Aura o de la violetas (1889)
Esta novela es la primera de¡ escritor José
María Vargas Vila (Bogotá, 1860 - Barcelona, 1933),
presumiblemente el más prolífico (su bibliografía
sobrepasa los cien títulos) y también el más
polémico de toda la historia literaria del país. Escribió
en varios géneros literarios, en especial el panfleto, para
atacar de manera virulenta a los gobiernos conservadores de la Regeneración
y a las figuras sobresalientes de Rafael Núñez, Miguel
Antonio Caro, Carlos Holguín, Manuel Antonio Sanclemente,
José Manuel Marroquín. Uno de sus libros más
populares fue Ante los bárbaros (1917), en el cual
recuerda y rechaza las invasiones norteamericanas en Haití,
Filipinas, Cuba, Pana-má y Nicaragua. Sus obras fueron condenadas
tanto por el sector oficial como por la Iglesia. A pesar de ello
se editaban y circulaban de manera profusa, no sólo en Colombia
sino en todo el continente americano y en España. Fue,
quizás, el primer escritor de nuestra lengua que pudo
vivir cómodamente de sus derechos de autor1.
Gran parte de su vida la pasó en el exilio.
Aura o las violetas es una novela corta2.
En una nota introductoria «A los lectores», el autor anuncia que
«no es una novela con fin moral, ni con intriga, ni con fin social
o religiosos, con lo cual se coloca de manera explícita
en contraposición al estenicismo oficial de la Regeneración.
Está narrada en primera persona por el propio protagonista,
cuyo nombre no se revela, y quien al comenzar el relato tiene catorce
años de edad. Aura, por su parte, es una niña «vaporosa
y bella, soñadora y triste» (p. 1 1). Viven en dos estancias
contiguas cercanas a la ciudad y retozan por prados y jardines;
pero un día el joven debe partir para iniciar sus estudios.
La víspera se encuentran en el sitio preferido
de sus juegos infantiles: un campo ameno sembrado de grandes árboles
y cubierto de violetas. En el momento de la despedida, Aura,
de rodillas, sobre aquella alfombra de violetas, pálida
como un cadáver, bañada en llanto» (p.15), promete
corresponder eternamente al amor del joven. Al día siguiente
éste parte y al pasar al frente de la casa de Aura «una mano
blanquísima asomó tras la cortina» para entregarle
un ramo de violetas (p.16)3.
Transcurren tres años y el joven regresa al
hogar con la ilusión de realizar sus amores. Aura es ya una
mujer, pero su comportamiento ha cambiado; ante su amigo se muestra
indiferente, evasiva, despectiva. Transido de dolor y despecho,
el protagonista se da a la tarea de investigar las causas de aquel
cambio. El padre de Aura ha muerto. La estancia está a punto
de pasar a manos de un acreedor. Aura, su madre y sus hermanas se
ven amenazadas por la miseria. El acreedor, sin embargo, solicita
la mano de Aura y promete desistir de la acreencia. Esta,
para salvar a su madre y hermanas, decide aceptar.
Cae el protagonista en profunda depresión.
El día del matrimonio, afiebrado y delirante, se presenta
en la iglesia dispuesto a impedir la boda. Pero los novios se han
anticipados cuando el joven llega ésta ha finalizado. Al
salir de la iglesia, Aura alcanza a verlo entre los curiosos y siente
un vahído, señal, para el amante frustrado, de que
todavía lo ama. Después de algún tiempo,
una noche se cruzan en una ftinción de teatro, Se miran y
el lenguaje de los ojos enciende la pasión. Entonces él
decide suicidarse: redacta un largo poema en el cual repite, en
versos endecasilabos, la historia de su vida y de su amor, y cuando
está a punto de llevar a cabo su resolución la madre
lo salva. Es tan duro el golpe para ella que cae enferma, A la frustración
amorosa y al intento de suicidio, el joven debe ahora sumar la enfermedad
de la madre. Decide escribirle una carta a Aura, pero ésta
contesta que ya no puede haber nada entre ellos: es una mujer casada
y siempre respetará a su esposo. Los sentimientos y emociones
expresados con frases de un romanticismo recargado se acumulan.
Una tarde recibe un mensaje del esposo de Aura. Acude lleno de expectativa:
«Allí estaba ella, vestida de negro, alumbrada por cuatro
cirios» (p.48) y rodeada de violetas: había muerto consumida
por el dolor. El joven la acompaña al cementerio y, al anochecer,
cuando los deudos se han retirado, abre el féretro, abraza
y besa en la boca a la muerta, flora sobre su frente, corta una
de sus trenzas, le coloca una corona de violetas y la devuelve al
ataúd.
La novela hace un uso intenso de las estrategias literarias
del romanticismo que, para aquellos años, estaban ya desgastadas:
la metáfora de la mujer-flor (violeta), las lágrimas
y los suspiros, el tópico de la mirada entre los amantes,
que sumadas a expresiones y formas adjetivas tales como «esfuerzos
supremos», «frente pálida como la de un espectro», «velo
tembloroso del tiempo», «sombra helada por los besos de la noche»,
le dan al relato un acentuado tono melodramático. En manos
de Vargas Vila, sin embargo, este tono adquiere un sentido fúnebre:
el intento de suicidio y la escena final cargada de necrofilia fueron
preparadas de antemano con frases como «era mi niñez que
moría con mi ventura», «aquella era la tumba de mi felicidad».
La cercanía con la novela negra es notoria.
Pese al uso de estrategias desgastadas y a la trama
melodramática, el discurso narrativo de Vargas Vila adquiere
a veces brillo literario:
(Ciertos hechos del pasado) se levantan fijos como
fantasmas, en la niebla oscura del tiempo. Cruces solitarias,
clavadas allí por el recuerdo ( .. ) tales han sido
las violetas para mi. Su presencia me despierta tantos recuerdos,
su perfume trae a mi memoria tantas ilusiones perdidas
que cada una de ellas me parece una estrofa arrancada de
aquel poema, cuyos primeros cantos formaron la aurora de
mi vida (p.10).
Este párrafo elabora varios tópicos
a partir de su entrecruzamiento metonimico: los hechos son cruces
(muerte), las cruces, flores (vida) y las flores, estrofas. Los
hechos tempranos de la vida regresan a la memoria con la presencia
de las violetas, pero estos hechos incluyen ilusiones muertas y,
por eso, son como cruces cubiertas de neblina - en esta relación,
la violeta adquiere un significado fúnebre -; además,
los pétalos de las flores son versos del poema de su existencia
- alusión al viejo tópico de la vida como un libro
escrito - que tiene también un sentido fúnebre: la
letra escrita es «letra muerta» y, por lo tanto, la obra sólo
queda completa con la muerte del protagonista. La obra literaria
es, aquí, una lápida.
En cuanto al uso de la metáfora de la mujer-flor
(o planta), ya mencionada, recordemos que pertenece al código
del decoro, que prohibe nombrar el cuerpo femenino de manera directa.
En Aura se utiliza frecuentemente; lo novedoso, sin embargo,
ocurre cuando la metáfora adquiere un sentido contrario:
en el lugar que servia de refugio a los amantes, los árboles
daban «sombra a la casta mansedumbre de estas flores» (p.20): va
no la mujer como una flor, sino la flor como una mujer. En otra
frase de la misma página aparece un uso similar: «las mismas
enredaderas tejiendo guirnaldas sobre la frente de los arbustos».
Más aún, el lugar ameno
tradicional queda cargado de sentido trágico: «Ante aquel
bosque, tabernáculo de nuestro amor, poblado de tantas memorias
y tantos recuerdos, permanecí absorto y meditabundo, como
un hijo en la presencia del sepulcro de su madre. ¡Aquella era la
tumba de mi felicidad!» (p.20). Acude así a la mente tanto
del escritor como del lector, el motivo tradicional del et in
Arcadia Ego4 : el paraíso,
pero visitado por la muerte que destruye toda posibilidad de felicidad.
En la novela de Vargas Vila, el tópico se integra con verosimilitud
al relato y, al acentuar el aspecto fúnebre, plenamente a
este romanticismo tardío ya con visos de Modernismo.
1. Así lo afirma R.H. Moreno Duran (1992: T4,
p.162).
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2. Primera edición: Curacao, Bethencourt. Cito
por la edición impresa en Bogotá, Oveja Negra, 1985, 55 págs.
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3. Estas escenas iniciales recuerdan algunas
de María
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4. Este motivo tradicional ha quedado ampliamente
analizado al estudiar la novela El desierto prodigioso y prodigio
del desierto.
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