La ideología y la novela de los siglos
XIX y XX en Colombia
En tiempo de guerra
toditos batallan,
unos con las letras,
otros con las armas.
Cantar anónimo.
Si el arte refleja la vida,
lo hace con espejos especiales.
Bertolt Brecht, A Short Organum for the Theater.
En Colombia la novela siempre ha sido considerada,
un género menor. La élite dominante de hombres letrados
ha cultivado históricamente la poesía y el ensayo
como género ideales. Hasta la década de 1960 no había,
virtualmente, ninguna industria para la producción, mercadeo
y venta de novelas, como sí ha existido en el Occidente industrializado
desde el siglo XIX. El surgimiento sorpresivo de Gabriel García
Márquez, la llegada de editoriales extranjeras y el interés
internacional por Latinoamérica, entre otros factores, transformaron
radicalmente los escenarios literarios urbanos, regionales y de
la provincia, que por más de cien años sólo
habían producido tres novelas reconocidas nacional e internacionalmente:
María (1867) de Isaacs, La vorágine (1924) de Rivera,
y Cien años de soledad (1967) de García Márquez.
María y La vorágine fueron escritas por novelistas
que aspiraban ser poetas y, de hecho, habían cimentado su
fama como poetas antes de lograr celebridad como novelistas. Más
aún, después de la publicación de sus novelas,
cada uno de ellos se dedicó a la política, de acuerdo
a la tradición venerable de los hombres de letras colombianos.
La herencia cultural vigente en el
siglo XIX en Colombia, tiene su origen en la cultura burocrática
de las milicias españolas, y en sus valores, herederas a
su vez de la Reconquista Ibérica; y no en las tradiciones
de otros grupos, como el de los comerciantes1
El grupo de los letrados, educados en las universidades, fue uno
de los pocos que no perteneciendo a la nobleza española,
pudo lograr cierto status de aristocracia, y alcanzó posiciones,
primero, en la burocracia real, y posteriormente, en la colonial.
Así, la clase alta colombiana del siglo XIX adoptó
muchos valores españoles implantados durante
los tres siglos coloniales. La futura oligarquía habría
de ser educada, en forma bastante uniforme, en alguno de los semilleros
de la oligarquía -el Colegio del Rosario o el Colegio de
San Bartolomé- donde se buscaba afirmar el honor social,
siguiendo la tradición española, a través de
las carreras de letras, derecho, y ciencias políticas2
. Los hombres de letras más brillantes del país a
menudo han cursado dos o tres de tales carreras, desde el primer
novelista Juan José Nieto, hasta el reciente presidente y
escritor Belisario Betancur.
La importancia que históricamente se le ha
otorgado a los otros géneros frente a la novela, podría
compararse con actitudes similares de los intelectuales europeos
en los siglos XVIII y XIX. La oligarquía en la Colombia del
siglo XIX a veces aceptaba e imitaba valores culturales extranjeros,
dándole preferencia a las modas literarias predominantes
en Francia, España o Gran Bretaña. Las culturas española
e inglesa tuvieron más importancia en la región andina
colombiana que en otras regiones del país, o en otros países
de América Latina, que en general, rechazaron a España
e ignoraron la Gran Bretaña durante el XIX. En este siglo,
y en gran parte del XX, se publicaron novelas en pequeñas
ediciones que pasaron desapercibidas. Podríamos citar casos
innumerables de jóvenes de la oligarquía que publicaron
una única novela quizás como pasatiempo o para lograr
fama les han sido los casos del intelectual y estadista Manuel María
Madiedo en el siglo pasado, y del reciente presidente de la república
Alfonso López Michelsen.
Dados los valores de clase relacionados con la creatividad
literaria, la poca importancia de la novela como género,
y el marcado regionalismo, no podríamos hablar de una tradición
novelística 'orgánica' en sentido estricto en Colombia.
Más bien podríamos hablar de tradiciones regionales
(como se plantea en los capítulossiguientes), a partir de
novelas significativas (Aparte de María, La Vorágine
y Cien años de soledad), y de novelistas sobresalientes.
Como se podrá observar en el capítulo
7, la novelística contemporánea podría denominarse
novela moderna y posmoderna. En todo caso, y teniendo en cuenta
el sentido clasista que tiene la actividad de la escritura en el
país, y los prejuicios históricos contra la novela,
nuestra siguiente inquietud estaría orientada a establecer
quiénes son en realidad los novelistas colombianos. Serían
aquellos que han luchado por establecer su carrera como novelistas,
publicando novelas regularmente a través de su vida, en general
con poca o ninguna utilidad monetaria. Casi sin excepción
han pertenecido a la clase media y media - alta de la sociedad.
Muchos no han participado en las estructuras de poder, por
razones de clase o de sexo. Si dejamos de lado las figuras intelectuales
más famosas (letrados o políticos que no se han dedicado
por entero a la novela), y aquellos que han publicado sólo
una novela (con excepción de Isaacs o Rivera), la lista tentativa
de los novelistas colombianos sería la siguiente: Juan José
Nieto, Eugenio Díaz, Felipe Pérez, Jorge Isaacs, Soledad
Acosta de Samper, Tomás Carrasquilla, Clímaco Soto
Borda,José María Vargas Vila, José Eustasio
Rivera, José Félix Fuenmayor, Ignacio Gómez
Sánchez, José Antonio Osorio Lizarazo, César
Uribe Piedrahita, Bernardo Arias Trujillo, Augusto Morales-Pino,
Manuel Mejía Vallejo, Eduardo Caballero Calderón,
Arnoldo Pálacios, Elisa Mújica, Manuel Zapata Olívella,
Héctor Rojas Herazo, Gabriel García Márquez,
Fanny Buitrago, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Héctor
Sánchez, Alba Lucía Ángel, Marco Tulio Aguilera
Garramuño, Germán Espinosa, Rodrigo Parra Sandoval,
Jorge Eliécer Pardo, José Luis Garcés, Álvaro
Pineda-Botero, Roberto Burgos Cantor, Andrés Caicedo, R.H.
Moreno-Durán, y algunos otros escritores contemporáneos.
Podría discutirse sobre los nombres incluidos, y suprimir
o agregar algunos, de acuerdo a criterios diferentes; lo que es
irrefutable es que la oligarquía colombiana no produce novelistas.
Por otra parte, la crítica
literaria y la academia, han estado estrechamente ligadas a la oligarquía,
(la clase alta, la élite universitaria y la iglesia católica)
La crítica literaria ha incluido estudio de los clásicos
griegos y romanos y la filología, y ha estado dominado por
el sexo masculino.- Además ha cumplido una importante función
legitimadora: a través de un complejo proceso de inclusión
y exclusión, y con el uso de un discurso de alabanza más
que de análisis o de indagación académica,
la oligarquía ha institucionalizado valores literarios y
sobre todo ha consagrado a sus escritores3.
Como en el caso de los letrados emergentes de la burocracia española
el escritor de clase media colombiano ha presentado sus credenciales
ante la élite que selecciona, pero la aceptación del
novelista en contraposición al poeta o ensayista, ha sido
más bien excepcional. Cada período ha estado representado
por uno o dos intelectuales prominentes quienes, en efecto, han
sido los que seleccionan a los novelistas. Algunos críticos
eruditos investidos de poder para desempeñar tal papel han
sido José María Vergara y Vergara, Baldomero Sanín
Cano, Rafael Maya, Antonio Gómez Restrepo y Gustavo Otero
Muñoz. En general, los novelistas han sido liberales y los
críticos conservadores. Al reconocer esta situación,
podríamos entender la razón de por qué con
frecuencia los novelistas se quejan de que la crítica literaria
es inexistente en el país, y también por qué
los críticos se quejan de que Colombia no tiene novelistas.
El período formativo de la nueva nación,
de 1810 a 1862, estuvo dominado intelectualmente por dos hombres
de letras, Julio Arboleda (1817 1862) y José Eusebio Caro
(1817 - 1853), quienes no escribieron novelas. Los escritores de
esta época eran típicamente terratenientes jóvenes
y aristócratas urbanos. Muchos de ellos participaron en la
guerra de independencia o fueron hijos de participantes. Arboleda
y Caro se distinguieron por su poesía y pertenecían
a la clase acomodada. Desde el punto de vista de nuestro presente,
podemos afirmar que Eugenio Díaz y Juan José Nieto
fueron dos novelistas importantes, quienes durante su existencia,
sin embargo, fueron vistos como intelectuales advenedizos, cuya
obra literaria era de poca importancia. Se creía que sus
novelas y que el género novelístico, no contribuían
significativamente a la empresa ideológica, a la política
de la clase alta o a la élite intelectual. El ensayo político,
por el contrario, tenía un impacto mucho más pronunciado;
aún hoy, Díaz y Nieto permanecen prácticamente
ignorados.
Las dos empresas ideológicas, y las correspondientes
Colombias que los intelectuales proyectaron en sus escritos, fueron
la Utopía Liberal y la Arcadia Heleno - Católica.
El comienzo del período 1810 -1862 estuvo dominado por los
centralistas, seguidores de Simón Bolívar, es decir,
los futuros conservadores de la Arcadia Heleno - Católica.
Los liberales, bajo el liderazgo de Tomás Cipriano de Mosquera,
fueron adquiriendo poder al final de este período. En realidad,
se lograron pocas utopías o arcadias en las décadas
de 1840 y 50, a no ser las de los textos de ensayo idealista o de
poesía neoclásica. Más bien, las diferencias
ideológicas fueron transladadas al campo de batalla, sobre
todo en las guerras civiles de 1841, 1851 52, 1854 y 1859 - 62.
El salón de clase también
fue escenario de enfrentamiento, con los debates entre liberales
y conservadores sobre el tema de la educación
pública 4 que de terminaron
la alfabetización de las clases media y baja y les ofrecieron
a estas clases la posibilidad de ingresar al mundo de la escritura
y la lectura literaria. Parece lógico afirmar que dadas las
diferencias tan marcadas entre las distintas regiones, también
las actitudes respecto a la educación diferían de
región a región. Por ejemplo, Antioquia la Grande
estuvo a la vanguardia de la educación primaria a lo largo
del siglo XIX, lo que contribuyó a que se generalizara un
espíritu de equidad en aquella región5
(véase capítulo 5). Sin embargo, la
clase alta de las distintas regiones coincidió en su actitud
frente a la educación, y en sus apreciaciones
sobre la importancia de la educación en las dos empresas
ideológicas mencionadas. Una inquietud importante de la élite
fue la 'moralización' de la masa analfabeta, y el papel de
la educación para lograr tal moralización6.
En el Congreso de Cúcuta se buscaron fórmulas educativas
en religión y moral y se consideraron necesarias las escuelas
públicas para que los jóvenes aprendieran 'las obligaciones
sagradas impuestas por la religión y la moral cristianas'7
. Los conservadores creían que los hombres de letras de la
Arcadia Heleno- Católica debían prepararse en la escuela
pública. En todo caso, ésta debía buscar por
lo menos, que el pueblo aprendiera a respetar los
artificios literarios y la posición social de la clase alta.
De tal forma, al inculcarle a las clases media y baja la literatura
clásica grecolatina y neoclásica, la poesía
patriótica hizo de la literatura una nueva forma de ideología.
Hacia 1850 los conservadores habían llegado a creer que el
pueblo era incorregible , debido al deterioro de los valores sociales
tradicionales8 ; y que quizás,
la literatura de la Arcadia, tal como era concebida por Sergio Arboleda
y otros escritores, podía inculcar cierto orden en la sociedad.
De nuevo, la literatura era considerada vehículo ideológico.
Los conservadores más tarde rechazaron la educación
primaria como instrumento adecuado para su programa ideológico,
dándole prioridad a la universidad, en donde el diálogo
elitista en política y literatura podía adelantarse
con una audiencia más receptiva: los miembros de su propia
clase.
Al considerar tales controversias sorprende que se
hubiese publicado alguna novela durante este período.
Sin embargo, entre 1810 y 1862 fueron publicadas unas dos docenas
de obras. Juan José Nieto, Eugenio Díaz, José
María Angel Gaitán y otros fueron los pioneros de
lo que hoy podemos denominar las primeras novelas colombianas. Algunas
de ellas, sin embargo, son verdaderas anomalías estéticas,
particularmente si las leemos como novelas: a mediados del siglo
XIX en Colombia, lo mismo que cien años antes en Inglaterra,
el concepto de literatura no se limitaba, tal como hoy lo limitamos,
a escritura 'creativa' o 'imaginativas9.
Ninguno de aquellos pioneros se consideraba 'novelista'
sino 'escritor', y todos ellos incursionaban lo mismo en la novela
que en el discurso político, histórico o filosófico.
Muchos de sus trabajos, que hoy clasificamos como 'novelas', contienen
elementos de todos estos géneros. Más aún,
términos como 'reacción personal' y 'lo imaginativo'
que hoy son inseparables del concepto de 'lo literario', no habrían
tenido más significado para Juan José Nieto o José
María Samper del que tuvo para Henry Fielding10.
La empresa ideológica de aquellos escritores de medio siglo
se orientaba no tanto hacia 'lo imaginativo', sino hacia los objetivos
ideológicos de sus utopías o arcadias, concebidas
racionalmente, y que ellos aspiraban instaurar en Colombia.
En el período 1810 - 63, el primer intento
de novela fue el de José Joaquín Ortiz, María
Dolores o la historia de mi casamiento (1841). Al leerla hoy,
con nuestras expectativas sobre los géneros literarios, parece
más bien un esquema incompleto de novela. Ortiz ha sido más
conocido por sus poemas patrióticos de corte neoclásico
que por este panfleto publicado con el subtítulo de . novela'.
Católico devoto, conservador y amante de la tradición
española, escribió el famoso poema 'Los colonos',
en el que realizó plenamente su misión ideológica:
evocar una Arcadia Heleno-Católica en el reino colonial de
la Nueva Granada, en cuyo territorio los españoles 'civilizan'
la población nativa. María Dolores encaja a
bien en el esquema ideológico desarrollado en su poesía,
ya que con una percepción mínima del contexto social,
relata las vacilaciones emocionales del narrador - protagonista
en busca de su amada, con quien se casa al final. El lector concluiría
que la Arcadia sí es posible con el concurso adecuado de
los hombres de letras.
Si la arcadia conservadora es posible en la ficción
de Ortiz, la utopía liberal encuentra sus raíces
novelísticas en Ingermina o la hija de Calamar (1844)-
del liberal caudillo de la Costa, Juan José Nieto. En esta
utopía particular, ambientada en la época de la conquista
española, el español no sólo se desposa con
la princesa indígena Ingermina, sino que la instruye en los
secretos de la cultura escrita. En la misma forma que este matrimonio
le abre, a ella, las puertas de la aristocracia cartagenera, Nieto
el novelista, por cuya sangre circulan las tres etnias de la zona,
aspira lograr una aceptación total por parte de la clase
alta, combinando en sus novelas las convenciones del romanticismo
y la ciencia europea.
Tanto en la utopía de Nieto, como en la arcadia
conservadora, el indígena necesita ser 'civilizado' para
que pueda funcionar adecuadamente en la sociedad. En todo caso,
fue Nieto el primer novelista colombiano en darle voz propia al
nativo del Nuevo Mundo; Ingermina incluye, además, una larga
anécdota sobre aculturación (véase capítulo
4). También incluye en forma consecuente los subtemas de
la 'victimización" y la liberación. Tal como sucedió
con Ingermina, las otras dos novelas de Nieto, Los moriscos
(1854) y Rosina o la prisión del castillo de Chagres (1850),
fueron totalmente ignoradas por la élite intelectual de la
zona andina. Ingermina y Los moriscos fueron publicadas
en Jamaica durante el exilio político del autor, y Rosina,
en un periódico en Cartagena. Todas ellas han sido siempre
marginadas de la historia política y literaria del país.
Una figura de mayor resonancia
entre los liberales, fue Felipe Pérez hermano del distinguido
político e intelectual liberal, Santiago Pérez (ministro
de gobierno 1868-1870 y presidente 1874-1876). Felipe ocupó
numerosas posiciones políticas en la región andina
como la gobernación de Boyacá. Algunos de sus ensayos
contribuyeron al diálogo político: Análisis
político, social i económico de la República
del Ecuadro (1853) y Anales de la revolución de 1860 (1862)n
Fue ardiente seguidor de los principios de libertad y progreso (pilares
de la utopía liberal): 'sobre la ruina de ese castillo de
naipes - alcázar de un día - no se levantará
el partido liberal triunfante, irradiando libertad y progreso"11.
Aunque mejor recordado por sus ensayos, su ficción no fue
tan ignorada como la de Nieto. Pérez fue, de hecho, uno de
los más prolíficos novelistas de su siglo, publicando
las novelas históricas Huayna Capac (1855), Atahuallpa
(1856), La familia de Matías (1856), Los Pizarros (1857),
Jilma, o la continuación de los Pizarros (1858) y
El caballero de la barba negra (1858) en el período
que nos ocupa. Varias de estas novelas (Huayna Capac, Atahuallpa,
Los Pizarros y Jilma) están ambientadas en el Perú
del siglo XVI, durante la conquista española, y están
conformadas casi exclusivamente por diálogos, en los cuales
aparece un mundo dicotomizado: de un lado, los despreciados y antagonizados
españoles, de otro, los indígenas idealizados. Estas.
novelas ofrecen una crítica liberal a la brutal conquista
de los españoles, en oposición a la arcadia colonial
ficcionalizada por los conservadores, como la de José Joaquín
Ortiz. El caballereo de la barba negra se desarrolla en la España
del siglo XVI e implica un cuesstionamiento a cieretas costumbres,
en especial al arreglo matrimonial hecho por los padres. El narrador
describe su programa de crítica social: 'Triste la suerte
de la mujer en estos tiempos. Nacida en la lobreguez de los castillos
y educada entre la reuca i el rezo, vive lejos del mundo, como flor
nacida en la rocas'"12. El narrador
también describe las normas sociales españolas de
aquella época, criticando indirectamente
las condiciones excesivamente conservadoras de la Colombia del XIX:
'Esa es la condición de la mujer en nuestro siglo y mayormente
en nuestro país"13. Sin embargo,
Pérez siempre restaura el orden social momentáneamente
interrumpido en sus novelas, atemperando las necesidades reales
de un cambio radical, asegurándose la aceptación de
la élite liberal dentro de la cual, eventualmente fue aceptado
debido a sus logros con la pluma y la espada.
Manuel María Madiedo, autor
de la novela la maldición (1859), aunque pertenecía
al partido conservador, fue uno de sus críticos más
virulentos. Fue un multato nacido en Cartagena, repudiado por su
familia linajuda, quien publicó ensayos abogando por las
causas populares, y criticando los prejuicios de clase de ciertas
familias importantes en Colombia. Un contemporáneo conservador
de Madiedo decía que él 'no se conformaba por no haber
nacido blanco y rico14 En nada se
parecía al ideal de hombre de letras pregonado por Arboleda
y Caro. Madiedo se opuso a los postulados conservadores clericales
y doctrinarios defendidos por Arboleda, Caro y José Joaquín
Ortiz. La facción del partido a la que pertenecía
Madiedo pregonó una especie de socialismo cristiano e intentó
promover la cooperación espiritual entre liberales y conservadores.
Su novela, virtualmente desconocida, La maldición, apareció
por entregas en un periódico de Cartagena y nunca se ha publicado
en forma de libro. Cuenta la historia de un colombiano que retorna
a la Costa después de una estadía en Europa, y su
característica más sobresaliente es que representa
el primer esfuerzo de un novelista colombiano para incorporar la
cultura oral y popular en la novela. En esta obra, y en varios de
sus ensayos, Madiedo estuvo más cerca ideológicamente
del proyecto liberal que del conservador. (Apenas a finales del
siglo habría de tener lugar un predecible matrimonio entre
la Utopía Liberal y la Arcadia Heleno - Católica).
La novela más notable de aquel período,
emanada de una voz conservadora fue Manuela,(1858) de Eugenio Díaz,
quien tampoco se ajustó al modelo del hombre de letras conservador,
y quien se mantuvo apartado del diario quehacer político.
El autor implícito en Manuela, ridiculiza a su protagonista,
un bogotano liberal progresivo -gólgota- que visita la provincia.
La caracterización satírica le da al discurso liberal
un tono ingenuo. El contraste entre la cultura oral, auténtica
y llena de sentido común, y el discurso liberal, venido de
una cultura escrita que desconoce las realidades nacionales, hace
de Manuela una verdadera crítica del proyecto liberal, que
estaba en vías de fortalecimiento a finales de la década
de 1850 y principios del 60.
Si juzgáramos estos trabajos como obras de
arte desde el punto de vista de nuestras expectativas actuales,
ninguno podría ser catalogado de novela sobresaliente La
tendencia de Nieto hacia el ensayo, la debilidad de los argumentos
diálogos y la atención excesiva a nimiedades políticas,
entorpecen la experiencia estética del lector cuando éste
está más interesado en la ficción imaginativa
que en lo político. El Doctor Temis (1851) de José
María Gaitán y Viene por mi i carga con
usted (1858) de Raimundo Bernal Orjuela, están llenas
de los mismos problemas estéticos y las mismas proposiciones
ideológicas. El Doctor Temis ficcionaliza una situación
de injusticia social para demostrar que al final triunfará
la justicia. Viene por mi i carga con usted explica didácticamente
en su conclusión lo que presentó la trama, para enfatizar
la idea de que las apariencias pueden ser engañosas. Hay
otras obras que tienen por objeto recrear novelas europeas, lo que
tampoco les da mayor éxito desde el punto de vista estético.
La inquietud patriótica subyacente en estos intentos era
la de afirmar que sí existían en Colombia costumbres
comparables a las de las naciones europeas, dignas de ser reflejadas
en la novela, y que los lectores burgueses podrían aprobar
o desaprobar los comportamientos en ellas presentados, de acuerdo
a ciertos valores que a su vez eran reflejo de los valores españoles
y europeos. Juan Francisco Ortiz escribió varias novelas
siguiendo las pautas del romanticismo europeo. Su primer libro,
El oidor Cortés de Mesa (1845), es una mezcolanza
de elementos de la época, y cuenta la historia de un protagonista
obsesionado con una mujer a quien finalmente asesina. En Teresa,
leyenda americana, (1851) Ortiz utiliza leyendas folklóricas
regionales, en especial un cuento antioquefío sobre una bella
joven de quien se enamora un esclavo de la familia. Eladio Vergara
publicó bajo el seudónimo 'Un bogotano', la novela
El mudo (1848), para describir la vida y las costumbres bogotanas;
especie de versión colombiana de Les Mysteres de Paris
de Sue.
Durante el período que va de 1863 a 1885 la
concepción de una novelística colombianá enfrentaba
varios problemas de los más penosos es que los modelos que
venían operando hasta ese momento dejaron de servir a los
propósitos ideológicos. Ni la Utopía Liberal
ni la Arcadia Heleno - Católica se prestaban con facilidad
a una novelización ideológica, en forma como era concebido
el género en aquel momento. El ensayo y la poesía,
por el contrario, parecían más apropiados. Por ejemplo,
Arboleda pudo evocar imágenes de una Arcadia Heleno-Católica
en su poesía épica escenificada en el reino colonial
de la Nueva Granada. Entre los múltiples prototipos de novela
de crítica social, -por ejemplo Los miserables de
Victor Hugo-, ninguno parecía servir a los propósitos
de la Utopía Liberal o de la Arcadia Heleno -Católica,
pues quizás pensaron que no era conveniente llevar a la ficción
aquellas masas empobrecidas y analfabetas que los rodeaban. Muchos
liberales admiraron las ideas políticas de Hugo, pero no
se decidieron a seguir su ejemplo al escribir sus ficciones.
Los costumbristas ofrecían una alternativa
más aceptable: los cuadros de costumbres jugaron un papel
vital para difundir el gusto 'correcto' y el modelo cultural comunitario.
Respondían a la necesidad de alinear los sectores medios
y bajos de la sociedad dentro de las orientaciones de la clase dirigente.
El cuadro de costumbres más famoso de Vergara y Vergara,
'Las tres tazas', ridiculiza las costumbres bogotanas, y al mismo
tiempo reafirma las relaciones entre el ritual correcto en sociedad
y el comportamiento intelectual apropiado. Al ridiculizar obstensiblemente
los hábitos de la clase media bogotana, e inclusive de la
alta, se difundían los principios de la cultura común
y del buen gusto. Para tal fin se usaron periódicos y revistas.
Las distinciones que hoy establecemos entre periódicos, revistas
culturales, publicaciones literarias o científicas, no son
aplicables a la Colombia del siglo XIX. Las noticias, la cultura
y la ciencia se dosificaban diaria o semanalmente para fortalecer
una 'cultura' ideológicamente 'correcta'. Felipe Pérez
fundó la Biblioteca de señoritas en
1858; El Mosaico varias otras publicaciones también
circularon por aquella época.
Al ratificar la Constitución de 1863 quedó
institucionalizado por Mosquera y sus copartidaros el programa liberal,
es decir, la Utopía Liberal, que en su texto aseguraba la
libertad absoluta y la justicia humanitaria. En este nuevo estado
secular, la Utopía Liberal implicaba un intento por suplantar
la Arcadia Heleno-Católica que había sido hasta el
momento la ideología dominante. Aproximadamente durante las
siguientes dos décadas, el concepto mismo de 'nación'
fue un término cuestionable para ser aplicado a las regiones
autónomas que constituyeron el sistema federalista de estados
independientes. Esta situación se revela claramente en el
gesto de Jorge Isaacs, quien se declaró 'Presidente' del
estado de Antioquia en 1880. Los resultados de las reformas económicas
perjudicaron a los terratenientes, y en consecuencia, se puso de
moda la novela nostálgico de la aristocracia rural que anhelaba
el orden anterior.
A pesar de que se publicaron más de 30 novelas,
la novelística nacional no lograba el reconocimiento que
gozaban los otros géneros y en especial la venerable literatura
colonial. Cuando osé María Vergara y Vergara publicó
su Historia de la literatura en Nueva Granada en 1867, no
incluyó a ningún novelista. Se limitó a revisar
panorámicamente los escritos españoles de la colonia
en el Nuevo Reino de Granada, y a incluir unos pocos años
a partir de la independencia (hasta finales del decenio de 1820).
Tal fue el primero de una serie de trabajos orientados a propagar
la idea de una tradición literaria orgánica y con
identidad; esfuerzo típico de la ideología conservadora,
que culminaría cien años más tarde con la publicación
de Curcio Altamar, Evolución de la novela en Colombia
(1957).
Los intelectuales más renombrados entre 1863
y 1885 fueron José María Samper (1828 - 1888), Rafael
Pombo (1833 - 1912), José María Vergara y Vergara
(1831 - 1872) y José Eusebio Caro. Ninguno sobresalió
como novelista, aunque Samper escribió varias novelas, y
Vergara y Vergara pro.. dujo alguna ficción. Fue Samper liberal
progresista y propagador afiebrado de la Utopía Liberal durante
los años de 1870. Tomó la vanguardia de las reformas
educativas propuestas por su partido, que buscaban la generalización
y la secularización de la educación. Por ejemplo,
en 1864 propuso una ley para reorganizar la educación superior,
institucionalizando una universidad nacional orientada con preferencia
hacia la técnica15. Al final
de la década del 70 siguiendo las orientaciones de Rafael
Núñez, se unió a los conservadores. Sus obras
incluyen novela, teatro, varios volúmenes de poesía
y ensayo, y tratados de historia, administración pública,
sociología, viajes y biografías. Rafael Pombo, en
contraste con el extravagante e impredecible Samper, se acomodó
siempre al modelo del conservador intelectual. Fue un erudito traductor
de poesía del griego, latín, francés, portugués
e inglés. Muchos lo han proclamado como el más grande
poeta colombiano del XIX. El ensayista, historiador literario y
escritor de ficción Vergara y Vergara, fue también
un activo conservador, fundador del periódico La unión
católica en 1811, órgano que tenía por objeto
defender la idea de un partido católico.
De 1863 a 1885, José María Vergara y
Vergara escogió y consagró a ciertos novelistas, en
el marco de la literatura'nacional' que él propiciaba. En
El Mosaico, una especie de club literario esencialmente conservador
y masculino, admitió nombres nuevos, sobre todo aquellos
que podían reunir las credenciales necesarias, intelectuales
o de clase, como fue el caso de] joven caucano Jorge Isaacs. Después
de sus años de aprendizaje en El Mosaico, Isaacs retornó
al Gran Cauca para escribir su única novela, María,
publicada en 1867. María, aunque considerada una obra
deplorable, se editó porque se necesitaban con urgencia novelas
para sustentar el proyecto ideológico conservador, particularmente
aquellas de valor estético comparable a las europeas y a
las que las clases media y baja del país se habían
acostumbrado. En María, Isaacs engalana las tierras del Gran
Cauca con el colorido del paraíso terrenal, y ofrece una
variante local del tema de la arcadia, logrando cumplir en forma
magnífica los requisitos ideológicos que se exigían,
a saber, que fuera una obra romántica, bien escrita, con
el uso de un lenguaje 'poético', y que estuviera basada en
modelos europeos. Con este conjunto de elementos se lograba compensar
varias deficiencias, como eran que el género novelístico
no estuviese aún bien definido, y que además, fuese
en general menospreciado. Finalmente, se trataba de un autor de
la aristocracia que había logrado describir a Colombia como
una verdadera Arcadia Heleno-Católica. Otras razones contribuyeron
a hacer de María una novela 'nacional', y tal vez no sea
coincidencias el hecho de que Vergara y Vergara propusiera ese mismo
año, en su Historia de la Literatura en Nueva Granada,
la existencia de una literatura orgánica nacional. En respuesta
a la Utopía Liberal, que concebía Colombia como un
agregado de estados autónomos y libres, la arcadia conservadora
propugnaba por un estado unificado y católico. Esta última
posición estaba implícita en el subtexto ideológico
de aquellas dos obras 'nacionales': la novela de Isaacs y el ensayo
de Vergara y Vergara. (Poco después, Isaacs se uniría
a los liberales, pero María permanecería como una
de las bases de la empresa conservadora del siglo XIX). Cuatro años
más tarde, en 1871, Vergara y Vergara fundó la Academia
Colombiana de la Lengua, que buscaba establecer un idioma 'nacional'
de acuerdo a su proyecto 'nacional'.
María, otros escritos costumbristas
de la época, y en general la literatura relacionada con el
ideal arcádico, fueron ejercicios de nostalgia. Por el contrario,
los textos de José María Samper, de tono progresita,
estuvieron libres de aquel sentimiento. Un celo genuino, que se
refleja en sus escritos de ficción, subyace en toda la obra
de este reformador. Sus Artículos de costumbres expresan
su confianza en el progreso y en la posibilidad de perfección
de las instituciones humanas"16. Tal
visión de la sociedad, sumada a su actitud crítica
frente a las publicaciones plagados de lugares comunes de sus contemporáneos,
hicieron de Samper una fuerza renovadora de la ficción en
el país. Publicó ocho novelas entre
1863 y 1885, todas ellas de gran significación dentro del
diálogo político. Martín Flores (1866),
de acuerdo a los modelos románticos, promete en el primer
capítulo hacer llorar al lector. (Promesa similar aparece
también en María): 'Martín Flores me contó
su historia con los ojos llenos de lágrimas; ¡quiera Dios
que el lector se digne acojerla con simpatía".17
El protagonista, Martín, es un joven intelectual que participa
en política y en las batallas campales de la Colombia del
XIX, pero que un día, al perder el amor de su amada Dolores,
decide hacerse sacerdote. Esta conversión ocurre en el marco
de la guerra civil. Finalmente Martín se dedica a la educación
y dolores enloquece. Hacia mediados de la década de 1860,
Samper se había convertido al catolicismo
y había comenzado a forjar una idea sin precedentes: unir
el catolicismo con el progreso social; idea que no era aceptable
para liberales ni conservadores. En Martín Flores hay
un reflejo de esta situación, por ejemplo cuando se afirma
por boca de un cura que 'El Padre Ramírez encontraba una
armonía profunda entre la religión y el progreso,
entre el catolicismo desinteresado i la república democrática..."18.
Otra novela, Un drama íntimo (1870), escrita en forma de
diario, es llamada por su autor' una verídica historia'.
En ella Samper defiende la justicia social. En otra, Florencio
Conde (1875), se esboza un modelo operativo de corte liberal,
o conservador progresista, para la sociedad colombiana. Está
protagonizada por Florencio Conde, hijo de un antiguo esclavo y
una blanca. El padre, esclavo en las minas de Antioquia, logra su
libertad sacrificando sus horas de descanso en trabajos adicionales,
para posteriormente hacerse rico. El hijo mulato, Florencio, luego
de una buena educación, quiere casarse con una mujer aristocrática,
pero es rechazado por su familia. Sin embargo, con esfuerzo y disciplina,
obtiene una posición social destacada y al final logra su
objetivo. En esta obra, Samper cuestiona los prejuicios de la clase
alta contra el mulato y contra las otras clases, y demuestra su
fe inequívoca en el progreso y en la educación. Clemencia
(1879) y Coriolano (1879) son obras de contenido moral que
describen los efectos devastadores de la falta de educación,
tanto en el individuo como en la sociedad. En la novela El poeta
soldado (1880), analiza las circunstancias de muchos intelectuales
y políticos de la segunda mitad del siglo XIX, cuya participación
en el diálogo intelectual a menudo se complementaba con su
protagonismo en el campo de batalla. Además, en esta novela
aparece una característica propia de gran parte de la narrativa
de la región del Altiplano, cual es la de la autoconsciencia
narrativa (Véase capítulo 3), ya que el protagonista
es también escritor. El poeta soldado fue publicada
en el momento en que Samper abrazaba el conservatismo. En la novela
defiende esta ideología, ya que el protagonista, quien pertenece
a este partido, es un buen católico que se preocupa por mejorar
su status social y quien participa heróicamente en la rebelión
de sus copartidarios de 1876 - 77. Esta novela, al igual que el
resto de su obra, surge de un impulso realista fundamental, e incluye
clichés de carácter romántico en los diálogos
y en la trama.
La visión crítica y progresista del
liberal Felipe Pérez, tal como se ha notado en relación
con sus primeras obras de ficción, continuó en este
período en otras novelas históricas: Los jigantes
(1875), Estela o los mirajes (1877), El piloto de Huelva
(1877), Los pecados sociales (1878), Carlota Corday (1881),
Imina (1881), y Sara (1883). Los jigantes está ambientada
en Colombia en el período anterior a la Independencia. En
ella se evidencian sus actitudes hacia el progreso, y el narrador
describe los cambios que necesita la ciudad de Bogotá. 'Hoi,
al cabo de setenta años, Bogotá no es una Turín,
pero es al menos una población en vía de mejorar"19.
Carlota Corday es una novela histórica de tono romántico,
que se desarrolla al final del siglo XVIII en Francia; en ella,
Pérez expresa su ideología por medio de una crítica
implícita al fanatismo político. Colombia es el escenario
de Sara y en ella, Pérez denuncia el régimen
conservador de la década de 1880. El reclutamiento forzado
de soldados para la guerra civil es una de las prácticas
del gobierno, denunciadas en la novela. Aparecen sentencias condenatorias
como la siguiente: 'Los hombres son iguales delante de la ley; sin
embargo, la ley no es siempre igual delante de los hombres'20.
Tal como explica el narrador, la injusticia se acrecienta porque
los ricos fácilmente pueden evadir la obligación militar.
De acuerdo a la ideología implícita en Sara, la
Utopía Liberal podría lograrse con la educación,
ya que la humanidad, en esencia, buscaría la armonía.
Y para estar a tono con el romanticismo, los únicos escollos
que se presentan en la novela para lograr tal objetivo son los misterios
del alma y sus contradicciones.
En los primeros años del período
1863-1885, el romanticismo europeo ejerció una influencia
preponderante, y se manifestó en las obras de Temís-tocles
Avella Mendoza fue un periodista liberal quien además de
varias novelas cortas publicó poesía y ensayos políticos
e históricos. Sus dos novelas de este período fueron
obras cortas de carácter histórico, ambientadas en
la época colonial. Los tres Pedros fue publicada por
entregas en El Mosaico, y se basa en las anécdotas
del capítulo décimo de El Carnero, de Rodríguez
Freile. Los tres Pedros describe el espectáculo de
la vida colonial, y relata los horrendos crímenes de pasión
cometidos a instancias de la 'perversa' mujer Inés de Hinojosa
21 . En esta obra, la colonia se presenta
como una sociedad ideal, como un 'siglo dorado', cuyas únicas
manchas fueron las infracciones morales cometidas por algunos individuos
degenerados de la aristocracia. Avella Mendoza condena explícitamente
la élite colonial en Anacaona, esquema de
una novela breve, en el que un gobernador español interviene
en las relaciones amorosas de una pareja nativa. Las atrocidades
de los españoles terminan cuando los compañeros del
amante (protagonista del relato) derrotan en combate al gobernador.
La princesa indígena Anacaona, personaje que aparece en una
trama secundaria, le sirve de ideologema para denunciar la estructura
de poder de los españoles, y para enaltecer a los indígenas
quienes, de acuerdo al narrador, eran 'más civilizados que
los conquistadores" 22.
Desde el punto de vista del diálogo
político y la militancia, podrían considerarse marginales
los escritora s José Caicedo Rojas v José David Guarín,
bien conocidos por sus cuadros de costumbres. Ambos escribieron
piezas memorables del género. A pesar de su marginalidad
respecto del proceso político, sus cuadros y novelas participan
del espíritu conservador de la mayoría de las obras
de aquella época. Caicedo Rojas se inscribe en lo tradicional,
y de él dijo Rafael Maya que fue 'modelo de escritores correctos
y castizos"23. Su herencia española
es evidente desde el título de su novela principal, Don Álvaro
(1871), que se desarrolla en los años de la colonia.
Es otra descripción del resultado trágico en que generalmente
terminan los matrimonios arreglados por los padres. La sobreprotegida
heroína, Constanza, ama en secreto a don Alvaro, y no al
pretendiente escogido por sus padres. El padre
mata a don Alvaro y va al exilio, y la protagonista se refugia,
hasta el final de la obra, en un convento. Tal como sucede con tantas
obras de ficción sobre la colonia escritas por conservadores,
en esta novela se describe con caracteres ideales la estructura
social de aquella época, afectada sólo por el comportamiento
excepcional de algunos individuos. Don Álvaro es una pieza
altamente elaborada, que abunda en detalles y alaba la sociedad
colonial. Maya la describe como 'la mejor novela de reconstrucción
que se ha escrito en Colombia...'"24
. Las tres semanas (1884) de Guarín,
por el contrario, elogia la época contemporánea del
autor, y describe ciertas festividades patrióticas, como
las de la Virgen del Carmen en Bogotá en 1880, que fue el
primer año del gobierno conservador de Núñez.
Al referirse a Caicedo Rojas y Guarín, Frank Duffey ha manifestado
que muchos escritores costumbristas estaban fascinados por la posibilidad
de publicar en forma rápida piezas casuales, y que veían
la escritura como un fin en sí mismo25
. Tal actitud es una constante en la tradición de escritura
autoconsciente de los letrados de la región andina desde
el siglo XIX (véase capítulo 3).
Soledad Acosta de Samper, al igual
que Caicedo Rojas Guarín, escribió desde una posición
marginal al proceso político. Inclusive, ella misma afirmó
en un ensayo que por ser mujer, se limitaba a prestar su concurso
escribiendo novelas, y que dejaba a los hombres la responsabilidad
de la política: 'Mientras la parte masculina de la sociedad
se ocupa de la política, que rehace las leyes, atiende al
progreso material de esas repúblicas y ordena la vida social,
¿no sería muy bello que la parte femenina se ocupara en crear
una nueva literatura?'26. Tales ideas,
publicadas en la década de 1890, al final de su carrera,
implican una claudicación del protagonismo que como mujer
y escritora había tenido en la sociedad colombiana del siglo
XIX. Su obra consta de más de veinte novelas, que han sido
casi totalmente olvidadas por lectores y críticos, a pesar
de su volumen, v de que, juzgadas de acuerdo a los modelos de su
época, sean de altísima calidad. Dejando de lado las
contingencias políticas, y aplicando los criterios tradicionales
de técnica narrativa, caracterización sicológica,
ete, los lectores fácilmente podrían concluir que
El corazón de la mujer (1869). de Soledad Acosta de
Samper, estaría entre las cuatro "mejores' novelas del siglo
XIX. al lado de Acosta de Samper comenzó su carrera
literaria desempeñándose en un papel secundario, tal
como se esperaba de la mujer en el siglo XIX, es decir, traduciendo
novelas del francés al español. Estudió en
Nova Scotia y París, y entre 1858 y 1863 viajó en
compañía de su esposo, José María Samper,
por Europa y Perú. Fue una católica
fervorosa, y asumió su función de escritora como una
obligación moral de enseñar costumbres sanas y catolicismo
al pueblo inculto de su país. En un artículo de 1895
sobre la misión de la mujer escritora en América Latina,
Acosta de Samper explica su ideología: '¿Cuál es la
misión de la mujer en el mundo? Indudablemente que la de
suavizar las costumbres, moralizar y cristianizar las sociedades..."27
Creía que la mujer colombiana debía ser educada en
estos principios, y que la sociedad debía considerar aquellas
mujeres 'correctamente' educadas, en condiciones de igualdad con
los hombres. En 1878 fundó La mujer, el primer periódico
en el país bajo los auspicios femeninos, En el contexto de
su época, sus conceptos sobre las costumbres, la moral y
la mujer, hicieron de ella una intelectual de excepción,
que podría catalogarse inclusive como de tendencia progresista.
En su novela El
corazón de la mujer, interrelaciona seis historias de seis
mujeres diferente, víctimas de las condiciones sociales de
tipo colonial que todavía se vivían al principio del
siglo XIX. Algunas de las protagonistas están sometidas a
matrimonios arreglados por sus padres, lo que era una norma colonial.
A pesar del sufrimiento de aquellas mujeres sometidas férreamente
al yugo masculino, yugo autorizado por la iglesia, ellas se resisten
y se perfilan en ocasiones como figuras de mayor fuerza que los
mismos hombres. Sus novelas Dolores (1867) y Teresa la limeña
(1868), ofrecen ideologemas similares, que postulan que el valor
de la mujer radica en su capacidad para la crianza de los hombres28.
Sus otras novelas son histórico-románticas29.
Gil Bayle 81876), la primera de estas, está ambientada en
la España medieval y renacentista.
Las obras de Eugenio Díaz y de Próspero
Pereir Gamboa parecerían de poca importancia literaria si
las comparásemos con la vasta producción de Soledad
Acosta de samper, en aquellos años de 1863 a 1885. Sin embargo,
estos escritores también contribuyeron al diálogo
ideológico. Por aquella época, la mayoría de
los novelistas se orientaban hacia la Utopía Liberal.ñ
Eugenio Díaz, por el contrario, expresa su nostalgía
por la Srcadia Heleno-Católica. El rejo de enlazar (1873)
evoca la vida cortesana en dos haciendas rurales, enfatizando las
costumbres tranquilas del campo, que de repente se ven brutalmente
mancilladas por la revuelta liberal. Un personaje de la novela opina
que las constituciones liberales son verdaderos ataques contra las
buenas costumbres,. La revolución de Melo en 1854 es el centro
del argumento de la nvoela, en la que al final se restablecen la
paz y el orden y pueden celebrarse ciertos matrimonios que habían
quedado pendientes por causa de los disturbios. Los aguinaldos en
Chapinero (1873) también de Díaz, describe las costumbres
navideñas de la clase media bogotana. Amores de estudiante
(1865), de Próspero Pereria Gamba, al igual que El rejo de
enlazar, ficcionaliza el impacto de la guerra civil sobre las costumbres
del país, pero en esta obra, es de mayor importancia el incidente
amoroso de los protagonistas que el conflicto de la política.
Por fin, en el período de 1886 a 1909, confluyeron
los proyectos arcádicos y utópicos en una sola respuesta,
identificada como la Regeneración en lo político,
y la Atenas Suramericana en lo cultural. No es posible determinar
con exactitud el origen del concepto Atenas Suramericana; sin embargo,
para principios del siglo XX ya era de aceptación general.
Muchos de los conflictos ideológicos que por los años
de 1860 habían aquejado las relaciones entre conservadores
y liberales, quedaron superados a finales del siglo. Cuando se inició
la Regeneración, algunos liberales adhirieron al conservatismo,
como José María Samper y Rafael Nuñez, mientras
el conservador Jorge Isaacs se convertía al liberalismo.
En todo caso, los valores ideológicos del catolicismo y del
humanismo conservador, simbolizados en la frase La Atenas Suramericana
estaban en ascenso.
De acuerdo a la retórica oficial,
la Regeneración buscaba unidad nacional y lugar preponderante
para la Iglesia Católica como institución. El presidente
Rafael Núñez expresó la esencia de la regeneración
en el tan frecuentemente citado mensaje al Congreso de 1888; " Pero
para lo fundamental y permanente, los elementos cardinales serán
el cultivo del sentimiento religioso, que regenera mostrando lo
infinito, y la instrucción activamente propagada con la savia
de ese mismo sentimiento'(sic)30 En
relación a este período, a menudo se enfatizan los
conflictos entre la libertad y la tiranía o entre la razón
y la autoridad. En verdad, los liberales sufrieron represión
política durante esos años, como
se evidencia al estudiar las actividades de La Gruta Simbólica;
actividades que fueron ficcionalizadas en la obra de Clímaco
Soto Borda. Sin embargo, en una investigación reciente sobre
la época de la Regeneración, se argumenta con buenas
bases que no se trataba de un conflicto abstracto, de carácter
filosófico, entre dos partidos políticos, sino de
una coalición elitista creada por factores económicos,
como fueron específicamente las crisis de los sectores del
tabaco y la quina en la segunda mitad del Siglo XIX31.
Esta coalición de grupos de la clase alta se
empeñó en civilizar la oligarquía de acuerdo
a sus gustos, organizando por primera vez numerosos grupos literarios
y difundiendo activamente la literatura en libros y revistas. Hubo
tertulias literarias en Bogotá y Medellín, en los
primeros años del nuevo siglo. Los aristócratas tenían
acceso a los clásicos y a las últimas publicaciones
europeas, y durante la Regeneración, la clase dirigente llevó
a cabo el primero de una serie de intentos para popularizar institucionalmente
la literatura dentro de la clase media. Entre 1894 y 1910, Jorge
Roa editó la Biblioteca popular, compuesta por 179 títulos,
de los cuales 69 fueron de colombianos. En general, los escritores
colombianos incluidos fueron hombres de letras del estilo de Pombo
y los dos Caro; no se incluían novelistas, aunque sí
alguna que otra ficción.
Los principales intelectuales del
período de 1886 a 1909 fueron Rafael Núñez
(1825 - 1894), Miguel Antonio Caro (1843 - 1909), Rufino José
Cuervo (1844 - 1911y José Asunción Silva (1865-1896).
Nuñez fue presidente y Caro vicepresidente. Caro llegó
también a la Presidencia. Ambos publicaron32
poesía y fueron considerados los poetas 'oficiales' de la
época . Núñez compuso el Himno nacional, que
aún hoy continúa vigente. Gilberto Gómez Ocampo
ha demostrado cómo el texto del himno presenta paralelismos
estrechos con la Constitución de 1886, la cual, a su vez,
fue el instrumento político para legitimar la Regeneración.
Estos cuatro líderes e intelectuales de la Regeneración,
no fueron conocidos como novelistas sino más bien como poetas
y lingüistas, aunque Silva sí publicó una novela
modernista, De sobremesa (1896).
Eustaquio Palacios, Soledad Acosta de Samper, José
Manuel Marroquín, Tomas Carrasquilla y José María
Vargas Vila fueron los novelistas más renocidos entre 1886
y 1909. Palacios, Acosta de Samper y Marroquín estuvieron
vinculados a la Regeneración. Palacios fue un oligarca de
la región del Gran Cauca, quien, en su novela El alférez
real (1886), evoca el orden aristocrático rural de la
colonia en aquella región caucana. El desenlace de la trama
reafirma tal ordenamiento: el protagonista descubre, en la parte
final, su origen aristocrático, lo que le permite casarse
con la mujer de alcurnia a quien ama. Acosta de
Samper se interesó más en el ensayo y la bibliografía
que en publicar las novelas Los piratas en cartagena (1886) y una
holandesa en América (1888). Inclusive defendió el
género de la ficción frente al ensayo como vehículo
ideológico: 'En el siglo XVIII todos se ocupaban de leer
obras filosóficas, y se desdeñaba toda forma de literatura
que no fuera esa; hoy se ha puesto de moda la novela, y tanto los
viejos como los niños y las mujeres, los letrados como los
ignorantes, no quieren ocuparse sino del género novelesco;
por lo que, quien quiera hacer popular una idea, tiene que vestirla
con ese ropaje"33. A pesar de que
ella se queja de tener que escribir contra una mentalidad del siglo
XVIII, este prólogo es en realidad una defensa de la novela
en un periodo en el cual la poesía conllevaba
mayor prestigio social, y el ensayo producía mejores resultados
políticos. Los piratas en Cartagena es una novela
histórica bajo los delineamientos ideológicos de la
Regeneración. Las primeras novelas colombianas, escritas
a menudo por liberales, habían condenado diversos aspectos
de la conquista y la colonia española. En Los piratas
en Cartagena se defiende a los españoles y se novelan
las acciones de los piratas franceses e ingleses de aquel período,
Acosta de Samper adorna, además, su libro, con una dedicatoria
al presidente Núñez: 'como un público testimonio
del grande aprecio y verdadera amistad que profeso al regenerador
de mi patria y al más ilustre de los hijos de Cartagena34.
En su respuesta, Núñez alude a los 'vínculos
políticos' que los une en su 'obra de salvación nacional'.
La novela relata varias anécdotas de carácter histórico
cuyo centro es Cartagena, entre los siglos XVI y XVIII. Una holandesa
en América, por su parte, contrasta la visión ideal
sobre América de los europeos, con las violentas realidades
sociales y políticas de la Colombia del siglo XIX.
El conservador Marroquín ocupó
la Presidencia entre 1898 y 1904. Fue costumbrista prolífico
y autor de cuatro novelas. Descrito por Frank Duffey como 'siempre
correcto', quizás el 'mejor de los costumbristas colombianos',
entre otras funciones sirvió de maestro de las buenas maneras
del público lector de la clase media35.
Al final de su vida escribió Blas- Gil (1896), El
moro, (1897), Entre primos (1897), Amores y leyes (1898),
novelas a las que también podría otorgárselas
el calificativo de 'correctas' y 'castizas'. En efecto ' su contemporáneo
José María Rivas Groot, en un comentario sobre Blas
Gil, compara a Marroquín con los escritores españoles
del siglo de oro, y con Valera y Pardo Bazán. Las novelas
de Marroquín responden al impulso realista y a la necesidad
patriótica de apoyar la Regeneración. Blas Gil,
escrita dentro de la tradición picaresca española,
cuestiona algunas prácticas políticas
y gubernamentales de Colombia. Sin embargo, las normas implícitas
que manifiesta el autor son en esencia conservadoras, ya que el
narrador - protagonista asume un tono cínico al referirse
al 'flamante progreso' del país por los años finales
del siglo. El protagonista cuenta su vida, desde la niñez
-que transcurre en un un seminario-hasta su madurez, cuando se casa
y regresa a la casa paterna, con lo que se reestablece el orden
inicial. Al final, se encuentra tan cansado que rehusa continuar
con sus 'reflexiones morales, religiosas, poéticas y hasta
políticas" 36. Tal indiferencia
intelectual al final de la obra podría simbolizar las actitudes
de la clase alta durante la Regeneración. El moro termina
con una anotación parecida. En la segunda página de
la novela, el narrador - protagonista descubre su naturaleza equína,
recurso técnico que le permite hacer comentarios
ocasionales graciosos o irreverentes sobre las sociedad revela la
ideología de Marroquín. Al terminar el relato, aparece
'El Progreso: empresa colombiana de transportes para dentro de la
ciudad' que reemplaza el caballo como medio de transporte. Aquella
incipiente modernidad tecnológica deja al narrador - protagonista,
al igual que a Marroquín, contemplando con nostalgia la gentil
gallardía de la vida del XIX. Entre primos también
ofrece un contraste entre la citadina Bogotá y la antigua
vida rural de las grandes haciendas. Representa además un
excelente ejemplo de la ficción bien elaborada, de corte
naturalista - realista propio de aquel período37
En Amores y leyes, Marroquín, en su carácter
de ideólogo de la Regeneración, defiende la práctica
del matrimonio por la iglesia en Colombia.
Las primeras obras de ficción de Tomás
Carrasquilla y José María Vargas Vila no estuvieron
cercanas ideológicamente a la Regeneración. Vargas
Vila fue un liberal de voz estridente que escribió en directa
oposicion a ella. Carrasquilla, por su parte, en Frutos de mi
tierra (1896), al igual que Marroquín, demuestra sensibilidad
para percibir la llegada de la modernidad, y expresa cierta nostalgia
por el pasado rural en vías de desaparición. El narrador
de esta novela, sin embargo, es mucho más satírico
al referirse a la sociedad colombiana, y asume una actitud mucho
más progresista respecto a la cultura local, a la vez que
integra dentro del texto la cultura popular y oral. Vargas Vila
no sólo se expresa en forma irreverente contra la Regeneración,
al igual que Carrasquilla en Antioquia y Soto Borda en el Altiplano,
sino que ofende continuamente a la clase alta. Si Marroquín
es prototipo del intelectual de la Regeneración que escribe
bien, es decir, que manipula los elementos de la ficción
para adornar una ideología, Vargas Vila representaría
exactamente lo contrario. Las técnicas literarias de Vargas
Vila, en su mayoría, consisten en mezclas de lugares comunes
del romanticismo con un lenguaje modernista y cosmopolita, de moda
en aquella época entre los intelectuales bogotanos. Fue uno
de los escritores colombianos más prolíficos y de
mayor difusión en toda la historia del país; sin embargo,
no escribió ninguna novela sobresaliente. Durante este período
publicó Aura o las violetas (1889), Flor de fango (1895),
Ibis (1900), Alba roja (1901), Las rosas de la tarde (1901)
y La simiente (1905). Tales obras contienen argumentos escandalizadores,
adobados con ciertas prácticas sexuales consideradas tabú
en aquella época, lo cual las colocó en las listas
de lecturas prohibidas para los estudiantes de varias generaciones,
y las hizo inaceptables como literatura para los intelectuales de
la Regeneración y para sus seguidores.
Los años de 1910 a 1929 estuvieron caracterizados
no sólo por la dominación conservadora, sino también
por la Atenas Suramericana, que paradójicamente vivió
en este período su mayor fortalecimiento y su canto de cisne.
A pesar de los escritos irreverentes de Vargas Vila y Soto Borda,
y siguiendo el ejemplo de los hombres de letras de la Regeneración,
la literatura continuaba desempeñando su papel respetable
de rectora de la ideología y la moral. Quizás fue
el presidente conservador Marco Fidel Suárez, el ejemplo
más prominente entre quienes buscaban efectos socialmente
benéficos con la escritura. Sus ensayos estaban además
encaminados a lograr su propia legitimación frente a la clase
alta, dado que su origen no era aristocrático. Fue el último
representante en el poder del viejo ideal de una Arcadia Heleno-Católica
en la Atenas Suramericana. En otras palabras, como afirmó
un historiador, fue el último representante de la nación
pastoril38.
De 1910 a 1929 se vivió un período de
paz sin precedentes, nunca antes ni después alcanzado en
Colombia. En la década de 1920 se vieron cambios vitales
en el aspecto socio-económico Después de la guerra
de los Mil Días, al comienzo del siglo, no hubo ningún
conflicto de magnitud nacional. Sólo en los años 30
aparecieron los primeros síntomas de la Violencia, en sitios
rurales, por ejemplo en Caldas. Se estableció la Sociedad
Colombo Alemana de Transportes Aéreos (Scadta) en 1919, y
las primeras transmisiones de radio en 1925, signos iniciales de
modernización. Respecto a la cultura, algunas empresas editoras
regionales comenzaron a publicar novelas y a distribuirlas dentro
de sus regiones. El periódico El Tiempo, de carácter
nacional, inició en 1923 la publicación de un suplemento
cultural los domingos, y El Espectador, otro diario también
de carácter nacional, hizo su debut con un semanario literario
al año siguiente.
Con frecuencia, al referirse a este
período, se habla de dos generaciones: la del Centenario
y la de Los Nuevos. Siguiendo la idea española del desarrollo
orgánico de la literatura nacionall a través de generaciones
sucesivas, a partir de la generación del 98, y de acuerdo
a la teoría de las generaciones, tal como fue formulada en
1963 por Juan José Arrom, en su estudio publicado en Bogotá,
los intelectuales colombianos le habrían otorgado a las generaciones
del Centenario y de Los Nuevos el papel de crear una literatura
nacional orgánica39 . Abel
Naranjo Villegas, por ejemplo, en su estudio de las generaciones
en Colombia, define siete que supuestamente llevaron el liderazgo
y la construcción de la nacionalidad desde la independencia
hasta la década de 198040.
Ernesto Cortés Ahumada, en un estudio de 1968, describe doce
generaciones que habrían controlado el destino del país
desde 1795 hasta 1990. Cortés Ahumada identifica varios intelectuales
en posiciones de poder entre 1900 y 1930, que corresponden básicamente
a la generación del Centenario: 41 políticos incluyendo
a Clímaco Soto Borda, 78 periodistas, 44 poetas, 23 novelistas
y cuentistas, 18 ensayistas, 26 historiadores, 12 oradores y 8 eclesiásticos,
entre otros. Podría hacerse una lista igualmente larga de
la generación de Los Nuevos, hacia los años de 1920,
encabezada por los poetas León de Greiff y Rafael Maya.
Hay, sin embargo, penosos cuestionamientos respecto
a la conceptualización de la vida intelectual y de la actividad
literaria colombiana, como pasos generacionales y orgánicos
hacia la constitución de una literatura nacional. El más
espinoso, ya mencionado en los capítulos anteriores, es el
del regionalismo. La mayoría de aquellos intelectuales, de
hecho, tenían poco contacto entre sí. Para recordar
tales dicotomías regionales, podría mencionarse que
durante la presidencia del humanista católico
Marco Fidel Suárez, Ramón Vinyes publicaba en Barranquilla
la revista de avanzada Voces, difundiendo en la Costa las ideas
de los escritores europeos de moda. La supuesta unidad generacional
queda evidentemente desarticulada entre aquellos que leían
la poesía futurista europea y los que seguían en la
región Andina la orientación de Suárez. Los
Nuevos, por su parte, fueron en realidad un pequeiío grupo
de poetas, no un fenómeno de carácter nacional. Así,
algunos escritores que han estudiado aquella época, han cuestionado
la idea de la existencia de Los Nuevos como una verdadera y coherente
generación de escritores41.
Ninguna mujer, en el período
de 1910 a 1930, alcanzó la dimensión de Soledad Acosta
de Samper, aunque varias distinguidas escritoras incursionaron en
la literatura en aquella sociedad patriarcal de los años
20. María Eastman, Fita Uribe y María Cano, antioqueñas,
comenzaron su labor periodística en aquella década.
En 1924, El Tiempo inauguró su 'Página Femenina'.
Por aquellos años también fue fundado el Gimnasio
Femenino, que ofrecía una educación clásica
a unas pocas mujeres de la oligarquía, práctica de
exclusividad en la educación que tradicionalmente venía
aplicándose con el sexo masculino42.
Otras intelectuales activas fueron Ecco Neli, Luz Stella, Teresita
Restrepo Millán y Sofía Ospina de Navarro. Ecco Neli
(seudónimo) publicó una novela corta, El tío
Gaspar, que apareció en La novela semanal (1923).
Desde la perspectiva política,
el novelista más importante del momento, sin duda, fue José
Eustasio Rivera. Hacia 1920 la inquietud nacionalista agitaba
el panorama de la cultura, y se hacían intentos por establecer
una 'cultura nacional'. El himno patrio se adoptó en 1920,
y en 1923 se polemizó alrededor del tema de la existencia
de una música nacional43 .
Emilio Murillo, Pedro Morales-Pino, Guillermo Quevedo y Luis A.
Calvo participaron en los debates y fomentaron el concepto de una
música genuinamente colombiana. En modo parecido, Antonio
Alvarez Lleras, Luis Enrique Osorio y Rafael Burgos,
impulsaron el teatro del país, y en 1927 se fundó
una compañía cinematográfica nacional. La novela,
sin embargo, fue el eslabón perdido de aquella 'cultura nacional'.
La vorágine de Rivera fue la respuesta del momento,
y la reacción apabulladora a su favor de todo el país,
ha evitado desde entonces el diálogo legítimo sobre
su valor auténtico. La vorágine ha sido la
novela nacional de la Atenas Suramericana, tal como la llamó
un crítico importante en 1924. Desde su
primer momento estuvo predestinada al éxito44
; era la obra urgentemente esperada, y fueron los mismos lectores
los encargados de enaltecerla como el ideal de novela nacional.
Luis Eduardo Nieto Caballero proclamó en 1924, que era uno
de los 'libros defínitivos del trópico', y que todo
patriota debería tenerlo
en su casa45 . Otra de las primeras
reseñas exaltaba su contribución a la cultura del
país y al patriotismo46 . Antonio
Gómez Restrepo, una de las voces de mayor autoridad en el
campo de la literatura por varias décadas, concluía
su comentario, escrito a principios de 1925, con el pronóstico
de que La vorágine sería 'una de las obras
más típicas y originales de nuestra literatura nacional47
Rivera, como si se hubiese sentido predestinado a la fama, escribió
una de las obras literarias más autoconscientes de la región
Andina, tal como se analizará en el capítulo 3.
Rivera utilizó hábilmente
la imagen de poeta y esteta que el público se había
forj ado de él, imagen que le sirvió en su novela
para caracterizar a Arturo Cova. Como es lógico, en aquel
momento muchos lectores no comprendían las distinciones del
New Criticism entre autor y narrador. Carrasquilla, por el
contrario, propuso la idea de una novela nacional basada no en la
imagen de una persona, sino en valores nacionales. Opinó
que la novela de Rivera era ."una lata'. En este sentido, las actitudes
regionalistas de Carrasquilla podrían interpretarse también
como un rechazo al poder central que ejercían los humanistas
de la Atenas Suramericana48
Carrasquilla había proclamado,
en 1906, una forma de independencia literaria, basada en la novela
moderna, pero liberada de modelos extranjeros49.
Sin embargo, a pesar de tales alusiones a la modernidad, la obra
de Carrasquilla se inscribe en lo tradicional, y es un canto a la
Antioquia rural del siglo XIX, y a sus tradicionales
valores orales y populares. Su novela Grandeza (1910) describe a
los nuevos ricos de Medellín a finales del siglo, y relata
la ruina financiera de la protagonista, quien está obsesionada
por el futuro de sus hijas. Para contradecir el esteticismo de los
intelectuales bogotanos, Carrasquilla afirma en el prólogo,
que Grandeza no incluye conceptualizaciones estéticas, sino
algunas observaciones sobre el medio ambiente50.
La marquesa de Yolombó (1 928) por su parte, es una
síntesis del proyecto de su autor sobre la novela nacional,
basada en valores regionales, y está ambientada en un pueblo
antioqueño del siglo XVIII.
Clímaco Soto Borda, al contrario de Rivera
y Carrasquilla, no tuvo intención de escribir la novela nacional,
ni se le ocurrió proponer tal idea. En vez de asumir una
actitud conciliadora frente al establecimiento literario y frente
a sus oponentes políticos, Soto Borda, por la época
en que escribía Diana cazadora (1915), asumió el discurso
de la oposición para luchar contra la Regeneración
que detentaba el poder. Soto Borda y otros liberales se reunían
en 'tertulias' principalmente con los del grupo de La Gruta Simbólica,
para hablar y escribir de manera satírica contra el gobierno
conservador. Tanto los personajes de Diana cazadora, como los integrantes
de La Gruta Simbólica, se sentían oprimidos por lo
que denominaban 'la ratonera regeneradora'. Soto Borda también
se expresa satíricamente contra la modernidad incipiente,
que describe como si estuviese en crisis, y ridiculiza a la Iglesia
Católica, institución evidentemente asociada a la
Regeneración.
Otros novelistas del período
de 19 10 a 1929 fueron los antioqueños Arturo Suárez
y Luis López de Mesa; los de la región Andina José
María Vargas Vila y Daniel Samper Ortega; y Gregorio Sánchez
Gómez del Gran Cauca. Suárez y Sánchez Gómez
fueron prolíficos y pertenecieron a la primera generación
de escritores mediocres, que pudieron publicar sus obras por la
aparición de nuevas imprentas y por el crecimiento de una
clase media lectora. En algunos aspectos, sus carreras se asemejan
a las de ciertos novelistas profesionales modernos, que buscan congraciarse
con la clase media. Suárez ambientó sus obras en las
zonas rurales de Antioquia y defendió los terratenientes
y los valores conservadores de la Iglesia51.
Sánchez Gómez fascinó a sus lectores con estereotipos
sicológicos en personajes que habían sido víctimas
del resquebrajamiento moral de la sociedad. López de Mesa
llevó su caracterización sicológica a niveles
más fundamentales en sus novelas La tragedia de Nilse
(1928) y La biografía de Gloria Etzel (1919).
Daniel Samper Ortega y Vargas Vila representan el
extremo opuesto en el diálogo ideológico de aquel
periodo. Samper Ortega se dedicó a difundir los buenos modales
para fomentar la educación del pueblo. Pensaba que la educación
de las masas impulsaría el cambio social, y en consecuencia,
le dió a sus novelas valor pedagógico. Vargas Vila,
por el contrario, publicó obras de ficción en las
que difundía las aberraciones que practicaban sus personajes
irreverentes y perversos. La literatura buscaba pues varios objetivos
a comienzos del siglo XX, y las novelas aceptadas oficialmente conllevaban
un proyecto ideológico y moral. Por eso, los escritos de
Suárez, Sánchez Gómez y Samper Ortega aparecieron
con frecuencia en publicaciones oficiales. No los del polémico
y ofensivo Vargas Vila.
De 1930 a 1946, los gobiernos liberales
impulsaron la modernización, que alcanzó su mayor
fuerza con la 'Revolución en marcha" en el gobierno de Alfonso
López Pumarejo. En el campo literario, sin embargo, se continuaba
reconociendo principalmente la poesía elitista y conservadora.
Guillermo Valencia, el poeta más reverenciado en toda la
historia del país, hasta los años de 1940, era considerado
el poeta nacional52 . La novela, a
menudo escrita por liberales, era tenida por un género menor.
Se pensaba que la literatura era el campo propicio en donde germinaban
los poetas que traerían un mensaje de valores universales
e inmutables. Pero después de la acogida frenética
de La vorágine, muchos quisieron imitarla.
Al seguir paso a paso la historia
literaria, tal como se la presenta usualmente, los siguientes capítulos
son los de la generación de 'Piedra y Cielo' y 'Cántico'.
El poeta Jorge Rojas inició el grupo 'Piedra y Cielo' en
1939, con la publicación de una colección de poesía
en la que se utilizó tal título. Los poetas Rojas,
Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramírez, Carlos Martín,
Tomás Vargas Osorio y Gerardo Valencia se catalogan, a menudo,
en esta generación, que se nutrió de la poesía
de Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti y Gerardo Diego53.
Jaime Ibáñez estableció el grupo 'Cántico',
hacia 1944, bautizándolo obviamente en homenaje a Jorge Guillén.
La discusión sobre 'lo nacional' fue uno
de los primeros resultados de tales generaciones o grupos; discusión
en la que se buscaba justificar una identidad propia, a través
de un proceso de autoinstitucionalización. . Algunas polémicas
adelantadas por los poetas de 'Piedra y Cielo', como la que protagonizó
Juan Lozano y Lozano en 1940, sólo contribuyeron a la legitimación
del grupo como representante auténtico de la literatura nacional54.
Quienes cuestionaban tal legitimidad, argumentaban que estos poetas
estaban obsecados con la poesía y alejados de la verdadera
historia nacional. Cualquiera que sea el bando que se tome frente
a tal enfrentamiento, no debería olvidarse que en realidad
se trataba de un pequeño grupo de poetas asentados en la
culturalrnente poderosa Bogotá de aquellos años.
Cercano a estos poetas funcionó un grupo de
críticos, casi todos conservadores, que defendió la
idea de una tradición orgánica de literatura nacional,
ignorando que se trataba de una nación dividida en regiones
por múltiples factores. En primer lugar, se publicaron varias
obras de historia literaria nacional. Historia de la literatura
colombiana (1938 - 1945) de Antonio Gómez Restrepo, La
literatura colombiana(1940) de Javier Arango Ferrer Letras colombianas
(1944) de Baldomero Sanín Cano, Consideraciones críticas
sobre la literatura colombiana (1944) de Rafael Maya,
Historia de la literatura colombiana (1945) por Gustavo Otero
Muñoz. De todos ellos, el más tradicional y autorizado
ha sido Gómez Restrepo, cuya obra trae implícitas
las siguientes suposiciones: la literatura escrita en la época
colonial es, quizás, la más importante de la historia
literaria del país; la novela es un género menor;
la novela contemporánea prácticamente no existe. La
selección Ortega Samper de literatura colombiana
publicó cien libros entre 1935 y 1937, con la intención
de reafirmar la tradición literaria nacional; pero su contribución
a la novela fue mínima, ya que la mayoría de lo publicado
fueron los ensayos y poemas que habían sido reverenciados
por la élite cultural conservadora.
Dada la sombra conservadora de la poesía de
Valencia, la preponderancia de las varias generaciones de poetas,
y la resonancia de La vorágine, es lógico afirmar
que la novela colombiana en general no tenía las características
adecuadas para florecer en el contexto del país. En verdad,
Colombia no ofrecía el ambiente propicio para el surgimiento
de la novela moderna, de naturaleza innovadora, en constraste
con otros países latinoamericanos, en donde comenzaba a aparecer,
por la década de 1940, ficciones modernas como las de Borges,
Asturias y Carpentier. En 1941 surgió una polémica
cuando Tomás Vargas Osorio propuso unos principios nacionales
y tradicionales como paradigmas de la ficción en el país,
cerrando cualquier influencia extranjera. La 'extranjeridad' es,
por supuesto, un concepto clave de la modernidad europea. Paradójicamente,
la escritura de ficción de Vargas Osorio fue la más
moderna y cosmopolita del período, pero otros escritores
de segunda categoría utilizaron aquellos principios para
justificar su producción anacrónica55.
Colombia no llegaría a tener una novela verdaderamente moderna
hasta García Márquez, quien siguiendo las pautas europeas
y norteamericanas de la modernidad, escribió La hojarasca
en 1955.
Los novelistas más activos durante la República
Liberal fueron César Uribe Piedrahita, Jorge Zalamea Borda,
Bernardo Arias Trujillo y José Antonio Osorio Lizarazo. Uribe
Piedrahita, Zalamea Borda y Arias Trujillo se basaron en los paradigmas
establecidos por Rivera y otros "criollistas" latinoamericanos...
Los tres se preocuparon por la identidad nacional y por el conflicto
social en las zonas rurales. Sin embargo, a diferencia de Rivera,
quien prácticamente ignoró uno de los elementos fundamentales
de la cultura popular, es decir, su contenido oral , Uribe Piedrahita,
Zalamea Borda y Arias Trujillo tuvieron una aguda percepción
de la oralidad, y se preocuparon por integrarla al proyecto de configurar
una novela verdaderamente nacional. Rivera, al igual que otros escritores
de la región Andina, estuvo fascinado con los elementos autoconscientes
del acto mismo de la escritura, característica propia de
las culturas escritas, lo que le evitó interesarse por la
oralidad predominante que lo rodeaba. Zalamea Borda exhibe también
su preocupación por la autoconsciencia narrativa en Cuatro
años a bordo de mí mismo, pero logra cierta
mezcla con la cultura oral costeña.
José Antonio Osorio Lizarazo
y Luis Tablanca cuestionaron los fundamentos teóricos de
la estructura de poder. Escribieron novelas de protesta social.
Osorio Lizarazo fue un escritor prolífico; publicó
alrededor de veinte libros, entre los cuales hay doce novelas. En
las décadas de 1930 y 40, se dedicó a la ficción
de denuncia; en 1938 publicó el ensayo 'La esencia social
de la novela', en el que propone que la única función
legítima de la novela es la social; y entonces debe limitarse
a denunciar, con el fin exclusivo de hacer más fácil
su penetración hasta las facultades imaginativas de la masa...
'56. Tales planteamientos se reflejan
claramente en sus novelas La casa de vecindad (1930),
La cosecha (1935) y Hombres sin presente (1938). En
La casa de vecindad el narrador - protagonista, quien ha
sido víctima de la sociedad, vive marginado en una pensión
de indigentes. Al comienzo del relato está desempleado, y
sufre desesperadamente su vida solitaria. Sus relaciones con una
mujer fracasan y se encuentra incapacitado para sostener a su hija
adoptada. Termina de mendigo. Nunca puede entender las causas de
su estado y tampoco acepta la revolución socialista como
respuesta, porque "el mundo está mal hecho"57.Al
igual que otras obras de ficción del Altiplano, La casa
de vecindad también es autoconsciente. De otro lado,
Hombres sin presente, que ocurre en la ciudad, posee un mensaje
social más abiertamente didáctico y programático.
Es una defensa de los trabajadores urbanos y del derecho a la huelga.
La cosecha denuncia la violencia rural, las manipulaciones
de que se valen los terratenientes y el comportamiento de las clases
altas en contra de los trabajadores de las fincas
cafeteras.
Luis Tablanca también denunció la injusticia
social, y su novela Una derrota sin batalla (1933) fue proclamada
porun crítico como una de las mejores novelas escritas en
el país por aquellos años58.
Cuenta una historia de corrupción política, y por
lo tanto participa en el diálogo ideológico en el
que participaron también Osorio Lizarazo, Uribe Piedrahita
y otros, durante el decenio del 30. Los políticos inescrupulosos
a nivel municipal y regional le causan tal desilusión al
protagonista, que éste se ve obligado a renunciar en forma
inmediata a su cargo en el gobierno. Su carrera, al igual que el
proceso político del país, es pues, 'una derrota sin
batalla'.
La novela de Tablanca, al igual que otras obras de
aquel período, es en realidad un ataque a los fundamentos
ideológicos de la 'Revolución en marcha" de López
Pumarejo, que supuestamente abogaba por un estado dinámico
y moderno. Rafael Gómez Picón, Ernesto Camargo Martínez,
Jaime Ardila Casamitjana, Jaime Ibáñez, y otros, supieron
plantearle a la clase media lectora la problemática propia
de las gentes de tal clase, ya que en vez de novelar las cuestiones
sociales en forma directa, tal como lo hicieron Osorio Lizarazo
y Tablanca, reflejaron en sus escritos la experiencia sicológica
y el sentido emocional de la clase media colombiana de aquellos
años. Por desgracia, sus ficciones tan bien configuradas
no se ajustaron a las necesidades políticas de la derecha
cultural (con sus generaciones de poetas) ni a las de los liberales
en el poder. Los 45 relatos de un burócrata con
cuatro paréntesis (1941), de Gómez Picón,
describen la vida tediosa y enloquecedora de un pequeño burócrata.
Si consideramos tal sofoco existencias como típico de la
clase media baja, el efecto de los relatos se perdió
en 1948 con el bogotazo y con la violencia que se
desencadenó. De la vida de Iván el mayor (1942),
de Camargo Martínez, relata la progresiva desintegración
sicológica del protagonista. Babel (1943), de Ardila Casamitjana,
es la vida de un intelectual joven, que continuamente cuestiona
su papel en una sociedad aún dominada por la retórica
de la Atenas Suramericana.
En 1960, Gabriel García Márquez se quejaba
que la literatura nacional era un fraude59.
Esta afirmación debe entenderse tal como fue formulada:
como un pronunciamiento político acerca del establecimiento
literario en el que se apoyaban los poetas mediocres-como Guillermo
Valencia- quienes aparecían como monumentos nacionales; y
también como un ataque a la débil tradición
crítica que hasta ese momento había sido incapaz,
o sin voluntad, de identificar obras literarias de valor. Entre
1947 y 1974 persistió aquella inseguridad frente al status
de la novela, que ya tenía más de cien años.
En su ensayo, (publicado en 1960), García Márquez
aseguraba que la novela colombiana era inexistente, ya que los últimos
años de la década de 1950 no trajeron frutos para
la novelística del país. El académico extranjero
Gerald Wade, en 1947, había asumido la defensa de aquellos
novelistas que aún seguían escribiendo: 'enceguecidos
por la gran poesía lírica, los críticos colombianos
en sus tratados de literatura le han otorgado a la novela apenas
un lugar secundario60
Quizás los hechos más importantes por
aquellos años (1947- 1974) en relación con la novela,
fueron la publicación de Evolución de la novela en
Colombia (1957) de Antonio Curcio Altamar, la aparición de
Cien años de soledad (1967) de García
Márquez, y el establecimiento de las primeras editoriales
modernas interesadas en la novelística. El ya clásico
estudio de Curcio Altamar legitima la existencia de una tradición
orgánica en la novela colombiana, en contraposición
justamente al criterio de fraude de su contemporáneo García
Márquez. Evolución de la novela en Colombia
es el estudio más ambicioso y completo sobre la novela colombiana
hasta la fecha de su publicación, 1957. Tal como lo sugiere
su título, el principio subyacente del estudio es que la
novela colombiana ha sufrido un proceso de evolución o 'desarrollo'.
Tal principio teleológico supone un bagaje cultural cuestionable.
Implica una novelística colombiana orgánica, en movimiento
progresivo, producida por una cultura nacional; y no toma las ideas
de regionalismo, clase social, ni las contingencias políticas
de los centros de poder. Curcio Altamar presenta la novela colombiana
como un desarrollo a través de los distintos períodos
literarios (realismo, romanticismo, etc.), bajo el presupuesto de
que la historia política y literaria del país es una
réplica -aunque de importancia menor- de la historia europea.
El uso del concepto 'desarrollo' corresponde cronológicamente
a la importación de ideas de 'desarrollo' en Colombia,,en
las esferas política y económica, durante los años
de 1940 y 195061
El éxito abrumador e inmediato de Cien años
de soledad en el mundo hispano a partir de 1967, y luego, en
la década siguiente, en la comunidad internacional, sacudió
las bases del establecimiento literario colombiano. Los letrados
conservadores tradicionalmente habían legitimado (o reprobado)
a los novelistas colombianos; función que asumió desde
los altos 50 el suplemento literario de El Tiempo. García
Márquez, un costeño de clase media desprovisto de
credenciales frente a la eterna élite literaria, fue proclamado
por los centros académicos internacionales, y sobre todo,
por un inmenso número de lectores, como uno de los escritores
más importantes de Occidente. Aunque Isaacs, Rivera, Carrasquilla
y Mejía Vallejo habían tenido cierto reconocimiento
más allá de las fronteras patrias, nunca antes se
le había otorgado tal fervor a un escritor colombiano. Colombia
quedó sorprendida por el fenómeno García Márquez,
el novelista de los best sellers, la celebridad del jet
set, el intelectual de izquierda. El 'Boom' llegó a Colombia
inclusive con mayor vigor que a Estados Unidos y Europa. A principios
de los 70, los novelistas jóvenes se quejaban de 'la sombra'
de García Márquez, bajo la cual sólo había
dos poibilidades: ser una copia lamentable de las obras de éste,
o ser tan pobre que ni siquiera podía compararse con ellas.
Escritores como Gustavo Álvarez Gardeazábal, Fanny
Buitrago, Germán Espinosa y Marco Tulio Aguilera Garramuiío,
y posteriormente Rafael Humberto Moreno-Durán, Roberto Burgos
Cantor y Alba lucía Ángel, respondieron contra tal
'sombra' en formas diferentes, y hacia 1975, aparecieron alternativas
posmodernas que buscaban superar la influencia de Macondo.
El surgimiento de dos empresas modernas, Tercer Mundo
Editores y Editorial Plaza y Janés, permitió a los
novelistas colombianos dirigirse a un verdadero mercado nacional,
en vez del regional, e inclusive, por primera vez, al público
internacional. Tercer Mundo comenzó a operar a principios
de los 60, especialmente en las áreas de ciencias sociales
y literatura. La multinacional Plaza y Janés se interesó
por la novela colombiana a principios de los 70, y en 1974 publicó
un best seller de Gustavo Álvarez Gardeazábal,
El bazar de los idiotas.
Hubo otros factores que contribuyeron a la desregionalización
(o 'nacionalización') y a la modernización de la novela
colombiana. La revista cultural Mito, de inspiración
moderna y cosmopolita, publicó entre 1955 y 1962 textos de
escritores europeos y latinoamericanos modernos, como García
Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Octavio Paz, Julio
Cortázar, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Henry Miller
y Vladimir Nabokov. Se otorgó un premio nacional (el Premio
Esso de Novela) a varios escritores, como Alberto Duque López
por su obra Mateo el flautista (1968), de carácter
experimental y posmoderno. En la década de 1960, un grupo
de poetas desafiantes, conocido como Los Nadaístas, se rebeló
contra las convenciones literarias y sociales, y auspició
un premio para obras novedosas, como la de Germán Pinzón
El terremoto (1966), y la de Humberto Navarro, Los días
más felices del año (1966).
La novelística moderna fue inaugurada en Colombia
con la publicación de tres trabajos netamente faulknerianos:
La hojarasca (1955) de García Márquez; La casa
grande(1962) de álvaro Cepeda Samudio; Respirando el verano
(1962) de Héctor Rojas Herazo. Todos ellos relatan historias
de aristocracias decadentes en la Costa, usando muchas de las estrategias
narrativas de Faulkner. La hojarasca y La casa grande se
refieren a la presencia de la American Fruit Co. en la Costa. La
primera narra el impacto de esta entidad extranjera en un pueblo
tradicional; la segunda tiene como centro la matanza de trabajadores
en huelga de las bananeras, y está basada en hechos históricos
de 1928. Otros aportes significativos a la novelística moderna
del país en este período fueron El día señalado
(1964), de Manuel Mejía Vallejo; Cien años
de soledad (1967), de García Márquez; Respirando
el verano (1967), de Rojas Herazo; Cola de zorro (1970),
de Fanny Buitrago; Dos veces Alicia (1972), de Albalucía
Ángel; y Dabeiba (1973), y El bazar de los idiotas (1974)
de Álvarez Gardeazábal; y también las obras
experimentales Después de la noche (1963) de Eutiquio
Leal, El terremoto de Pinzón, Los días más
felices del Año de Navarro y Mateo el flautista
de Duque López.
El diálogo político en este período
estuvo impulsado principalmente por las novelas de la Violencia.
Estas obras constituyeron una forma de novelización tan generalizada
durante las décadas de 1950 y 1960, que antes de la aparición
del Macondo garcíamarquiano, en el país, los conceptos
de novela contemporánea moderna y novela de la Violencia
eran sinónimos. En tal época se publicaron más
de 40 trabajos de este tipo. En general puede afirmarse que aquellos
lectores no interesados en. los procesos políticos colombianos,
los encontrarán defectuosos. Sin embargo podrían citarse
cuatro excepciones: La calle 10 (1960) de Manuel Zapata Olivella;
La mala hora (1962) de García Marquez; El día señalado
(1963) de Mejía Vallejo, y Cóndores no entierran
todos los días (1972) de Álvarez Gardeazábal.
Estas cuatro obras transmiten ciertas vivencias con la participación
activa del lector, estrategia que es propia de la novela moderna:
en La calle 1 0 y en La mala hora,
Zapata Olivella y García Márquez usan
el escenario de la violencia, principalmente a través de
alusiones indirectas, no mencionando personas, lugares o hechos
concretos. Muchas de las primeras novelas de La Violencia no pudieron
escapar al impulso documental, y frecuentemente estaban sobrecargadas
de hechos cruentos. Zapata Olivella y García Márquez
escribieron con posterioridad ala publicación
de -muchas de aquellas obras, y lograron establecer mayor distancia
entre el lector y los hechos históricos narrados. La calle
10 consta de escenas desarticuladas, y el sentido
de totalidad se logra cuando el lector comprende que un personaje
marginal en una escena es el protagonista de otra62.
Se inicia con la descripción de las condiciones de la clase
pobre de la ciudad, y continúa con ciertos acontecimientos
similares a 'los que ocurrieron en el asesinato de Gaitán
en 1943. Al leer La mala hora prácticamente no se observa
ningún hecho de violencia física, ya que la fuerza
expresiva de esta novela radica en el lenguaje. Describe la vida
opresiva, durante 17 días, en un pueblo anónimo colombiano.
En esta novela rica en heteroglosia, los conflictos lingüisticos
reflejan la pungna entre los individuos y el grupo, representados
por el narrador y los personajes63
Mejía Vallejo yt Alvarez Gardeazábal
le dan a la violencia un tratamiento más faulkneriano, ya
sea desde la perspectiva de las técnicas literarias o de
la misma violencia física. En El día señalado,
Mejía Vallejo, como Faulkner, logra involucrar al lector
con el uso de la estructura y de cambios en el punto de vista. Es
la historia de un pueblo invadido por La Violencia, en el que los
soldados del gobierno persiguen la guerrilla rural, y también,
la historia violenta del personaje. Al final, Mejía Vallejo
desvirtúa el concepto de violencia partidista, dando a entender
que el factor determinante no es político sino sicológico,
por lo irracional de ciertos comportamientos del hombre. En igual
forma, Cóndores no entierran todos los días de
Álvarez Gardeazábal, cuestiona ciertas interpretaciones
de la Violencia, que trataban de explicarla simplemente bajo el
prisma del enfrentamiento liberal - conservador. En esta obra, la
violencia es más bien parte de la tradición familiar
que genera actos humanos inexplicables.
Algunos han intentado caracterizar las mencionadas
cuatro novelas con son tan ideológicas como cualquier otro
texto. Contrario a lo que ocurrió con gran parte de la ficción
de la época, estas obras transmiten su ideología con
el uso de estrategias que evitan los pronunciamientos explícitos.
Invitan al lector a reflexionar, a aceptar o rechazar las interpretaciones
existentes de la violencia, ofreciendo actitudes opuestas. La mayoría
de los novelistas del período, por el contrario, quizás
más involucrados en los hechos, participaron en el diálogo
político en forma tan intensa como habían participado
décadas antes Eugenio Díaz con Manuela, y también
Osorio Lizarazo. El deseo documental es demasiado evidente en obras
como El 9 de abril (1951), de Pedro Gómez Corena,
que se acerca más al ensayo histórico y al documento
que a la novela. Describe el asesinato de Gaitán y la violencia
que se desencadenó en una región llamada 'Risolandia'.
La posición del autor respecto a los hechos es evidente desde
la nota introductoria, en la que declara que la obra se refiere
'al nefasto asesinato del doctor Jorge Eliécer Gaitán'.
En contraste con esta novela, Alfonso Hílarión Sánchez
defiende a los conservadores en Las balas de la ley (1953),
en la que el narrador - protagonista relata su educación
durante los años de violencia liberal en las décadas
de 1930 y 40. Es la historia de un joven inocente corrompido por
la violencia. Viernes 9 (1953), de Ignacio Gómez Dávila,
comienza narrando las relaciones de los integrantes de una familia
urbana; pero con el asesinato de Gaitán, la narración
se convierte en una brutal carnicería. La ciudad y el
viento (1961), de Clemente Airó, es una novela urbana
en la que eventualmente aparecen escenas de violencia, pero termina
con una nota autoconsciente que insinúa que los eventos fueron,
quizás, una pesadilla.
Tal como sugiere René Girard,
la violencia, cuando se aplaca, busca siempre una víctima
sustituta. La cultura que generó la furia de la violencia,
en forma abrupta, va reemplazando sus víctimas, y las escoge
únicamente por su disponibilidad y debilidad64.
En novelas como Vientos seco (1953), de Daniel Caicedo, la
violencia encuentra toda clase de víctimas y de víctimas
sustitutas. Esta novela, al igual que la de Álvarez Gardeazábal,
Cóndores no entierran todos los días, contiene
algunas de las escenas más dramáticas de 'victimización'
entre las novelas de La Violencia. ¿Quien dijo miedo? (1960)
de Jaime Sanín Echeverri, describe las complejas interacciones
ideológicas entre la guerrilla, los criminales comúnes
y las víctimas sustitutas.
Las tres novelas sobre la violencia de Eduardo Caballero
Calderón tienen que ver con individuos, cuyas vidas estuvieron
directa o indirectamente afectadas por el fenómeno socioeconómico.
Tales individuos fueron víctimas o víctimas sustitutas
de la violencia. En El Cristo de espaldas (1952), un hijo
liberal es acusado de haber asesinado a su padre conservador, y
e ljoven cura del pueblo se convierte en la víctima sustituta
cuando trata de defender la causa justa del hijo. El protagonista
de Siervo sin tierra (1954) es víctima de la violencia,
y muere sin siquiera haber intentado recuperar su propia tierra.
Manuel Pacho (1962) expresa su tesis en el epígrafe y en
el epílogo: cualquier persona, no importa qué tan
humilde sea, tiene por lo menos una oportunidad en su vida, de adquirir
el estatus del héroe.
Las novelas de La Violencia proporcionan otro ejemplo
de por qué la novela colombiana se ha considerado un género
menor. Cualquiera sea el partido político o la condición
humana descritos en ellas no se trata del tipo de literatura que
la oligarquía desearía reconocer o difundir. Muchas
de tales obras fueron escritas por liberales, y han pasada, desapercibidas
o han sido duramente censuradas por el establecimiento crítico
conservador. Desde 1840, cuando comenzaron a aparecer pequeños
panfletos de ficción bajo la categoría de 'novelas',
el valor estético ha estado supeditado a las contingencias
política incluyendo las arcadias o utopías iniciales
- principio éste que no debe olvidar el lector que se acerque
a cualquier trabajo de ficción colombiano, ya sea cuestionar
el concepto mayor o menor, conocido o desconocido. Igualmente, uno
debería de tradición literaria nacional orgánica.
Desde el evidente y excepcional de la historia de Colombia, hasta
la voz acertada de García Márquez acerca del fraude
de la literatura colombiana, muchos factores sugieren que las formulaciones
teleológicas sobre la novela colombiana son altamente cuestionables.
1. Frank Safford, 77w Ideal of the Practical:
Colombia's Struggle to Form a Technical Elite, Austin and London,
University of Texas Press, 1976, pp.6-8.
Volver
2. Ibid., p.4
Volver
3. Uso el concepto de institucionalización del
valor literario de acuerdo a Jane Tomkins, Sensational Designs:
The Cultural Work of' American Fiction 1790 - 1860, New York and
Oxford University Press, 1985. Véase especialmente el capítulo VII,
'But Is lt Any Good?: The Institutionalization of Literary Value'.
Volver
4. Bajo el término "conservadores' que utilizo
en este lugar, subyace la idea de que los futuros conservadores
eran denominados 'moderados' en la década de 1830. A finales de
tal década, y en la siguiente, se denominaron '"ministeriales';
hasta la formación del partido conservador en 1849.
Volver
5. Frank Safford, The Ideal of the Practical...
op. cit., p. 31.
Volver
6. Ibid.,p.49
Volver
7. Safford cita directamente la ley del Congreso
de Cúcuta. Véase íbid., p. 50.
Volver
8. Ibid., p. 73.
Volver
9. Terry Eagleton analiza los diferentes conceptos
de literatura en el siglo XVIII en Inglaterra, en Theory of literature,
Minneapolis, University of minnesota Press, 1983. Véase en especial
el capítulo 1, 'The Rise of English'.
Volver
10. Eagleton afirma que los conceptos de 'respuesta
personal' y 'originalidad imaginativa' no habrían tenido ningún
significado para Henry Fielding.
Volver
11. Felipe Pérez está citado por Luis de Greiff
Obregón en Semblanzas y comentarios, Medellín, ediciones Autores
Antioqueños, Vol. 10, 1985, p. 239.
Volver
12. Felipe Pérez, El caballero de la barba negra,
p. 19.
Volver
14. James William Párk cita este contemporáneo
de Madiedo en Rafael Núñez and the Politics of Colombian Regionalism
1863 - 1886, Baton Rouge and London, Louisiana State University
Press, 1985, p. 128.
Volver
15. Frank Safford,The Ideal of the Practical...
op. cit., p. 193.
Volver
16. Frank Duffey, 'The Early Cuadro de Costumbres
in Colombia', University of North Carolina Stud,es in Romance Languages
and Literatures, No. 26, p. 106,Chapel Hill, University of North
Carolina Press, 1956.
Volver
17. José María Samper Matín Flores Bogotá, lmprenta
de Gaitán,1866,p.g.
Volver
18. Ibid., p. 166.
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19. Felipe Pérez, Los jigantes ,Bogotá, Imprenta
de Gaitán,1875,p.4.
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20. Felipe Pérez, Sara, Bogotá, Imprenta Echavarría
Hermanos, 1883, p. 6.
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21. Inés de Hinojosa fue novelada de nuevo en
la década de 1980 por Próspero Morales Pradilla en la novela Los
pecados de Inés de Hinojosa, Véase cap.7
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22. Temístocles Avella Meridoza, Anacaona, Bogotá,
lrnprenta Constitucional, 1865,p.5.
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23. Rafael Mayo, Obra crítica, tomo 1, Bogotá,
Banco de la República, 1982, p. 278.
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24. Ibid., p. 285.
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25. Frank Duffey, The Early Cuadro de Costumbres...op.cit.,
p.111
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26. Soledad Acosta de Samper, "Misión de la
escritora en Hispanoamerica", en La mujer en la sociedad moderna,
paris, Garnier Hermanos, 1895. Reproducido en Revista de estudios
colombianos, No.5, 1988, pp. 3-6
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28. Lucía Guerra Cunningham ha notado cómo las
mujeres crían a los hombres en "La modalidad hermética de la subjetividad
romántica en la narrativa de Soledad Acosta de Samper" En Soledad
Acosta de Samper, una nueva lectura, Bogotá, Ediciones del Fondo
Cultural Cafetero, 1988, pp.353-367
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29. Para un análisis de las otras novelas de
Soledad Acosta de Samper ver Donald Mc.Grady, La novela histórica
en Colombia, Bogotá, Editorial Kelley, s.f.
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30. Fernando Guillén Martínez, La regeneración:
primer frente nacional, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1986,
p.89
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31. Ibid., p. 34.
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32. Gilberto Gómez Ocampo, Entre María y La
Vorágine, la literatura colombiana finisecular (1886 1903), Bogotá,
Fondo Cultural Cafetero, 1988, cap. 1.
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33. Soledad Acosta de Samper, Gil Bayle, Bogotá,
Imprenta de la Luz, 1898, p. 3.
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34. Soledad Acosta de Samper, Los piratas en
Cartagena, Bogotá, Biblioteca Popular Colombiana, 1946, p. 21.
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35. Frank Duffey describe a Marroquín como 'siempre
correcto' y 'quizás el mejor de los costumbristas colombianos',
The Early Cuadro de Costumbres... op. cit., p. 69
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36. Marroquín, Blas Gil, Bogotá, lnstituto Caro
y Cuervo,1973,p.271
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37. Marroquín, "Estudio de Entre primos", Bogotá,
Instituto Caro y Cuervo, 1978, pp.285-486
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38. Carlos Uribe Celis, Los años veinte en Colombia:
ideología y cultura, Bogotá, Ediciones Aurora, 1985, p.18
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39. Juan osé Arrom, Fsquema generacional de
las letras hispanoamericanas, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1963.
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40. Abel Naranjo Villegas, Generaciones colornbianas,
Bogotá, Banco de la República, S.f.
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41. Véase Femando Charry Lara, 'Los poetas de
Los Nuevos', Revista Iberoamericana Números 128 -1291 julio-diciembre
1984, pp. 633 -681.
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42. Carlos Uribe Celis, Los años veinte en Colombia...
op. cit., p. 37.
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43. Ibid., p. 32.
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44. Véase Eduardo Castillo, La Vorágine en Montserrat
Ordóñez, La Vorágine. textos críticos, Bogotá, Alianza Editorial,
1987, p. 41
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45. Ibid., pp. 29 y 34.
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46. Guillermo Manrique Terán, en Ibid., p. 39.
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47. Ibid., p. 47.
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48. Rafael Gutiérrez Girardot, 'La literatura
colombiana en el siglo XX', en Manual de Historia de Colombia, Bogotá,
Colcultura, pp. 470 - 471.
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49. Tomás Carrasquilla, 'Homilía No. 2' en Obras
completas, tomo II, Medellín, Bedout, 1964, p.688. Véase nota 6.
del cap. 5.
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50. Carrasquilla habla de 'nuestro ambiente'
en Obras completas, tomo I, Medellín Bedout, 1958,p. 259.
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51. Armando Romero, '" novela colombiana de
entreguerras', en Revista Iberoamericana 141, oct.-dic. 1987, p.
872.
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52. Armando Romero, Las palabras están en situación,
Bogotá, Procultura, 1985, p.58
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53. Ibid., p. 46.
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54. Ibid., p.47
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55. Jacques Gilard, 'Un eco temprano de la aparición
de Bestiario, Barranquilla, 1951', en Lo lúdico y lo fantástico
en la obra de Cortázar, ed. Saúl Yurkiévich, Caracas, Editorial
Fundamentos
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56. José Antonio Osorio Lizarazo, Novelas y
Crónicas, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1978,p.425
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57. Ibid., p. 82.
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58. Gerald Wade "An Introduction to the Colombian
Novel", Hispania, 30, 4, Noviembre de 1957, p.480
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59. Gabriel García Márquez, "La literatura colombiana,
un fraude a la nación", Obra periodística, Vol.4, Recopilación y
prólogo de Jacques Gilard, Barcelona, Bruguera, 1983, pp.787-793
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60. Wade, "An Introduction to...op.cit., p.467
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61. Arturo Escobar,The 1-Irofessionalization
and Institutionalization of' Development' in Colombia en the Early
Post World War Il Period' Occasional Papers in Latin American Studies,
Staiiford/Berkeley Joint Center for Latin American Studies, No.
14, Spring 1988.
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62. Thomas Kooreman,'Two Novelistic Views of
the Bogotazo',Latin American Literary Review , 3:5,1974, p. 135.
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63. Para un análisis más amplio de la heteroglosia
en La mala hora, véase: Raymond I. Williams, Gabriel García Márquez,
Bostón, G.H. Hall, 1984, pp.66-68
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64. René Gilard, Violence and the Sacred, Baltimore,
Johns Hopkins University Press, 1977, p.2
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