Del amor y otros demonios: tragedia inquisitorial,
beatificación a africana
Por Michael Palencia-Roth
Colombiano de origen, ha vivido durante la mayor
parte de su vida en los Estados Unidos. Hizo estudios de Doctorado
en la Universidad de Harvard. Durante varios años ocupó
la posición de Chaiman para el Departamento de Literatura
Comparada en la Universidad de Illinois. Tanto sus ensayos como
sus libros son muy respetados dentro de la crítica internacional,
destacándose entre ellos el estudio que hizo sobre la obra
de Gabriel García Márquez, titulado La línea,
el círculo y las metamorfosis del mito. Michael
Palencia-Roth pertenece a la "Asociación de colombianistas"
de la que será presidente a partir de 1997.
Introducción
Uno de los principales asuntos del postmodemismo es
la desunificación de la verdad como patrimonio cultural de
las clases en el poder, mediante la oposición y aceptación
de las verdades individuales. Paul Ricoeur sostiene que "hay una
pluralización de los órdenes de la verdad", al tiempo
que favorece las verdades que cada escritor expresa en sus textos.
Cada texto artístico por consiguiente, posee sus propios
niveles de la verdad de acuerdo con la experiencia individual de
su creador, con su ideología y con su visión del mundo.
Gabriel García Márquez en su novela Del amor y
otros demonios muestra una abierta oposición contra la
posesión de la verdad teológico sustentada por el
tribunal de la Inquisición en la Cartagena colonial. También
es evidente la intención garcíamarquiana de poner
de manifiesto la mentalidad dicotómica de la sociedad cartagenera
de aquel entonces, donde las jerarquías de la iglesia católica
y la aristocracia se consideraban superiores en clase social, raza,
intelecto y espíritu frente a las clases marginadas de los
esclavos africanos y de los ciudadanos de origen judío. Un
tercer aspecto en el modo de presentación de los personajes
de esta novela es uno que deja vislumbrar el desacuerdo del autor
con las afirmaciones que atribuyen sólo a la mujer la capacidad
de amar, comprender y compadecer a otros, en tanto que al hombre
se le niegan fácilmente tales atributos.
Expuestas esas tres oposiciones autoriales contra
la verdad teológico, la marginalidad socio-cultural de los
esclavos africanos y la exclusión del sexo masculino en su
capacidad de amar, el presente estudio se propone demostrar tales
oposiciones y su verdad particular a través del caso de segregación
e hibridación cultural de que es objeto Sierva María
de Todos los Angeles, el personaje central de la novela en mención.
Al inicio de la novela, a modo de prólogo,
los lectores nos encontramos con la voz del reportero-autor que
refiere cómo salió en busca de una noticia verdadera
que luego se convirtió en un discurso novelesco. El acontecimiento
base de la noticia novelada fue el descubrimiento en una lápida
del viejo convento de Santa Clara de "una cabellera viva de un color
de cobre intenso" (García Márquez 1 l), que un maestro
de obra y sus ayudantes quisieron sacar completamente, pero "entre
más tiraban de ella más larga y abundante parecía,
hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas
a un cráneo de niña" (1 l). La cabellera que asombrosamente
siguió creciendo después de la muerte hasta medir
veintidos metros con once centímetros es el símbolo
que el reportero novelador usa para entretejer por un lado, la leyenda
popular que oyó de labios de su abuela, quien afirmaba que
existió en esos contornos "una marquesita de doce años
cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había
muerto del mal de la rabia por el mordisco de un perro, y era venerada
en los pueblos del caribe por sus muchos milagros" (1 l). El reportero
se toma entonces, en un investigador de las circunstancias de la
vida, padecimientos y muerte de la niña que realmente fue
la hija del segundo marqués de Casalduero, Don Ygnacio de
Alfaro y Dueñas. El resultado de la investigación
que hace el reportero sobre la "versión oficial" de la muerte
de la niña, es su propia versión y reflexión
sobre los hechos y las circunstancias en que sucedió la inmolación
de Sierva María de Todos los Angeles, hija también
de Bemarda Cabrera, "esposa sin títulos" del citado marqués
de Casalduero. A partir de ahí, la voz del narrador se encargará
de transmitir las verdades descubiertas o asumidas por el autor.
Es de anotar que el lenguaje que usa el narrador en estaobra deja
ver un tono de compasión por la niña inocente y una
actitud de confrontación y denuncia contra el grupo de adultos
inconscientes que descargaron sobre aquella las amarguras de sus
propias frustraciones y los odios entre unos y otros, así
como la prepotencia del ejercicio del poder omnímodo de la
posesión de la verdad religiosa que detentaron los participantes
del Santo Oficio, al tratar a la niña como una endemoniada
a la que debía exorcisar con todo el rigor que la tarea les
exigía.
Desde su nacimiento Sierva María de Todos los
Angeles estuvo condenada al repudio matemal. Ella nació sietemesino
y además su madre la había concebido en "una maniobra
fría y certera", para "atrapar de por vida" al marqués
de Casalduero, a quien luego tenía planeado envenenar para
"no tener que sufrirlo", pero "no tuvo corazón" para hacerlo.
Sin embargo, por el hecho de haberle perdonado la vida a su esposo,
Bernarda le confiesa a este último que "era demasiado esperar
que además de todo tuviera que amar a esa pobre sietemesino,
o a usted, que ha sido la causa de mis desgracias" (190). El rechazo
sustituye al amor en la relación de Bemarda con Sierva María,
y es por ello que sin resistencia del padre, doblegado por sus propias
miserias, la madre expulsa a su hija de la esfera familiar, social
y racial, confinándola al espacio de la marginalización
donde habitan los esclavos africanos que posee el marqués
de Casalduero. ¿Qué sucedió entonces con la segregación
de que fue objeto Sierva María de Todos los Angeles? Pues
pasó a ser la niña de todos los esclavos negros, especialmente
de Dominga de Adviento, quien hizo las veces de madre y se encargó
del proceso de socialización de aquella dentro del seno de
la cultura africana. Allí en ese, espacio marginal cultural,
Sierva María aprendió los bailes africanos, a "cantar
con voces distintas de la suya en las diversas lenguas de Africa"
(19), especialmente la lengua Yoruba. También por orden de
Dominga de Adviento, las esclavas más jóvenes le tiznaban
la cara, le ponían collares de santería encima del
escapulario católico y nunca le cortaron la cabellera radiante
que arreglaban en forma de trenzas. Dadas las circunstancias del
proceso de socialización y de la adquisición de una
identidad cultural y religiosa, es fácil para los lectores
estar de acuerdo con la voz autorial de que la identidad de la niña
terminó por ser un híbrido cultural. Por un lado,
con apellidos de la clase aristócratica, con características
físicas de la raza blanca, "tenía muy poco de la madre.
Del padre, en cambio, tenía el cuerpo escuálido, la
timidez irredernible, la piel lívida, los ojos de un azul
taciturno, Y el cobre puro de la cabellera radiante" (20). Por otro
lado, Sierva María nunca se sintió en "casa" en el
espacio socio-cultural y religioso de los blancos. Su casa estaba
en la periferia, con los esclavos negros, con los cuales se identificaba
mentalmente, compartía su lengua, sus costumbres y sobre
todo, sus creencias religiosas. "'Lo único que esa criatura
tiene de blanca es el color', decía la madre" (63). Y para
más, la niña adopta para sí un nombre africano:
María Mandiga, el que marca más la identidad híbrida
que posee aquella. Una vez muerta Dorninga de Adviento son inútiles
los esfuerzos para introducir a la niña al espacio familiar
original. Ella se resiste a aprender a escribir y a leer español.
Permanecía como muda, y cuando hablaba lo hacía en
lengua yoruba. Después de que ocurre el insuceso del perro
con peste rabia que muerde a Sierva María en el tobillo,
es cuando por fin reacciona el padre otorgándole cuidados
y amorosa solicitud a su hija desvalida y en peligro de una muerte
trágica, que el médico Abrenuncio recomienda conjurar
mediante la búsqueda del modo de "hacer feliz a la niña".
El marqués empieza la tarea "de ganarse a su hija" y a aculturarla
en los donúnios de la raza blanca aristocrática. La
niña, a la sombra de la dedicación paternal, "aprendió
más cosas de blancos en dos meses que nunca antes" (68),
y empezó a hacerle preguntas al padre de si "era verdad como
decían las canciones, que el amor lo podía todo. 'Es
verdad', le contestó él, pero harás bien en
no creerlo" (69).
La interacción de las fuerzas culturales diferentes,
que influye en el destino de Sierva María, se desenvuelve
luego en una tensión que va perjudicándola más
y más. Cuando el marqués creyó haber ganado
a su hija para su cultura blanca e hizo planes para enviarla a Sevilla
para que terminara allá su "educación del mundo"',
aparecen los síntomas de la rabia. Desesperado el padre acude
a todos los bandos encargados de curar a los enfermos para conjurar
y desmentir la superstición popular de que "los arrabiados
terminaban por ser iguales al perro que los mordió" (69).
Acuden al lecho de Sierva María tanto médicos como
boticarios, curanderos y hechiceros, pero la enfermedad sigue su
curso irremediable causándole a la víctima vómitos,
diarreas, espasmos y delirios que la hacían contorsionar
en arre batos de dolor y de ira. La sentencia equívoca sobre
el origen d la enfermedad de la niña salió de labios
de los curanderos, quienes afirmaban que "estaba loca o poseída
por los demonios" (7 l).
Ahora bien, de acuerdo con William Rowe y Vivian Schelling,
en las sociedades jerárquicas existe la tendencia de organizar
las oposiciones binarias de modo simétrico, hasta formar
una red intelectual con lo que para ellos es "superior" e "inferior',
"humano y animal", "doméstico y salvaje". Además de
las categorías anteriores, en la sociedad colonia] cartagenera
se dio la oposición binaria de "católico", sinónimo
de alma que participa de la esfera de lo celestial, y la de "no
católico", o alma que pertenece a los espacios de los demoniaco.
Por ello, el poder religioso del Santo Oficio, ejercido por el obispo
Don Toribio de Cáceres y Virtudes cae con todo su peso sobre
la niña de doce años ante las noticias de que ella
,,está endemoniada". Es a partir de la intervención
de las autoridades religiosas católicas en la situación
de Sierva María, cuando los lectores y lectoras pueden percibir
más directamente la empatía del narrador por las injusticias
que los adultos cometen para con aquella. Primero, el repudio de
la madre por su odio hacia el padre, el que dadas su debilidad de
carácter y su decadencia moral, abandona a la hija en los
primeros doce años de su vida. Luego, el obispo con su omnipotencia
del conocimiento de las trainpas del demonio para apoderarse de
las almas, oficia las torturas de los exorcismos en el ya atormentado
y frágil cuerpo de la chiquilla. A lo anterior se agregan
los malos tratos y juicios errados de las actuaciones de la niña,
que ejecutan las monjas clarisas, durante su encarcelamiento en
el convento a órdenes del obispo. La abadesa Josefa Miranda,
quien "se había formado en Burgos a la sombra del Santo Oficio,
pero el don de mando y el rigor de sus prejuicios eran de dentro
y de siempre" (89), es la que capitanea a las clarisas y por añadidura,
alberga mucho rencor contra los criollos aristócratas y contra
los franciscanos, orden a la cual pertenecen el obispo y Cayetano
Delaura, a quien se le encarga la misión de estudiar el caso
de la posesión demoniaco de Sierva María. Usando palabras
que denuncian el trato rudo de la portera del convento y construyendo
una imagen patética, el narrador describe el momento del
encierro de la niña "poseída", para nunca más
salir de los muros del convento: "La tomera tomó a la niña
de la mano, sin darle tiempo para una despedida, y la pasó
por el tomo" (84). Debido a que la mordedura del perro rabioso en
el tobillo de Sierva María se había convertido en
una llaga dolorosa a instancias de los tratamientos anteriores,
el narrador dice que "como el tobillo le dolía al caminar,
la niña se quitó la chinela izquierda. El marqués
la vio alejarse, cojeando del pie descalzo, y con la chinela en
la mano" (84). Un poco más adelante, no obstante que el narrador
ya expresó dos veces lo lamentable de la niña y su
dolor en el tobillo, lo repite una vez más anunciándolo
como lo único que le quedó al marqués de su
pequeña hija: "El último recuerdo que tuvo de ella
fue cuando acabó de atravesar la galería del jardín,
arrastrando el pie lastimado, y desapareció en el pabellón
de las enterradas vivas" (84). Es más, cuando el narrador
usa la denominación" el último recuerdo" está
refiriéndose a una imagen visual y emotiva que no se va a
borrar de la mente del padre de la niña.
Es interesante la representación garcíamarquiana
sobre su interpretación de los hechos en tomo a las actuaciones
de Sierva María, que hacen los miembros de la iglesia católica.
Estos últimos al imitar el modelo de la ideología
de la inquisición europea asumen la posesión de la
verdad y por ende la posición de superioridad sobre cualquier
otro conocimiento religioso y metafísico. Por consiguiente,
los eclesiásticos asumen la realidad exterior de acuerdo
con su propia lente, y rechazan cualquier diferencia o acto que
no esté dentro del campo de su visión ideológica,
sin detenerse a pensar en que pueden existir equivocaciones en cuanto
al veredicto popular de que Sierva María está endemoniada.
Basta con que el nombre del enemigo capital se mencione en relación
con los síntomas de la rabia, para no dudar que las actuaciones
de furia y las palabras extrañas que profiere la niña,
que no son otras que las de la lengua yoruba, son obra del demonio.
Así mismo, las actuaciones positivas de la niña las
juzgan con sectarismo. Sucede que cuando encierran a Sierva María
en el convento, ésta se pone a cantar con una voz muy melodioso
que cautiva no sólo a la servidumbre, sino a la misma abadesa
que la estaba escuchando desde su celda sin saber a quién
pertenece tal voz. Pero una vez tiene conocimiento de que esa voz
es de la niña, inmediatamente se dirige al patio donde se
encuentra ésta última y "blandiendo el crucifijo como
un arma de guerra contra Sierva María, 'Vade retro', gritó"
(92). A continuación la llama airadamente "engendro de Satanás,
te has hecho invisible para confundimos" (92). La niña enmudece
y se pone en actitud hermética y agresiva, tal como lo hacía
con su madre para defenderse de los ataques de esta última.
Si los lectores nos ponemos del lado de la realidad de Sierva María
tal como lo hace el narrador, ¿cuál podría ser la
interpretación de actuaciones como la de la abadesa frente
a aquella? Teniendo en cuenta que la niña ha crecido soportando
los odios, el abandono y la segregación de los adultos de
su raza, ella no puede sino reaccionar con mudez, frustración
y rabia de impotencia ante el poder que los otros manejan sobre
ella. A ello se agrega que el narrador nos ha descrito que su carácter
es "pícaro" y gusta de decir mentiras. Para más testimonio
del origen de la conducta de Sierva María, el mismo marqués
corrobora lo anterior, cuando atormentado y culposo por la parte
que a él le toca por haber abandonado a su hija en el patio
de los esclavos, le dice a Cayetano Delaura que "A eso atribuía
sus silencios, que podían durar meses, las explosiones de
violencia irracional, la astucia con que se burlaba de la madre
colgándoles a los gatos el cencerro que ella le ponía
en el puño. La mayor dificultad era su vicio de mentir por
placer, como los negros" (149). Los adultos siempre están
violando el espacio de Sierva María y la despojan arbitrariamente
de todo aquello que ella ama y le pertenece, como por ejemplo, los
collares que sus amigas las esclavas negras le habían regalado
y que una criada del convento trata de arrebatárselo provocando
la furia de la niña, quien "la agarró por la muñeca
y la obligó a soltarlos" (93). Y la criada, distorsionando
el hecho real, declara que la niña había usado "una
fuerza del otro mundo" para derribarla. Por lo tanto, "la verdad
de la posesión demoníaca" de Sierva María se
hace más contundente para los bandos católicos. Las
monjas empiezan a levantar actas consignando "pruebas" que van acumulando
contra la niña, que acorralada empieza a cometer actos de
rebeldía y terror al verse acosada y agredida por las novicias
que empezaron a darle empellones: "Se subió a la mesa, corrió
de un extremo a otro gritando como una poseída verdadera
en zafarrancho de abordaje" (95). Bajo una visión dogmática
que sólo acepta sus propios puntos de vista y desconoce las
acciones y las relaciones en una relación de causa a efecto,
como es el caso de la visión del Santo Oficio, es explicable
lo que el narrador manifiesta en tomo al convencimiento de los aliados
del Santo Oficio de que las actuaciones de Sierva María no
pueden ser más que obra del demonio, y no de sus circunstancias
particulares. Esa distorsión de la realidad de Sierva María
la lleva hasta los linderos de lo fantástico en que todo
lo malo y extraño que sucediera en el convento se atribuía
al maleficio de la niña. Hubo varias novicias que "declararon
para las actas que volaba con unas alas transparentes que en-útían
un zumbido fantástico" (95). Y la abadesa afirmó que
un cerdo habló y una cabra parió trillizos" (108).
Nelly Richard argumenta que nuestra identidad cultural
latinoamericana es la de individuos que procedemos de una mezcla
dialéctica de lenguas diferentes que nos rodean. En el caso
particular de Sierva María, como ya se expresó anteriortnente,
su identidad procede de una mezcla entre razas antagónicas
como son la blanca y la negra. Con el agravante de que ella se expresa
más en las lenguas africanas, especialmente cuando reacciona
ante los ataques de sus perseguidores o estalla en los espasmos
de la enfermedad de la rabia. Debido a que Sierva María hace
uso de lenguas africanas, el obispo, quien no concibe la aceptación
de las diferencias, declara dogmáticamente que todo aquello
que provenga de las razas no católicas es motivo de idolatría.
Por eso, es que el obispo acomoda la realidad del caso de Sierva
María de acuerdo a sus propios parámetros y no acepta
otras explicaciones, tal como lo refiere el narrador al enunciar
que "el obispo siempre encontró una explicación a
su favor" (77), cuando el marqués trata de hacerle ver que
su hija no está endemoniada sino aquejada por la enfen-nedad
de la rabia, a causa del mordisco del perro rabioso. Ante una evidencia
como la mordedura en el tobillo de la niña, el obispo sigue
afirmando lo suyo y establece que "digan lo que digan los médicos,
la rabia en los humanos suele ser una de las tantas artimañas
del Enemigo" (79). El veredicto del obispo en ejercicio de su autoridad
episcopal, aunque no lo quieran aquellos que tratan de interceder
por la niña inocente, es lo que hace que la guerra contra
el Enemigo se lleve hasta las últimas consecuencias, haciendo
caso on-tiso del cuerpo infantil y las torturas por las que debe
pasar en el proceso del exorcismo. Lo único que les importa
al abispo y a sus seguidores es "salvar el alma de la niña"
de las garras del contender y por ende, demostrar que ellos son
más poderosos que el demonio. Si prestamos atención
a la fonna en que se lleva a cabo el exorcismo resulta fácil
comprobar que hay una oposición autorial ante las razones
clericales para declararle la guerra a su Enenúgo a través
de una niña inocente que no sabe de la existencia del Dios
católico ni mucho menos de las non-nas cristianas existentes.
Y peor aún, cuando por lo anterior los ministros de la Inquisición
juzgan a la niña como a una hereje, dándole los tratos
que consideran apropiados: "Fue un ritual de un condenado a muerte.
La llevaron a rastras al abrevadero, la lavaron a baldazos, la despojaron
a tirones de sus collares y le pusieron el camisón de los
herejes" (173). A continuación, con unas cizallas de podar,
le cercenaron el atributo físico más preciado que
poseía la víctima, como era su cabellera, la cual
nunca le habían cortado como una promesa que había
hecho Dominga de Adviento, hasta que la niña contrajera matrimonio.
Luego, el narrador refiere como una manifestación de la imitación
de los modelos inquisitoirales europeos, una monja arroja la cabellera
a la hoguera que habían encendido en el patio. Después
le ponen a Sierva María una camisa de fuerza y la cubren
con un trapo fúnebre para conducirla a la capilla en una
parihuela, como a un reo al que llevaban a ejecutar. El panorama
que presenta el narrador es el de la condenación y ejecución
de un criminal irredento al cual el obispo enfrenta en pie de guerra:
"El agarró el hisopo como un mazo de guerra, se inclinó
sobre Sierva María, y la asperjó a lo largo del cuerpo
murmurando una oración. De pronto profirió el conjuro
que estremeció los fundamentos de la capilla" (175). Ante
los gritos estertóreos del obispo, la niña reacciona
con un grito, "fuera de sí por el terror", -explica el narrador-.
El grito de la niña, como es de suponer, lo interpretan los
inquisidores como una respuesta del "sino demonio ante el conjuro
que le hace el obispo. Este último grita de nuevo. Lo mismo
hace Sierva María como reacción, y cuando el obispo
va a gritar más alto para continuar conjurando al Enemigo,
se desploma falto de aire en sus pulmones debilitados por la enfermedad
crónica del asma que le aqueja. Estos hechos complican más
la situación de la niña, ya que es obvio que para
la verdad de la posesión demoníaca que pretenden imponer
los inquisidores, el obispo aparece víctima de la resistencia
que le opone el Enemigo agazapado en el pequeño cuerpo de
la niña. Sin embargo, en la realidad que vive Sierva María,
las actuaciones condenatorias de los eclesiásticos por una
culpa de la cual ella no tiene la menor idea ni conciencia, los
que aparecen como demonios son los mismos inquisidores tal como
aquella se lo refiere a Cayetano Delaura, una vez que éste
se convirtió en su aliado:"Le habló del estruendo
de los coros que parecían de guerra, de los gritos alucinados
del obispo, de su aliento abrasador, de sus hermosos ojos verdes
enardecidos por la conmoción. 'Era como el diablo'. Dijo"
(177). Las anteriores palabras revelan el juicio del narrador, quien
a la postre está poniendo de presente la verdad que maneja
el autor frente a los métodos de juicio de los inquisidores
para con Sierva María, v por ende de quién sabe cuántas
otras víctimas inocentes en la historia verdadera de los
juicios del Santo Oficio. La verdad que porta este discurso novelesco
es entonces, la de que los verdaderos demonios contra los cuales
pelean los simpatizantes de la inquisición, son los mismos
inquisidores con sus juicios dogmáticos, autoritarios, a
la ligera y con sus procedimientos de verdugos cuando hacen exorcismos.
Por otra parte, además de que el narrador expresa que el
obispo es el demonio a los ojos de Sierva María. también
lo dice explícitamente de la abadesa Josefa Miranda a través
de Cayetano Delaura cuando éste en un arranque de indignación
ante la lectura del memorial de los muchos cargos exagerados contra
Sierva María, exclama delante del obispo: "Si alguien está
poseído por todos los demonios es Josefa Miranda. Demonios
de rencor, de intolerancia, de imbecilidad, ¡Es detestable!
" ( 1 28). Ante la sorpresa del obispo, Delaura baja el tono, pero
no se retracta de su verdad sobre Josefa Miranda, manifestando a
modo de explicación, que ésta le otorga tantos poderes
al rey del averno, que más bien parece "una devota del demonio".
Por consiguiente, los lectores y lectoras podemos deducir que los
demonios a que hace referencia el título de la obra son los
miembros de la Iglesia católica en su tarea de inquisidores.
En cuanto al otro referente del título de la
obra que implica su otra gran verdad textual, que es la del sentimiento
del amor, éste recae principalmente en Cayetano Delaura,
en el marqués de Casalduero en su rol de padre,, en Sierva
María y en los esclavos negros.
De modo irónico y subversivo para las normas
religiosas y las sociales, el personaje Cayetano Delaura, quien
tiene treinta y seis años, se enamora profunda y desesperadamente
de la niña Sierva María, convirtiéndose en
el redentor de las Injusticias y de la falta de amor y atención
que Sierva María había padecido a instancias de la
religión, de la segregación y del abandono de que
había sido objeto. Delaura se convence de que la niña
no está endemoniada y trata de hacérselo ver a los
inquisidores, especialmente a la abadesa, con la cual tiene enfrentamientos
por su ligereza de juicios, y las condiciones infrahumanas a que
ha reducido a la acusada: "Cuando la guardiana abrió la puerta,
la celda de Sierva María exhaló un vaho de podredumbre.
La niña yacía bocarriba en la cama de piedra sin colchón,
atada de pies y manos con correas de cuero" (1 1 0). En su empeño
por salvar a Sierva María de la ejecución del exorcismo
Delaura va en busca del marqués para saber más detalles
acerca de la vida y carácter de la marquesita, pero el padre
nada puede aportarle sino su propio dolor y ansiedad por sacar a
su hija de la cárcel en que el obispo lo obligó a
confinarla so pretexto de "salvar su alma". A continuación,
rompiendo las distancias y diferencias que lo separan, Delaura va
a hablar con el médico y judío, Abrenuncio' quien
está bajo amenazas de ser juzgado por hereje debido a su
independencia de criterio y a su cultura universal anticatólico.
Cayetano necesita hallar indicios, que Abrenuncio le puede proporcionar,
para probar que Sierva María no está poseída
por el demonio. En efecto, Abrenuncio le corrobora a Delaura que
si algo tiene la niña son los síntomas de la rabia,
y agregó con ejemplos lamentables, de cómo la iglesia
"desde siempre la había confundido con la posesión
demoniaca, al igual que ciertas fortnas de locura y otros trastornos
del espíritu" (1 55). Las gestiones que realiza Cayetano
para la causa de Sierva María son inútiles ante el
poder que detenta el Santo Oficio. Tampoco pueden hacer nada por
la inocente, el marqués, el médico Abrenuncio ni ciertas
cofrades que apoyaron a Delaura en su causa, pero que finalmente
no se atrevieron a "pronunciarse contra las actas del gobierno ni
a contrariar la credibilidad popular" (156). A la postre, los sentimientos
de amor y de justicia de Cayetano Delaura por Sierva María,
precipitan su caída ante el clero y el castigo de encierro
perpetuo en el leprocomio, cuando queda en evidencia ante el clero,
su relación amorosa con la endemoniada. Es más, poco
faltó para que Cayetano fuera condenado por herejía.
Mientras éste último, es capturado cuando iba can-fino
a la celda de Sierva María para escapar juntos, ella, sin
tener la menor idea del por qué Cayetano no volvió
a su lado para salvarla de la Inquisición y huir hacia la
felicidad del amor, tal como lo habían planeado, explota
en ataques de rebeldía y frustración, confirmando
más y más "los indicios de la posesión". Y
cuando la guardiana entró a la celda para llevar a Sierva
María a la sexta sesión de exorcismos, el narrador
nos informa a los lectores y lectoras del final de la niña
diciéndonos que la guardiana, "la encontró muerta
de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién
nacida" (198). Vale observar finalmente, que a pesar del poder destructor
de los encargados de exorcisar a Sierva María, ésta
no tuvo que padecer las torturas de sus demonios inquisidores, y
fue el amor el que la liberó de sus dominios.
El amor verdadero como oponente al rechazo, abandono
e injusticias de que es objeto Sierva María anida en personajes
insospechados. De forma contraria o irónica la niña
no recibe el amor de quienes se supone que poseen la capacidad y
obligación moral de amar, compadecer y comprender a los demás.
Ellos son los que más distantes están para albergar
tales atributos. Empezando por Bernarda Cabrera, la madre de Sierva
María, quien actúa como una mujer desnaturalizada
que repudia y segrega familiar y culturalmente a su propia hija,
en tanto que el padre, aunque un tanto tarde, es quien le otorga
a Sierva María los cuidados amorosos abnegados y la atención
que la madre siempre le negó a aquella. También las
figuras femeninas religiosas, encabezadas por la abadesa, que se
supone un dechado de virtudes y compasión, son la más
intolerantes y despiadadas con la niña. El obispo Don Toribio
de Cáceres y Virtudes (nombre irónico este el de "virtudes"),
quien podría estar lleno de sabiduría no aparece en
la novela con conocimientos, ni capacidad para razonar para no emitir
veredictos que victimicen a seres inocentes como es el caso de Sierva
María. El que sí posee tal capacidad de razonamiento
es Abrenuncio, el médico del cuerpo. Así mismo, Cayetano
Delaura, fue quien más pudo darle paz y felicidad a la niña
ya convertida en mujer incipiente, hacia el final de la novela,
pero, por razones obvias en cuanto a las normas sociales y religiosas,
Delaura fue impedido para continuar sus amores con Sierva María.
Es de anotar, además que en esta novela los esclavos negros
que representan lo marginal, son los que también le entregan
amor y cuidados a Sierva María en sus primeros anos, especialmente
Dominga de Adviento, quien hace las veces de madre. Un patrón
que se puede observar en la asignación autorial de la capacidad
de amor y compasión, es que ciertos personajes masculinos,
a diferencia de los femeninos, son los que demuestran tales inclinaciones,
lo mismo que aquellos personajes que se encuentran en la periferia.
Queda pues, establecido cómo en esta obra Del
amor y otros demonios, Gabriel García Márquez
nos expresa sus verdades sobre la sociedad dicotómica colonial
Cartagenera y de manera más contundente, su oposición
individual frente a las verdades y leyes que manejaba el Santo Oficio
de la Inquisición, dejando a los lectores y lectoras espacio
para la reflexión y el cuestionamiento de los manejos de
la verdad espiritual a mano de tales ministros de Dios, que parece
que estaban más bien servicio del demonio. Y al mismo tiempo,
a sabiendas del pode del sectarismo religioso y la rigidez social
para con el amor prohibido entre Cayetano y Sierva María,
García Márquez quiere establecer a través de
su texto novelesco su verdad de que el anor es el camino de la reivindicación,
la justicia y la felicidad individual.
Obras consultadas
Dussel, Enrique. "Eurocentrism and Modemity" en The
Postmodernism Debate in Latin Ameríca. Coed. John
Beverly y José Oviedo. Trad. Michel Aronna. Boundary 2. Vol.
20, no. 3 (Fall 1993), 64-74.
García Márquez, Gabriel. Del amor
y otros demonios. Santafé de Bogotá: Editorial
Norma S.A., 1994.
Richard, Nelly. "Cultural Peripheries: Latin America
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Latin America, Coed. John Beverly y José Oviedo. Trad.
Michel Aronna. Boundary 2. Vol. 20, no. 3 (Fall 1993), 157-161.
Rowe, William y Schelling, Vivian. Memory and
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Williams, Raymond L. Afirmaciones de la verdad
en Occidente en el contexto de la novela latinoamerica. Trad.
Eugenia Mufloz. En Textos y Contextos: Ensayos críticos
americanos y latinoamericanos. New Mexico: Research University
Press, 1996.
DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS: TRAGEDIA INQUISITORIAL,
BEATIFICACIÓN AFRICANA
En Del amor y otros demonios García
Márquez ha creado un mundo plenamente colombiano y colonial
de amores prohibidos y duras penas, de sensualidad y su represión.
Este mundo, que le debe mucho a la cultura eclesiástica española,
es el de la tragedia inquisitorial. Sin embargo, la cultura
inquisitorial en América es tan distinta de la española,
según indica Pedro Gómez Valderrama en su prólogo
al libro de José Toribio Medina sobre la Inquisición
en Cartagena, "como son las Repúblicas del Reino, por esa
gota de veneno tropical que entra en las venas al colonizador" (Gómez
Valderrama). Complementemos las palabras de Gómez Valderrama
con la siguiente observación: en la sangre tropical de Cartagena
de Indias corren, mezcladas, las sangres indígenas y africanas,
junto con las europeas-españolas.1
Estas sangres, especialmente la africana, dan un sabor muy distinto
a la temática de tragedia de la sexualidad y de la fe religiosa
en la Colombia colonial de García Márquez. Precisemos:
a mi modo de ver, García Márquez se sirve de las obsesiones
de sus personajes para enfrentarse con la cultura blanca y española
de la iglesia católica en la época colonial y, al
mismo tiempo, para celebrar el modo de ser de una cultura que hasta
hoy día ha sido casi imperceptible en su obra y que, con
pocas excepciones, no ha figurado en los cánones de la historia
de la literatura colombiana: la africana. Más aún:
García Márquez desarrolla toda esta complicada temática
por medio del concepto de la fatalidad en su sentido clásico
y aristotélico.
Los "demonios" del título de la novela traen
a la memoria "los demonios creadores" o la obsesiones principales
del propio García Márquez. Estas, como se ha notado
correcta y en colombia, son las del amor y de la muerte. A estas
obsesiones habrá que añadir la de la fatalidad. Estas
tres obsesiones se repiten en obra tras obra, y en tan distintas
como lo son Cien años de soledad, El amor en los tiempos
del cólera, y El general en su laberinto. De todas las obras
anteriores a Del amor y otros demonios, quisiera comentar, aunque
brevemente, Crónica de una muerte anunciada. Esta novela
la considero como una especie de pauta para Del amor y otros
demonios particularmente en cuanto a las dimensiones temáticas
del género.
El género literario del cual se nutre Crónica
de una muerte anunciada es menos el de la novela policiaca
o del reporte periodístico y más el de la tragedia
clásica, sobre lo cual escribí un artículo
hace años. Los amores fatales entre Santiago Nasar y Angela
Vicario han de verse no sólo a través del prisma español,
muy del Siglo de Oro, del honor, sino también a través
de la luz prismática y aristotélica del destino en
su sentido clásico. El destino aristotélico reglamenta,
da forma y estructura, a la historia de estos amores, a la crónica
de la destrucción de estas dos, En Del amor y otros demonios
esa misma estructura -es decir la de la destrucción,
predestinada desde el principio, de una o más personas -
se traduce al contexto, tanto teológico como cultural, de
la iglesia y de la Inquisición, y este contexto
se traduce, simultáneamente, al histórico de la Colombia
colonial. Complicadísima, pues, la historia, y no sólo
por la temática tan conflictiva emocional y canónicarnente
como la de un amor entre clérigo y doncella, sino también,
por aquella otra temática, igualmente conflictiva, del enfrentamiento
de dos culturas: la eclesiástica y la secular, la europea
y la africana, la blanca y la negra.2
El título de la novela y el contenido de las
primeras tres 0 cuatro páginas nos orientan hacia el sendero
de su interpretación: El amor es un demonio entre otros en
un mundo esclavizado casi por completo. Metafóricamente,
el endemoniar y el esclavizar comparten una semejante temática.
Ambos procesos tienen que ver con la posesión, ya sea del
alma, ya sea del cuerpo. El amor principal de la novela es aquel
entre Cayetano Delaura, sacerdote español de 36 años,
y Sierva María de Todos los Angeles, con sus 12 años,
hija única del segundo marqués de Casalduero y de
"una mestiza brava de la llamada aristocracia de
mostrador" (15), Bernarda Cabrera. Pero este amor, aunque el más
importante de la novela, ha de encajarse dentro de la historia de
los demonios en general. Recuérdese que esta relación
prohibida entre sacerdote y niña sólo aparece en la
segunda mitad del libro. El "demonio" principal de la novela entera
es, obviamente, el de la posesión diabólica, historia
que comienza en la primera página de la novela y va hasta
la última.3
En la Cartagena colonial
del siglo XVIII, la historia de la posesión diabólica
de Sierva María, al igual que la de las otras posesiones
de la novela, sólo puede desarrollarse dentro de las normas
del Santo Oficio de la Inquisición, institución establecida
en Cartagena en 16104 y en contínua
operación hasta principios del siglo XIX.5
El Santo Oficio, a veces denominado el "Consejo de la Suprema y
General Inquisición" o simplemente "La Suprema", fue instrumento
de opresión y control social, metáfora perfecta de
la esclavitud que saturaba las vidas de los cartageneses en la época
colonial.
Que toda la novela se vea bajo la lupa de la esclavitud
es el objeto, me parece, del episodio del remate del cargamento
de esclavos, entre ellos la bella abisinia, que ocupa las primeras
páginas del libro. Y también que diga García
Márquez lo siguiente de Sierva María en sus primeras
descripciones la niña: "en aquel mundo opresivo en el que
nadie era libre, Sierva María lo era: sólo ella y
sólo allí'(19). Doble ironía, pues,la una del
nombre ("Sierva María" equivale decir "Esclava María")
y la otra del contexto ("allí" 'se refiere a las barracas
de los esclavos, en donde encuentra la niña su única
libertad). De libre y contenta, ella pasa a la esclavitud moral
y a la tormenta en su corazón, causados los dos por sus acusadores
y luego por su familia, sus carceleras en el Convento de Santa Clara,
sus tres exorcistas y, al final, por el único amor de su
breve vida, Cayetano Delaura- y todo a raíz, según
la narración, de un simple accidente, el mordisco de un perro
rabioso.
Candidatos a la vida libre en este mundo de obsesionados,
de presos, de condenados por la fatalidad y de inquisidores son
tres, cada candidato persona marginalizada, ya sea por la sociedad,
ya sea por la iglesia. El primer candidato, Judas Iscariote, es
un negro gigantesco y buen mozo, quien, aunque siendo libre, se
vende a sí mismo (33) a Brnarda Cabrera. El paralelo, escandaloso
por una parte y por otra no, con la biblia es obvio. El segundo
candidato es la esclava Dominga de Adviento, quien sirve a Bernarda
Cabrera y a Sierva María. Dominga, prohibida por su ama de
contarle al marqués lo que había visto entre la marquesa
y Judas Iscariote, obedece. Sin embargo, le contesta a Bemarda,
"[Usted] no puede prohibirme lo que pienso" (35). Irónico,
el hecho de que uno de los pocos librepensadores en la Cartagena
colonial sea una esclava. Irónico también porque la
prohibición del pensamiento independiente es precisamente
la razón de ser de la Inquisición. El tercer candidato
es el licenciado Abrenuncio de Sa Pereira Cao (27), médico
y judío portugués de gran erudición (habla
un latín perfecto) y el único ser europeo en la novela
capaz de existir sin ahogarse en el aire del catolicismo colonial.
Representa el libre ejercicio de la razón en un contexto
en el cual se prohibe. El es el único a disputar el diagnóstico
obispal de la posesión diabólica de Sierva María.
Todos los demás, incluso Cayetano Delaura (que duda a veces
la necesidad de un exorcismo), aceptan la interpretación
eclesiástica del mordisco del perro.
Este mordisco es el anuncio casi imperceptible de
un encarcelamiento irreversible en la vida de una niña hasta
entonces completamente normal. Dicho mordisco funciona también
quizás como símbolo del despertar de la sensualidad
en la adolescencia, es decir, del despertar de las pasiones "animales"
y eróticas que están presentes en toda persona. Este
cambio físico es visto con suma naturalidad por los afrocolombianos
en la novela, pero no por los blancos, quienes son, cabe notar,
los que se alarman por el mordisco en el tobillo de Sierva María.
Ella hubiera crecido normalmente si no hubiera sido por la represiva
mentalidad de los españoles y los criollos, y por el Santo
Oficio con su larga tradición en cuanto a posesión
demoniaca, lo cual se hace muy evidente en la visita del marqués
de Casalduero al obispo Toribio de Cáceres y Virtudes. "Es
un secreto a gritos", le dice el obispo al marqués, "que
tu pobre niña rueda por los suelos presa de convulsiones
obscenas y ladrando en jerga de idólatras. ¿No son síntomas
inequívocos de una posesión demoniaca?" (76). Las
malas lenguas acusan -y los lectores saben que la acusación
es falsa- a Sierva María de ser poseída por el demonio.
Una vez mordida por el perro rabioso, según le explica el
obispo al padre de la niña, ella vive bajo el signo de la
culpabilidad y la condena. "La rabia en los humanos", dice el obispo,
"suele ser una de las tantas artimañas del Enemigo" (79).
Al marqués le parece todo esto como "el preludio de una condena
al fuego eterno" (79). Con sólo evidencia anecdótico
pero de acuerdo con las prácticas ordinarias del Santo Oficio,
el obispo define el estado de ser de la niña y da comienzo
a la batalla inquisitorial y exorcisante. Así, progresiva
e inexorablemente, sin posibilidad de apelación eficaz, Sierva
María se encuentra en las garras de un proceso predestinado
a una sola conclusión, "la condena al fuego eterno". Dicho
de otra manera, Del amor y otros demonios es "la crónica
de una condena anunciada".
La metáfora del progresivo encarcelamiento
explica las vidas de otros personajes de este mundo colonial, especialmente
cuando esa cárcel es el resultado de pasiones desbordantes.
En las vidas de Bernarda Cabrera, madre de Sierva María,
y de Cayetano Delaura vemos dos de los senderos distintos que puede
tomar la pasión. Menos interesante, para mí, es la
cárcel de la pasión en la cual vive Bernarda Cabrera,
y eso dado a que las descripciones en la novela narran cambios más
bien físicos que psicológicos o espirituales. Es decir,
de "mestiza brava, ... seductora, rapaz y parrandera" con "cuerpo
de sirena" (15) se convierte en vieja fea, gorda y llena de ventosidades.
En ella, la pasión es exclusivamente genital.
De mucho más interés es la complicada
y sutil manera en que García Márquez construye la
cárcel que se cierra sobre Cayetano Delaura; éste,
capturado primero por una pasión prohibida, será,
a consecuencia de esta misma pasión, juzgado por los códigos
de su fe. El primer indicio de los posibles y futuros sentimientos
del joven sacerdote ocurre ya pasando la mitad del libro, cuando,
al ver a Sierva María por primera vez, un temblor se apodera
de su cuerpo y un sudor helado lo empapa (110). En secreto y en
silencio, él, aunque lucha desde el principio contra esta
conquista tan inesperada de su corazón, se enamora de ella.
Este amor lo revela con la "confesión" -aunque no en el confesionario-
que le hace Delaura a su obispo, quien lo encuentra "revolcándose
en un lodazal de sangre y de lágrimas", desesperado y adolorido
por su auto-flagelación. "Es el demonio", le dice Delaura,
"el más terrible de todos" (159). Al final de la novela lo
encontramos "condenado en un juicio de plaza pública que
[arroja] sobre él sospechas de herejía" (196).
¿Cuál es el delito de Cayetano
Delaura? La explicación que más frecuentemente me
han dado los amigos-lectores de García Márquez es
que Cayetano Delaura es culpable del delito de la solicitación.
Aunque parezca correcta, esta explicación es errónea.
El tan conocido sollicitatio ad turpiam in confessione es
la incitación, dentro del confesionario, al confesado, por
parte del padre confesor, a pecar. Legalmente, se incluye como castigable
el tiempo inmediatamente anterior o posterior a la confesión
del penitente. Este delito fue bastante común en la iglesia
(quizás lo sigue siendo), y ha sido bien estudiado.6
El delito de la solicitación comenzó a ser un problema
históricamente al convertirse la confesión, dentro
del sacramento de la penitencia, de proceso público
e infrecuente a privado y frecuente. Este cambio empezó en
el siglo VII en los monasterios de Irlanda y se confirmó
por el Concilio de Trento en el siglo XVI. El erotismo potencial
en el tener que describir la penitente sus pasiones y acciones íntimas
a un hombre obligado a recibirlas en confianza, y todo esto en un
lugar apartado y privado, fácilmente-convierte al confesionario
en el famoso "templete de amor", lugar predilecto -se dice- de la
solicitación.7
Esta interpretación del delito de Cayetano
Delaura, en parte por sus simplificaciones y en parte por sus suposiciones,
es incorrecta. No negamos que Cayetano Delaura sea sacerdote; ni
que haya intentado seducir a Sierva María;
tampoco que las relaciones amorosas entre los padres confesores
y las penitentes sean prohibidas. Pero la dificultad según
el derecho eclesiástico, es múltiple: por una parte,
Delaura no es el padre confesor de Sierva María sino más
bien su exorcista. Su "solicitación" no ocurre dentro del
sacramento de la confesión. Desde luego, dentro del reglamentario
del Santo Oficio, y no hay que olvidarse que era el Santo Oficio
que tenía la responsabilidad de la investigación
y el castigo del delito de la solicitación,8
él no puede ser culpable del sollicitatio ad turpiam in confessione.
Por otra parte, su solicitación tampoco ocurre dentro del
proceso del exorcismo, sino más bien después de haber
sido despedido de su cargo por el obispo. Cuando se declara a Sierva
María, ya no es su exorcista. Y, por todavía otra
parte, como ha dejado de tener poder eclesiástico sobre Sierva
María, no hay en él ni decepción ni -lógicamente
abuso de su posición.9 Tan rara
es la seducción dentro del exorcismo que no he podido encontrar
descripción del delito ni en manuales de confesores, ni en
manuales de inquisidores, ni en trabajos eruditos sobre el Santo
Oficio.
Tampoco puede considerarse el crimen de Cayetano Delaura
un delito de seducción, ya que, antes de alcanzar su meta
de amor, los largos tentáculos del Santo Oficio se apoderan
de él y lo entregan a sus propios inquisidores, quienes lo
someten a juicio público y lo condenan por toda la vida a
servir de enfermero de leprosos en el Hospital
del Amor de Dios. La sentencia es, me parece, de una exquisita precisión:
todos los días, este hombre controlado por los deseos carnales
ve ante los ojos la carne en putrificación de la lepra. Esta
condena indica que el delito de Cayetano Delaura no es aquel del
sollicitatio ad turpiam in confessione. Más
bien, el delito es que se ha enamorado de Siera María en
contra del voto de castidad. El Santo Oficio condena a Cayetano
Delaura, pues, por sus deseos, su imaginación, sus intenciones,
sus pensamientos, sus blasfemias, sus declaraciones escandalosas.10
El derecho aplicable al caso de Cayetano Delaura también
puede entenderse por analogía. Ya que "el esquema formal
de la confesión reproduce, a pequeña escala, un procedimiento
inquisitorial" (Pérez Escohotado, 36), las intenciones seductoras,
cuando éstas aparecen dentro de un proceso de inquisición,
han de verse como castigabas. Y el exorcismo cabe dentro del proceso
inquisitorial. Un acto o una intención semejante en todos
tres procesos -la confesión, la inquisición, el exorcismo-conllevaría
penas parecidas, aunque canónicamente los procesos de la
inquisición y del exorcismo no forman parte de los sacramentos.
Dentro de este contexto tan eclesiástico y
colonial, los deseos camales de Cayetano Delaura hacen de su vida
una tragedia inquisitorial, pero por lo menos él está
consciente de lo que hace y, dado que ha violado los votos que había
jurado obedecer, él se merece, en el mundo moral de la novela,
la pena impuesta. En el caso de Sierva María, la tragedia
inquisitorial es otra, pues ella no merece su destino. Sin embargo,
ella, aunque inocente, es considerada como culpable desde el momento
del mordisco del perro rabioso y desde el momento en que las malas
lenguas optan por decir que han visto en ella indicios de posesión.
Allí comienza su condena; allí comienza su muerte.
¿Y qué de la temática africana en el
contexto de esta condena por el Santo Oficio? Aquí habrá
de notarse lo siguiente: En Del amor y otros demonios, al
igual que en El general en su laberinto y Doce cuentos
peregrinos, García Márquez suplementa su narración
con un aporte autobiográfico. Es como si,
poniendo ante los críticos "la novela de la novela" o "el
cuento del cuento," quisiera encauzar el gran río de la crítica.
Pero el prólogo de esta última novela señala
la presencia de un enorme silencio que, según mis investigaciones
de la recepción de la novela, ningún crítico
ha comentado. Recuérdese el fin. Sierva María de Todos
los Angeles amanece "muerta de amor" en su celda antes de ser sometida
a la sexta sesión de su exorcismo. Canónicamente,
pues, muere como hechicera o bruja, 11
acusada se ser poseída por el demonio. Canónicamente,
como no hay presunción de inocencia en los procesos del Santo
Oficio, muere condenada al infierno. En su caso no hubo ni siquiera
un indicio de arrepentimiento como para poder morir en la fe, tal
como se hacía repetidamente en los llamados autos de fe.
Por lo tanto, es sorprendente el encuentro de sus restos mortales
en una capilla, y más sorprendente todavía en un lugar
tan consagrado como ha de ser, según el prólogo, "la
tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio" (1 1).
¿Cómo llegó una niña
poseída por el demonio a sepultarse en estos muros sagrados?
¿Qué pasó en el intervalo entre su muerte y su sepultura?
Recuérdese que toda inquisición o exorcismo ha de
conducirse con la autorización y bajo la dirección
de un obispo; es él quien dirige el proceso desde su principio
hasta su fin. ¿Ordenó don Toribio de Cáceres y Virtudes,
obispo de la diócesis en la cual se desarrolla el proceso
del exorcismo de la niña, que a ella la sepultaran en la
capilla? Nunca lo sabremos; García Márquez se calla.
0 más bien, su silencio habla, criticando fuertemente al
Santo Oficio y sus procesos de inquisición y exorcismo. Dicho
de otra manera, con el hecho de "enterrar" en su prólogo
y fuera de la novel12 a la niña
en el altar mayor, García Márquez decide "salvar"
a Sierva María. No importa lo que habrá dicho el Santo
Oficio en Cartagena hace más de doscientos años. Él,
siendo el obispo de su arte, la considera una santa por la inocencia
(no hay que olvidarse que es menor de edad) de su amor y de su sensualidad,
una sensualidad simbolizada por los 22 metros de su cabellera viva
de color de cobre que encuentra García Márquez en
el convento de Santa Clara en 1949 (1 l). En la sensualidad fue
Sierva María primordialmente instruida por las esclavas africanas.
La natural y sensual manera de ser, pues, de la cultura africana
sirve como contrapeso a la represiva y fría cultura blanca,
española y católica, la cual ha interpretado como
manías del dernonio muchas pasiones bastante
normales de todo ser humano. Aunque racialmente europea y mestiza,
Sierva María de Todos los Angeles es espiritualmente africana.
Es decir, aunque en ella se mezclen simbólicamente las sangres
de las tres culturas más importantes de Colombia, la base
de su salvación, la base de su beatificación simbólica
y estética, es principalmente la africana. Pensamiento herético,
por cierto, pero muy de García Márquez, y gran elogio
a la cultura afrocolombiana. Nuestro Premio Nobel reconoce y celebra
el hecho de que dentro de todo colombiano del Caribe, bajo la máscara
española y católica, late el corazón de un
ser africano, un ser que nunca, aunque dure milenios la aculturación
europea, dejará de existir.13
Obras citadas
Carranza, María Mercedes. "De Gabo y otros
demonios". Semana (19 de abril de 1994): 22-29.
Cuervo, Luis Augusto. Dos temas coloniales (El
Presidente Venero de Leiva y La inquisición en el Nuevo Reino
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Vol. 1. Textos costeños. Recopilación y prólogo
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García Márquez, Gabriel. Obra periodística.
VoL 2. Entre cachacos I. Recopilación y prólogo
de Jacques Gilard. Barcelona: Bruguera, 1982.
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Sarrión Mora, Adelina. Sexualidad y confesión:
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Tejado Fernández, Manuel. Aspectos de la
vida social en Cartagena de Indias durante el seiscientos. Sevilla:
Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1954.
1. Véase Aspectos de la vida social en Cartagena
de Indias durante el seiscientos, por Manuel Tejado Femández.
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2. María Mercedes Carranza escribe en Semana
(19 de abril de 1994) que Del amor y otros demonios es "una historia
de amor, simple, hermosa y dramática" (pág.22). Aprecio mucho la
inteligente y simpática reseña de María Mercedes Carranza, pero
no puedo compartir su opinión. Que sea una historia demrnor es innegable;que
sea dramática,también innegable. Nodudo que la historia, si por
"historia" se entiende la narración, sea hermosa, admirable y de
elegante prosa. Pero el amor en la novela, para mi, dista Mucho
de la hermosura. Y la historia, como he indicado, es complicadísima.
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3. Las otras posesiones de la novela, además
de la erótica, la diabólica y la esclavizante, son: la biológica
(el cuerpo poseído por una enfermedad, posesión confundible con
la diabólica); la burocrática (el someterse a los laberintos de
un proceso legal o a los complicados reglamentos de una institución);
la física (el encarcelanúento); y la del pasado (el rencor, por
ejemplo, en la abadesa). El argumento de la novela, es, me parece,
el de un encarcelamiento progresivo, física y moralmente, de casi
todos los personajes a causa de los demonios, sean éstos personales
o no.
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4. Véase la Real Cédula (25 de febrero de 1610),
reproducida entera en José Toribio Medina, La imprenta en Bogotá
(1739-182 1) e Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición
de Cartagena de Indias. Bogotá: Biblioteca Nacional de Colombia,
1952. págs. 123-124. Los primeros inquisidores se nombran en la
cédula: Mateo de Salcedo y Juan de Mañozca. Mañozca, cabe notar,
es protagonista en la novela Los cortejos del diablo por Germán
Espinosa.
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5. El congreso de Cúcuta, el 22 de agosto de
1821, elimina el Santo Oficio. Decreta: "se extingue para siempre
el tribunal de la Inquisición llamado también Santo Oficio; jamás
podrá restablecerse y sus bienes o rentas se aplicarán al aumento
de los fondos públicos" (Cuervo, pág. 66). A mi modo ver ver, la
mejor historia breve de la Inquisición en Cartagena se encuentra
en el segundo tomo del estudio de Eduardo Lemaitre, Mstoria general
de Cartagena.
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6. Véase los siguientes estudios: El veneno de
Dios: la Inquisición en Sevilla ante el delito de solicitación en
confesión, por Juan Antonio Alejandre; Sexo e Inquisición en España,
por Javier Pérez Escohotado; Sexualidad y confesión: la solicitación
ante el Tribunal del Santo Oficio, por Adelina Sarrión Mora; Sexuality
in the Confessional: A Sacrament Profaned, por Stephen Haliczer.
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7. El código fundamental de los procedimientos
y atribuciones del Santo Oficio en Cartagena indica -y cito aquí
el documento reproducido en José Toribio Medina, La Inquisición
en Cartagena de Indias (24-33)- que los inquisidores han de ocuparse
por los siguientes delitos o delincuentes: (a) los que guardan y
observan "la ley de Moisés"; (b) los que afirman que "la secta de
Mahoma es buena, que no hay otra para entrar en el paraíso y que
Jesucristo no es Dios sino profeta" etc.; (e) los que creen en la
secta de Lutero; (d) los que afirman que es buena la secta de los
alumbrados; (e) los que pronuncian herejías, por ejemplo, el decir
que no hay paraíso para los buenos ni infierno para los malos, los
que han invocado demonios o los que han sido brujos o brujas; (f)
los solicitantes; (g) los lectores o posesores de libros prohibidos,
especialmente los de Martín Lutero o de los de la secta de Mahoma.
Bajo la posible pena de excomunicación, el que sospecha a otra persona
de delito contra el Santo Oficio tiene la obligación de manifestar
su sospecha ante la personaría del Santo Oficio. La sección del
código sobre los "solicitantes" dice lo siguiente: "O que algún
confesor o confesores, clérigos o religiosos, de cualquier estado
o condición que sean, en el acto de la confesión, o próximamente
a ella, hayan solicitado sus hijas de confesión, provocándolas o
induciéndoles con hechos o palabras, para actos torpes y deshonestos,
o hayan hecho lo mismo fuera del sacramento de la confesión en el
confesionario o cualquiera lugar adonde se oye de confesión, o se
ha elegido por tal, simulando y fingiendo, por no ser notados, que
oyen de penitencia y confiesan, aunque sea sin propósito de confesar
y estando así sólo para tratar sus amores deshonestos, solicitando
o provocando a ellos, sin que puedan ser absueltas en dicho caso
las dichas tales personas así solicitadas o provocadas hasta que
primero hayan denunciado en el Santo Oficio del que así las solicitó,
provocó y trató con ellas las dichas cosas deshonestas en dicho
lugar de la dicha confesión, de la misma manera que si fuera dentro
deba, antes o después" (Medina, La Inquisición en Cartagena de Indias,
29).
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8. Esta juridicción la confió a la Inquisición
española el Papa Pío IV el 16 de abril de 1561. Véase Pérez Villanueva
y Escandell Bonet (editores), Historia de la Inquisición en España
y América. vol. 1, pág. 645.
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9. Sí hay abuso de menor de edad por parte de
un adulto, pero este abuso es un problema más bien civil y, como
tal, no se encuentra en el derecho eclesiástico sobre la solicitación
en la confesión
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10. La condena de Cayetano Delaura equivale
a la "muerte civil", frecuentemente consecuencia jurídica de los
procesos inquisitoriales. Cayetano Delaura pierde, en efecto, nombre
y patrimonio, en fin, todos los atributos legales de la personalidad
Esta observación viene de Carmen Millán de Benavides, en conversación
(Julio de 1995 )
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11. Durante los muchos años (desde 1610 hasta
1821) de actividad del Santo Oficio en Cartagena fueron penitenciarios
767 reos (Medina, Inquisición en Cartagena de Indias, 213-214),
en los cuales se encuentra un gran número de negras, condenadas
por brujería. Por ejemplo, Medina describe una tal "Elena de Vitoria,
negra, que hacía más de 37 años había negado de Dios y que celebraba
en el corral de su casa fiestas del demonio" (108). La acusación
a Sierva María de brujería la asocia con la cultura africana.
Volver
12. El prólogo también es, en cierto sentido,
ficción. No hay, que yo sepa, una noticia de prensa publicada en
octubre de 1949 en El Universal de Cartagena, en donde García Márquez
publicaba sus reportajes en aquel entonces. El único artículo publicado
en octubre de 1949 habla de EdgarAllan Poe, Y la referencia a la
"marquesita de doce aflos ... venerada en los pueblos de Caribe
por sus muchos milagros" (pág. 1 1) también es problemática. García
Márquez sí escribió una serie de artículos sobre "La marquesita
de La Sierpe", escritos que aparecieron, en parte, por primera vez
en 1952 en Lámpara de Bogotá, vol. I, núm. 5, y luego en marzo de
1954 en El Espectador de Bogotá. Estos artículos se recopilan en
la Obra periodística editada por Jacques Gilard, en Textos costeños
(al final) y en Entre cachacos I (hacia el principio). Esta marquesita
era una mujer española, muy blanca y rubia, que vivió por muchos
años en su gran hacienda en La Sierpe. Nunca en su vida conoció
marido. Tenía fama de poder hacer n-íilagros y se decía que sus
poderes sobrenaturales venían de un pacto que había hecho con el
diablo. Vivió, según la leyenda, "todo el tiempo que quiso", por
lo menos unos doscientos años, y fue una figura muy venerada por
todo el pueblo. Obviamente, esta marquesita tiene poco que ver con
la Sierva María de la novela.
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13. A esto se refiere precisamente García Márquez
al poner las siguientes palabras en boca del obispo, en conversación
con el virrey: "Hemos atravesado el mar océano para imponer la ley
de Cristo, y lo hemos logrado en las n-úsas, en las procesiones,
en las fiestas patronales, pero no en las almas" (138)
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