Tradición y deslinde
Natura nonfacit saltus.
Leibnitz
Desde principios del siglo se ha afirmado
insistentemente que la narrativa antioqueña tiene características
únicas en relación con la del resto del país1.
Ya en 1908 Roberto Cortázar llamaba la atención sobre
este particular, acentuando su carácter realista. Si bien
es claro que la obra de arte no puede ser definida en su totalidad
como un producto de la geografía y las condiciones sociales,
podríamos aventurar algunos elementos históricos e
ideológicos bastante conocidos, para explicar, por lo menos
en parte, ese singular modo de ser.
Durante la colonización española los
pobladores blancos de la región utilizaron comparativamente
pocos esclavos e indios, lo que produjo un índice bajo de
mestizaje y, por consiguiente, un caudal pobre de mitologías
negra e indígena. Además, muchos colonos sobrellevaron
en persona las labores manuales, tanto en la minería como
en la agricultura, desarrollando una ética particular de
trabajo que, posteriormente, cantaría con rasgos clásicos
de epopeya Gregorio Gutiérrez González (1826-1872)
en su famosa "Memoria sobre el cultivo del maíz'.
Otro elemento, ya notado hacia 1940
por James Parsons en su estudio pionero sobre la colonizacion antioqueña,
es el del número reducido de apellidos, lo que según
este historiador indicaría que la geografía abrupta
había impuesto cierta selección sobre los inmigrantes
españoles, convirtiéndolos en un grupo cerrado. El
mismo Parsons alude al mito del origen sefardita de algunos colonos,
"lo que ha contribuido a la reputación de ambiciosos,
de negociantes inteligentes, dotados de aptitudes superiores para
el negocioy el comercio". Otros estudios, por su parte, han
comprobado que la endogamia y el incesto fueron prácticas
generalizadas en la época de la colonización.2
Estas creencias sobre el origen y
el carácter de los antioquenos han sido generalmente relacionadas
con una unidad de estilo literario dentro del realismo: javier Arango
Ferrer afirmó que la literatura en Antioquia goza de coherencia
debido a "la unidad en la inteligencia y en el carácter"
del pueblo antioqueño.3
En el siglo XIX surgieron en la región
las primeras corrientes colonizadoras en busca de guacas o minas
en las tierras al sur del Departamento. Este movimiento, nacido
en lo profundo de la provincia por causas que todavía son
de controversia, coincidió con la avanzada del capitalismo
inglés y norteamericano, que se extendía por Latinoamérica
y que llegó a Antioquia atraído por sus riquezas mineras.
Así, vinieron decenas de ingenieros anglosajones portadores,
no sólo de una tecnología, sino, sobre todo, de las
ideas positivistas imperantes en la época, que no hicieron
otra cosa que reforzar el espíritu práctico de los
ancestros.4
Estos primeros contactos fueron seguidos por el auge
de la economía cafetera que llevó a los comerciantes
antioquenos a vincularse con los centros internacionales para colocar
sus excelentes de producción. Así, el café
y la minería crearon la infraestructura técnica y
de capital, y la disciplina de trabajo que permitieron el posterior
surgimiento de la industria textil. La filosofía importada
confirmó y reforzó las políticas tradicionales.
No hubo choque cultural. Tales fueron las vías de arribo
de Antioquia a la modernidad.
El fundador de la tradición antioquena en narrativa
fue Juan de Dios Restrepo (Amagá, 1825 - Ibagué, 1894),
quien formado en la lectura de Larra, Mesonero Romanos, Hugo y Balzac,
escribió excelentes cuadros de costumbres bajo el seudónimo
de Emiro Kastos. Sin embargo, hacia 1859 abandonó la pluma
para dedicarse al comercio y a la minería, no sin antes exponer
su concepto deningrante del género novelístico:
Las novelas hacen perder el gusto por los estudios
positivos, las ocupaciones serias (...) enferman la imaginación,
falsean el carácter, lanzan el alma en aspiraciones fantásticas
(...)
Podríamos, en primer lugar, interpretar estas
palabras como un ataque, no a la novela en general -ya que él
mismo cultivó el costumbrismo, que en muchos aspectos es
un género cercano a la novela realista-, sino a la novela
fantástica, a la romántica o imaginativa.
¿Qué quiso decir Juan de Dios Restrepo con
"estudios positivos' y con 'ocupaciones serias'?
Para los positivistas ingleses y norteamericanos del
siglo pasado, la ciencia es el único conocimiento válido,
y hasta la filosofía y las artes deben adoptar el método
científico. Augusto Comte pensaba que todo aquello que no
se manifieste por hechos concretos debe dejarse de lado, y que no
hay necesidad de perder tiempo en la búsqueda de las causas
últimas y en el origen de los fenómenos. Así,
la mitología y la magia estarían por fuera del ámbito
del positivismo. El objeto de la ciencia es permitir la predicción
de los fenómenos y el dominio del medio, pero no debe irse
más allá de lo que es científicamente comprobable.
La observación, la experimentación, la comparación
son las herramientas principales, no la especulación ni la
intuición.
Herbert Spencer pensaba que lo único real es
la experiencia. El bienestar del individuo es el fin supremo. Pero
es necesario hacer sacrificios en el presente para obtener beneficios
mayores en el futuro. Quien se preocupa por sí mismo se enriquecerá
y así podrá ser útil a los demás.
John Stuart Mill subrayó la importancia del
individualismo con el argumento de que de la uniformidad sólo
resulta el estancamiento social. Según el utilitarismo, no
se debería tener recato en sacrificar ciertos principios
con tal de que el resultado fuese positivo.
Estas ideas parecen haber condicionado la decisión
de Juan de Dios Restrepo de abandonar la literatura para dedicarse
a los negocios. Además explican la cosmovisión de
un sector importante de la cultura antioqueña, y ya veremos
cómo, en mi concepto, quedan reflejadas en gran parte de
la novelística del Departamento.
Al avanzar el siglo XX, a medida que Antioquia se
veía dominada por los valores de la riqueza y el éxito
económico, creadores como Tomás Carrasquilla y Efe
Gómez impulsaron una narrativa que dibujaba con rasgos de
realismo las características del pueblo y el entorno. Más
que dejar volar la imaginación por los veneros de lo mágico
y lo fantástico, buscaban en lo inmediato la razón
de su escritura, aunque a veces se interesaron por la mitología,
como Carrasquilla en La marquesa de Yolombó (1927); pero
lo hicieron no tanto para exaltar las creencias populares sino para
mostrarlas como curiosidad folclórica. En la novela mencionada
se describen ciertos mitos de los mineros negros como los de 'El
Familiar', "La Madremonte', "La Pata Sola', "El Patetarro", 'El
Bracamonte", "Las Ilusiones'.
El caso de Efe Gómez es ilustrativo; era ingeniero,
matemático brillante e inventor de un sistema para la cianuración
y sulfatación de oro que fue revolucionario en su época.
Trabajó la minería en Marmato, Titiribí, El
Zancudo y el Chocó, y, posteriormente, fue auditor en el
Ferrocarril de Antioquia. Perteneció a la pléyade
de hombres prácticos que explotaron minas, tumbaron monte
y le abrieron caminos al capitalismo. Sus personajes a menudo se
rebelan contra la sociedad, pero ésta los derrota y los lleva
a refugiarse en el alcohol y la desesperación. A veces critica
el sistema: el triunfo del poder y la riqueza no podrían
surgir sino de la corrupción, la falsedad y el robo. Parecería
que a través de la ficción el autor diera escape a
lo que en su actividad diaria de científico y hombre de empresa
debía callar.
La tradición positivista puede rastrearse también
en otros escritores, como Francisco de Paula Rendón y Samuel
Vásquez, cuyas obras se relacionan con la tierra y las formas
tradicionales de la vida. Lo central es lo real, no lo imaginario
ni lo fantástico. Esto se manifiesta en su preocupación
por mantener el tono de su discurso literario cercano al habla del
pueblo, como en el libro de cuentos de Rendón, Inocencia
(1904), en el que en notas de pie de página, se explica el
significado del vocabulario popular.
En las novelas de José Restrepo Jaramillo La
novela de los tres (1926); David hijo de Palestina (1931) y Ventarrón
(publicada póstumamente en 1984) se introducen nuevos elementos,
principalmente el sicológico, por medio de técnicas
de interiorización. En David hijo de Palestina se alude al
pretendido origen judío de los antioqueños, origen
que se elogia como 'una riqueza moral y racial en potencia tan
grande como pueden serio sus ocultas minas de oro y petróleo'.
En Ventarrón encontramos una versión del determinismo
sicológico. El tema principal es la búsqueda del padre.
Jesús María, más conocido como 'Ventarrón'
por su espíritu ligero y desaforado, es hijo natural de María
Rosa, "una muchacha de ventitrés años frescos,
rosados y apetecibles'. Crece sin conocer a su padre, con sentimientos
encontrados y, después de trabajar en los ferrocarriles,
encuentra la pista que lo conduce a un puerto del Pacífico
en donde al encontrar al padre sobreviene la tragedia.
María Cano, Rafael Jaramillo Arango, César
Uribe Piedrahita, entre 1920 y 1940, escribieron narraciones realistas
de diverso tipo para divulgar ideas sociales, denunciar el abuso
a los obreros del petróleo o del caucho, o las matanzas de
indígenas.
Arturo Echeverri Mejía se ocupó del
tema de la violencia y de narraciones de aventuras. Cumpliendo con
el estereotipo del paisa 'todero', fue él mismo hombre de
espíritu positivo, muy dado a la aventura, de quien podría
afirmarse que sólo escribió aquello que vivió.
Entre sus novelas cabe destacar Belchite, (publicada póstumamente
en 1986), sobre el paso de la infancia a la pubertad de Esteban
Gamborena, un muchacho de barrio.
Bernardo Caramillo Sierra, interesado en la historia
de los pobladores de la región en el siglo XVII, publicó
Ana de Castrillón (1952), que incluve al comienzo la siguiente
nota: 'Intercalados en el texto figuran algunos extractos de
archivos y documentos, están entre comillas y conservan
las características de los escritos de la época',
con lo que atestigua su afán de mantener un realismo
estrechamente ajustado a la historia.
Manuel Mejía Vallejo, por su parte, como sus
antecesores, recurre con frecuencia al habla del pueblo v a las
tradiciones orales. En La tierra éramos nosotros (1 945),
ambientada en el campo, se describen las costumbres del pueblo.
En El día señalado (1964) combina el ambiente de realismo
con ciertas innovaciones estructurales. En Aire de tango (1973)
capta el lenguaje y el alma del Barrio Guayaquil en Medellín
y el culto popular por esa música.
Marino Troncoso ha estudiado la obra
de este escritor desde la perspectiva del estructuralismo genético,5
y ha definido las relaciones entre sus obras y algunos elementos
sociales: Mejía VaUejo parte de una 'estructura mental" constituida
por la dialéctica vida-muerte, las ideas de nostalgia y soledad,
y el tema del camino. A partir de este núcleo define una
visión de la existencia, volcada hacia el pasado y hacia
el sentimiento de que 'lo importante ha quedado atrás'
(p. 134). Así, la obra del antioqueño buscaría
glorificar unos valores tradicionales que se derrumban' y la descripción
de ciertos rasgos consuetudinarios de una época gloriosa.
Central en el análisis de Troncoso es el concepto
goldmanniano de que la mencionada estructura mental no es creación
del artista sino transmisión social (p. 268): así,
la vida y obra de Mejía Vallejo serían más
bien símbolos de una 'visión colectiva del mundo'
que reflejarían "lo regional antioqueño' a cuya cabeza
estaría el maestro Carrasquilla.
Épica colonizadora
Como es sabido, la colonización antioqueña
no se ha limitado a los territorios de Caldas, sino que ha ido al
Chocó, al Valle del Cauca, al Tolima, al Magdalena Medio,
a los Llanos Orientales y a la Costa Atlántica en Urabá,
Córdoba y Cesar.
Sobre este tema, Jesús Botero Restrepo publicó
Andágueda en 1946 (reeditada en 1986). Es la historia de
unos colonizadores antioqueños en las selvas del Chocó,
a orillas del río Andágueda. Los personajes centrales
son Honorio Ruiz, quien movido por la ambición va dominando
indios y negros, apoderándose del producto del barequeo y
la minería; y, Francisco Rendón, arriero de la mina
'El Torrente', quien intenta robar una remesa y por años
huye por selvas y poblados, enfrentándose finalmente a Honorio
en feroz duelo.
Más que una novela 'indígenista', como
algunos la han calificado, Andágueda, es una apología
del colonizador blanco antioqueño: el héroe, Honorio
Ruiz, por su valor y ambición, por su espíritu positivista,
su libertinaje e inteligencia práctica, va dejando una estela
de fama que poco a poco se hace leyenda.
¿Historia o ficción?: "Terrateniente"
La novela Terrateniente (1980), de corte histórico
y realista, de la escritora Rocío Vélez de Piedrahita,
describe otra faceta del legendario impulso colonizador antioqueño:
los aristócratas metidos a terratenientes en zonas apartadas
v hostiles. Los protagonistas, de clase alta, educados en el exterior,
con respaldo de capital, compran a menos precio praderas y bosques
naturales para crear un emporio agrícola y ganadero.
1. Raymond L. Williams, 'La novela
y el cuento en Antioquia' El Colombiano, Separata de Historia, Medellín,
9 diciembre 1987, pp. 253 - 264.
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2. Pablo Rodríguez Jiménez, Matrimonio
incestuoso en Medellín Colonial, 1700-1810", Revista de extensión
cultural, Universidad Nacional, Medellín, Nos. 24, 25, 1988, pp.52-58
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3. Javier Arango Ferrer, Horas
de Literatura Colombiana, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura,
1978, p.110.
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4. Otto Morales Benítez informa
sobre la llegada de extranjeros a las minas de Marmato, cerca de
Riosucio, en la década de 1920: " Sus apellidos son parte de la
historia y en algunos casos, de la grandeza política e intelectual
del, pueblo..." Declaración personal, Bogotá, Universidad Central,
1985, pp. 24, 25
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5. Marino Troncoso, Proceso
creativo y visión del mundo en Manuel Mejía Vallejo, Bogotá, Procultura,
1986.
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