El refrán se complementa y se enriquece aún más
con el empleo anafórico de "oyó" (206) y "oíamos"
(252), a veces matizado con formas correspondientes del verbo "sentir",
en juego irónico con la sordera del patriarca. Los tres verbos
sensoriales se juntan casi sinestésicamente en las postrimerías
del patriarcado: "oía vientos de lunas en la oscuridad, sentía
los pasos del tiempo en la oscuridad, veía a su madre Bendición
Alvarado barriendo en la oscuridad" (253). El regalo norteamericano
de "una trompeta acústica igual a la del perro de la voz
del amo" (224) demuestra la riqueza y la complejidad de esta nueva
obra de García Márquez; la nota nostálgica
del fonógrafo RCA Victor insinúa la relación
entre patriarca-amo y los "patriarcanos" -perros, intensifica el
motivo recurrente perruno y hace burla del altruismo imperialista
puesto que el regalo se dio "para que él pudiera oír
una vez más la pretensión insistente de llevarse nuestras
aguas territoriales a buena cuenta de los servicios de la deuda
externa" (224).
En el mundo del viejo patriarca nada se puede creer: Ni lo visto,
ni lo oído, ni lo sentido. Después de que sus "viudas
felices" (133) y su consejo de ministros celebran su primera muerte,
quedan pasmados ante su resurrección al tercer día,
ignorando que quien de veras murió fue su dolor, nombrado
apropiadamente Patricio. Lo que el patriarca aprendió durante
sus largos años de reinado fue que "la mentira es más
cómoda que la duda, más útil que el amor, más
perdurable que la verdad" (270). Pero si el patriarca engaña
a los "patriarcanos", él mismo, igual que el señor
Presidente de Miguel Angel Asturias, es víctima de su propio
sistema -o sea que para él también lo visible no es
siempre creíble. Poco antes de morir, Patricio, su doble,
le informa "que todos le dicen lo que saben que usted quiere oír
mientras le hacen reverencias por delante y le hacen pistola por
detrás" (29). No sólo los noticieros que se oían
por radio o que se veían por televisión, sino también
las radionovelas y las telenovelas se arreglaban según la
voluntad del patriarca, o anticipándola: "la película
de televisión en que todo ocurría por orden suya al
revés de la vida" (225). Y hasta las colegialas que el patriarca
seduce "tantas tardes de su vejez" (226) resultan ser "putas...reclutadas
y bañadas por la policía sanitaria (226) para complacerlo.
El mismo lector se encuentra atrapado en este sistema donde nada
es creíble. A pesar de que la primera colegiala -que es colegiala
de verdad -afirma que "nadie era más hombre" (223) que e
patriarca, ella misma parece desmentirse con la descripción
en primera persona de los actos exageradamente grotescos cometidos
por el patriarca ya decrépito. El lector no sabe hasta qué
punto debe creer los recuerdos de esta muchacha a quien sólo
con la muerte del patriarca se le permite regresar de su destierro
"envejecida y amargada con esta recua de hijos" (223). Cuando ella
habla de "una ternura de hombre que nunca volví a encontrar"
(222), de "las horas felices de mi pubertad" (222) y de "una generosidad
de viejo que nunca más volví a encontrar en tantos
hombres apresurados y mezquinos que trataron de amarme sin conseguirlo
en el resto de mi vida" (223), el lector apenas queda medio convencido
de que el patriarca lograra vencer durante dos años la debilidad
de su vejez y su consabida inseguridad frente a las mujeres para
satisfacer sexualmente a esta niña de doce a catorce años.
En cambio, las palabras bruscas de la "puta del puerto" hacen pensar
que la verdadera colegiala compartía todas las indecencias
del viejo con inocencia infantil y que todo lo veía como
un juego por el cual recibía el gran premio de un caramelo.
El lector vuelve a engañarse cuando por poco se le obliga
a creer en los milagros realizados por el patriarca. La cura milagrosa
de los paralíticos, los ciegos y los leprosos "sucedió,
incrédulos del mundo entero, idólatras de mierda,
sucedió que él nos tocó la cabeza al pasar,
uno por uno, nos tocó a cada uno en el sitio de nuestros
defectos con una mano lisa y sabia que era la mano de la verdad"
(251). El lector crédulo se deja convencer porque los enfermos
curados lo afirman tan categóricamente, en tanto que la duda
del narrador colectivo se atenúa por expresarse con el imperfecto
del verbo "pensar": "pero nadie pensaba que fuera cierto, pensábamos
que era uno más de los tantos áulicos que mandaban
a los pueblos con un viejo bando de merolicos..." (251).
Dentro de este mundo de ver para no creer, hasta los sueños
y las profecías no se cumplen. Además de la muerte
de su doble y de su verdadera muerte; el patriarca sufre una tercera
muerte, la cual comprueba que el refrán parodiado se aplica
no solamente a la realidad sino también al sueño:
"se vio a sí mismo en la casa grande y vacía de un
mal sueño circundado por unos hombres pálidos de levitas
grises que lo punzaban sonriendo con cuchillos de carnicero, lo
acosaban con tanta saña que adondequiera que él volviese
la vista se encontraba con un hierro dispuesto para herirlo en la
cara y en los ojos, se vio acorralado como una fiera por los asesinos...."
(94). El patriarca no muere apuñalado por los senadores como
Julio César, sino de muerte natural, pero se vale del sueño
"para liquidar el aparato legislativo y judicial de la vieja república"
(95).
Aun su muerte verdadera no acontece tal "como estaba anunciado
desde siempre en las aguas premonitorias de los lebrillos" (269).
En vez de morir en la oficina vestido de uniforme como habrían
de decir "para no contrariar los augurios de sus pitonisas" (269),
murió en su dormitorio, tirado en el suelo como siempre,
vestido de "pantalón de manta cerril...camisa a rayas...y
las pantuflas del inválido" (268).
Incluso la anonimidad del patriarca resulta problemática
cuando en un momento dado se revela que tal vez su nombre sea Zacarías
porque como Zacarías, lo había vuelto a leer bajo
el resplandor fugitivo del faro, lo había leído otra
vez muchas veces y el nombre tantas veces repetido terminó
por parecerle remoto y ajeno, qué carajo, se dijo, haciendo
trizas la tira del papel, yo soy yo, se dijo" (132). No se vuelve
a mencionar el nombre de Zacarías en el resto de la novela.
En cambio, en los últimos momentos de su vida, la muerte
lo llama Nicanor: "alguien lo había llamado en el sueño
con un nombre que no era el suyo, Nicanor, y otra vez, Nicanor"
(268). Como García Márquez identifica el nombre Nicanor
con todos los hombres moribundos, parece expresar la idea de que
vivir es cantar. Por lo tanto, quien no canta (Nicanor) está
condenado a morir igual que Nicanor Cruz, personaje pétreo
de Todo verdor perecerá: "cuando la vio de cuerpo entero
comprendió que lo había llamado Nicanor Nicanor que
es el nombre con que la muerte nos conoce a todos los hombres en
el instante de morir" (269).
El recurso técnico que más contribuye a la creación
de este mundo donde nada se puede creer es el punto de vista narrativo
que se desplaza continuamente. Es decir, que no hay un narrador
omnisciente ni la realidad es única y fija. Cada uno de los
seis capítulos no numerados se inicia con un narrador anónimo
en primera persona plural que nunca llega a identificarse. El "nosotros"
parece representar un grupo de jóvenes pero también
podría ser cualquier grupo indeterminado. La credulidad que
merezca este narrador colectivo se socava porque los acontecimientos
del pasado no fueron presenciados directamente, sino que éstos
se han transformado a través de los recuerdos populares y
los textos oficiales: "ninguno de nosotros era bastante viejo para
recordar lo que ocurrió la primera vez" (47). Es más,
la identificación entre el lector y el narrador colectivo
frente al patriarca desaparece cuando pasada la mitad de la novela,
la primera persona plural se convierte en un grupo de políticos
cínicos: "invocábamos la unión de todos contra
el despotismo de siglos para repartirse por partes iguales el botín
de su poder" (169). La narración en primera persona plural
pierde aún más credibilidad al usarse no sólo
para referirse al grupo que contempla el cadáver del verdadero
patriarca, sino también para referirse a una gran variedad
de grupos, sin cambiar de estilo:
- Los galleros: "todos nos sentíamos sus extrañas
carcajadas de redoblante que resonaban por encima de la música
y los cohetes, sufríamos cuando callaba, estallábamos
en una ovación de alivio cuando sus gallos fulminaban a
los nuestros" (92);
- La cartomante y el patriarca: "vimos a su madre Bendición
Alvarado pintando pájaros...vimos...y él dijo ajá...vimos
y él dijo ajá..." (96);
- El patriarca y lo suyos: "todavía no habíamos
descubierto que los más tenebrosos eran los que más
gritaban que viva el macho" (101);
- Los sobrevivientes del ciclón: "donde estaban acampados
los náufragos del huracán, los últimos sobrevivientes
incrédulos que contemplamos el paso silencioso de la barcaza
pintada con los colores de la bandera" (104);
- Los conspiradores en el banquete del general Rodrigo de Aguilar:
"ante la petrificación de horror de los invitados que presenciamos
sin respirar la exquisita ceremonia del descuartizamiento y el
reparto" (127).
El desplazamiento del punto de vista narrativo a los personajes
que aparecen en cada escena no se limita a la primera persona plural.
Es aún más frecuente el cambio a la primera persona
singular. Esos cambios suelen suceder dentro de la misma oración:
"Los símbolos visibles de su poder descomunal como el día
del cumpleaños de Manuela Sánchez en que le había
pedido que abriera la ventana y ella la abrió y me quedé
petrificada de pavor al ver lo que habían hecho de mi pobre
barrio de las peleas de perro, vi..." (79); "sacaron a la calle
del comercio a su madre Bendición Alvarado para que comprobáramos
que no tenía cara de duelo, me vistieron con un traje de
flores..." (31). Cuando el general Guzmán se emborrachó
tanto en una fiesta que llegó a orinar en los escotes de
las damas elegantes, no había quien "se atreviera a someterlo,
ni siquiera él, porque yo me sabía con más
poder que cada uno de ellos pero con mucho menos que dos de ellos
confabulados" (58): "el embajador Palmerston...contaba en sus memorias
prohibidas...que tuvo que abrirse paso por entre un muladar de papeles
rotos y cagadas de animales...nadie me dio razón de nada...y
tuve que valerme de los leprosos y los paralíticos" (90).
De vez en cuando el narrador colectivo principal se dirige retóricamente
al lector: "y una tarde de enero habíamos visto una vaca
contemplando el crepúsculo desde el balcón presidencial,
imagínese, una vaca en el balcón de la patria" (9).
En uno de los desplazamientos más ingeniosos, el narrador
colectivo cede la narración al patriarca quien recuerda a
su esposa y se dirige a ella con la forma de la segunda persona
singular. En seguida, le cede la narración a ella que incorpora
sus órdenes, también en segunda persona singular,
en la narración. Finalmente, en las últimas palabras
de la cita, se nota cómo el punto de vista vuelve a cambiarse
hacia el patriarca.
...pero sólo conseguía recordarla desnuda a las dos
de la tarde bajo la luz de harina del mosquitero, se acordaba del
lento reposo de tu cuerpo manso y lívido en el zumbido del
ventilador eléctrico, sentía tus tetas vivas, tu olor
de perra, el humor corrosivo de tus manos feroces de novicia que
cortaban la leche y oxidaban el oro y marchitaban las flores, pero
eran buenas manos para el amor, porque sólo ella había
alcanzado el triunfo inconcebible de que te quites las botas que
me ensucias mis sábanas de bramante, y él se las quitaba,
que te quites los arneses que me lastimas el corazón con
las hebillas, y él se las quitaba, que te quites el sable,
y el braguero, y las polainas, que te quites todo mi vida que no
te siento, y él se quitaba todo para ti.. (133).
Con un patriarca tan indestructible, cuyo gobierno se extiende
por más de cien años, el tiempo novelístico
cumple una función tan importante como la del punto de vista
narrativo en la creación del ambiente fantástico.
La estructura básica es el paralelismo entre, por una parte,
el tiempo actual que comienza "en la madrugada del lunes"(5) y transcurre
hasta la medianoche (219) y por otra el tiempo histórico
con sus acontecimientos evocados por los recuerdos con cierta vaguedad
pero en orden más o menos lineal. El hecho de que el patriarca
vea al revés los programas de televisión de circuito
cerrado -"los rollos de la película estaban invertidos" (264)
-es una clave falsa de la estructura cronológica. Sólo
la primera impresión hace pensar en "Viaje a la semilla"
de Alejo Carpentier. El otoño del patriarca comienza con
los "carcomidos muros", "el tiempo estancado", "la luz decrépita"
(25) y el cadáver del patriarca picoteado por los gallinazos
y poco a poco el lector va penetrando en el pasado para reconstruir
toda la vida del personaje a partir de su concepción -aunque
la novela se concentra en sus años otoñales. Puesto
que el principio de cada capítulo vuelve al punto de partida
del cadáver, el tiempo obviamente no fluye en línea
recta hacia atrás como en "Viaje a la semilla". En la reconstrucción
del patriarca sintético-fantástico de la América
Latina, una cronología tan precisa como la de Carpentier
desentonaría.
Para captar el carácter esfumado del patriarca, García
Márquez alude enigmáticamente tanto al futuro como
al pasado: "el voluble mar de topacio que en aquellos tiempos de
gloria estaba todavía frente a su ventana" (11); "los orígenes
más inciertos de su memoria" (17). Mientras más años
va acumulando el patriarca, más vagos se van haciendo los
recuerdos. Para remediar esta condición, su médico
"quería obligarlo a tomar cucharadas de ceregén para
taparme los sumideros de la memoria" (202). El patriarca, en cambio,
prefiere acudir a "los papelitos enrollados que con tan buen espíritu
y tanto esmero había escondido en los resquicios de las paredes
porque había terminado por olvidar qué era lo que
debía recordar" (260)
Dentro de la escultura cronológica principal, García
Márquez emplea el mismo juego entre vaguedad y precisión
que dio tan buenos resultados en cien años de soledad. A
pesar de la historicidad -en términos generales- de la novela,
jamás se menciona una fecha exacta. Se recalca la precisión
en cuanto al día y al mes, pero en ningún sitio aparece
el año: "un domingo de hacía muchos años" (8);
"el histórico viernes de octubre" (44); "en otro diciembre
lejano" (42); "la fiesta diplomática de los diez años
de mi ascenso al poder" (57); y la celebración del primer
centenario de su ascenso al poder (216). El patriarca acaba por
morir un "lunes histórico" (7), pero , en realidad, murió
el sábado o el domingo; se descubrió el cadáver
el lunes y se anunciará su muerte el martes.
Confiado en las aguas premonitorias de los lebrillos, el patriarca
se ve muerto "a una edad indefinida entre los 107 y los 232 años"
(87). Como "a los ciento cincuenta había tenido una tercera
dentición" (49); si murió en 1975, debe haber nacido
entre 1743 y 1825. La imposibilidad de calcular la edad verdadera
del patriarca también se explica al principio del tercer
capítulo: "si aun en los suyos de mayor gloria al motivos
para dudar de su existencia, y si sus propios sicarios carecían
de una noción exacta de su edad, pues hubo épocas
de confusión en que parecía tener ochenta años
en las tómbolas de beneficencia, sesenta en las audiencias
civiles y hasta menos de cuarenta en las celebraciones de las fiestas
públicas" (89).
Aunque matemáticamente no puede haber nacido ante de 1743,
el patriarca está presente cuando llegan los primeros conquistadores
españoles. Es más: su longevidad se acentúa
mediante reminiscencias tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo.
En la cita siguiente, la edad del patriarca se extiende desde los
tiempos cristianos del viernes santo hasta el Egipto de las diez
plagas y aun hasta los días de la misma creación,
o antes: "nos contaba que un viernes santo había sentido
estropicio del viento y el olor de caspa del mediodía e iban
tijereteando cuanto encontraban a su paso y dejaron el mundo trasquilado
y la luz en piltrafas como en las vísperas de la creación"
(172).
En el último capítulo se resume su régimen
prolongado presentado la vista de "los arrecifes de vidrios solares
de los ministerios que se alzaban más altos que las torres
de la catedral" (228) y agregando otras seis vistas -con el consabido
"vio" anáforico- de aspectos modernos de la capital, para
los cuales el autor emplea irónicamente el tópico
ubi sunt, expresado con otra anáfora, esta vez eneapartita:
"dónde está el callejón de miseria de las mujeres
sin hombres...dónde están los hindúes que se
cagaban en la puerta de sus tenderetes...dónde están
sus esposas lívidas que enternecían la muerte con
canciones de lástima, dónde está la mujer que
se había convertido en alacrán por desobedecer a sus
padres, dónde están las cantinas de los mercenarios,
sus arroyos de orín fermentado..." (229). La impotencia del
patriarca para detener la marcha del tiempo en su ancianidad hace
juego con su poder anterior de alterar el paso de las horas. A causa
del inútil asedio a Manuela Sánchez, reina de la belleza
de los pobres, el patriarca se desvela tanto que las horas van pasando
lentamente y enumeradas desde las ocho de la noche hasta las tres
de la madrugada. En ese momento, el "descompositor de la madrugada"
(72) proclama que "son las ocho, carajo, las ocho, dije, orden de
Dios" (72) y despierta a toda la ciudad. En los años pre-otoñales,
"alguna vez preguntó qué horas son y le habían
contestado las que usted ordene mi general" (92)..
La autoidentificación del patriarca con Dios la utiliza
García Márquez para burlarse tanto de la fe religiosa
del pueblo como de la jerarquía eclesiástica. Recuérdense
las escenas en Cien años de soledad: la ascensión
de Remedios la bella (la Virgen), la entrega en una canasta del
hijo ilegítimo de Meme (Moisés) y la levitación
del padre Noguera. En el otoño del patriarca, no se trata
sólo de episodios aislados sino que éstos constituyen
uno de los elementos estructurantes más fuertes de la novela,
el cual se ajusta perfectamente con el tema de ver para no creer,
o sea que no puede creerse todo lo que se lee en la Biblia, o, en
las palabras de George Gershwin, "It Ain´t Necessarily So". Al buscar
pruebas de la santidad de la madre del patriarca, el eritreno, investigador
enviado por el papa, se refiere a Jesús con las palabras:
"ese otro dios difícil, uno y trino" (151). En una alusión
anacrónica al nacimiento de Jesús, el patriarca y
su esposa Leticia Nazareno "contemplaban juntos los sauces misteriosos
que por aquellas Navidades les mandaron los reyes de Babilonia,
para que los sembraran en el jardín de la lluvia..." (192).
El propio nacimiento del patriarca está envuelto en misterio:
"los textos escolares atribuían el prodigio de haberlo concebido
sin concurso de varón" (51). En cambio, los cachacos del
páramo le informan al eritreno, que Bendición Alvarado
(que no se llamaba así en esa época (152) era una
vendedora de pájaros falsificados con pintura, que se entregaba
a los hombres para sobrevivir: "se sentaba ahí, padre, en
la resolana de los fogones, esperando que alguien le hiciera la
caridad de acostarse con ella en los pellejos de melaza de la trastienda,
para comer, padre, no más que para comer" (151). La misma
Bendición, durante su agonía, le revela al patriarca
los secretos de su nacimiento: "nunca pude establecer cuál
de tantos fugitivos de vereda había sido tu padre...lo había
engendrado de pie y sin quitarse el sombrero por el tormento de
las moscas metálicas...lo había parido mal en un amanecer
de agosto en el zaguán de un monasterio" (135). Gracias a
los artífices de la historia patria que habían embrollado
los hilos de la realidad para que nadie pudiera descifrar el secreto
de su origen" (153), el eritreno encuentra tres actas de nacimiento
distintas "y en todas era él tres veces distinto, tres veces
concebido en tres ocasiones distintas, tres veces parido mal" (152).
En las vísperas de su otoño, el patriarca llega al
páramo donde "le mostraban letreros de bienvenida al patricio
sin nombre que está sentado a la diestra de la Santísima
Trinidad" (19).
El proceso de canonización de Bendición Alvarado
también contribuye a intensificar la burla del catolicismo.
En una referencia a la aparición milagrosa de la Virgen de
Guadalupe de México, la imagen de Bendición parece
estar impresa en la sábana de lino que cubría su cadáver,
imagen "sin trazas de vejez ni estragos de peste acostada de perfil
con la mano en el corazón" (144). En la página siguiente,
se revela que "era la obra de un pintor muy diestro en las buenas
y en las malas artes" (145). Sin embargo, Bendición era una
buena mujer pueblerina que no dejó de ser lo que era a pesar
del poder de su hijo. Un buen toque humorístico resulta cuando
durante el desfile del jubileo ella se acercó a la limusina
presidencial "y metió la canasta por la ventana del coche
y le gritó a su hijo que ya que vas a pasar por ahí
aprovecha para devolver estas botellas en la tienda de la esquina"
(51). Además del nombre Bendición, el simbolismo cristiano
se hace patente en el apellido de la esposa del patriarca, Leticia
Nazareno, y en los nombres de los generales Jesucristo Sánchez
y Saturno Santos.
Para reforzar la imagen de "ese otro dios difícil uno y
trino" (151), abundan -sin ningún pretexto de sutileza -
los grupos trinarios y la estructura tripartita. Al casarse con
Leticia Nazareno, quien da a luz durante la misma boda un varón
nombrado Emmanuel, el patriarca forma su propia sagrada familia.
Unos años después, "comían los tres en una
mesita de playa bajo el cobertizo de trinitarias" (189), flores
que aparecen como motivo recurrente (18, 225). El patriarca vive
en la casa presidencial donde protege a los leprosos, los ciegos
y los paralíticos. Antes de acostarse cada noche, pasa "los
tres pestillos" (13,115,123,191,207,253, etc.) El truco ingenioso
por el cual el patriarca se enriquece con los premios de la lotería
también se basa en el número tres: "abrieron el balcón
a las tres, hicieron subir tres niños...y cumpliendo la orden...sacaban
las tres bolas mantenidas en hielo durante varios días con
los tres números del billete que él se había
reservado, pero nunca pensamos que los niños podían
contarlo, mi general, se nos había ocurrido tan tarde que
no tuvieron otro recurso que esconderlos de tres en tres, y luego
de cinco en cinco, y luego de veinte en veinte" (110-111) .
En este mundo novelístico donde nada es real, hasta se llega
a disimular la crueldad arbitraria del patriarca con sus "diez soles
tristes de general del universo" (219). El más de cientocincuentón
solitario no parece ser el mismo que mandaba tirar a los presos
"en los fosos de la fortaleza del puerto para que se los coman vivos
los caimanes" (29) ni el que mandaba despellejar vivos a otros para
enviarle "el cuero a la familia como escarmiento" (29). Las barbaridades
continúan y a pesar de todo lo que se nos dice, el patriarca
es el responsable. Por la alegría nacional provocada por
la muerte de Patricio, su doble, el patriarca castiga a los culpables
con las peores torturas. A dos generales del mando supremo, pobres
muchachos engañados, suspiró" (39). En efecto, los
suspiros del patriarca suelen asociarse con sus decisiones más
enérgicas como cuando rechaza (aunque sólo en apariencias)
la petición de Leticia para que permita la vuelta al país
de las comunidades religiosas (176) y cuando decide (de veras) eliminar
a José Ignacio Saenz de la Barra (237). Este había
sido contratado por el patriarca para entregarle "las cabezas de
los asesinos reales de Leticia Nazareno y el niño" por un
"presupuesto de ochocientos cincuenta millones" (209). Aunque le
parecieran repugnantes "La fabrica de suplicios" (230) y "las máquinas
de tortura más ingeniosas y bárbaras que podía
concebir la imaginación" (231), el anciano suspirador "había
firmado por novecientos dieciocho cabezas de sus opositores más
encarnizados" (212) y permite que Saenz de la Barra "siga cumpliendo
con su deber como mejor convenga a los intereses de la patria con
la única condición de que yo no sé nada ni
mi general, pues los buenos patriotas de la patria dicen que usted
no sabe nada, que todo esto sucede, sin sus consentimiento" (233).
Para impedir que los dos mil niños revelen el truco de la
lotería, el patriarca:
Ordenó que metieran a los niños en una barcaza cargada
de cemento, los llevaran cantando hasta los límites de las
aguas territoriales, los hicieran volar con una carga de dinamita
sin darles tiempo a sufrir mientras seguían cantando, y cuando
los tres oficiales que ejecutaron el crimen se cuadraron frente
a él con la novedad mi general de que la orden había
sido cumplida, los ascendió dos grados y les impuso la medalla
de la lealtad, pero luego los hizo fusilar sin honor como a delincuentes
comunes porque hay órdenes que se pueden dar pero no se pueden
cumplir, carajo, pobres criaturas (116).
Sin embargo, a pesar de todas las arbitrariedades del patriarca
y de sus cómplices, García Márquez no deja
de provocar la compasión del lector. Esto en buena medida
lo consigue por la comunicación de las penas del patriarca
a su madre, aún después de muerta: "que triste madre
mía Bendición Alvarado de mi destino, cien años
ya, carajo, cien años, ya, cómo se pasa el tiempo"
(217). Gran parte de esas penas resultan de su problemas sexuales,
lo que también contribuye a humanizarlo. Aunque las crueldades
del patriarca como las de algunos dictadores reales (Hitler) pueden
atribuirse a complejos sexuales, en El otoño del patriarca,
García Márquez logra irónicamente despertar
compasión por este viejo degenerado que se ha sentido humillado
por su inseguridad sexual a través de toda su larga vida
y no obstante los miles de concubinas con sus respectivos hijos
ilegítimos. Por su enorme testículo herniado., "seguía
siendo virgen aunque ya era teniente de artillería en la
tercera guerra civil" (164). Su intento de poseer en el río
a la soldadera se malogra por "el mismo miedo ancestral que lo mantuvo
inmóvil ante la desnudez de Leticia Nazareno" (165). A ésta
es incapaz de poseerla hasta "después del segundo aniversario
del secuestro" (167). A la recién casada, Francisca Linero
la posee mal -después de mandar a asesinar a machetazos a
su marido- y a la reina de belleza de los pobres, Manuela Sánchez,
nunca llega a poseerla. Tal vez por compensación, con las
colegialas-puras, se entrega a toda clase de anormalidades. Como
Leticia Nazareno es la única mujer que llegó a desnudarlo
completamente y hacerlo sentirse completamente hombre, el lector
comparte el dolor del patriarca por la muerte horrorosa de Leticia
y de su hijo Emmanuel -comidos por perros asesinos en el mercado.
Sin embargo, se insinúa que el mismo patriarca puede haber
sido responsable por esa muerte. Cuando los abusos de Leticia y
sus familiares provocan protestas y atentados, el patriarca no aguanta
más la ansiedad y toma una decisión que puede haber
sido anticipada por los enemigos "apátridas":
Tanto más desolado cuanto más convencido estaba de
que cada recurso que concebía para aliviar aquella ansiedad
insoportable, cada paso que daba para conjurarla lo acercaba sin
piedad al pavoroso miércoles de mis desgracia en que tomó
la decisión tremenda de que ya no más, carajo, lo
que ha de ser que sea pronto, decidió, y fue como una orden
fulminante que no había acabado de concebir cuando dos de
sus edecanes irrumpieron en la oficina con la novedad de que a Leticia
Nazareno y al niño los habían descuartizado y se los
habían comido a pedazos los perros... (199).
La posibilidad de que la "decisión tremenda" haya influido
en el suceso se refuerza con la sabiduría popular: "el horror
impasible de las verduleras totémicas salpicadas de sangre
caliente que rezaban Dios mío, esto no sería posible
si el general no lo quisiera, o por lo menos si no lo supiera" (199-200).
Durante los años de su viudez, la soledad del patriarca
parece intensificarse continuamente, despertando aún más
la compasión del lector crédulo,. Hasta su despedida,
que recuerda el "Goodnight , sweet prince" de Hamlet: "que pase
buena muerte, madre, le dijo, muy buena muerte, hijo, le contestó
ella en la cripta" (268).
La tragedia más grande del patriarca, y también de
la patria, es que en los años otoñales de su dictadura
se nos dice que no quiere ser dictador, ni quiso serlo nunca: "lo
sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos" (29), y después
de tantas barbaridades, no se atrevió a darse de baja. Algo
parecido sucedió con su doble Patricio, quien aparentemente
habría preferido ser como su padre, "un triste soplador de
vidrios par hacer botellas" (29).
La gran soledad otoñal del patriarca no es más que
uno de los múltiples elementos que hacen pensar en Cien años
de soledad. De acuerdo con el refrán parodiado, "ver para
no creer", se pueden encontrar numerosas semejanzas entre las dos
novelas, pero la impresión total es que, a pesar de todo,
son más distintas de lo que parecen, Ursula Buendía
está presente tanto por la longevidad del patriarca y la
importancia de su madre como por su apellido Iguarán que
comparte con el gallero Dionisio (92). El nuncio apostólico
Iguarán que comparte con el ateísmo del patriarca
igual que el padre Nicanor con José Arcadio Buendía.
El coronel Aureliano es evocado con "los sartales de pescaditos
de oro" (185) vendidos por los plateros ambulantes del mercado.
La figura de la muerte se corporiza ante el patriarca "vestida con
una túnica de harapos de fique de penitente" (269) que recuerda
el encuentro de Amaranta con la muerte. Las visitas quincenales
del patriarca a la cartomante (95) hacen pensar en Pilar Ternera.
El grito "atrévete cabrón" (122) lanzado por el patriarca
frente al falso leproso se asemeja al "atrévete bastardo"
)95) de Ursula a Arcadio . Patricio, igual que Aureliano Segundo,
se enamora de la reina de carnaval. El patriarca come guineo tras
guineo (99) como Mr.Herbert. La desaparición de los dos mil
niños (111) no es menos horrorosa que la masacre de los peones
bananeros. El patriarca "había nacido para rey" (136) tal
como el tercer José Arcadio había nacido para papa
y también recuerda a éste por su "esplendor femenino
de papa muerto" (219). Las sesenta y cuatro bacinillas de oro de
Meme prefiguran la obsesión por lo escatalógico en
El otoño del patriarca: patricio muere defecando, el patriarca
defeca en el momento de poseer a Leticia y el excremento llega a
ser un verdadero motivo que culmina en el nuevo dicho: "el día
en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán
sin culo" (171).
Una de las novedades más comentadas de Cien años
de soledad fue la incorporación de personajes novelescos
de autores contemporáneos: Víctor Hugues, Artemio
Cruz, Rocamadour. En El otoño del patriarca, no aparecen
personajes novelescos ajenos pero sí hay reminiscencias de
otros autores hispanoamericanos. Hacia el principio de la novela,
Patricio se enamora de "la mujer más hermosa de la tierra"
quien "es de las que saben de dónde son los cantantes" (16)
-título de la novela de Severo Sarduy. Como ocurre con Hijo
de hombre, de Roa Bastos, "fusilaban a los loros subversivos" (81)
por agregar estrofas a una canción que se burlaba del patriarca.
La descripción enumerativa de la capital con su insistencia
en detalles arquitectónicos y en los cinco sentidos probablemente
se inspiró en Alejo Carpentier, por no decir que lo parodia:
...atísbaba las mansiones antiguas de calicanto con portales
de tiempos dormidos y girasoles vueltos hacia el mar, las calles
adoquinadas con olor de pabilo del barrio de los virreyes, las señoritas
lívidas que hacían encaje de bolillo con una decencia
inelucrable entre los tiestos de claveles y los colgajos de trinitarias
de la luz de los balcones, el convento ajedrezado de las vizcainas
con el mismo ejercicio de clavicordio a las tres de la tarde con
que habían celebrado el primer caso del cometa, atravesó
el laberinto babélico del comercio, su música mortífera,
los lábaros de billetes de lotería, los carritos de
guarapo, los sarteles de huevos de iguana, los baratillos de los
turcos descoloridos por el sol, el lienzo pavoroso de la mujer que
se había convertido en alacrán por desobedecer a sus
padres...(18)
En efecto, las oraciones kilométricas como ésta,
que son constantes a través de toda la obra, además
de captar la longevidad del patriarca, podrían constituir
una parodia del autor de El siglo de las luces.
En ese aspecto de virtuosismo lingüístico, El otoño
del patriarca va mucho más allá de Cien años
de soledad, La frase novedosa de Cien años de soledad, "los
muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños"
(206) se convierte en la locución hecha motivo recurrente
de "la mar océana" (125,179,249) de El otoño del patriarca.
Mientras que el monólogo interminable de Fernanda es la única
desviación del estilo "cronístico" del narrador en
Cien años de soledad, en El otoño del patriarca García
Márquez se entrega al virtuosismo lingüístico
por lo menso tres veces: el lenguaje arcaico que corresponde al
desembarco de las carabelas, la imitación de la cartilla
y el lenguaje poético de Rubén Darío, cuya
visita se prefigura desde principios de la novela (8). En una visión
anacrónica, el patriarca y los "patriarcanos" presencian
la llegada de los primeros españoles y se sorprenden de las
rarezas linguísticas de los forasteros:
...y por fin encontró quien le contara la verdad mi general,
que habían llegado unos forasteros que parloteaban en lengua
ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos
a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los
arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando
entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura
y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de
muy fermosos cuerpos...(44)
Ya anciano el patriarca aprende a leer y sus lecciones de la cartilla
se integran en la estructura total de la novela con el uso anafórico
de "cantaba" y "cantó" con las alusiones a su madre, con
el elemento trinario y con el engaño del ministro holandés:
...cantaba con toda el alma el tilo con la cuna el lilo en la tina...cantaba...Cecilia
vende cera cerveza cebada cerezas cecina y tocino...cantaba...las
lecciones de leer que él repetía a toda hora y en
todas partes...aun en presencia del ministro del tesoro de Holanda
que perdió el rumbo de una visita oficial cuando el anciano
sombrío...interrumpió la audiencia para invitarlo
a cantar conmigo mi mamá me ama...repitiendo de memoria la
lección del martes con una dicción perfecta pero con
tal mal sentido de la oportunidad que la entrevista terminó
como él lo había querido con el aplazamiento de los
pagarés holandeses para una ocasión más propicia...y
cantó tres veces con acordes de misa mayor yo soy el rey
y amo la ley, cantó...cantó...cantó... (174-175)
El sonsonete cantado de la cartilla se emparenta con el recital
del "joven poeta Félix Rubén García Sarmiento
que había de hacerse famoso con el nombre de Rubén
Darío" (193). Aunque esta frase coloca el suceso en la década
de 1880, la referencia cronológica no ha de tomarse en serio.
En el trozo siguiente, García Márquez no sólo
remeda el estilo rubendariano de la "Marcha triunfal" (1895), sino
que lo entreteje estructuralmente en la novela con el uso anafórico
de "vio" , con las alusiones a los dos motivos recurrentes principales,
los perros y el excremento, y con la provocación irónica
a la compasión por el patriarca solitario y desprovisto de
poder:
...en un rincón del palco en penumbra desde donde vio sin
ser visto al minotauro cuya voz de centella lo sacó en vilo
de su sitio y de su instante y lo dejó flotando sin su permiso
en el trueno de oro de los claros clarines de los arcos triunfales
de Martes y Minerva de una gloria que no era la suya mi general,
vio los atletas heroicos de los estandartes los negros mastines
de presa los fuertes caballos de guerra de cascos de hierro las
picas y lanzas de los paladines de rudos penachos... vio la tropa
de jóvenes fieros que habían desafiado los soles del
rojo verano las nieves y vientos de gélido invierno...se
sintió pobre y minúsculo en el estruendo sísmico
de los aplausos que él aprobaba en la sombra pensando madre
mía Bendición Alvarado eso sí es un desfile,
no las mierdas que me organiza esta gente, sintiéndose disminuido
y solo...carajo, cómo es posible que este indio pueda escribir
una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo...
(194-195)
Los puntos de contacto ya comentados entre El otoño del
patriarca y Cien años de soledad podrían multiplicarse
fácilmente. Además de estos detalles, el parentesco
entre las dos obras se basa en otros aspectos más fundamentales:
el sentido humorístico que proviene, en gran parte, de exageraciones
rabelesianas (las proezas sexuales del protomacho José Arcadio,
la competencia gastronómica entre Aureliano Segundo y la
"Elefanta", las varias defecadas del patriarca y sus actos degenerados
con las colegialas)y su visión de América Latina explotada
por los oligarcas, los militares, los políticos (tanto liberales
como conservadores), los altos funcionarios de la Iglesia Católica
y, sobre todo, por los imperialistas españoles, ingleses
y norteamericanos).
No obstante, por mucho que se parezcan las dos novelas, las diferencias
desconciertan al lector acostumbrado a fiarse de los cinco sentidos.
Uno de los rasgos sobresalientes de Cien años de soledad
es su aparente sencillez derivada de una narración lineal
con un narrador omnisciente que narra en un estilo desprovisto de
adornos retóricos y con un mínimo de diálogo.
En cambio, El otoño del patriarca se distingue por su complejidad
cronológica, narrativa y estilística. Esas diferencias
en parte reflejan el cambio de la cosmovisión mágicorrealista
de Cien años de soledad a la cosmovisión fantástico-grotesca
de El otoño del patriarca. Cien años de soledad ofrece
una riquísima galería de personajes que se destacan
por sus cualidades individuales y por su valor arquetípico:
en cambio, El otoño del patriarca tiene un solo protagonista
que domina toda la obra. Mientras que Macondo es un microcosmos,
no solamente de Colombia y de la América Latina sino de toda
la civilización occidental, desde la creación bíblica
y geológica hasta el apocalipsis bíblico y atómico,
El otoño del patriarca no alcanza la trascendencia de Cien
años de soledad en la evolución de la novelística
latinoamericana y su importancia más bien hay que medirla
dentro del género novelístico de la república
o dictadura sintética de la América Latina.
En tanto que Cien años de soledad señala el fin de
la sociedad capitalista, El otoño del patriarca marca el
fin de las dictaduras personalistas. Por pintorescos, y a veces
simpáticos, que sean los personajes de Cien años de
soledad, su alto grado de individualismo y de soledad no tenían
una segunda oportunidad sobre la tierra" (351). De la misma manera,
las extravagancias de los dictadores hispanoamericanos, desde el
cortejo fúnebre en honor de la pierna de Santa Anna (1834)
hasta el lema dominicano de "Trujillo y Dios", constituyen uno de
los aspectos más fascinantes de la historia del Nuevo Mundo.
El hecho de que ya haya desaparecido el último de los grandes
dictadores individuales (el General Stroessner lleva ya más
de veinte años gobernando en el Paraguay sin que exista un
anecdotario sobre sus actividades y el aspecto carismático
de Fidel Castro se ha subordinado a la planificación impuesta
por la Unión Soviética) explica tanto la proliferación
de novelas "dictatoriales" en el último lustro como el tono
humorístico que predomina en la mayoría de ellas:
1970: H.A.Murena, Polispuercón (Argentina)
1971: Mario Moreno (Cantinflas). Su excelencia (México)
1971: René Avilés Fabila, El gran solitario de
palacio (México)
1971: Juan Goyanarte, Farsa (Argentina)
1972: Alejo Carpentier, El derecho de asilo (Cuba)
1973: Demetrio Aguilera Malta, El secuestro del general (Ecuador)
1974: Alejo Carpentier, El recurso del método (Cuba)
1974: Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo (Paraguay)
1976: Gabriel García Márquez, El otoño del
patriarca (Colombiano)
La validez de esta interpretación podría comprobarse
por el tono serio de El gran solitario de palacio cuyo protagonista
no representa en realidad a un dictador histórico ya difunto,
sino al thatoani sexenal de PRI que sigue enarbolando los ideales
de la Revolución sin impedir con esto que los pobres se vayan
empobreciendo más.
Además de las novelas susodichas, existe todo un género
de novelas en las cuales se sintetiza el ambiente latinoamericano
con varios elementos de distintas repúblicas individuales.
Fundado en 1904 por Joseph Conrad con Nostromo, no sorprendería
que la publicación de El otoño del patriarca de Gabriel
García Márquez cerrara el género con broche
de oro. Mientras obras como Nostromo, Tirano Banderas, El recurso
del método y otras se esfuerzan por captar la síntesis
de la república latinoamericana mediante un menjurje geográfico,
lingüístico e histórico, en El otoño del
patriarca, el aspecto menjúrgico tiene una función
bastante reducida. El país del patriarca está situado
en el Caribe y su capital es un puerto. En uno de los varios paralelismos
que refuerzan la estructura de la novela, tanto el primer capítulo
como el segundo terminan con una visión panorámica
del Caribe. Con su acostumbrada hipérbole, García
Márquez nos dice que el patriarca "había visto desde
aquella terraza el reguero de islas alucinadas de las Antillas"
(42) y luego describe del modo más natural algunos aspectos
fantásticos de Martinica, Paramaribo, Tanaguarena, la Guayra,
Trinidad, Haití, Curazao, Cartagena, en fin "el universo
completo de las Antillas desde Barbados hasta Veracruz" (44). La
introducción de un lugar inventado, Tanaguarena, entre la
serie de sitios verdaderos revela una vez más la rica imaginación
y sentido humorístico del autor. El efecto panorámico
se repite al final del segundo capítulo mediante la enumeración
de varias danzas: "un baile de plenas de Puerto Rico...el tiquiquitaque
de Barlovento...la cumbiamba de Aracataca (el pueblo natal de garcía
Márquez)...el tamborito de Panamá" (86). Estos y otros
nombres geográficos verdaderos del Caribe se mencionan, de
una manera menos sistemática, a través de toda la
novela.
Más que nada el país del patriarca tiene una configuración
que se parece bastante a Venezuela. Igual que varios dictadores
venezolanos, el patriarca nació y se crió en el páramo
(Estado de Táchira); el país cuenta con afluentes
ecuatoriales" (el Orinoco) y "desiertos de salitres" (la Guajira);
y "la ciudad lúgubre y glacial de la nación contigua"
(106) tiene que referirse a Bogotá con su "llovizna eterna...los
hombres vestidos de etiqueta en los tranvías eléctricos...gente
tan rara, exclamó, parecen poetas" (106). Las únicas
notas geográficas no caribeñas, en toda la novela
sugieren la extensión del país al Ecuador y aun hasta
la Argentina. El patriarca escucha por radio la misma noticia "desde
Veracruz hasta Riobamba" (204) y un "tremendo viento polar de Comodoro
Rivadavia...volteó al reves las entrañas del mar y
se llevó volando un circo de animales acampado en la plaza
del antiguo puerto negrero (193).
La síntesis topográfica de la América Latina
se capta al desbarrancarse la mula del eritreno:
...se oyó el interminable aullido de pavor de la mula desbarrancada
que iba cayendo en un vértigo sin fondo desde la cumbre de
las nieves perpetuas a través de los climas sucesivos e instantáneos...el
nacimiento exiguo de las grandes aguas navegables...las meseras
de magnolias silvestres donde pacían las ovejas de tibia
lana...y las mansiones de los cafetales...y el fragor perpetuo de
los ríos turbulentos de los límites arcifinios donde
empezaba el calor...las plantaciones de cacao...y el sol inmóvil
y el polvo ardiente y la cucurbita pepo y la curbita melo y las
vacas flacas y tristes del departamento del atlántico...y
la exhalación de la mula todavía viva que se despanzurró
con una explosión suculenta entre las matas de guineos y
las gallinas espantadas del fondo del abismo (153).
Aunque García Márquez ubica el país del patriarca
dentro del Caribe con el uso discreto de referencias geográficas,
no intenta, sin embargo, crear un lenguaje híbrido a base
de regionalismos, rasgo sobresaliente de Tirano Banderas. En general,
se podría decir que el lenguaje de El otoño del patriarca
no pertenece a ningún dialecto nacional a excepción
del uso exagerado de la expresión típicamente colombiana
"¡que vaina!" y sus variantes, de "cachacos" (151) para jóvenes
elegantes, del uso grancolombiano de "godos" (171) para conservadores
y de "chicheras" (143) para los tiliches mexicanos y los chunches
guatemaltecos.
En cuanto al panorama histórico, García Márquez
abarca toda la historia de la América Latina independiente
mediante el largo reinado del dictador. Con la ayuda de los ingleses
y respaldado por los federalistas bárbaros, el patriarca
llega al poder combatiendo contra el déspota ilustrado, el
general y el poeta Lautato Muñoz. Cuando la Santa Sede se
niega a canonizar a la madre del patriarca, éste expulsa
al arzobispo y a "las comunidades religiosas y declara la expropiación
de los bienes de la Iglesia, recordando los tiempos de Benito Juárez
en México. La ausencia de toda alusión a ls guerras
de independencia, el motivo recurrente de los retratos de los virreyes
y la relación establecida entre las tres carabelas de Colón
y el acorazado abandonado por los infantes de la marina norteamericana
sugieren la teoría de la dependencia. O sea que las luchas
entre los liberales y conservadores y el desfile de presidentes-dictadores
detentando el poder, no reflejan, por dramáticos que parezcan
los acontecimientos, la verdadera historia de la América
latina. Esta se basa mucho más en las relaciones económicas
con la metrópoli, llámese España (siglos XVI-XVIII),
Inglaterra (siglo XIX), o Estados Unidos (siglo XX): "lo sentaron
los ingleses y lo sostuvieron los gringos" (29).
De los tres poderes imperialistas, los Estados Unidos es desde
luego el que desempeña el papel más importante en
la prolongada dictadura del patriarca. Como señal de la continuidad
de esa influencia, actúan en la novela por lo menos veinte
embajadores distintos, mencionado cada uno solamente una vez por
su propio apellido, los cuales en su mayoría son típicamente
norteamericanos: Sterson, Warren, Thompson, Evans, Norton, Wilson,
Forbes, Stevenson, Baxter, Mitchell, Mac-Queen, Kipling, Johnson,
etc. El pretexto para la primera ocupación de los infantes
de la marina fue combatir la fiebre amarilla, pero, en realidad,
el patriarca la aceptó por miedo al mando supremo de las
fuerzas armadas. Los infantes molestaron al patriarca con sus manías
higiénicas, puritánicas y estadístivcas: "los
enseñaron a caminar con zapatos, a limpiarse con papel, a
usar preservativos" (117); "le pusieron en la calle a las dos últimas
concubinas" (53); "tenían contabilistas que anotaban en sus
libros hasta las sobras de los almuerzos, se lamentaba de que el
otro día vino a la cena presidencial el comandante del acorazado
como unos como astrónomos de tierra firme que tomaron medidas
de todo y ni siquiera se dignaron saludarme, sino que me pasaban
la cinta métrica por encima de la cabeza mientras hacían
sus cálculos en inglés...había medidores midiendo
hasta el tamaño de la luz de los balcones" (53). No obstante,
con una referencia poco velada a las actividades de la C:I.A., los
infantes también "me enseñaron el secreto de mantener
servicios paralelos para fomentar rivalidades de distracción
entre la gente de armas, me inventaron la oficina de seguridad del
estado, la agencia general de investigación, el departamento
nacional de orden público y tantas otras vainas que ni yo
mismo las recordaba (117) .
A diferencia de El recurso del método, de Alejo Carpentier,
en El otoño del patriarca no se insiste mucho en la influencia
cultural de Estados Unidos. No hay más que una canción,
por cierto, repetida varias veces,"Susana, ven Susana" (66,202,214);
una frase popular, "empujar margaritas" (233); y la parodia, muy
apropiada en esta novela en que nada se puede creer, de la letanía
jurídica: "es la única verdad, toda la verdad y nada
más que la verdad" (155). La ocupación norteamericana
termina irónicamente por la misma razón por la que,
al parecer, empezó: "aquel estado de escasez había
de durar hasta que las fuerzas de ocupación abandonaron el
país espantadas por una peste" (54).
El retiro de las tropas, sin embargo, no indica el fin de la influencia
estadounidense. En las postrimerías de la dictadura del patriarca
se ejerce una presión persistente por obtener concesiones
de las aguas territoriales. Basándose en el conflicto muy
actual sobre los límites territoriales marítimos,
conflicto surgido entre los países que aspiran a usufructuar
la pesca y los posibles yacimientos de petróleo, García
Márquez, con su acostumbrada imaginación fantástica
y su destreza artística, lo convierte en uno de los motivos
recurrentes más originales. En la tercera página del
libro, el lector se entera de que el mar ya no está frente
a la costa pero no sabe por qué: "vimos los cráteres
muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término
donde había estado el mar" (7). En la página 50, el
narrador colectivo hace hincapié en "la inconcebible maldad
del corazón con que le vendió el mar a un poder extranjero
y nos condenó a vivir frente a esta llanura sin horizonte
de áspero polvo lunar". Las alusiones al mar ausente aparecen
periódicamente pero la explicación completa no se
da hasta el último capítulo. Si el patriarca vendió
el mar, no fue por maldad sino obligado por lo irremediable de la
situación. El resumen de las deudas externas del país
constituye una breve historia del imperialismo en la América
Latina culminando con el de los Estados Unidos:
...estamos en los puros cueros mi general, habíamos agotado
nuestros últimos recursos, desangrados por la necesidad secular
de aceptar empréstitos para pagar los servicios de la deuda
externa desde las guerras de independencia y luego otros empréstitos
para pagar los intereses de los servicios atrasados, siempre a cambio
de algo mi general, primero el monopolio de la quina y el tabaco
para los ingleses, después el monopolio del caucho y el cacao
para los holandeses, después la concesión del ferrocarril
de los páramos y la navegación fluvial para los alemanes,
y todo para los gringos... (224).
Por mucho que el patriarca andino ame el mar _"no mi querido Wilson,
todo eso lo hice por conocer el mar, de modo que piensa en otras
vaina" (201-201); "ni de vainas mi querido Baxter, primero muerto
que sin mar" (225)-, parece convertirse en una verdadera figura
trágica cuando viejo e impotente tiene que ceder frente a
la amenaza de otra invasión: "...o vienen los infantes y
nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra,
madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril" (247). El modo
en que "se lo llevaron" agrega un toque tragicómico (la omnipotencia
de los Estados Unidos y la exageración de su eficacia) y
demuestra una vez más la ingeniosidad del autor, pero también
tiene antecedentes realistas: el traslado, pieza por pieza, de The
Cloisters desde Francia hasta New York City y el traslado del famoso
puente de Londres al desierto de Arizona en 1971: "se lo llevaron
en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador
Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre
de Arizona" (247).
Si García Márquez se da cuenta de que en realidad
los dictadores más tiránicos de la América
Latina no son más que instrumentos de poderes extranjeros,
no pude menos de sentirse atraído por sus extravagancias,
tal como le pasó con los personajes de Cien años de
soledad, condenados a desaparecer por su soledad. Como dictador
del Caribe, los antecedentes del patriarca pueden buscarse en toda
una serie de dictadores pintorescos, desde Trujillo hasta Fidel
Castro. Reforzando la interpretación de que el patriarca
es el prototipo y el último de los dictadores, éste
recibía a "todos (los dictadores") como si fueran uno solo"
(20) y jugaba dominó con sus congéneres caídos:
"los antiguos dictadores de otros países del continente,
los padres destronados de otras patrias a quien él había
concedido el asilo" (20). Sin pretender identificar a toso los dictadores
aludidos, unos cuantos servirán para indicar el carácter
sintético del patriarca. Como Porfirio Díaz, el cometa
Halley marcó un hito en la historia de sus largos e interminables
años de gobierno: "yo solo me basto y me sobro para seguir
mandando hasta que vuelva a pasar el cometa" (36). Como Máximo
Hernández Martínez (1931-1944) de El salvador o como
Francois "Papa Doc" Duvalier (1957-1971) de Haití, tiene
fama de brujo y cura a los leprosos con sólo tocarlos. A
la manera de Anastasio Somoza (1937-1956) de Nicaragua, manda construir
el estadio de béisbol más grande del Caribe. Su dirección
personal de los trabajos de reconstrucción del país
después del ciclón podría referirse a la actuación
de Anastasio Somoza, Fr. ("Tachito") después del terremoto
de Managua de 1973:
...él repartió entre los miembros del mando supremo
los cargamentos de vituallas y medicinas y los materiales de asistencia
pública de la ayuda exterior, desde que las familias de sus
miembros hacían domingos de playa en los hospitales desarmables
y las tiendas de campaña de la Cruz Roja, le vendían
al ministerio de la salud los cargamentos de plasma sanguíneo,
las toneladas de leche en polvo que el ministerio de salud le volvía
a vender por segunda vez a los hospitales de pobres (108)
Como Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) de Guatemala, su culto
a la madre junto con la vergüenza de su nacimiento ilegítimo
y su niñez humilde ayudan a explicar sus complejos psicológicos
Como Cipriano Castro (1899-1908) y "el brujo" Juan Vicente Gómez
(1908-1935) de Venezuela, se sirve de su poder para acostarse con
cualquier mujer, por joven que sea. Como Fidel Castro (1959) de
Cuba, el patriarca prohibió los domingos (244) y "parecía
en los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que
un guajiro descalzo con un machete de zafra...se informaba sobre
el rendimiento de las cosechas y el estado de salud de los animales
y la conducta de la gente..." (90). Extendiendo la visión
del libro más allá del Caribe, el patriarca hace colgar
de los tobillos a su ex cómplice José Ignacio Saenz
de la Barra de un farol de la plaza de armas, tal como murió
el dictador boliviano Gualberto Villarroel (1943-1946).
Entre todos los dictadores históricos, predomina la imagen
del "benefactor de la patria", el "doctor y general" Rafael Leónidas
Trujillo de la República Dominicana (1930-1961). Como Trujillo,
el patriarca visitaba a su madre todos los días, era muy
aficionado al ganado y nombró general de división
a su hijo en el momento de nacer. Si Trujillo, el patriarca, para
celebrar el retiro de los infantes de la marina, se siente tan poderoso
que ordena invertir los colores de l abandera. El parecido más
grande, sin embargo, entre los dos dictadores es el haber se atribuido
ambos rasgos divinos. Durante la última etapa de su dictadura,
el patriarca recuerda cómo en sus años pre-otoñales,
el pueblo creía que era más poderoso que la naturaleza
y que Dios mismo: "acuérdense cómo era antes...porque
decían que yo era benemérito que le infundía
respeto a la naturaleza y enderazaba el orden del universo y le
había bajado los humos a la Divina providencia" (234). Si
esta exageración es producto de la imaginación artística
de García Márquez, no menos fantástica es la
realidad histórica. En la era de Trujillo, el lema "Trujillo
y Dios" se veía por todas partes y en el interior del enorme
monumento en Santiago de los Caballeros segunda ciudad de la república,
había escenas pintadas de la vida de Trujillo paralelas a
las de Jesús, desde la anunciación, pero sin incluir
la crucifixión. Esto es verdad porque recuerdo que el lunes
22 de agosto de 1957 a las tres de la tarde, yo lo vi.
Carmen Martín Gaite: El otoño del patriarca o
la identidad irrecuperable
Antes de leer la nueva novela de Gabriel García Márquez,
las críticas que me habían caído bajo los ojos
o los comentarios que habían llegado hasta mis oídos
acerca de ella me amortiguaron un poco la curiosidad por emprender
su lectura, no porque fueran propiamente adversos, sino porque,
contagiados de ese prurito tan en boga de encasillar cuanto antes
cualquier producto o zanjar cuestión mediante fórmulas
elementales, expeditivas y tajantes, se mostraban bastante unánimes
en reconocer que se trataba de otro golpe a lo mismo, que el autor
volvía, en fin, a lo de siempre. Se alababa el virtuosismo
consumado del maestro en fabricar imágenes fascinantes y
torrenciales, en jugar con los límites del espacio y el tiempo
y trastocarlos, en confundir al lector arrastrándolo como
a tientas y a ciegas por los laberintos de esa selva sofocante,
tupida y absurda entre cuyas frondas se encenagan unos seres irreversiblemente
abocados a la impotencia y a una espera exasperante, anacrónica
y baldía sin pasado, presente ni porvenir. Acababa uno sacando,
en suma, la consecuencia de que, habiendo leído Cien años
de soledad, la lectura de El otoño del patriarca no iba a
proponer a la crítica más cuestión que la de
enjuiciar si la depuración de unos procedimientos expresivos
determinados había llegado o no a un grado más alto
en la segunda obra que en la primera. De ahí no parecían
pasar las posibilidades del debate.
A mí, personalmente, los debates de este tipo me interesan
muy poco y creo, además, que si solamente nos atuviéramos
a ellos saldrían aún más fortalecidos los prejuicios
que ya tanto encallecen la libre capacidad de descubrimiento del
lector y tienden a anquilosar lamentablemente las directrices de
la crítica literaria, reducida en gran parte a un mero ejercicio
clasificatorio. En este caso concreto, no se trata tanto de establecer
si El otoño del patriarca es mejor o peor que Cien años
de soledad (aunque a mi particular y cuestionable entender sea mejor)
como de decir ante todo que es diferente y tratar de analizar en
qué y por qué.
Las concomitancias desde luego existen y saltan a la vista, pero
resulta obvio hacer hincapié en ello; no se trata de discutir
la evidente paternidad de esta obra. A cualquier lector le será
fácil descubrir de inmediato en ella, a través del
lenguaje utilizado y de la preferencia por determinados ambientes
y temas, el marchando de un autor cuyo estilo es tan personal, acusado
y reconocible que llega a trascender como una vaharada al olfato.
La novedad de El otoño del patriarca no reside, pues, en
el estilo o, por así decirlo, en la música de fondo.
Tampoco, a una primera ojeada, parece residir en el tema central
de su argumento. Como es sabido, El otoño del patriarca narra
el simulacro de historia de un país de localización,
génesis y cronología tan disparatadas como las de
Macondo: país estancado, ignorante de sus posibilidades y
de su destino, condenado a padecer sin remisión las órdenes
arbitrarias, fútiles y contradictorias de un tirano ancestral.
Pero desde Tirano Banderas para acá no es ésta la
primera vez que el tema del déspota tienta a los escritores
de habla castellana. Bastará con recordar, por ejemplo, El
señor presidente de Miguel Angel Asturias, Yo, el supremo
de Augusto Roa Bastos, o El recurso del método de Alejo Carpentier.
La novedad estriba en que tanto el tema del tirano como las fascinantes
invenciones y metaforas que saturan la prosa prestándole
su urdimbre y andadura peculiares no son, en este caso, sino elementos
accesorios al servicio de otro interés: el de poner de manifiesto
la radical soledad del empedernido protagonista que se debate a
mandobles contra su propia ceguera irremisible, dar cuenta del proceso
de su impotencia para conocerse y aguantarse a sí mismo.
Creo advertir, a lo largo de toda la novela, que García Márquez
ha puesto el acento deliberadamente , e incluso a veces con un asomo
de piedad, en esa trágica incapacidad del déspota
para comunicarse con los demás ni consigo mismo, más
que en considerar injusticia de las tragedias que por doquier desencadena.
Es decir, a despecho de las morosas descripciones y múltiples
argumentos que acusan la huella de su imperio cruel e inconsecuente,
no se trata tanto de una crónica de infamias como de la tragedia
interior de un hombre en busca estólida, agresiva y perpetuamente
fracasada de su propia identidad, del origen y el por qué
de su trayectoria. No es la novela de las víctimas del tirano,
sino la novela del tirano como víctima del ejercicio, que
le hiere incomprensiblemente de rebote. Reo de esa incoherencia
y de la incapacidad para entenderla ni analizarla, su desazón
aumenta en razón directa con su despotismo y con la profundidad
de la sima que va ahondando entre su empecinado en el más
altivo y cerril desprecio hacia ese mundo sobre el que actúa
avasalladoramente pero que nunca ha mirado, el mundo le devuelve
en venganza la superficie muda e impenetrable de un espejo de piedra
donde él tampoco puede mirarse ni encontrarse ni reconocerse.
"Desde la plaza de Armas hasta el último lindero de su aterrorizado
reino de pesadumbres", en una agotadora brega contra esos enemigos
exteriores que fingen replegarse y borrar sus fronteras y contra
sus demonios interiores, no menos ignotos, el tirano extraviado,
confuso e insomne, perseguido por la sombra y el nombre de sus muertos
incontables, pugna en conatos baldíos de introspección
por atar los cabos de su memoria, por delimitar en el caos general
los perfiles de su imagen perseguida y jamás atisbaba, por
distinguirla y salvarla de lo de fuera. Pero ¿quién le puede
ayudar?, tendría que haber aprendido a pedir ayuda. Ni su
doble Patricio Aragonés mantenido a sueldo durante muchos
años como un perro junto a sí, ni la deseada Francisca
Linero cuya invalidez él mismo provocara, ni el bienintencionado
general Rodrigo de Aguilar a quien Dios tenga a su santa diestra,
ni la abrasadora Manuela Sánchez de olor a regaliz, cuyo
amor pretendió comprar a base de delirantes regalos, ni aquel
vividor de Sáenz de la Barra, su único favorito, ni
la ambiciosa monja Leticia Nazareno que llegó a convertir
en su esposa legítima, ni siquiera la vieja e incondicional
Bendición Alvarado, madre de su alma que lo parió
en medio del campo, a la que rodeó de pájaros exóticos
hasta la hora de su muerte y cuyo nombre invoca desgarradoramente
por estancias y corredores consiguen, en las postrimerías
del tirano imperecedero, apaciguar con sus fugaces e intermitentes
imágenes esos insomnios suyos alborotados y seniles, ni brindarle
claves significativas para descifrar un jeroglífico que en
vano se esfuerza por leer: el de su propia identidad ignorada. Y
así se consume a bandazos, en perdurable agonía, en
su estertor sin eco, capitaneando aquel batallón de fantasmas
que se pliegan y abaten a sus sacudidas en un simulacro de docilidad
y sumisión, los acosa interrogando imperiosamente a sus rostros
que le pagan en muerte, silencio y mentira el daño recibido,
rostros sepulcrales sin voz ni resplandor ni movimiento, cuencas
de ojos vacías. No está preparado para entender los
signos de unos rostros que él mismo ha congelado, porque
jamás los miró ni supo responder a su mirada más
que con una compulsiva sed de anexión y de poder. Pero nota
con una exasperada perplejidad que ese poder no le sirve ahora para
aplacar y gobernar sus propios demonios interiores porque no los
conoce, porque ni siquiera sabe si están dentro o fuera de
él; se limita a padecer fatalmente su corrosión, pero
de nada vale la fusta para fustigar lo inaprensible. Y, ciego de
impotencia, no encuentra más procedimiento para castigar
su inmoderada pasión por perdurar, por seguir respirando
el mismo aire que lo asfixia, con lo cual no hace sino fortificar
los muros de su prisión, aturdido en la actividad febril
de su órdenes inútiles e inconsecuentes relativas
a una ciudad "que él había concebido para la gloria
de sus sueños y de ahogado solitario, ordenaba a los ingenieros
que me quiten esas casas de aquí y me las pongan allá
donde no estorben, las quitaban, que levanten esa torre dos metros
más para que puedan verse los barcos de altamar, la levantaban,
que me volteen al revés el curso de este río, lo volteaban"
o a unos apetitos estragados: "que me traigan una limonada de hielo
picado que abandonaba intacta al alcance de la mano, que quitaran
esa silla de ahí y la pusieran allá y la volvieran
a poner otra vez en su puesto para satisfacer de esa forma minúscula
los rescoldos tibios de su puesto para satisfacer de esa forma minúscula
los rescoldos tibios de su inmenso vicio de mandar" Ese patético
y ciego personaje "condenado a no conocer la vida sino por el revés"
y que en los últimos e inacabables años de su vejez
ya ni siquiera consigue acordarse de si se llama Zacarías
o Nicanor tiene la grandeza romántica de los individuos en
lucha contra un destino que ellos mismos han elegido; y su añoranza
de luz y de conocimiento puede emparentarlo con el personaje del
cuento de von Chamisso El hombre que perdió su sombra.
Dije antes que esta novela de Gabriel García Márquez
es diferente. La diferencia resulta más sutil e inapresable
porque el autor no ha puesto un interés explícito
en dejarla demasiado clara y porque para dar noticia de la introspección
fallida del personaje se complace en esconder esta línea
quebrada de intencionalidad apenas visible y subyacente en el caos
general del tiempo trastocado, de las metáforas y argumentos
eróticos, geológicos o botánicos, sofocada
en el clima asfixiante y pantanoso de una prosa que droga, emborracha
e intenta hacer naufragar cualquier pesquisa de coherencia. Pero
por debajo de ese dolor intenso y a veces irrespirable a "garcíamárquez"
emerge, como un aroma nuevo, la diferencia.
Esta vez, queriéndolo o no, el autor ha escrito una novela
psicológica.
Julio Ortega: El otoño del patriarca: Texto y cultura
La Complejidad de El otoño del patriarca (1975) no ha pasado
desapercibida para algunos lectores que han buscado dar cuenta de
su poderosa capacidad de persuasión1. Naturalmente,
esa complejidad reclama todavía análisis metódicos
que sean capaces de seguir el movimiento de un debate que sobre
la historia y la cultura latinoamericanas renueva y actualiza Gabriel
García Márquez desde el prisma de la escritura. Por
otro lado, el notorio éxito internacional de sus novelas
no debería, como fácilmente ha ocurrido con el caso
de Borges, hacernos creer que los valores de una obra se miden por
su difusión internacional. Se revelan, más bien, en
su capacidad de rehacer las nociones y percepciones de nuestra propia
tradición literaria y espacio cultural. Lo extraordinario
de la obra de García Márquez no es sólo su
capacidad de fabular, que tan justa resonancia reconoce hoy en distintos
públicos, sino además la inserción fecunda
de su trabajo literario en la reformulación de una literatura
latinoamericana capaz de resolver su peculiaridad y su universalidad,
capaz de responder desde la ficción por la experiencia y
la conciencia de una cultura que la genera. Tiene razón el
narrador checo Milan Kundera cuando afirma lo siguiente "Hablar
del fin de la novela es una preocupación local de los escritores
de Europa del Oeste, sobre todo los franceses. Es absurdo hablarle
de seto a un escritor de mi parte de Europa, o de América
latina. ¿Cómo puede alguien murmurar algo acerca de la muerte
de la novela teniendo en sus estantes Cien años de soledad.
De Gabriel García Márquez?"2 . Sólo
habría que añadir que la obra de García Márquez
da cuenta también del proceso constitutivo de la conciencia
cultural latinoamericana, al haber logrado articular en su escritura
una forma de su realización privilegiada. Desde la perspectiva
de una semiología del texto literario en el ámbito
de la cultura, estas notas buscan ilustrar ese debate3.
CODIGO DE LA POLITICA
El otoño del patriarca es, en efecto, una novela sobre un
dictador latinoamericano, pero es, asimismo, la novela del pueblo
latinoamericano que padece a ese dictador paradigmático.
Si el patriarca sin nombre de la novela suma a todos los dictadores,
en un espacio que tiene como centro el mar del Caribe y que incluye
aparentemente la ciudad de Comodoro Rivadavia (p.193), así
como nombres, datos, productos (como la coca, p.184) de varios países
de América Latina; es evidente que el narrador colectivo
y ese nombre vacío del poder. Ese proceso de comunicación,
que se genera en la productividad de una escritura, funciona en
primer término como un código político; esto
es, como la información modelada por el desciframiento del
poder.
El código político supone el lugar común de
un reconocimiento: las pautas que conforman el consenso histórico.
Sólo que aquí ese consenso implica la distorsión:
la historia ha sido usurpada por el poder dictatorial: la tiranía
política -con su violencia, su arbitrariedad y su indulgencia
-reemplaza a la historia, de modo que el discurso de la historia
e sólo un discurso del poder. Al ser producido por una conciencia
colectiva ese discurso irá modelando su propio desciframiento
en la distorsión, pero no sin antes constatar -y la novela
ilustrar- el funcionamiento inapelable del código del poder
represivo.
Ese código da amplias pruebas de su dominio absoluto. Su
coherencia es sistemática: supone un modelo político
y económico, en el cual se sustenta. Pero su irrestricta
ampliación no es menos sistemática: ejerce una hipérbole
truculenta del poder. Si su modelo político es discernible,
su resonancia hiperbólica, en cambio, se duplica en el horizonte
cultural popular, allí donde la arbitrariedad del dictador
omnímodo y su imagen popular estrafalaria se funden en la
carnavalización del poder que el texto promueve.
En primer lugar, por ello, el código político proviene
de la cruda evidencia de nuestra condición colonial y dependiente.
Uno de los orígenes del poder dictatorial es la fase colonial
de nuestra historia, el otro es su fase imperialista. Patricia Aragonés
lo pone en claro: "Todo el mundo dice que usted no es presidente
de nadie ni está en el trono por los cañones sino
que lo asentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el
par de cojones de su acorazado" (p.20). La dependencia es un círculo
vicioso, un estado de crisis permanente:
Habíamos agotado nuestros últimos recursos, desangrados
por la necesidad secular de aceptar empréstitos para pagar
los servicios de la deuda externa desde las guerras de la independencia
y luego otros empréstitos para pagar los intereses de los
servicios atrasados, siempre a cambio de algo mi general, primero
el monopolio de la quinta y el tabaco para los ingleses, después
el monopolio del caucho y el cacao para los holandeses, después
la concesión del ferrocarril de los páramos y la navegación
fluvial para los alemanes, y todo para los gringos por los acuerdos
secretos (p.224).
Proceso de desnacionalización que el texto prolonga en la
hipérbole del mar del Caribe trasladado a las llanuras de
Arizona. Pero las consecuencias internas de esa estructura del poder
no son menos verificables. La primera de ellas es la represión.
Y una represión que revela la función mediadora antinacional
de la dictadura:
Nos suplicaban en nombre de la patria que nos echáramos
a la calle gritando que se fueran los gringos para impedir la consumación
del despojo, nos incitaban al saqueo y al incendio de las tiendas
y las quintas de los extranjeros, nos ofrecieron plata viva para
que saliéramos a protestar bajo la protección de la
tropa solidaria con el pueblo frente a la agresión, pero
nadie salió mi general, porque nadie olvidaba que otra vez
nos habían dicho lo mismo bajo palabra de militar y sin embargo
los masacraron a unos con el pretexto de que había provocadores
infiltrados que abrieron fuego contra la tropa (p.248).
La violencia es, por cierto, la práctica política
de este poder bárbaro:
Le van a caer encima como perros para cobrarle esto por la matanza
de Santa María del Alyar, esto otro por los presos que tiran
en los fosos de la fortaleza del puerto para que se los coman vivos
los caimanes, esto otro por los que despellejan vivos y le mandan
el cuerpo a la familia como escarmiento (p.29).
Violencia que requiere institucionalizarse en un aparato connatural
al Estado represor:
Lo hizo dueño absoluto de un imperio secreto dentro de su
propio imperio privado, un servicio invisible de represión
y exterminio que no sólo carecía de una identidad
oficial sino que inclusive era difícil creer en su existencia
real, pues nadie respondía de sus actos, ni tenía
un nombre, ni un sitio en el mundo, y sin embargo era una verdad
pavorosa que se había impuesto por el terror sobre los otros
órganos del represión del estado (p. 210)
Pues bien, así como esta base sistemática da forma
al código político, otras fuentes conforman el repertorio
feroz, patético y delirante del dictador. Esas fuentes son
los hechos y las leyendas que sobre los distintos dictadores latinoamericanos,
t también sobre Franco, han sido documentados o, simplemente,
circulan como opinión, chiste o versión. Por cierto
que en este nivel, de por sí fecundo, el texto encuentra
una vía de acceso a la versión popular de la dictadura;
o sea, hacia la interpretación del poder en términos
de la cultura popular. De tal modo que si hay rasgos que evocan
a un dictador y situaciones que parecen provenir de algún
otro, lo decisivo en su configuración es que a través
de esta figura proliferante y ubicua, el texto trabaja la mitología
carnavalizada del poder4. Así, el código
político va a ser transmutado por otro código, el
de la cultura popular.
En el marco, pues de la denominación colonial y desde la
figura monumental del dictador como hipérbole del poder,
el texto se produce como el espacio totalizado de una lectura de
la historia. La historia equivale a la política: es la integridad
misma de la experiencia histórica que el texto rinde como
irrisión. Desde el descubrimiento de América por la
empresa colonial de Colón hasta el saqueo geográfico
del imperialismo. El texto requiere ocupar ese espacio histórico
como un modelo global que sanciona la fractura profunda de la experiencia
política latinoamericana, su misma entidad comunitaria. Por
eso, trabaja no en un tiempo cronológico sino en uno recurrente,
donde el acto del origen colonial es también la anticipación
del futuro no menos colonial. Desde los tiempos precolombinos hasta
la era del imperialismo financiero, el código del poder es
idéntico y su figura ya no requiere ser la de una persona
al ser la de todos los dictadores. Así, esta imagen conjuga
los tiempos:
Abrió la ventana del mar por si acaso descubría
una luz nueva para entender el embrollo que le habían contado,
y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían
abandonado en el muelle, y más allá del "acorazado,
fondeadas en el mar tenebroso, vio las tres carabelas (pp.45-46).
La historia aparece como anacronismo y anticipación. Su
origen y su presente ocurren a la vez en el espectáculo del
texto, en el teatro de una criatura que equivale al espacio de la
conciencia.
Pero el funcionamiento del código político no queda
allí. Su poder connotativo es ciertamente mayor, y compromete
a todos niveles, menos explícitos, del texto. Si volvemos
, así, al nombre ausente del patriarca, veremos que la falta
de su nombre propio implica su posesión de todos los nombres.
No sólo porque deriva de nuestros más visibles tiranos,
sino porque trasciende a la historia con su historicidad totalizada.
Sabemos que periódicas protestas y rebeliones son acalladas,
y sabemos que el tirano es también una figura que agoniza
en la soledad y la vejez, pero el poder no es sólo el gobierno
o su forma autoritaria, el modelo perpetuo de la dominación.
Es así que la dimensión arquetípica del patriarca
ocupa la historia misma como distorsión.
Siendo percibido desde el relato colectivo, desde la fábula
popular, su figura adquiere una dimensión mitologizante:
se proyecta al origen y es la representación del poder. Por
tanto, ocupa también el lenguaje: decide entre las palabras
y las cosas un condicionamiento arbitrario y sistemático
a la vez.
"Porque Bendición Alvarado no me parió para hacerle
caso a los lebrillos sino para mandar, y al fin y al cabo yo soy
el que soy yo, y no tú, de modo que dale gracias a Dios de
que esto no era más que un juego" (p.27). Es obvio que en
algunos momentos se percibe en la novela un ligero sustrato religioso,
como referente irónico, pero no para indicar que el patriarca
todopoderoso ha expropiado también los repertorios de la
fe, sino para ilustrar la cómica licencia que el poder se
atribuye en esta su caricatura textual; pero aquí importa
esta tautología sin misterio del yo: yo soy el que soy yo;
esto es, la pérdida del nombre es la ganancia del sujeto,
su individuación no se da en un nombre sino en la representación
de su persona arquetípica que el poder totaliza. Yo no soy
tú: o sea, tú tienes un nombre, y ese nombre, como
tu persona, pertenece al poder. La política distorsionada
en el poder dictatorial supone, justamente, la abolición
del otro, la fractura del tú. Más adelante, en los
delirios de la vejez, leemos que el patriarca
una noche había escrito que me llamo Zacarías, lo
había vuelto a leer bajo el resplandor fugitivo del faro,
lo había leído otra vez muchas veces y el nombre tantas
veces repetido terminó por parecerle remoto y ajeno, qué
carajo, se dijo, haciendo trizas la tira de papel, yo soy yo, se
dijo (p.132).
La dictadura es asimismo una distorsión pronominal: el patriarca,
que no requiere un nombre propio, ha ocupado con su persona también
una categoría gramatical, y no discierne entre ambas, lo
cual revela la raíz perversa de su apoderamiento de los nombres.
En efecto, no se define el patriarca sólo en las hipérboles
del relato colectivo, sino en los sucesivos repertorios nominales,
que desde la descripción, la enumeración y el mismo
texto asociativo y conjuntivo, van desplegando una suerte de hecatombe
de nombres, que son imágenes consumiéndose en el gran
espacio devorador del poder; así, ese poder parece infinito:
todos los nombres le son atribuibles en la descripción sin
fin de sus atributos, en la resurrección siniestra de su
arbitrariedad profunda, y en la ocupación total de nuestra
historia. Y, sin embargo, en esa misma operación está
el acabamiento del poder: porque el relato de la vuelta sobre sí
mismo desde su presente reconstructor, desde su voz común,
desde el día de la muerte del delirante dictador.
Cuando el feroz Sáenz de la Barra instaura en la dictadura
una maquinaria de represión más implacable aún,
el poder delata su impunidad: "Usted no es el gobierno, general,
usted es el poder" (p.214). ¿ Lo es, en efecto? ¿O, más bien,
el patriarca es la representación infinita del poder? El
patriarca no ha sido menos feroz, pero de alguna manera su esbirro
se le aparece extremando su propia noción del poder; para
el esbirro, la represión total es "el único poder
posible en el letargo de muerte del que había sido en otro
tiempo su paraíso de mercado dominical" (p.215). O seas,
el poder es cíclico, se instaura como un orden natural, y
sus propios excesos deben asegurarse la restauración, la
continuidad. La racionalidad de Sáenz de la Barra es un poder
literal y sin solución de continuidad: una evasión
del poder. La arbitrariedad del patriarca, en cambio, se da en un
poder naturalizado por su manipulación de ese "mercado dominical".
Ningún nombre: todos los atributos. Los nombres del mundo
escriben las propiedades del dictador omnipotente, modelando así
la naturaleza del poder usurpador. Y éste es, por cierto,
un proceso constructivo que en el lenguaje suscita el mito. Es el
movimiento del lenguaje lo que genera la reconstrucción mitológica
del patriarca como representación del poder. Sus orígenes,
sus proezas, sus amores, sus muertes y resurrecciones, se sostienen
en un proceso discursivo mitologizante, donde los nombres sustantivizan
su figura arquetípica.5
Es así que el poder se instaura como un poder natural, pero
es percibido como un desorden naturalizado. El código político
del absolutismo distorsionador supone, al final, una modelización
de la realidad y ella está inserta en el horizonte de la
cultura, cuyo propio orden popular asume, asimila y responde a esa
violencia perpetuada. El modelo de la política compite así
íntimamente con el modelo de la cultura, busca someterlo,
manipularlo e incorporarlo. Persigue disolver su código más
amplio, que es cultural.
Por ello, el código político de la tiranía
sustituye a las ideologías, a la religiosa por ejemplo, expandiéndose
como una ideología no declarada. Su legitimación es
un acto de fuerza y de terror, pero incluye también la arbitrariedad
de su dominio: se basta a sí misma como poder ocupado. Su
práctica normativa ejerce una reducción de la historia,
y reglamente desde el poder la vida del consenso. Su estimativa
supone una irrestricta valoración y jerarquización
desde el uso y el abuso del poder, y, por lo mismo, la ocupación
sancionadora de la existencia de los hombres. Cumpliéndose
como un poder natural, busca aparecer como la expresión de
una cultura cuando, en verdad, opera como la negación de
esa cultura. Y en esa tensión revela, precisamente, su conflicto
más intenso. Porque, desde la cultura popular, el cuestionamiento
de la dictadura es un debate entre la realidad humanizada por un
modelo de consenso y la distorsión impuesta por un modelo
autoritario. Si el pueblo puede, pues, vivir el desorden naturalizado
de la dictadura como un orden ideológico, es en el mismo
trabajo de su orden cultural que ese modelo es finalmente desmontado
y vencido. O sea, la cultura en tanto manera de conocer resuelve
y responde al desconocimiento que promueve la distorsión
política6 . Lo cual nos lleva al código
cultural.
CODIGO DE LA CULTURA POPULAR
Sabemos bien que el régimen político tradicional
intenta reforzar las formas básicas de la vida social, las
relaciones de producción, las categorías de lo nacional,
la división de los grupos sociales...Y que la cultura está
incluida en la dinámica histórica, contribuyendo a
mantener o transformar la sociedad7. También en
esa dinámica El otoño del patriarca actúa fecundamente
y en el sentido crítico que caracteriza a la cultura popular
que lo sustenta. Es por sus operaciones semánticas en un
campo cultural específico que este texto literario funciona
al mismo tiempo como un texto de cultura. Desde una perspectiva
semiológica este texto aparece como un "programa condensado"
de la cultura hispanoamericana8.
Si, como demuestra Lotman, la cultura es la suma de la información
y al mismo tiempo los medios de organizarla y preservarla, lo cual
supone el conflicto social de una "lucha por la información",
la cultura popular es una manera específica del funcionamiento
de esa información, desde la comunicación que el hablante
colectivo emite y recibe, modelizando así la experiencia
histórica en la memoria colectiva y, por tanto, en el proceso
del conocer cultural9 .
Estas formas de la comunicación son un repertorio del conocer
y, por eso, un proceso de significación. Suponen también
un sistema de desplazamientos, reducciones, parodias y, en general,
una práctica carnavalizadora -a través del disfraz,
el banquete, la fiesta, la risa, etcétera- que al mismo tiempo
que se levanta como una ocupación natural del espacio público,
se instaura como una celebración de la perpetuidad del pueblo,
tal como ampliamente lo ha documentado Bakhtine10 . El
poder disolvente de esa energía responde así al malestar
de la historia y libera en la conciencia un lugar propio de identidad.
Por cierto, en nuestra realidad cultural, las depredaciones de la
dominación interna son una larga violencia contra las fuentes
de nuestra cultura latinoamericana, cuyas formaciones populares
han sido desarticuladas en muchos casos y erosionadas en los más.
Y, sin embargo, contra una tradición de violencia etnocentrista,
ella no ha hecho sino responder, adaptar y reelaborar sus propias
versiones de su origen conflictivo y no resuelto. Pues bien, es
ese horizonte de la cultura popular lo que aparece en El otoño
del patriarca como un código que recibe, procesa y genera
la escritura del espectáculo del poder. Es en la escritura
donde se elaboran y resuelven, como una sitaxis articulatoria, las
formas semánticas de la cultura popular. O sea, la carnavalización
del texto da cuenta de la interacción conflictiva de una
historia formulada como comunicación.
En la primera muerte del patriarca, que es la muerte de su doble,
Patricio Aragonés, asistimos a la ceremonia fúnebre
pronto convertida en una fiesta de júbilo que el patriarca
contempla, "horrorizado por la idea de ser descuartizado y digerido
por los perros y los gallinazos entre los aullidos delirantes y
los truenos de pirotécnica del carnaval de mi muerte" (pp.33-34).
Carnaval que manifiesta la liberación popular, pero que asimismo
predomina en la producción del propio texto, desde la perspectiva
circular del recuento y desde el nuevo día de la muerte interrogada
y consumada del paradigma de la distorsión. Pero si hay una
cultura popular carnavalizada que contamina al recuento totalizador
del texto, hay también un comportamiento populista del poder,
que actúa como la forma natural de su imposición.
Este es el falso carnaval del poder; o sea, la manipulación
del desorden como orden que persigue dominar a la cultura popular.
Lo vemos aquí:
Gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás,
pues aquello no parecía entonces una casa presidencial sino
un mercado...porque nadie sabía quién ni de parte
de quién en aquel palacio de puertas abiertas dentro de cuyo
desorden descomunal era imposible establecer dónde estaba
el gobierno. El hombre de la casa no sólo participaba de
aquel desastre de feria que él mismo lo promovía y
comandaba (páginas 10-11)
Por sí misma, la escritura sitúa en el recuento de
los hablantes el juicio sumario que del poder hace la cultura popular.
Lo mismo en esta secuencia:
Todo había sido una farsa, excelencia, un aparato de farándula
que él mismo montó sin proponérselo cuando
decidió que el cadáver de su madre fuera expuesto
a la veneración pública en un catafalco de hielo mucho
antes de que nadie pensara en los méritos de tu santidad
y sólo por desmentir la maledicencia de que estabas podrida
antes de morir, un engaño de circo en el cual él mismo
había incurrido sin saberlo desde que le vinieron con la
novedad mi general de que su madre Bendición Alvarado estaba
haciendo milagros y había ordenado que llevaran el cuerpo
en procesión magnífica hasta los rincones más
ignotos de su vasto país (pp.155-56).
En uno y otro caso, el texto carnavaliza la información,
pero distingue las tensiones y disyunciones del origen popular y
de la manipulación por el poder; ese poder revela aquí
su frustrado proyecto de reemplazar la versión popular del
orden religioso. La farsa termina revelando la cómica paradoja
de la manipulación. "Le habían pagado ochenta (pesos)
a una gitana que fingió parir en plena calle un engendro
de dos cabezas como castigo por haber dicho que los milagros eran
un negocio del gobierno" (p.156). El parto fingido, un dato de la
cultura de la plaza pública, es aquí manipulado por
el poder, pero ya en la evidencia de su falsedad; de modo que el
espectáculo, para el pueblo, es doble.
Espectáculo del poder que en el texto se desarrolla como
una producción conflictiva y no simplemente polar; y que
sólo en la totalización textual de esta escritura
polivante, como veremos más adelante, se resuelve al final
como una articulación global y sin fisuras. La visión
popular del patriarca, incluso dentro de la cultura, supone un movimiento
ambivalente: la información al ser recogida da cuenta de
ese movimiento pero, al ser procesada, irá a discernir su
sentido. Es por eso que el patriarca no es siempre monstruoso -como
lo es a nuestra conciencia de lectores- sino, también, una
fuente de información que hay que asumir, procesar y modelar.
La novela, pues, no elude esta primera evidencia -aunque la resuelva
al final-, sino que también la testimonia: "es él,
exclamó asustada, que viva el macho, gritó, que viva,
gritaban los hombres, las mujeres, los niños" (p.18); porque
ante la reaparición del poder el pueblo no puede sino revelar
su temor y reconocer su impotencia; lo mismo, más adelante:
"que viva el macho, gritaban, bendito el que viene en nombre de
la verdad, gritaban" (p.141), donde la alusión religiosa
es una ironía del texto. Es así que el hecho de la
muerte del patriarca, que inicia la liberación de la conciencia,
pasa todavía por la perplejidad:
Y sin embargo no lo creíamos ahora que era cierto, y no
porque en realidad no lo creyéramos sino porque ya no queríamos
que fuera cierto, habíamos terminado por no entender cómo
seríamos sin él, qué sería de nuestras
vidas después de él (p.221).
Es pro eso que algunos lectores han casi resentido la fascinación
del patriarca, pero es que ella se da en la ambivalencia de la información
recogida y se irá a resolver en la integración sumaria
del juicio que supone al narrador colectivo11 Asistimos,
pues, a un trabajo sobre la información: desde la vida social,
ella es emitida y reconocida en los términos de una situación
precaria y dominada; desde los usos del poder, ella persigue imponerse
como el orden natural de la alineación; pero desde los registros
de la cultura popular, ella es procesada y elaborada como conocimiento
y respuesta. La escritura trabaja esas resonancias, formalizando
su ocurrencia como un espectáculo, carnavalizando a su vez
su proliferación textual. Es en este complejo comunicativo
que una lectura de la historia se va configurando como una promesa
de la cultura12 .
Si para los gringos el país es un "burdel de negros", para
el patriarca es un "burdel de idólatras"; la visión
que el poder tiene del pueblo es aquí simétrica, pero
es también paradójica :
Él se quedaba con la carga inmerecida de la verdad, en esta
patria que no escogí por mi voluntad sino que me la dieron
hecha como usted la ha visto desde siempre con este sentimiento
de irrealidad, con este olor a mierda, con esta gente sin historia
que no cree en nada más que e la vida (p.159).
El reproche desde el lado contrario es una virtud: despojados de
historia sólo pueden reafirmar su existencia y, por lo mismo,
la conciencia de esta plenitud la iniciará el desciframiento
de esa historia. Naturalmente que la energía de la cultura
popular es lo que sostiene un ámbito comunitario, en el cual
no es menos cierto que las marcas del subdesarrollo no serían
virtudes populares, sino productos de la erosión que sufre
esa cultura. En esta novela el código de la cultura popular
privilegia una conversión fecunda: transferida a una práctica
textual, esta práctica sostiene la plenitud ganada. Conversión
que actúa a través del humor sistemático, la
ironía disolvente, el sarcasmo esperpéntico, la paradoja
hiperbólica; creando esa corriente de humor terrestre, irrestricto
y reductor, que pro cierto resonaba en la alegría creadora
de Cien años de soledad, y que en el Otoño del patriarca
es también una práctica analítica, ya que esta
novela es una reflexión sobre la tragedia política
desde la comedia cultural. Humor rabelesiano, en efecto, pero sobre
todo humor hispanoamericano popular, que desde su oralidad festiva
es aquí un sistema de comunicación plena. No en vano,
cuando desaparece Manuel Sánchez, el humor es una suma de
voces, canciones populares y una danza también de la escritura:
"le decían que la vieron en un baile de plenas de Puerto
Rico, allá donde Cortaron a Elena mi general, pero no era
ella, que la vieron en la parranda del velorio de Papá Montero,
zumba, canalla rumbero", etc. (p.86), donde la información
se duplica en su fuerte popular, yendo al -y volviendo del- ritmo
ganado de una cultura carnavalizada.
Frente a los sórdidos orígenes del poder, los orígenes
del pueblo son asimismo una carnavalización, como lo sugiere
la reconstrucción festiva del desembarco de Colón,
aun en la misma disyunción colonial (pp.44-45). Entre el
código del poder político y el código de la
cultura popular median, pues, interacciones y disyunciones, pero
es el deslinde global lo que articula la escritura del texto en
el discurso de la cultura. Desde el poder, el patriarca confía
en "el argumento final de que ya no importaba que una cosa de entonces
no fuera verdad, qué carajo, ya lo sería con el tiempo"
(p.171); pero desde la cultura popular, hay una verdad más
estable y una certidumbre más plena.
Es evidente que la cultura popular construye el mito del patriarca
en el relato, pero es también claro que en ese mismo acto
lo carnavaliza, trocándolo así en una parodia del
poder, no menos terrible, claro está, pero discernible en
términos de un repertorio propio. Esta es la perspectiva
que la escritura explora, desencadenando el registro minucioso de
una información siempre connotada por el código cultural.
CODIGO MITOLOGICO
Las disyunciones del código político y del código
cultural van a resolverse en otro código, el mitológico,
que da, por cierto, cuenta de ambos, pero que permite que esas grandes
tensiones internas se disciernan en un campo simbólico de
fuerzas que trabajan una conciencia ulterior.
Es allí donde la ausencia de información abre un
vacío cultural, o sea una pérdida de identidad, y
donde se levanta el mito del origen del poder:
No había nadie que pusiera en duda la legitimidad de su
historia, ni nadie que hubiera podido demostrarla ni desmentirla
si ni siquiera éramos capaces de establecer la identidad
de su cuerpo, no habla otra patria que la hecha por él a
su imagen y semejanza con el tiempo cambiado y el tiempo corregido
por los designios de su voluntad absoluta, reconstituida por él
desde los orígenes más inciertos de su memoria (p.171).
Ese origen funde la historia y la cosmología como un determinismo
fatalista: un modelo del origen ocupa la realidad y, por tanto,
reemplaza a la historia. La realidad está dividida en un
antes que corresponde a los tiempos primitivos, "aquellos tiempos
de godos en que Dios mandaba más que el gobierno, los malos
tiempos de la patria" (p.172); y un después sin término,
que corresponde al poder del patriarca. Es claro que la construcción
mitologizante se desentiende de la cronología: el patriarca
ha sido testigo del desembarco de Colón, pero es también
uno de los generales de la emancipación americana y el socio
de la invasión norteamericana: es, lo sabemos, una figura
arquetípica del poder, y por eso un modelo de su sinsentido
histórico. El interminable desfilar de los embajadores norteamericanos,
cada uno con un nombre diferente, parodia la estabilidad de ese
modelo. De modo, pues, que el origen no es sino la proyección
del presente: o sea, el vaciado del sentido histórico, su
ocupación por el poder.
Es la licencia de este modelo, sin embargo, lo que permite un comportamiento
mitológico al poder, buscando incorporarse los repertorios
de la cultura popular. Licencia que se un delirio irrestricto del
poder, y aquí donde el código mitológico revelará
su función.
En el delirio de su amor por Manuela Sánchez, el patriarca
se pregunta aturdido:
Qué pasaba en el mundo que van a ser las ocho y todos duermen
en esta casa de malandrines, levántense, cabrones, gritaba,
se encendieron las luces, tocaron diana a las tres...y había
un estrépito de armas asustadas, de rosas que se abrieron
cuando aún faltaban dos horas para el sereno...y cambiaban
por flores de anoche las flores trasnochadas de los floreros, y
había un tropel de albañiles que construían
paredes de emergencia y desorientaban a los girasoles pegando soles
de papel dorado en los vidrios de las ventanas para que no se viera
que todavía era noche en el cielo y era domingo veinticinco
en la casa...mientras él se abría paso deslumbrado
por el día repentino entre los aduladores impávidos
que lo proclamaban descomponer de la madrugada, comandante del tiempo
y depositario de la luz (pp.71-72).
Ya se ve que la cómica licencia que el poder se permite
anuncia al código mitológico, que supone las resonancias
hiperbólicas de su voluntad, pero que se sustenta en una
inversión: el aparato carnavalesco que sus lacayos construyen
revela también la voluntad de reordenar el orden natural,
de convertir al poder en fuente manipulable de la realidad. Por
eso, si la cultura popular procede por un sistema de conversiones,
la mitología del poder actúa por un proceso de inversiones.
Otro tanto ocurre en el episodio del eclipse, que el patriarca
recibe como ilustración de su poderío (p.85); asimismo
cuando al decretarse una ley marcial se declara "el estado de peste
por decreto" y "se suprimieron los domingos" (p.244); o cuando "había
visto el tiempo interrumpido por orden suya en las calles abandonadas"
(p.246). Debajo de la hipérbole, opera aquí el código
mitológico, ilustrando una voluntad de poder no sólo
demencial, asimismo ejercitándose en la reconstrucción
de su propia cosmología como el origen reformulado.
Es por eso que el pueblo percibe en el poder las señales
del comienzo de los tiempos y, a la vez, del final de los tiempos.
Esto es, convierte a su propio código las amenazas, irrisiones
y delirios del poder. Así, cuando el patriarca hace a su
hijo general de división, se renuevan los presagios.
Aquella decisión sin precedentes había de ser el
preludio de una nueva época, el primer anuncio de los malos
tiempos en que el ejército acordonaba las calles antes del
alba y hacía cerrar las ventanas de los balcones y desocupaba
el mercado a culatazos de rifle para nadie viera el paso del automóvil
flamante con láminas de acero blindado (p.181).
Los nuevos o malos tiempos son los que preside Leticia Nazareno
en su abusivo, y al final penado, saqueo de los mercados públicos.
En otra parte leemos: "pues aún los más incrédulos
estábamos pendientes de aquella muerte descomunal que había
de destruir los principios de la cristiandad e implantar los orígenes
del tercer testamento" (p.84). Otra vez bajo la hipérbole,
los tiempos se rehacen míticamente, aquí con el temblor
del futuro.
Pues bien, esta serie de inversiones construyen en el texto la
mitología que sostiene a un mundo al revés. En efecto,
ya desde el origen mitológico del poder puede percibirse
que la inversión ha modelado a la realidad histórica:
el mundo está siempre haciéndose, a través
de los ciclos del poder, pero su modelo de la distorsión
es un determinismo fatal. El mundo está al revés en
su mismo origen: la violencia, la dictadura política, ocupan
su fundación, pervirtiéndolo. La mitología
del origen es, por tanto, una pérdida del origen.
A esta realidad revertida corresponde igualmente un hombre al revés,
un dictador cuya dimensión mitológica es totalizante
pero cuya individualidad es reductora. Así, cuando decide
acercarse al pueblo origina catástrofes en torno suyo: "no
era consciente del reguero de desastres domésticos que provocaban
sus apariciones de júbilo" (p.93), porque su poder distorsionador
es una fractura. Dimensión que es también una caricatura
física; su origen es incierto, su sexo un estigma; "una mujer
de soldados" así lo declara: "lo soltó asustada, se
apartó, anda con tu mamá que te cambie por otro, le
dijo, tú no sirve" (página 165); y la apología
irrisoría de su condición se ilustra brutalmente en
su orgasmo trastrocado (p.168). La agonía de una vejez desmesurada
refiere asimismo esa condición.
Hacia el final del texto, cuando las tensiones se resuelven, se
configura también la dimensión exacta de ese poder
mitológico que la muerte revela en su última irrisión.
El juicio sumario es finalmente un habla de la conciencia, y el
mito sucumbe ante las evidencias: "había conocido su incapacidad
de amor en el enigma de la palma de sus manos mudas...y había
tratado de compensar aquel destino infame con el culo abrasador
del vicio solitario del poder" (p.269); "había sabido desde
sus orígenes que lo engañaban para complacerlo, que
le cobraban por adularlo, que reclutaban por las fuerzas de las
armas a las muchedumbres concentradas a su paso"; "que la mentira
es más cómoda que la duda, más útil
que el amor, más perdurable que la verdad". Y, en esta revelación
final, emerge la respuesta global del texto:
Estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés,
condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la
trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la
realidad sin sospechar ni siquiera demasiado tarde que la única
vida vivible era la de mostrar, la que nosotros veíamos de
este lado que no era el suyo mi general, este lado de pobres (p.270).
Respuesta sustentada en la cultura popular, en la conciencia ahora
de su liberación. La mitología del mundo al revés
se disuelve aquí en el deslinde de la conciencia, que supone
la afirmación de la existencia social real frente al poder
incautador y sustitutivo. El patriarca ya sólo es
Un tirano de burlas que nunca supo dónde estaba el revés
y dónde el derecho de esta vida que amábamos con una
pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera
a imaginar por miedo de saber que era ardua y efímera pero
que no había otra, general, porque nosotros sabíamos
quiénes éramos mientras él se quedó
sin saberlo para siempre (páginas 270-71).
De este modo, la reafirmación de la perpetua existencia
popular y comunitaria subraya estas páginas finales con el
aliento casi épico con que la escritura elabora el nacimiento
de la conciencia.
El código mitológico, que ha operado las ampliaciones
hiperbólicas del texto, encarando por dentro los repertorios
de la cultura popular y los del poder, se rinde así a la
última evidencia del texto: a la producción de una
conciencia desde la acción de los hablantes, que ha propiciado
el juicio de todos los tiempos en el teatro dialógico de
esta escritura. Evidencia final que nos reconduce al comienzo del
texto. No sin antes comprobar que en la última página
del júbilo popular se lee la sanción definitiva: "la
buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había
por fin terminado". Con la muerte del "patriarca", los hombres ganan
la adultez del reconocimiento; con la destrucción de un modelo
mitológico, sucumbe el mundo al revés, y la cultura
popular reconoce la dimensión social creadora; con la desaparición
del poder distorsionador, sustentado en ese modelo, concluye el
tiempo sin historia, y se anuncia otro tiempo, el fin de una edad
y el comienzo de otra: los trabajos de la conciencia fundadora.
Final que es un reinicio, por que no devuelve a la perspectiva que
ha producido este debate; al narrador colectivo.
CODIGO DEL NARRADOR COLECTIVO
La primera página del texto se abre ante "la vasta guarida
del poder", donde los gallinazos han anunciado la muerte, y "sólo
entonces nos atrevimos a entrar" (p.5). Un pueblo sin historia escrita
se reconstruye desde esta primera escena en la historia oral: "es
en su propio relato donde conoce, reconoce y discierne. De allí
una de las excelencias de esta novela : haberla construido desde
la alternancia de los hablantes que dan testimonio; esto es, desde
un narrador colectivo cuyo código se desarrolla como el sistema
productivo central del texto. Este código trabaja el circuito
de comunicación, por el cual la información transmitida
da cuenta de sus fuentes, anunciando el testimonio directo, el conocimiento
referido, el inferencial, el no personal, y construyendo así
el espacio semántico de la comunicación. Es aquí
que se elabora la historicidad frente a una historia incautada,
en el debate que deberá liberar una conciencia compartida.
La primera muerte del dictador inicia también el primer
día de la conciencia: el relato de lo visto que desencadena
la suma de lo oído para recomponer el escenario de lo vivido.
Si la respuesta no escrita del pueblo es sobrevivir al poder, vivir
más que el poder; su sabiduría radica en su capacidad
de discernir, que aquí se formula como el proceso extensivo
de contar. La narración colectiva se instaura, por ello,
como el espacio privilegiado del conocer. Ya en esta elaboración
textual que reconoce una modelización peculiar del texto
de cultura latinoamericano, Gabriel García Márquez
logra un desenlace poético de notable poder persuasivo, en
primer lugar porque el modelo textual que produce resuelve la tradición
de un debate formal característicamente nuestro: el de la
perspectiva del texto fundador, que construye y decodifica un sistema
de relato donde la literatura elabora a la cultura; tal como se
ilustra en un drama textual de la crónica de Indias, centralmente
en el texto cultural del Inca Garcilaso; en las elaboraciones discursivas
de Sarmiento; en el canto reordenador del Martín Fierro.
El desenlace de esta novela es también un teatro textual
porque la escritura acontece en cada marca del hablante y en el
espacio totalizado de su ocurrencia. Cada sujeto de las enunciación
s el hablante plural del enunciado:
Y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos
del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año
del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden,
la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen
estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con
los colores de la bandear (p.6).
En ese museo del poder se comprueba así el falso carnaval
ahora quieto: la enumeración del testimonio colectivo da
fe de esta información, que en los interiores del poder se
encuentra luego con su primera prueba: "Sólo cuando lo volteamos
para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque
no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros
lo había visto nunca" (p.8). Esta crisis de la información
, sin embargo, reclama las certidumbres:
Y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las
estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los
bragueros y los escapularios, y aunque su fotografía enmarcada
con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba
expuesta a todas horas en todas partes, sabíamos que eran
copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en
los tiempos de la cometa, cuando nuestros padres sabían quién
era él porque se lo habían oído contar a los
suyos, como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron
a creer que él estaba vivo en la casa del poder (p.8).
De este modo, la información se pierde en los orígenes
del relato, allí donde comienza la dimensión mitologizada
del patriarca . Pero vemos ya que es la perspectiva del debate del
relato lo que habrá de instaurar todos los ciclos de la información
en el holocausto del poder que cumple este narrador colectivo.
En la dimensión del mito, el código del narrador
colectivo actúa asimismo formalizando la comunicación,
procesándola en su propia ambigüedad:
La segunda vez que lo encontraron carcomido por los gallinazos
en la misma oficina, con la misma ropa y en la misma posición,
ninguno de nosotros era bastante viejo para recordar lo que ocurrió
la primera vez, pero sabíamos que ninguna evidencia de su
muerte era terminante, pues siempre había otra verdad detrás
de la verdad (p.47).
Si en el mito distintas versiones y alternativas alimentan su construcción,
en el relato de un texto haciéndose colectivamente se requiere
un discernimiento mayor; porque la comunicación que se emite
regresa desde el destinatario como certidumbre, y en ese diálogo
se configuran los hablantes. Es esa certidumbre la que organiza
el conocimiento:
Ninguno de nosotros era bastante viejo para dar testimonio de aquella
muerte (de Bendición Alvarado), pero el estruendo de los
funerales había llegado hasta nuestro tiempo y teníamos
noticias verídicas de que él no volvió a ser
el mismo de antes por el texto de su vida (p.138).
Es pro esto que el mito entra en crisis ante las evidencias de
la información, restituyéndolo a su real medida:
Poco antes del anochecer, cuando acabamos de sacar los cascarones
podridos de las vacas y pusimos un poco de arreglo en aquel desorden
de fábula, aún no habíamos conseguido que el
cadáver se pareciera a la imagen de su leyenda (p.169)
El narrador colectivo es, pues el yo colectivo de la cultura popular.
Su trabajo configura una serie cíclica de información:
los mensajes los emite un destinador (nosotros) hacia un destinatario
(nosotros); de este modo, la información es circular y se
va desplazando al procesar los mensajes, al formalizarlos, en nuevos
círculos de incorporación. Constantemente, el lugar
del destinador lo ocupa un yo momentáneo que forma parte
de un narrador plural, al que entrega su mensaje antes de retornar
al coro narrativo latente. De allí que la escritura se movilice
aperturando la sintaxis, en un espacio sintagmático que se
expande como un montaje articulado y, a la vez, libre. Los distintos
códigos se alternan, confrontan e interactúan connotando
la polifonía de una escritura extraordinariamente enriquecida
y capaz de una dinámica dúctil en sus ritmos de amplio
diseño. En esta alternancia de los hablantes que suman un
narrador colectivo, la reiteración de los mensajes pasa por
distintos códigos, y, así con connotaciones y tensiones
diferentes. Y es también por esta reiteración que
las significaciones emergen como formas de la expresión,
y asistimos por lo mismo al espectáculo de un texto que evidencia
su propia ganancia semántica como un juego libérrimo
y, sin la menor duda, riguroso. Por tanto, también el discernimiento
que los narradores hacen de una información crítica
pasa por la carnavalización de la escritura del habla; o
sea, por la fiesta de los nombres del mundo que escriben la plenitud
de la conciencia.
Actor y autor de la información, el narrador colectivo es,
en el ámbito mayor de la carnavalización, el narrador
colectivo de la palabra transgresiva: porque entre el emisor y el
destinatario, en el ciclo de la comunicación, la ley oficial
se disuelve en las conversiones de la cultura popular13.
De este modo, la risa disolvente y la conciencia crítica
se generan mutuamente.
Ahora bien, es claro que si el narrador colectivo abre y cierra
la novela, recomenzando en ambas instancias la comunicación
crítica; ocupan también el lugar del narrador el propio
patriarca; la tercera persona del texto, como el espacio abierto
de la crónica; e, igualmente, una segunda persona que se
desprende del relato como un diálogo inserto en el ritmo
del recuento. Este evento de narradores es también la teatralidad
textual de una ocurrencia totalizada de la comunicación.
Narradores dentro de narradores: en el teatro del libro acontece
una tercera persona, que a veces resuena como la otra parte de un
nosotros vista en el espejo, y que hay que asumir como el espacio
de la referencia objetivada pro el texto; una primera persona plural,
un "nosotros" que deduce el mayor espesor informativo, y que se
despliega en diferentes hablantes en su ámbito sumario; una
primera persona, que ocupa por ejemplo el patriarca, y que se establece
frente al narrador colectivo como el referente descifrado, y ante
sí mismo alternativamente como un parco hablante público
y un desquiciado hablante privado, y que agoniza en su habla; y
en fin, esa segunda persona de la comunicación que circula,
actualizando el acontecimiento y su testimonio14 . ¿Desde
dónde, entonces, se narra? ¿Qué sostiene a este teatro
de voces? El libro, sin duda, o más bien: el libro, Porque
aquí, como en Cien años de soledad, el origen y el
fin se vertebran desde el enigma del libro como el espacio que al
reemplazar a la realidad le devuelve un centro revelador. Pero éste
es ya otro código.
CODIGO DE LA ESCRITURA
Si el código es, como propone Barthes, un sistema del lugar
común15, el código del lugar común
pro excelencia es el de la escritura resuelta en el libro. Allí
donde el enigma del lenguaje se reinstaura luego de las deducciones
de los códigos que lo reformulan, ya como espacio original:
en el lenguaje que remite a sí mismo, en el "libro puro"
que propone Derrida16parvularios (p.50). Para el poder,
la escritura es otro mecanismo represivo, y uno de protesta en los
panfletos políticos para el pueblo. El patriarca es analfabeto
en una época, y más tarde aprende a escribir bajo
el influjo de la Nazareno. Pero la ley escrita u oral de su poder
es la misma, aunque la escritura de la ley denuncia aquí
la naturaleza dependiente del poder: "Antes, durante la ocupación
de los infantes de marina, se encerraba en la oficina para decidir
el destino de la patria con el comandante de las tropas de desembarco
y firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar"
(p.12). Esa huella, esa escritura de su cuerpo delata la condición
colonial. Y cuando el viejísimo patriarca es ya un fantasma
del poder, y pierde la memoria de la escritura.
Escribía con su letra florida los residuos sobrantes de
la muerte, una noche había escrito que me llamo Zacarías,
lo había vuelto a leer bajo el resplandor fugitivo del faro,
lo había leído otra vez muchas veces y el nombre tantas
veces repetido terminó por parecerle remoto y ajeno, qué
carajo, se dijo, haciendo trizas la tira de papel, yo soy yo, se
dijo, y escribió en otra tira que había cumplido cien
años (p.132).
Esta escritura rota anuncia que el patriarca extravía su
propio dominio, el cual la escritura burocrática de sus periódicos
había proclamado, si bien en otra distorsión: "Chapaleando
en la lectura de sus propias noticias...se enteraba de frases históricas
que le atribuían sus ministros de letras" (pp.189-90). No
ignora él las evidencias: "cotejó las verdades de
los papeles con las verdades engañosas de la vida real" (p.161),
pero la escritura será también la evidencia de su
derrota final: "hasta que las últimas nostalgias se le escurrieron
por las grietas de la memoria y sólo permaneció la
imagen de ella en la tira de papel en que había escrito Leticia
Nazareno de mi alma mira en lo que he quedado sin ti" (página
163).
Escritura, en esta novela, grabada y escritura leída. Espectáculo
que transmuta a la oralidad: inscripción del mundo en el
ritmo recuperador del texto. Escritura discontinua que resuelve
una configuración de la experiencia, crítica y celebratoria,
y cuya ocupación material es un relato del mismo lenguaje.
De aquí también, en el recuento de su práctica,
la importancia de "los hombres de letras".
La aparición de un Guerrero de otras tierras y otra época...
un joven tímido, aturdido por la soberbia...que quería
armas y solidaridad para una causa que es también la suya,
excelencia, quería asistencia logística y sustento
para una guerra sin cuartel que barriera de una vez por todas con
los regímenes conservadores desde Alaska hasta la Patagonia
(p.107).
Provoca del patriarca la calificación de que "tiene fiebre
en los cañones". Y esta calificación que sanciona
al joven revolucionario romántico, la aplica también
a los escritores:
Proclamó una nueva amnistía para los presos políticos
y autorizó el regreso de todos los desterrados salvo los
hombres de letras, por supuesto, ésos nunca, dijo, tienen
fiebre en los cañones como los gallos finos cuando están
emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para
algo,dijo, son peores que los curas, imagínense (p.108).
El paralelo primero se da, por cierto, entre el joven revolucionario
y el escritor comprometido; el segundo entre el animal de pelea
y el hombre de la pluma uno y otro sirven, en efecto, en una lucha.
Este reconocimiento de la impugnación que define a la escritura
deduce lo demás: para el poder antipopular esa capacidad
impugnadora es la amenaza más cierta, su negación.
Así aparece implicada la capacidad subversiva de una escritura
que denuncia la raíz misma del subdesarrollo: la condición
colonial.
De allí también que en el recital de Rubén
Darío, el patriarca no puede menos que constatar la fascinación
de la poesía, que testimonia "el esplendor eterno de una
patria inmortal más grande y más gloriosa que cuantas
él había soñado en sus largos delirios de sus
calenturas de guerrero descalzo" (p.194), patria que no es otra
que el lenguaje poético rendido por Darío, ese monotauro
espeso" que deja al patriarca "exaltado por la revelación
de la belleza escrita" (p.195). El poder revelador e impugnador
de la escritura se inscribe así en este debate del discernimiento
del lenguaje de la conciencia crítica. Allí se genera
el sentido político, su producción como una práctica
liberadora. Práctica que enfrenta el aparato de la dominación:
la oligarquía política del autoritarismo, así
como el cerco de la dependencia, la marca colonial. Sentido político
que también se ilustra en la rebelión anticolonial
del general Lautaro Muñoz (p.254), y que delata las evidencias
del saqueo antinacional. Por tanto, la escritura nos devuelve al
comienzo: a su historia como denuncia. Esto es, a su convocación
de la revuelta, allí donde ella misma es un trabajo del sentido
recusador. Así, el libro que transforma a la historia en
una configuración de la conciencia, es también un
indicio de ese otro mundo sublevado: las memorias de su virtualidad
liberada.
Hemos asistido, por tanto, a un complejo proceso textual. Tanto
los códigos como los narradores actúan en la elaboración
totalizada de una historia que modela como un mito a la realidad,
usurpando su sentido; es así que la comunicación de
los hablantes acumula la información que hace del patriarca
y del poder la figura mitológica de una América ocupada
por la dictadura: toda la novela es la construcción totalizadora
de ese determinismo trágico, y de allí la fuerza de
su amarga denuncia política. Pero al mismo tiempo hemos comprobado,
a lo largo de la novela, la desconstrucción de esa mitología
del poder omnímodo; porque la muerte del arquetipo del poder
es la perspectiva del recuento; la carnavalización y la crítica
son su práctica; y tanto los códigos como los narradores
en el mismo movimiento han procedido al desmontaje de su codificación
del poder. Esta novela es la construcción desconstruida del
poder: el mito y su hecatombe ocurren a la vez, y la escritura ha
producido el libro de una historia del comienzo como una historia
del fin. Esto es, el libro de la subversión del lenguaje:
su ganancia del sentido en la fundación, otra vez, de la
conciencia liberadora.