La utopía
Más allá de la utopía
Según Hesíodo existió una edad
de oro en la que los hombres vivían como dioses, sin penas
en el corazón, liberados del dolor y del trabajo. La miseria
no los amenazaba; gozaban de una fiesta perenne más allá
del alcance de todo mal. Morían como vencidos por el sueño
y la tierra fructífera les abastecía de abundante
alimento. La paz reinaba en sus tierras y eran amados por sus dioses.
Un día, Epimeteo abrió la caja de la
diosa Pandora y los males invadieron la tierra. Surgieron la edad
de plata, luego la de cobre y la de bronce, y finalmente la de hierro,
en la que aún nos debatimos. Teócrito en el siglo
IV a. C. y más tarde Virgilio, sentaron las bases de la poesía
pastoril que en último término significaba la búsqueda
del ideal edénico. Sin embargo, al igual que el paraíso,
el ideal pastoril no tuvo otra realidad que la del arte y la palabra.
La cuarta égloga de Virgilio (quien murió
en 19 a.C) fue interpretada en la Edad Media como otro texto
sagrado. Anuncia en su introducción un nuevo orden (Magnus
ab integro saeclorum nascitur ordo; nacerá una gran era
del tiempo total ... ) que los cristianos interpretaron como el
anuncio de la Regada de Cristo. El aporte original de Virgilio,
sin embargo, fue el de modificar el mito tradicional griego de una
edad de oro al principio de los tiempos, proyectándolo al
futuro, tal como lo había hecho el judaísmo con el
anuncio del Mesías. En ese momento se concilió el
mito griego con el judío dándole una base más
sólida al cristianismo y, por supuesto, a la utopía1
En todo caso, desde siempre la humanidad sufre y se
menta en su miseria y sueña con recuperar ese paraíso
que le extravió. Por eso, el desfile de utopías ha
sido infinito: síodo, Plutarco, Platón, Teócrito,
Virgilio, San Agustín, más Moro, Campanella... Se
ha dicho que Europa emprendió el descubrimiento del Mundo
Nuevo sino el vi de regreso a los orígenes de la civilización
a través de aguas primordiales de la mar océano. Al
abordar las orilla de los nuevos territorios, Cristóbal Colón
creyó estar cerca del paraíso terrenal. Desde ese
momento, y por muchos años América fue la utopía
de los europeos.
Pensadores de todas las estirpes han aplicado su fantasía
para forjar tantas ilusiones religiosas, políticas y sociales
que sería largo e inútil enunciar aquí. En
todo caso, la humanidad sierra quiso un mundo mejor. Pero a medida
que la ciencia y la tecnología van domeñando las enfermedades
y las durezas del clima, vez de acercarnos a la utopía, ésta
parece cada vez más lejana.
Recientemente esta historia de avances científicos
y sueños inalcanzables empezó a convertirse en pesadilla.
En el siglo el salto tecnológico fue tan abrumador, que por
primera v somos conscientes de nuestra capacidad de poner fin a
la existencia de la especie humana. García Márquez
lo dijo en su di curso de Estocolmo al recibir el premio Nobel en
1982:
Los países más prósperos han
logrado acumular suficiente poder de destrucción como para
aniquilar cien veces no sólo todos los seres humanos que
han existido hasta hoy sino la totalidad de los seres vivos que
han pasado por este planeta de infortunios.
En otras palabras ni la ciencia ni
la religión ni el socialismo ni la libre empresa han podido
darnos felicidad. Tampoco han podido erradicar la miseria y, peor
aún, están amenaza do destruir el mundo por dos caminos:
el inmediato del d sastre atómico y el más lento de
la contaminación. Cada día es más claro que
sí es posible la existencia de un infierno creado por el
mismo ser humano: según Jean Servier, hoy no nos preguntamos
si el horror imaginado por Orwell en 1950 es posible o no. Todos
sabemos que sí lo es2.
Desde el romanticismo han Proliferado los sentimientos
de desánimo y las voces de alerta: los escritores malditos,los
nihilismos, los paraísos negativos. Nietzsche, Spengler,
Hidegger; la llamada posmodernidad o posontología. Abundan
los profetas del pesimismo.
De hecho, varias novelas importantes han aparecido
en nuestro siglo para expresar esos sentimientos negativos. Orwell
(1984), Zamyatin (Nosotros), y Huxley (Brave New World) crearon
en realidad "antiutopías' o utopías
negativas en las que han revertido los elementos del mito, para
mostrar los horizontes más negros que recuerde la historia.
Erich Fromm afirma que esta es una de las paradojas más descorazonadoras
de nuestra época: si el hombre renacentista imaginó
un futuro feliz (Moro, Campanella), 400 ó 500 años
más tarde, en la cúspide del desarrollo tecnológico,
tales ilusiones no sólo no se han conseguido, sino que ya
ni siquiera es posible soñarlas hacia el futuro3.
El rumano E. M. Ciorán, en tono más
poético que filosófico, afirma que la esencia misma
de nuestra época es nuestra entrega voluntaria al desengaño
desesperanzado y que son nuestros ascos los que nos individualizan,
nuestras tristezas las que nos conceden un nombre, nuestras pérdidas
las que nos hacen poseedores de nuestro yo. Sólo somos nosotros
mismos por la suma de nuestros fracasos.
Continúa Ciorán: un pueblo se muere
cuando no tiene fuerza para inventar nuevos dioses y nuevos mitos.
Y como desde hace décadas la humanidad se dedicó a
destruir mitologías sin aportar ninguna,
nuestros días están contados. La tierra ha llegado
pues a un estado en el que los hombres gritan "somos los últimos'.
Cansados de futuro y aún más de nosotros mismos,
hemos exprimido el jugo de la tierra y despojado los cielos. Ni
la materia ni el espíritu pueden seguir alimentando nuestros
sueños: nuestro fracaso proviene de nuestra incapacidad para
concebir el paraíso y aspirar a él4
Como forma de evadir el problerna, se dice que estos
sentimientos pesimistas se dan ciclicamente, sobre todo en los finales
de siglo, y con mayor intensidad en los cambios de milenio.
Podríamos argumentar, en todo caso, que ante
toda esta problemática es el arte la única respuesta
coherente; primero, porque en sí mismo es todavía
refugio de la utopía. Mientras la filosofía se vuelve
cada vez más negativa y la religión
le concede a la felicidad una posibilidad sólo en el más
allá, el escape a la fantasía. En segundo lugar, todas
las grandes obras tienen un trasfondo utópico y manifiestan
siempre su capacidad anticipatoria y su independencia irreductible.
Finalmente, contra aquel famoso veredicto kantiano de que el arte
solamente posee una finalidad sin fin, se alza el aforismo de Stendhal
de que el arte es "une promese de bonheur"; por ser el
máximo espacio de la libertad, permite todos los excesos
de la verosimilitud, única forma de conciliar lo actual con
lo imposible5
1. Renato Poggioli analiza la tradición
pastoril y sus relaciones con los mitos del paraíso y la utopía
en The Oaten Flute, Essays on Pastoral Poetry and the Pastoral Ideal,
Harvard University Press, 1975.
Volver
2. jean Servier, La Utopía, México,
Fondo de Cultura, 1972, p. 83.
Volver
3. Erich Fromm, 'Afterword' in
George Orweil 1984, New York, Harcourt Brace javanovich, 1983.
Volver
4. E.M. Ciorán, Breviario de
podredumbre, Madrid, Taurus, 1972
Volver
5. José Jiménez, La estética
como utopía antropológica, Madrid, Tecnos, 1983
Volver
|