Severo Sarduy y Luis Arturo Ramos.
En la ficción
de Darío Jaramillo, el acto de contar una historia (es decir,
darle orden a los hechos) y el acto interpretativo (darle nombre)
llegan a ser fuerzas predominantes, por encima incluso de los intentos
por comprender la realidad. Al igual que en muchas novelas postmodernas,
La muerte de Alec alude constantemente a los mecanismos para
relatar una historia. Con su novela más reciente, Cartas
cruzadas, Jaramillo sigue con algunas de las mismas preocupaciones
temáticas y desarrolla otros recursos para crear una de las
novelas más logradas e importantes que se ha publicado hasta
ahora como novela postmoderna en toda la región andina14.
Como La muerte de Alec es una novela epistolar, en la cual
el autor funciona de intermediario de un personaje-poeta que Jaramillo
inventó.15
Más conocido como figura intelectual y sociólogo
que novelista, Rodrigo Parra Sandoval ha llevado a cabo, no obstante,
una labor consistentemente hermética y postmoderna desde
El álbum secreto del Sagrado Corazón (1 978)
hasta Tarzán y el filósofo desnudo (1 995).
La primera es un collage de textos, libros, periódicos, cartas,
documentos y voces que, en su conjunto, constituyen una especie
de asalto al género mismo de la novela, como muchas novelas
postmodernas. En este sentido, la sugerencia del autor implícito
es que el género novela adolece de limitaciones parecidas
a las sufridas por el mismo protagonista durante los años
que pasó en un seminario con numerosas limitaciones y regido
por políticas represivas. Como Moreno Durán, Angel
y Aguilera Garramuño, Parra Sandoval cuestiona la imagen
oficial de las instituciones nacionales. Lo ontológico (y
lo postmoderno) de El álbum secreto del Sagrado Corazón
se basa en la existencia de dos personajes centrales que se caracterizan
de tal forma que podría tratarse de la misma persona -la
contradicción no resuelta de Hutchcon.
Parra Sandoval continúa su
crítica de las instituciones nacionales en Tarzán
y el filósofo desnudo. Como Terra Nostra de Fuentes,
esta novela debe ser leída como otra antología de
recursos y motivos postmodernos. Desde los múltiples epígrafes,
se enfatiza su problemática ontológica, la cual también
presenta un juego explícito con múltiples lectores
ficticios, recalcando lo metaficticio y la línea tenue que
divide el mundo empírico y el mundo ficticio. Esta sátira
de la tradición académica colombiana representa, junto
con Cartas cruzadas de Darío Jaramfflo y El caballero de
la invicta de Moreno-Durán, una de las contribuciones
más importantes de la década a la novela postmoderna
en la región andina 16.
Nicolás Suescún pertenece a la misma
Generación que Moreno-Durán, Angel, Jaramillo y Parra
Sandoval, pero su labor literaria se había limitado al cuento
y las traducciones (igual que editor y diseñador) hasta cuando
publicó una novela definida en su carátula como "postmoderna",
Los cuadernos de N (1994). Efectivamente, es una novela que
cuestiona cualquier definición del género novelesco,
reuniendo una serie de minicuentos, anécdotas, poemas, aforismos
y confesiones. Es un juego de autores anónimos que gira alrededor
del ser marginal.
El autor de esta generación que básicamente
inició la novela innovadora y postmoderna en Colombia con
Mateo el flautista en 1968, Alberto Duque López, ha
culminado su trayectoria novelística (que consiste en cinco
novelas) con Muriel, mi amor (1995). Parte de una generación
que ha escrito bajo el signo de Borges y Cortázar, Duque
López publicó el primer homenaje novelístico
al segundo con Mateo el flautista (dedicado simultáneamente
al Rocamadour de Rayuela y a su propio hijo) además, el seudónimo
usado por el autor es "Horacio Oliveira". Juego constante con códigos
dobles y contradicciones no resueltas, Mateo el_flautista es
una novela en dos partes que se contradicen mutuamente. Con Muriel,
mi amor, Duque López vuelve a algunas de las estrategias
narrativas exploradas en Mateo el_flautista.
Una de las novelas colombianas de mayor impacto en
la escena postmoderna ha sido ¡Que viva la música!
(1977) de Andrés Caicedo, autor caleño que se suicidó
muy joven después de publicar una novela y varios cuentos.
Como en las obras de los escritores mexicanos de la "Onda", Que
viva la música! se relaciona con el mundo de la droga
y la música de los sesenta. Pero más allá de
esta comparación fácil, Caicedo tiene poco en común
con aquel grupo mexicano. ¡Que viva la música! es
un intento de afrontar la crisis generacional colombiana de los
sesenta. Caicedo asume un tono sobrio, contrario al tono humorístico
de los escritores mexicanos. En una escena final, decisiva y exótica,
esta novela se revela como un texto de profundos intereses ontológicos.
Dos escritores postmodernos de constantes
intereses metaficticios son Julio Olaciregui y Ricardo Cano Gaviria
17En Los domingos de Charito (1986)
y Trapos al Sol (1991) Olaciregui se muestra más interesado
en la experimentación formal que en el desarrollo de la fábula.
En sus libros de ficción Prytaneum (1981), Las ciento
veinte jornacías de Bouvar Pécuchet (1
982), El pasajero Benjamín (1 989),
En busca de Maloch (1989) y Una lección de abismo
(1991) Cano Gaviria se dedica a temas literarios de forma metaficticia.
Su mejor obra, Una lección de abismo, es una novela
epistolar que versa sobre la interpretación misma18.
Antonio Caballero y Héctor Abad Faciolince han participado
de la cultura postmoderna colombiana con sus primeras novelas. Sin
remedio (1981) de Caballero lleva el subtítulo de "Historia
de un poema". El protagonista, Ignacio Escobar, es un joven bogotano
que decide crear un gran poema. Como ha señalado Rodríguez,
Sin remedio funciona como una metaficción y una obra contestataria19.
Las actitudes postmodernas de Caballero se evidencian en su problematización
del concepto estético de la unidad, su desconfianza ante
cualquier historia oficial y sus dudas acerca de las posibilidades
de encontrar verdades.
Asuntos de un hidalgo disoluto (1994)
de Abad Faciolince comparte algunas actitudes de Moreno-Durán
y Darío Jaramillo, funcionando en las mismas arenas movedizas
de José Balza. Como Sarduy y Moreno-Durán, cultiva
el arte de la digresión. Asuntos de un hidalgo disoluto
es el relato autoconsciente y narcisista de un señor de setenta
y dos años que narra los altibajos de su vida desde la adolescencia,
partiendo del modelo de la novela picaresca española. Como
Moreno-Durán, Faciolince parece ser partidario de la famosa
afirmación de Oscar Wilde: "He puesto toda mi genialidad
en mi vida, en mi obra sólo está mi talento". Como
varios postmodernos de la región andina, entre ellos Darío
Jaramillo, es un buscador de signos y un creyente del azar que no
se deja llevar por los límites de los sistemas de pensamiento
moderno, bipolar y racional.
Abad Faciolince pertenece a una nueva generación
de escritores postmodernos nacidos en los años cincuenta,
una nueva generación de novelistas que incluye a Hugo Chaparro
Valderrama, Orietta Lozano, Philip Potdevin, Octavio Escobar Giraldo
y Boris Salazar. Como los personajes de Darío Jaramillo y
Héctor Abad Faciolince, los de Chaparro Valderrama en El
capítulo de Ferneli no sólo tienen relaciones
con Rayuela, sino también con Sue Grafton, Alfred Kubin,
Raymond Chandler, Rubén Fonseca, Luis Rafael Sánchez,
y el Carlos Fuentes de Cabeza de la sidra. El protagonista
es un narrador que escribe para entender y el resultado es una de
las novelas más innovadoras que se ha publicado en Colombia
desde Mateo el_flautista.
Más conocida en Colombia como poeta, Orietta
Lozano ha producido una novela de resistencia cultural, Luminar
(1994), que recuerda algunos de los temas de Caicedo y se relaciona
con algunas direcciones de la narrativa feminista, especialmente
el proyecto de la chilena Diamela Eltit. Uno de los textos más
experimentales desde Mateo el_flautista y una de las novelas
más culturalmente provocadoras desde ¡Que viva la
música!, Luminar es una metaficción sobre la condición
postmoderna urbana de un grupo de jóvenes, quienes se asocian
con una escritora llamada Odette, quien lee y escribe textos; algunos
de estos personajes también hablan de Luminar, proveyendo
así uno de los aspectos metaficticios a la obra. Odette vive
los excesos de la vida y la literatura y, como varios personajes
en la obra de Moreno Duran, ejercen la literatura como estilo de
vida. En este mundo (postmoderno) de textos, alcohol y drogas, todo
es provisional y no hay una autoridad empírica o textual.
Como Eltit, Lozano concibe la realidad como una construcción
social; como en igue viva la música! los significados
están acotados, pero aquí el agotamiento no viene
de las drogas, sino del lenguaje mismo.
De esta generación de novelistas
postmodernos nacidos en los cincuenta, Phillip Potdevin y Octavio
Escobar Giraldo se han definido no sólo como lectores de
la novela moderna, sino también como narradores con una preferencia
cultural muy importante que las generaciones anteriores no tienen:
la televisión20 . Es una generación
que prefiere ignorar las fronteras nacionales, ya borradas por la
televisión y el cine. Por lo tanto, Metatrón (1995)
de Potdevin y El último diario de Tony Flowers (1995)
de Escobar Giraldo son novelas postmodernas que borran fronteras,
géneros y los polos opuestos entre la realidad ficticia y
la realidad empírica. Son autores que aseguran un futuro
vital para la narrativa innovadora en Colombia.
Con una cultura y sociedad fundamentalmente conservadoras,
Colombia ha sido radicalmente transformada en las tres últimas
décadas, y más que cualquier otra sociedad de la región
andina. Paradójicamente, esta sociedad que resistía
la cultura moderna en los años cincuenta y sesenta -cuando
García Márquez y su generación eran considerados
marginales- ha producido una de las culturas postmodernas más
extensas y elaboradas de la región andina. Aún la
historia de uno de los escritores más sagrados de Colombia,
José Eustasio Rivera, ha sido reescrita en forma de novela
postmoderna, La otra selva ( 1 -99 1) de Boris Salazar, biografía
ficcionalizada de los últimos días de Rivera en Nueva
York.
Las Postmodernidades colombianas siguen dos tendencias
generales: las ficciones herméticas de escritores como Moreno-Durán,
Angel, Jaramillo, Parra Sandoval y Potdevin, ficciones que asociamos
fácilmente con la narrativa Postmoderna internacional como
la han descrito llassan y MeHale y que encontramos en México
con la creación de Salvador Elizondo, José Emilio
Pacheco y la obra posterior a 1968 de Fuentes. Son escritores que
exigen un lector activo, postmoderno. Por otra parte, en Colombia
se produce una propuesta cultural más popular y accesible,
tal como es la obra de Caicedo, Valverde, Lozano, Chaparro Valderrama
y Escobar Giraldo. Esta segunda tendencia puede ser asociada con
postmodernidades tan diversas corno la ficción temprana de
Cabrera Infante y el proyecto postinoderno de resistencia publicado
por Diamela Eltit.
1. Yolanda Forero, Un eslabón perdido:
la novela colombiana de los años cuarenta (1941-1949). Bogotá: Editorial
Kelly, 1994.
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2. Jaime Alejandro Rodríguez, Autoconciencia
y postmodernidad Bogotá: Editorial Sí, 1995.
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3. AIfonso de Toro, "Postmodernidad
y Latinoamérica", Revista Iberoamericana, Número 155-156 (abril-septiembre
1991): 441-467.
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4. Carlos Rincón, La no simultaneidad
de lo simultáneo Bogotá: Universidad Nacional, 1995
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5. Brian MeHale, Postmodern Fiction.
New York. Methuen, 1987. Capítulo 1. 92 Postmodernidades Colombianas
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6. Véase R. H. Moreno-Durán, "Fragmentos'
de la augusta sílaba", Revista Iberoamericana, 128.
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7. Para un estudio sobre la intertextualidad
de esta novela véase Diógenes Fajardo, "Culminación de una trilogia",
Htspamérica 45, 1987, páginas 121-129.
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8. He analizado la tradición literaria
del altiplano cundiboyacense en Novela y poder en Colombia, Bogotá:
Tercer Mundo Editores, 1991.
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9. Véase Lucille Kerr, Suspended
Fictions: Reading Novels by Manuel Puig Urbana: University of Illinois
Press, 1987, página 24.
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10. R.H. Moreno-Durán, Losfelinos
del canciller, Bogotá: Planeta, 1987, pág. 50
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11. R.H. Moreno-Durán, El caballero
de la invicta Bogotá: Planeta, 1992, pág.227. Todas las citas son
de esta edición.
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12. Adriana Rosas ha estudiado
los intereses ontológicos de Angel en Misiá Señora en un trabajo
inédito.
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13. Darío Jaramillo participó en
el programa de escritores de la Universidad de lowa entre 1974 y
1975.
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14. AI escribir este capítulo en
julio de 1995, Darío Jaramillo todavía no había publicado Cartas
cruzadas. Hago estos breves comentarios sobre la novela a base de
una lectura del manuscrito de la novela en Bogotá en enero de 1993.
Obviamente es una novela que merece bastante más análisis del que
fue posible hacer en julio de 1995.
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15. En una entrevista con Darío
Jaramillo en julio de 1995, Jaramillo se refirió al "intermediario
de un personaje-poeta" (Bogotá, 20 de julio de 1995).
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16. 16AI escribir este capítulo,
en julio de 1995, Rodrigo Parra Sandoval todavía no había publicado
Tarzán y elfilósofo desnudo. Hago estos breves comentarios a base
de una lectura del manuscrito de la novela en julio de 1995. Es
una novela larga y bien lograda que obviamente merece más análisis
del que me fue posible hacer en julio de 1995.
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17. Jaime Alejandro Rodríguez.
Autoconciencia y postmodernidad (Bogotá: Sí Editores, 1995) págs.
105-113.
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18. Para un análisis de la obra
completa de Ricardo Cano Gaviria, véase Eduardo Jaramillo, "Ricardo
Cano Gaviria: lector que escribe", en Luz Mery Giraldo (compiladora),
Fin de siglo: narrativa colombiana. Cali: Centro Editorial Javeriana,
1995, páginas 165-173.
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19. Jaime Alejandro Rodríguez ha
estudiado Sin remedio como metaficción en op. cit.
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20. Entrevistas personales con
Octavio Escobar Giraldo (en Manizales) y Philip Potdevin (en Bogotá)
en julio de 1995.
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