Cuestiones en torno a una pragmática en el ambiente hipertextual

Aunque la práctica misma del hipertexto pone en tela de juicio las tradicionales fronteras entre escritor y lector, una primera aproximación a las cuestiones que necesariamente se abren cuando se trata de discutir una pragmática posible de la ficción hipertextual, consiste en la distinción de tipos de escritores y tipos de lectores. Esta aproximación preliminar (que se basa en la imitación de un modelo que está a la mano: el de la pragmática de los sistemas convencionales de escritura) se hace inevitable, dada la condición de hibridez y transición de la práctica hipertextual. Sin embargo, en la medida en que sea posible hablar de una consolidación genérica, se podrán ofrecer descripciones más pertinentes.

Susana Pajares reconoce dos tipos de hiperficción: la hiperficción explorativa y la hiperficción constructiva. Esta distinción resulta útil para comprender lo que sucede del lado de la "escritura" hipertextual. La primera práctica tiene que ver con un tipo de escritura individual (rezago de la práctica tradicional, vinculada al libro como soporte); la segunda, en cambio, apunta al escritor múltiple, figura más acorde con las nuevas condiciones culturales de la conectividad.

Una situación semejante puede preveerse en la descripción de los tipos de lectores de hipertexto. Así, sería posible hablar de un lector común de hipertextos, ligado a una práctica superficial, análoga en mucho al zapping. Al lado de este lector "superficial", podría hablarse de un lector más crítico, interesado en la valoración de la práctica hipertextual, atento no sólo a la dimensión técnica o lúdica del hipertexto (pragmática de la interfaz), sino a sus dimensiones estética e ideológica. Esta perspectiva preliminar, sin embargo, debe encaminarse rápidamente a lo que parece tener mejor futuro a la hora de hablar de una posible pragmática de la ficción hipertextual, la definición de una nueva práctica: la escrilectura.

Otra perspectiva, sin embargo, consiste precisamente en la apreciación de las diferencias entre la pragmática de la escritura convencional y la de los sistemas de escritura electrónicos. Estos últimos promueven la flexibilidad y el cambio (el juego) como parámetros de la interacción comunicativa,  en lugar de la monumentalidad y la permanencia (lo serio), propios del sistema de escritura ligada al libro. Y aunque pareciera que esta situación facilitara el camino hacia una nueva pragmática, en realidad, según Bolter, la mayoría de los lectores actuales no están preparados para sustituir sus libros por ordenadores. Más allá de las dificultades técnicas que retardan esa sustitución, lo realmente determinante es la resistencia a valorar los nuevos parámetros de la interacción comunicativa (O´Donnell). Pareciera que el lector no estuviera dispuesto a apreciar todavía la flexibilidad, la interactividad y la velocidad de distribución que proporcionan los nuevos soportes y se refugiara en las necesidades psicológicas de la estabilidad y de la autoridad que ofrecen los libros.

En relación con una pragmática del juego (Castro), habría que decir que la cultura humana sería impensable sin un componente lúdico. Tal es el poder de la presencia que el juego tiene en las actividades creativas, desde las cotidianas a las artísticas, que éstas se escinden como algo aparte-diferente que se destaca del mundo habitual. No obstante,  intentar una delimitación satisfactoria de tales actividades resulta arduo porque el concepto de juego es múltiple y está sujeto a las variables lingüísticas y culturales registradas a través de su historia. Pero siguiendo el rastro de  la estética filosófica, desde su consolidación como disciplina autónoma en el siglo XVIII,  encontramos varias características determinantes del fenómeno lúdico  que  podemos relacionar con el hipertexto, en tanto este nuevo medio de lectura y escritura invita a la participación creativa. Son estas características: la libertad, la interactividad, la virtualidad, la participación, la navegación infinita y el azar.

Por otro lado, curiosamente estaríamos viviendo, según Bolter, un momento de repliegue de la palabra: los medios de comunicación estarían facilitando una imposición de la imagen sobre el texto, configurándose así un escenario de lucha ideológica, en el que pareciera no haber espacio para la convergencia. Una  de las manifestaciones de ese repliegue es la pérdida de funcionalidad de una operación retórica tradicional: el ekphrasis, es decir, la descripción de imágenes con palabras. Cada vez se hace más difícil subordinar las imágenes a las palabras, y más bien pareciera que las formas visuales y sensuales tendieran a brindar la explicación que deberían ofrecer las palabras.

Detrás de este asunto, existe toda una batalla por la imposición del signo. Esta batalla podría visualizarse desde dos escenarios: uno primero es la pugna entre sistemas de representación simbólica y sistemas de presentación perceptual. Desde esta óptica, el hipertexto sólo se convierte en herramienta novedosa de expresión al incorporar gráficos, imágenes y otras utilidades perceptuales; de otra manera, como simple manipulador de símbolos, solamente amplia la tradición del rollo y el códice.

Esa lucha, puede entenderse  también como la pugna entre signos arbitrarios y signos naturales. Lo que quizás han puesto en evidencia las tecnologías de lo visual (o de la ilusión perceptual) es, precisamente, la posibilidad de una imposición del signo natural fuera del campo de la expresión verbal: deseo al fin cumplido de la inmediatez y de la destrucción de la representación simbólica (representación mediada y por lo tanto percibida como una performación).

Una consecuencia para la pragmática del hipertexto es que sus "lectores" mejor acondicionados probablemente provengan más del lado de los sistemas de presentación perceptual que del lado de los sistemas de representación simbólica. Si esto fuera cierto, los "escritores" de hipertexto tendrían que adaptar su retórica a ese repliegue de la palabra, de modo que pudieran acomodarse a una nueva lógica en la que la iconocidad, la navegación y la edición, jugarían un papel preponderante. Así, sería la capacidad del lector por visualizar (su capacidad de leer en imágenes) lo que haría conmensurable un hipertexto.

Pero esto no significa el fin de la escritura: debajo de la presentación perceptual hay capas muy densas de escritura: los lenguajes de programación o de máquina, que son, quizás, los lenguajes más duros. Quien los conoce y maneja, controla en realidad la batalla, pues si bien el lector que consume "realidad virtual" gana en grados de libertad perceptiva, pierde en grados de libertad deconstructiva.

Desde el punto de vista del "encuentro" entre lector y escritor, resulta interesante la paradoja que plantea Toschi: con las nuevas tecnologías visuales, el escritor recupera el poder de la edición (e incluso de la promoción de la obra) que había perdido. La paradoja consiste en que, de un lado, esto quiere decir que, a la par con la extensión de su posibilidad expresiva, se amplía también su poder performativo (de intervención y control); de otro, se deconstruyen las tradicionales fronteras entre escritor y editor. Para este último, se amplían las posibilidades y las facilidades de lectura, especialmente en lo que tiene que ver con la develación del proceso creativo. El hipertexto facilita conocer ese cuerpo oculto de la escritura

Otra perspectiva, ésta más centrada en el lector, es la que propone Bazín: la puesta en escena de toda una metalectura, Según Bazín, la lectura tiene ahora (con la aparición del hipertexto) la oportunidad de liberarse del corsé del libro y aplicarse a una politextualidad, es decir, a toda una variedad textual que incluye, en forma simultánea, información verbal, visual, oral, sonora, numérica; disponible desde presentaciones epigráficas hasta soportes tecnológicos avanzados. Todo lo cual tiene que ver con un nuevo orden del conocimiento (diferente al establecido por el orden del libro), que por ahora tiene una apariencia híbrida, pero que revela un estado de transición hacia la consolidación de la expansión del texto y sus modos de lectura. El mito de la biblioteca universal, según Bazín, se hace carne y la lectura se potencia, se deconstruyen las fronteras y ya no nos vemos limitados por la extensión espacio-temporal del texto, ni por el límite funcional entre escritor y lector, pero tampoco por el coto que impone la distinción  entre palabra e imagen Todo esto afecta una sociología de la lectura. Y se impone una nueva imagen: estamos inmersos colectivamente en un libro interminable; imagen que supera a la otra: estamos solos enfrentados a la doble dimensión de la página impresa.

A la modularidad tradicional, que genera un conocimiento coherente, convergente y unificado, se superpone la conectividad. En la conectividad, la importancia de cada nodo depende de los otros nodos y del punto de vista (interés) adoptado por el investigador. La conectividad pone en juego el campo heterogéneo de la experiencia cambiante, en lugar de rígidas interfaces que jerarquizan el acceso. Ya no se da la diferenciación especular autor-lector. La nueva lectura cruza el espejo.

Finalmente, la deconstrucción de la frontera palabra-imagen no implica tanto una potenciación de la función ilustrativa del texto, como la generación de una hibridación en la que el texto pierde linealidad y "territorialidad" (y empieza a explorase como mapa, es decir como imagen) y la imagen gana en discursividad.

La lectura, como la escritura, se hace, así, juego y reto a la vez, se carnavaliza.

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