Del amor y otros demonios: Incinerando la colonia
Isabel Rodríguez Vergara
Nació en Bogotá, Colombia.
Hizo sus estudios universitarios en la Universidad Nacional de Colombia,
donde recibió la licenciatura en Filosofía e Idiomas.
Realizó tanto su maestría como su doctorado en Literatura
en Cornell University. Isabel pertenece a la "Asociación
de colombianistas" y actualmente es la editora de la revista "Estudios
colombianos". Dicta los cursos de literatura hispanoamericana en
George Washington University en Washington, D.C. Sus publicaciones
están dedicadas a varios de los escritores latinoamericanos,
destacándose su libro El mundo satírico de Gabriel
García Márquez.
Este ensayo discutirá la novela
histórica más reciente de Gabriel García Márquez,
Del amor y otros demonios (1994) con sus matices mágico-realistas
y autoconscientes, es decir, que a la vez que expone una historia,
discute su proceso creativo.1 La fricción
entre el texto 'original' de la historia colombiana y el ficticio
de la novela, será motivo de meditación en este trabajo.
El discurso de ella se interpretará como una exploración
de la identidad hispanoamericana bajo el sistema colonial español
que se construye y se destruye a la vez mediante la exposición
del personaje central, Sierva María de Todos los Angeles,
niña de doce años (hija de una mestiza y de un marqués
español), metáfora del colonizado.
La exposición del 'ser'bajo el colonialismo
será analizada a través de la herencia étnica
y familiar, el estado físico, mental y moral de esta joven
mujer, es decir, su condición de enferma y loca, de santa
y de prostituta, características que la sitúan en
fronteras geográficas, médicas y morales límites.
Sierva María se localiza en una frontera indefinida entre
dos mundos: el negro e indio americano y el blanco europeo: el mundo
sano y el mundo enfermo; el mundo moral y el amoral. La enfermedad
de María Mandinga, su locura (supuestamente originada por
una mordedura de perro), será vista como una metáfora
política e histórica en Del amor y otros demonios,
a la vez que el exorcismo y la Inquisición, serán
expuestos como los medios represivos para acallar al colonizado.
Bajo el aparente relato de la breve e intensa historia
de amor entre Sierva María de Todos los Angeles de doce años
de edad con el sacerdote Cayetano Alcino Del Espíritu Santo
Delaura y Escudero, de 36 años, el discurso de la novela
debate la complejidad de sistemas simbólicos, durante el
período colonial español, entre los cuales el lenguaje,
las reglas de matrimonio y del amor, las relaciones económicas,
el arte, la ciencia y la religión cuentan como las más
importantes. Consciente de la incapacidad de las culturas de ofrecer
a todos los humanos la misma forma de entrar en el orden simbólico,
el discurso de la novela centra a una mujer - situada normalmente
en un punto intermedio entre la cultura y la naturaleza, en un nivel
más bajo que el hombre- para diseminar su significado cultural.
De aquí la importancia del papel de Sierva María como
transgresora del orden colonial.
El fecundo y ambiguo título
de la novela sugiere el estado de enamoramiento (entre dos transgresores
en un sistema colonial), como un demonio más, a la vez que
el narrador identifica varias veces en la ficción al "demonio"
como la serie de prejuicios que despiertan en Sierva María
impulsos instintivos reprimidos que proyecta al mundo exterior (convulsiones
obscenas, ladridos en jergas idólatras, gritos, agresividad
contra otros, etc), interpretados como enfermedad. 2
La novela se abre con dos páginas introductorias
sin título, a manee}ra de prólogo (gesto similar al
volumen de Doce cuentos peregrinos, 1992) que enfatizan dos eventos
pertinentes a la creación de la novela: el primero, la destacada
posición del narrador quien como reportero testigo, en el
ano de 1949, presencia el vaciamiento de las criptas
funerarias del antiguo convento de Santa Clara, vendido ya para
construir un hotel de cinco estrellas. Allí encontró
"la noticia", es decir, el cuerpo de Sierva María
de Todos los Angeles, con una larga cabellera de "veintidós
metros con once centímetros",(11) (alusión al
cabello del epígrafe de Santo Tomás en la novela)
protagonista de la historia, en medio de desórdenes de huesos
de tres generaciones de obispos y abadesas, entre otros. El evento
de presenciar la "noticia", le confiere autoridad al narrador,
a la vez que el discurso le identifica con el grupo de escritor-historiador
y arqueólogo, todos ellos rescatando temas (cuerpos), clasificando
información (huesos) e identificando los objetos (palabras).3
El segundo evento anunciado en este
prólogo, que pone en tela de juicio la autoría de
la novela, es la feliz coincidencia de haber encontrado en el cadáver
de Sierva María de Todos los Angeles con su espléndida
y mágica cabellera, la fuente de la leyenda que su abuela
le contaba cuando era niño, origen a su vez, del texto de
la novela. Una escurridiza leyenda (oral), una incipiente arqueología
(huesos en fosas erradas) y un episodio autobiográfico, se
citan como fuentes de la novela que se comienza a construir en 1949,
tres siglos más tarde de haber sucedido los eventos y se
publica en 1994, cuarenta y cinco años después del
desmantelamiento de la cripta.4
Sin embargo, García Márquez
no cuenta en su introducción, que además de la leyenda
oral que su abuela le transmitió, Sierva María existe
en la 'Historia Oficial' de Cartagena de Indias, en textos, que
por sus abiertas 'coincidencias' y conociendo el rigor investigativo
del escritor colombiano, seguramente consultó. Me refiero
a la 'hechicera' Lorenza de Acereto, juzgada por el Tribunal de
la Inquisición en 16135 García
Márquez entonces, estaría reescribiendo el texto de
un caso histórico de una víctima de la Inquisición
en Cartagena de Indias en el siglo XVII (que supera la mera leyenda
en detalles) como pretexto para recrear los conflictos culturales
que dramatizan una situación colonia¡, emparentando la antropología
con la novelística y el psicoanálisis, como disciplinas
hermenéuticas (ya que todas ellas giran alrededor del estudio
de significados). El narrador-analista, funciona como una especie
de intérprete, estableciendo comunicación entre los
variados sectores de poder (el estado, la iglesia, los textos);
la lealtad de García Márquez aquí no parece
inclinarse hacia el discurso del poder colonial ya que no busca
para el personaje central una posición 'cultural aceptable',
sino más bien, una aceptación equitativa de la cultura
del 'otro' (el colonizado).
El discurso de la
novela acertadamente dramatiza el intrincado proceso de interpretación
cultural tanto en la antropología como en la historia, proceso
que en última instancia, se disipa en los ficticios signos
del lenguaje. El ilustre comentario del controvertido antropólogo
Clifford Geertz -que afirma que: "Las culturas no pueden ser vistas
a través de verdades objetivas. Ellas tienen que inscribirse
y ser entendidas como una novela. Las sociedades como las vidas,
contienen sus propias interpretaciones"6-,
es comparable a las contradicciones de interpretación y de
imprecisión del lenguaje histórico, ajeno al científico
de las ciencias exactas, del que ya alertó Hayden White.
7 García Márquez
también confunde historia y novela hasta el punto de declarar
que escribió, El general en su laberinto (1989), novela
sobre Simón Bolívar, para "escribir la verdadera historia
de Colombia... no la historia oficial, para que nos cuenten en un
solo tomo cómo es ese país en una novela". Agrega
que estima que él escribió la verdadera historia de
Bolívar. 8 Y así como
ocurrió que el pasaje de la masacre de las bananeras en Cien
años de soledad pasó de ficción
a la historia oficial, no sorprendería que la novela de Bolívar
y la de Lorenza de Acereto adquieran el distinguido rango de 'historias'.
García Márquez, siguiendo un marco de referencia antropológica
de la cultura, (definida ella en situaciones de poder colonial),
ubica el comportamiento de una comunidad, expone sus acciones y
actitudes para entenderlas y calificarlas a la luz de contextos
más amplios y más concretos en el tiempo y en el espacio;
es decir, más históricas. Sin embargo, el texto de
la novela, como la historia, no puede ser objetivo ni científico;
es interpretativo y por lo tanto ideológico.
El texto de la historia 'oficial' y el ficticio se
debaten creando fricciones, coincidencias y contradicciones, y en
última instancia, la ficción toma, como en la pintura
de Botero, giros ideológicos previsibles para los conocedores
de la obra previa del escritor colombiano. Como la novelesca Sierva
María, Lorenza (la hechicera) nace en Cartagena de Indias;
la primera, hija de un marqués español y de una mestiza;
la segunda, hija de un aventurero genovés y de una española.
Los Acereto se establecen en Cartagena de Indias por el año
1585 y en el 86 nace Lorenza; los padres de Sierva María,
Ignacio Alfaro de Dueñas, segundo marqués de Casalduero
y señor del Darién y Bernarda Cabrera, viven durante
el siglo XVII. La unidad familiar de las dos niñas es inexistente
por diversas razones: en Sierva María, por falta de amor
entre los progenitores; en Lorenza, debido a la muerte de su madre
y la dedicación a los negocios de su padre. La primera se
enamora a los doce años de un sacerdote y poeta llamado Cayetano
Alcino del Espíritu Santo Delaura y Escudero de 36 años
de edad. La segunda, contrae matrimonio a la edad de once años
con un hombre de 38. Sierva María confronta la cultura española
al enamorarse de un sacerdote, hablar lenguas africanas y vestirse
como negra; Lorenza, a su vez, se casa sin amor con un hombre que
le es infiel en múltiples ocasiones y tienen hijos con él,
hasta que, cansada de sus maltratos decide tener un amante y hacer
uso de la hechicera para deshacerse de su marido, de acuerdo con
la interpretación de los historiadores que han escrito sobre
su caso. El tiempo en las dos historias difiere: la 'historia' de
Lorenza abarca hasta muchos años de su vida adulta, pero
se concentra en el proceso inquisitorial; la de Sierva María
relata aproximadamente cinco meses de su vida, acumulados en detalles
de su enfermedad, exorcismo, encarcelamiento, enamoramiento y muerte.
Las dos sufren el proceso de Inquisición, con cargos de delitos
análogos relacionados principalmente contra la fe católica:
por hacer hechizos, uso de supersticiones, mezcla de asuntos sagrados
y profanos e invocaciones del demonio en procura del futuro que
'le pertenece al creador', según los inquisidores; a Lorenza
particularmente se le acusa además, por haber llevado vida
deshonesta y atentado contra la integridad de su marido. Las incriminaciones
a Sierva María, aunque similares a las de su doble, aparecen
poetizadas en el discurso de la novela; sin embargo, García
Márquez interfiere para agregar las suyas, o exagerar las
existentes contra los colonos, llevando el discurso de la novela
a sus límites. Podríamos condensar esos 'Iímites'
en dos rasgos sobresalientes: primero, la relación de Sierva
María, culturalmente negra africana, con un sacerdote blanco;
y segundo, su enfermedad (inventada por los colonos). El fin de
las dos 'historias' asimétricamente marca también
la condena del narrador de la novela, al sistema colonizador. Si
bien Lorenza, en la historia original, irónicamente recibe
una leve condena de dos años de destierro voluntario de la
ciudad de Cartagena, algunas penitencias y el pago de cuatro mil
ducados de Castilla, (debido al peso de la familia Acereto que contaba
con tres familiares en el Santo Oficio) Sierva María se autocondena
al suicidio al perder su amor y ante su impotencia para sobrevivir
el sistema Colonial. Gesto que debe entenderse como una censura
de García Márquez a dicho sistema.
El narrador usurpa el papel del analista
en esta novela y deconstruye su 'sujeto' de análisis a través
de complejos procesos de significación. No existe por lo
tanto, una inseparabilidad absoluta entre los términos 'sujeto'
y 'discurso'; el sujeto humano es el tema de la semiótica
relacionada con el psicoanálisis; la significación
ocurre sólo a través del discurso. 9
El 'sujeto' será aquí una mujer, Sierva María
de Todos los Angeles, definida por su subconsciente y la determinación
cultural (consciente); mujer 'expuesta' como producto de discursos
históricos coloniales, entre ellos, la etnografía
y el psicoanálisis.
Sinteticemos las características del sujeto
Sierva María de Todos los Angeles o María Mandinga,
y veamos cómo se 'construye' su realidad, es decir, sus actividades
significativas, culturalmente específicas y generalmente
inconscientes. Su nacimiento, su apariencia física, infancia,
localización y lenguaje; sus gustos e inclinaciones; la percepción
de los otros hacia ella, y su condición de "enferma" sitúan
a este personaje en la frontera, en bordes indefinidos entre los
dos mundos: el negro americano y el blanco europeo; el mundo sano
y el mundo de la locura.
La descripción de la familia
y el lenguaje de Sierva María serán vitales para la
formación de su subjetividad y su campo cultural. Nace en
una posición límite, de estrangulamiento, sietemesina
y sin amor: de padre español, con características
de algún retraso mental, y rechazada por su madre mestiza.10
El nombre, la infancia y el entorno geográfico y cultural
de este personaje también son fronterizos: altema su nombre
en español sin apellido con el inventado nombre africano
de María Mandinga; este personaje es también doble
culturalmente por su entorno español (hija del marqués
de Casalduero, y de la plebeya, Bernarda Cabrera) y africano (amamantada,
criada y hecha bautizar bajo la tutela de la negra yuruba-católica,
Dominga de Adviento, símbolo de "enlace entre los dos mundos".
Sin embargo, Sierva María reconoce a Dominga como su madre
y elige dormir con los esclavos; baila y domina varias lenguas africanas,
se viste con ropa y collares africanos y festeja familiarmente con
ellos, con pólvora y música, sus doce años.
Sierva María escoge y construye su identidad africana como
María Mandinga: hablar la lengua yuruba, se niega a aprender
español peninsular, a leer y escribir, y a recibir lecciones
de aritmética.
Así como su origen y crianza se tiñen
de dos colores, su espacio físico fluctúa entre desplazamientos
de los dos mundos: el de los amos (la casa de sus padres biológicos
y blancos) y el de los esclavos (el patio y zonas intermedias) donde
habitan el resto de los negros y Dominga, su 'madre de leche', (no
la biológica, cuestionando así la familia como legado
cultural).
Tres 'faltas' en Sierva María activarán
la condena al exorcismo y al proceso de la Inquisición: una
social, una moral y una de parentesco. Su 'falta' social, la ausencia
de apellido español, su aparente bastardía, niega
la presencia del padre y marca su falta de poder frente al colono.
A cambio, ella autónomamente, sustituye su identidad blanca
por la africana bajo el nombre de María Mandinga, a su elección
y en desafío a las leyes coloniales de parentesco. La segunda
'falta' es moral: al ser cuestionada también
en su integridad moral futura, localizándola en la frontera
entre la santidad y la prostitución, según los augurios
de Dominga Sarmiento (al declarar que sería santa) y los
de su padre Ignacio de Alfaro Dueñas, segundo marqués
de Casalduero y señor del Darién (al afirmar que sería
puta) (59-60). La tercera 'falta' es física: María
Mandinga tampoco es 'normal', padece de alguna enfermedad, ante
los ojos de los blancos: la rabia, la posesión demoníaca
y la locura, se confunden en una sola, en una época en que
medicina-religión y superstición estaban indiferenciadas,
como bien nos lo recuerda Michel Foucault. 11
Dicha dolencia físicamente marcada por la leve señal
en su tobillo izquierdo, de mordedura causada por un perro supuestamente
rabioso, enfatiza una funesta 'diferencia' que la conducirá
a la muerte; psíquicamente, su comportamiento abierta y malsanamente
africano siendo hija de un noble blanco y una mestiza, amenaza el
orden cultural dominante y por lo tanto, se debe controlar por los
medios legales de la Inquisición.
Y es así que María Mandinga, bajo sospechas
de posesión demoníaca dictaminada por el Obispo por
"las convulsiones obscenas y sus ladridos en jergas idólatras"
(76) es intemada en el Convento de Santa Clara, adonde simbólicamente
la conducen vestida de Juana la Loca en un Domingo de Ramos, hasta
"desaparecer en el pabellón de las enterradas vivas" (84).
La llevan a la última celda, al lado del pabellón
que sirvió de cárcel a la Inquisición, "a los
noventa y tres días de ser mordida por el perro y sin ningún
síntoma de la rabia" (87), mientras es llamada "engendro
de Satanás" por las monjas, pero animada por las esclavas
negras que cuidan el presidio. Desde este momento, la rabia (enfermedad
virulenta transmitida por animales) y la posesión de los
demonios (enfermedad inventada o 'interpretada' por la Iglesia)
se confunden en una sola en este personaje que debe ser sometido
al exorcismo, (ceremonia usada por la Iglesia Católica para
expulsar los demonios de las personas que han caído bajo
su poder), según la ley eclesiástica que sigue las
normas europeas de la Inquisición.
En un ambiente intimidado por El Santo Oficio, el
discurso de la novela debate el significado del 'encuentro de dos
mundos': el negro africano en América (producto del comercio
de esclavos) y el blanco español (que domina las instituciones
gubernamentales y jurídicas); subraya la tenue frontera divisoria
entre la práctica (negra) de la magia negra y los rituales
(blancos) del exorcismo, favoreciendo a la primera, ya que en ella
se sacrifican animales, mientras que los exorcistas y el "Santo
Oficio se complace (n) descuartizando inocentes en el potro o asándolos
vivos en espectáculos públicos" (98). Contrapone la
eficacia de la medicina de los negros a la -europea; cuestiona valores
y actitudes culturales españolas tales como la persecución
y prejuicios contra los judíos y la relevancia de la honra;
anota que la Inquisición había condenado a mil trescientos
médicos, o de profesiones relacionadas, a distintas penas
o a la hoguera, en cincuenta años.
Es Abrenuncio, intencionalmente un médico judío,
celosamente vigilado por El Santo Oficio, quien expone y desenmascara
con toda su autoridad científica, los ejemplos lamentables
en que se había confundido la rabia, la posesión diabólica,
al igual que ciertas formas de locura y otros trastornos del espíritu
(155). Desmiente privadamente, a su vez, los poderes sobrenaturales
de la niña (levitación o adivinación del futuro
y santidad), impotente y penosamente convencido que nadie se pronunciaría
en contra de la credulidad popular. En el plano de autoridad espiritual
a su vez, el sacerdote y poeta Cayetano Alcino
del Espíritu Santo Delaura y Escudero, no encuentra la posesión
demoníaco sino que identifica y explica el motivo (al que
García Márquez quiere llevar a los lectores) de las
reacciones de Sierva: "Creo que lo que nos parece demoníaco
son las costumbres de los negros, que la niña ha aprendido
por el abandono de los padres" (124). Es entonces la cultura negra
la que está en juicio por los europeos y debe exorcisarse,
y Sierva María sirve de chivo expiatorio. Sin embargo, el
texto reivindica la cultura negra y acusa a la europea, destruyendo
los valores del colono, al afirmar el mismo Delaura refiriéndose
a la abadesa Josefa Miranda: "Si alguien está poseído
por los demonios es Josefa Miranda", dijo. "Demonios de rencor,
de intolerancia, de imbecilidad. Es detestable!" (128). 12
García Márquez trata de articular en
esta novela doblemente la historia de los individuos sobre el inconsciente
de la cultura y la historicidad de las culturas sobre el inconsciente
de los individuos, que abren, sin duda, los problemas más
generales que se pueden plantear con relación al nombre.
Y por último, hablaré del amor, que
como otro demonio desde el punto de vista europeo, será también
motivo de transgresión en esta novela. El amor, en parte
inconsciente y en parte construcción cultural, entre la niña
y el cura, le permite al narrador explorar dogmas y principios teológicos
de la fe católica (tales como la idea de pecado, la institución
del matrimonio, la ausencia de alma en los indios, y la animalidad
de los negros, origen de serios prejuicios raciales que predominan
en el siglo XX), en forma muy polémica y dialógica.
Al surgir la pasión amorosa
entre Delaura y Sierva María, el sacerdote, a quien el obispo
le describe el amor como un sentimiento ,contra natura', transfiere
con el tiempo y el contacto, el lenguaje de amor de los Evangelios
al neoplatónico de Garcilaso de la Vega en las múltiples
instancias en que se dirige a Sierva María rindiéndose
culto: "Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de
morir y por vos muero" (119). 13 Le
confesó que "no tenía un instante sin pensar en ella,
que cuanto comía y bebía tenía
el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes,
como sólo Dios tenía el derecho y el poder de serio,
y que el gozo supremo de su corazón sería morirse
con ella" (169). El amor, tema que dominó la literatura española
del siglo XVI, es recreado en esta novela transplantando de Europa
dos tópicos literarios bellamente expresados: el del amor
cortés y el del locus amoenus. 14
Dicha pasión amorosa entre monseñor Cayetano Delaura
a los treinta y seis años de edad y Sierva María a
los doce, nace en el presidio como una relación curador-enferma,
a través de un lenguaje que se apropia y corrompe a la vez
el tópico medievalista y renacentista del amor cortés,
cuya expresión es la lucha del amante por una dama inalcanzable.
El discurso de la novela se impregna de voces de trobadores, en
las cuales escuchamos en su mayor parte el canto del amante Delaura
(trans-gredido por la interrupción femenina de Sierva María)
de la poesía amatoria de Garcilaso de la Vega (1501?-1536),
que recitan, viven y tergiversan los amantes infractores, ambientada
en una cárcel y en el soñado jardín literario
de autocreación constante (eterna primavera).
Como amante cortesano, Delaura concibe el amor como
un deseo que crece y que nunca es satisfecho, como fuerza ennoblecedora
y en el que se rinde culto a la amada, mientras Sierva María,
acostumbrada a presenciar el amor libre de los negros, se sorprende
ante el tortuoso sufrimiento de su amado. En la novela, los dos
yacen juntos uno al lado del otro sin hacer el amor, pero sin saciarse
de hablar de los males del amor: "se revolcaban en cenagales de
deseo pero al límite de sus fuerzas: exhaustos pero vírgenes.
Pues él había decidido mantener su voto hasta recibir
el sacramento, y ella lo compartió" (172). Con el tiempo,
la pasión de Delaura se convertirá, según él,
en posesión demoníaca que confiesa al obispo después
de desnudarse, Dorar y autoflagelarse: "Es el demonio, padre "o.
El más terrible de todos" (159). El amor erótico para
Delaura sólo puede ser sinónimo del demonio; su confesión
sincera ante el obispo fue más bien una diligencia judicial,
luego de la cual Delaura es condenado a servir de enfermero de leprosos
en el hospital del Amor de Dios, donde no puede volver a ver a Sierva
María.
El tema del locus amoenus se inscribe tres
veces en la novela a través de sucesivos sueños de
Delaura y Sierva María. Mientras Monseñor Cayetano
Delaura investiga la posesión diabólica de Sierva
María, se sueña que:
Sierva María estaba sentada frente a la ventana
de un camponevado, arrancando y comiéndose una por una las
uvas de un racimo que tenía en su regazo. Cada uva que arrancaba
retoñaba en seguida en el racimo. En el sueño era
evidente que la niña llevaba muchos años frente a
aquella ventana infinita tratando de terminar el racimo, y que no
tenía prisa, porque sabía que en la última
uva estaba la muerte (102).
En la cuarta parte de la novela, ante el asombro y
temor de Delaura, Sierva le relata haber soñado el mismo
sueño (144). En la escena final de la novela, surge una fatal
variación: en lugar de arrancar Sierva las
uvas de una en una lo hace "de dos en dos, sin respirar por las
ansias de ganarle al racimo hasta la última uva" (198), y
así, queda muerta de amor. García Márquez ha
transgredido el tópico del locus amoenus; el fértil
jardín literario renacentista autogenerador constante de
vida, se convierte en esta novela en un jardín de muerte.
Prisionera de la Inquisición y lejos de su identidad africana,
al perder su amor, único puente existente con la cultura
colonial, María Mandinga, escoge morir (una muerte blanca
ya que la yuruba continúa viviendo otra vida)15
Al tomar consciencia de su condición de 'chivo expiatorio'
del sistema colonial para castigar los 'demonios' hispanoamericanos
por los medios represivos del exorcismo y de la inquisición,
Sierva María elige dejarse morir como una señal de
derrota y de protesta ante el mundo europeo. Su "ser" se perdió
bajo la política del colonialismo. América para la
niña mandinga-europea ha dejado de ser el pretendido y soñado
paraíso literario renacentista para convertirse en una tumba
donde lo único que queda es apresurar su muerte: el suicidio.
Y es así como termina esta leyenda de amor
que el autor le escuchó contar una vez a su abuela.
1. Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios
(Bogotá: Norma, 1994). Citaré de esta edición. El concepto de novela
histórica en América Latina ha sido recientemente estudiado por
Seymour Menton en Latin Ameticas New Historical Novel (Austin: University
of Texas Press, 1993).
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2. Sigmund Freud, "Una neurosis demoníaca en
el siglo XVII" 1992. Citado en Moisés Lemlij, " A propósito de las
monjas del Convento de Santa Clara: una mirada psicoamlítica" en
Luis Millones y Moisés Lemlij, ed. En el nombre del Senor (Lima:
Biblioteca Peruana de Psicoanálisis, 1994). El demonjio para Fred}ud
podría ser una figuera peterna, y la posesión demoníaca sería lo
que hoy se entiende por neurosis, disfrazadas de enfermedades orgánicas.
Los demonios serían impulsos instintivos reprimidos y proyectados
al exterior, según lo comenta Lemlij.
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3. Lo rudimentario de la arqueología se lee así
en la novela: "El maestro de obra copiaba los datos de la lápida
en un cuademo de escolar, ordenaba los huesos en montones separados,
y ponía la hoja con el nombre encima de cada uno para que no se
confundieran. Así que mi primera visión al entrar en el templo fue
una larga fila de montículos de huesos, recalentados por el bárbaro
sol de octubre que se metía a chorros por los portillos del techo,
y sin más identidad que el nombre escrito a lápiz en un pedazo de
papel. Casi medio siglo después siento todavía el estupor que me
causó aquel testimonio terrible del paso arrasador de los años".
(10).
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4. Dice el texto: "A mí, en cambio, no me pareció
tan trivial, porque mi abuela me contaba de niño la leyenda de una
marquesita de doce años cuya cabellera le arrasaba como una cola
de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un
perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros.
La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel
día, y el origen de este libro". (11).
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5. En Manuel Tejado Femández, Aspectos de la
vida social en Cartagena de Indias (Sevilla: Escuela de Estudios
Hispanoamericanos, 1954). El capítulo H (45-79), relata la vida
de la hechicera Lorenza de Acereto. Eventos de su vida son tomados
por Tejado Fernández del Archivo Histórico Nacional, Sección de
la Inquisición. Hasta el día de hoy no conozco a ningún crítico
que haya elaborado esta hipótesis que interpreta Del amor y otros
demonios como novela histórica basada en el 'caso' de Lorenza de
Acereto.
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6. Véase, Clifford Geertz, The Interpretation
of Cultures (New York: Basic Books, 1973). La traducción de la cita
es mía; la original de Geertz reza así: "Cultures were not to be
seen through for the objective truths undemeath. They had to be
entered and understood, like a novel. Societies, like lives, contain
their own interpretations," (New York Times Magazine ,April 9,1995,
46).
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7. Hayden White, "The Historical Text as a Literary
Artifact" en The Writing of History: Literary Form and Historical
Understanding. Edit. Robert A. Canary and Henry Kozicki (Madison:
University of Wisonsin Press, 1978), (41-62).
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8. En María Elvira Samper, "Entrevista a Gabriel
García Márquez", Semana, Marzo 14, 1989, pp. 27-33, p. 28. Para
un estudio sobre esta novela véase mi libro, El mundo satírico de
Gabriel García Márquez (Madrid: Pliegos, 199 1).
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9. Para un análisis de la relación entre semiótica
y psicoanálisis, véase a Kaja Silverman, The Subject of Semiotics
(Oxford: Oxford University Press), 1983.
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10. Es interesantísimo como el texto describe
su nacimiento al borde de la muerte. Dice que Sierva María estuvo
cerca del estrangulamiento físico por el cordón umbilical y que
sobrevivió milagrosamente. Su apariencia de "renacuajo descolorido,
y el cordón umbilical enrollado en el cuello estaba a punto de estrangularla"
(59).
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11. Ver Michel Foucault, Madness and Civilization:
A History of Insanity in the Age of Reason, trad. de Richard Howard
(New York: Random House, 1965; 1988). Refiriéndose a la vida en
los asilos en el siglo XVIII en Francia, Foucault puntualiza lo
indefinido y confuso del concepto de locura, de manera similar a
la confusión entre rabia, posesión diabólica y locura en Del amor
y otros demonios. Dice: "between madness, false madness, and the
simulation of madness, the limit was indistinct -identical symptoms
confused to the point where transgression replaced unity; further
still, medical thught finally effected all identification over which
all Westem thought since Greek medicine has hesitated: the identification
of madness with madness that is, of the medical concept with the
critica] concept of madness." (276-77).
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12. La sección del amor forma parte de una ponencia
leída en Viena, Austria en el "III Encuentro de escritores Iberoamericanos",
Oct. 8 al 12 de 1994
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13. En numerosas instancias se representa el
amor cortés en la poesía amatoria no sólo de Garcilaso de la Vega,
sino de la tradición del italiano Francesco Petrarca (1304-1374)
considerado como el primer gran humanista del Renacimiento cuya
influencia fue decisiva en la poesía española, especialmente de
su Cancionero y de los Triunfos inspirados por su amor a Laura de
Noves. García Márquez reinterpreta, adaptando la idea del "Soneto
X" de Garcilaso que habla de las prendas de la amada. Al llevarle
la maletica a Sierva que su padre le había enviado, Delaura "puso
las cosas una por una sobre la mesa. Las conoció, las olió con un
deseo ávido del cuerpo, las arnó, y habló con ellas en hexámetros
obscenos, hasta que no pudo más" (159). El tono del amor más allá
de la muerte lo transmite Delaura quien estaba seguro que "no tenía
más corazón que para Sierva María, y aún así no le bastaba. Estaba
convencido que no habría océanos ni montañas, ni leyes de la tierra
o el cielo, ni poder del infierno que pudiera apartarlos" (165)
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14. Para una definición del amor cortés, véase
Ed. Alex Preminger, Princeton Encyclopaedia of Poetry and Poetics
(New Jersey: Princeton, 1965). pp. 156-159. En A.D. Deyermond, Historia
de la literatura española. La Edad Media, (Barcelona: Ariel, 1973),
se discute el locus amoenus, la pradera como un topo tradicional
de las retóricas latinas; representado como un claro bosque o jardín
que frecuentemente sirve de escenario para sucesos amorosos. Gonzalo
de Berceo, nacido a finales del siglo XII, en los Milagros de Nuestra
Señora se distinguió en la tradición española medieval por el desarrollo
de este tópico, tema que continuó en el Renacimiento (109-123).
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15. Los yorubas creen en la reencarnación. La
muerte, para ellos, marca la transición hacia la 'otra vida'; la
mayor parte del simbolismo yoruba de los rituales de sepultura,
gira alrededor de un viaje. Véase, J.S. Eades, The Yoruba Today
(Cambridge: Cambridge University Press, 1980), 118-143.
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