Manuela (1858)
Con excepción de El desierto prodlqioso
y prodiqio del desierto (1650 - 1673) publicada a partir de
1979, tal como vimos en la parte primera de este trabajo, no se
conocen otras novelas colombianas de la Colonia. Tampoco se conocen
novelas de la época de la Independencia: comenzaron a publicarse
en la década de 1840, ya en la República. En consideración
a sus méritos literarios y a su carácter auténticamente
nacional, Manuela, escrita en 1856, es, sin duda, la obra
más acabada y de mayor importancia de estos primeros años
fundadores. Su autor, Eugenio Díaz Castro (Soacha 1803 -
Bogotá 1865), escribió también cuentos y cuadros
de costumbres1 y con José María
Vergara y Vergara fundó el periódico cultural El
Mosaico. En este órgano apareció Manuela en
varias entregas a partir del 24 de diciembre de 1858, precedida
de un prólogo de Vergara y Vergara. La segunda edición
tuvo lugar en París, después de la muerte del autor
(Garnier Hermanos, 1889, en dos volúmenes). Desde entonces
se han publicado varias ediciones.
La aceptación de la obra, sin embargo,
fue lenta. Como se ve por las fechas mencionadas, pasaron treinta
años entre la primera y la segunda edición, siendo
la primera en un periódico que, por las circunstancias de
la época, tenia una circulación restringida. Jorge
Isaacs tuvo conciencia de su importancia; afirmó, poco después
de su primera edición, que Díaz es «el primero de
nuestros escritores que después de haber vivido en intimidad
con la clase pobre y desvalida (... ) la ha estudiado y descrito»2.
Salvador Camacho Roldán, en el prólogo de la edición
de 1889, resalta sus aspectos ideológicos,
la crítica social implícita en las descripciones y
los elementos políticos. Afirma que Díaz era conservador,
detalle de importancia para comprender mejor el debate ideológico
que comporta la novela. Con el paso de los años el prestigio
de la novela se consolida y su aceptación se generaliza3
Es una obra típica postcolonial4:
no olvida los tópicos, valores y estrategias de la tradición
española, pues a ella pertenece, pero procura reformularlos
y logra repudiar algunos o desplazarlos. Asi, su posición
frente a España es híbrida y negociable. De alguna
manera ataca el eurocentrismo, pero no puede superarlo, lo que se
evidencia en el debate permanente alrededor de la religión
católica y en la búsqueda de influencias europeas
diferentes a las españolas. En el aspecto literario encontramos
alusiones directas o veladas a El Quijote entre los clásicos,
a Espronceda y Zorrilla entre los románticos. Es muy fuerte
la influencia del género costumbrista, tan en boga en España
y en América. Demóstenes, el protagonista,
afirma que «los cuadros de costumbres son el suplemento de la historia
de los pueblos» (p.314)5, se confiesa
practicante del género y, con frecuencia, la trama se demora
para dar cabida a su descripción. Pero acude a otras fuentes
no españolas, como las novelas ivan hoe (Edimburgo,
1820) de Walter Scott (1771 - 1832) y los misterios de
París (1 843) de Eugenio Sue (1 804 - 1857), mencionadas
directamente en la trama, lo mismo que a las Cartas Persianas
(1721) de Montesquieu que, como se sabe, tuvieron gran influencia
en autores españoles como José Cadalso. Se cita
Los viajes de Marco Polo y a «Jorge Juan», seguramente Jorge
Juan Santacilla, famoso autor científico de finales del siglo
XVIII. En el argumento encontramos ecos de Los novios (1 825
- 182 7) de Manzoni, tanto en la historia principal de Manuela y
Dámaso como en una de las historias intercaladas, la protagonizada
por Rosa y Celestino. Otra forma de validar un pensamiento propio,
aunque incipiente, es la mención de periódicos nacionales
de la época, como La Gaceta, El Tiempo y El Porvenir,
estableciendo con ellos vías de intertextualidad y resaltando
la vigencia de ciertas ideas debatidas por entonces en el país.
La trama
Los hechos de la trama ocurren entre el 5 de mayo y el 20 de julio
de 1856; así, el tiempo de la narración coincide con
el de la escritura, lo que le da un carácter testimonial.
Demóstenes Bermudez, joven ilustrado de Bogotá, quien
ha viajado por Estados Unidos y Francia y novio de Celia Jiménez,
una muchacha distinguida de familia conservadora de la capital,
pertenece políticamente a los «gólgotas», una de las
facciones en que estaba dividido el partido liberal (la otra facción
era la de los «draconianos» o «radicales»). Llega a una población
de clima cálido que dista un día de viaje de Bogotá,
en las estribaciones de la cordillera oriental, hacia el río
Magdalena, cuyas tierras se dedican principalmente al cultivo y
beneficio de a caña de azúcar (panela, mieles y guarapo)
y fundada, según la novela, hacia 1750. Este pueblo no aparece
con su nombre propio, sino aludido como «la parroquias, pero algunos
críticos han identificado en él la población
cundinamarquesa de Mesitas del Colegio, en la antigua provincia
del Tequendama, bañada, como «la parroquias, por las aguas
incontaminadas (en aquel tiempo) del río Funza o Bogotá.
Por cortos espacios la trama se traslada a la sabana de Bogotá
y a otro pueblo, Ambalema, famoso en aquella época como centro
de la explotación y exportación del tabaco, localizado
en el valle del Magdalena, a dos días de viaje desde la parroquia,
por los caminos de entonces. Se mencionan otros pueblos como Guaduas,
por su presidio y Cáquesa, por sus trapiches, v el camino
utilizado para ir de Sogamoso a la región de Antioquia, por
el nevado del Ruíz. Éstas y otras menciones dan a
la novela realidad geográfica y espíritu realista
y nacionalista, propios de una obra postcolonial.
Demóstenes se aloja en la casa de Manuiela, una joven carnpesina
de 17 años, bella, inteligente y despierta, con quien sostiene
extensos diálogos, a través de los cuales el lector
conoce los antecedentes y circunstancias de muchos de los parroquianos.
Ella está prometida a Dámaso Bernal, un joven que
labora en Anbalema. Otro de los personajes centrales es Tadeo Forero,
draconiano, quien mantiene a la población en estado de zozobra.
Es un típico «tinterillo», que por ciertos manejos ha cobrado
dominio sobre los jueces locales: falsifica documentos, acude a
testigos falsos, calumnia e inicia procesos judiciales temerarios
para hundir a las personas de bien que se interponen en su camino.
Siguiendo órdenes secretas de la capital se apresta a manipular
las próximas elecciones. Varias jóvenes han sido víctimas
de sus abusos, principalmente Cecilia- ahora acosa a Manuela. Este
acoso, mezclado con las intrigas políticas y la presencia
de Demóstenes, hace que Manuela se convierta en el centro
de la trama y que a su alrededor giren los demás personajes,
justificándose así el titulo de la novela.
Otros personajes son el cura, que en política defiende ideas
conservadoras, pero que alardea de sus conocimientos científicos
y botánicos (p.32); los propietarios de haciendas s trapiches
Eloy, Blas, Cosme, Matías, que representan el poder económico;
Dimas y Elias expertos cazadores y baquianos de montería.
La situación se complica en vísperas de las elecciones,
porque las personas toman partido por uno u otro bando. La novela
termina de manera trágica. Demóstenes ha viajado a
la capital para reconciliarse con su novia, abandonando a Manuela
a su suerte. Tadeo y sus secuaces incendian el templo, para evitar
el matrimonio de Manuela y Dámaso. Muere la joven y la población
es invadida por las tropas del gobierno que vienen a controlar «la
revolución».
Demóstenes es caracterizado como «caballero» o «cachaco».
Viaja acompañado por un criado de raza india, José
Fititá, y por un perro fino, «Ayacucho». Un arriero trae
sus pertenencias, consistentes en ropas y libros. Al comienzo no
está claro cuál es el motivo de su viaje; quizá
sea víctima de persecución política, teme algún
atentado, o simplemente desea dedicarse a la observación
científica del medio ambiente, la geografía y las
personas. Más adelante se descubre su interés por
obtener votos: ya cumplió como representante a la Cámara
por su partido y ahora pretende ser Senador (p. 297). Sus maneras
son «educadas», y trata a las campesinas como si fuesen grandes
damas de la capital. Manuela, en especial, se burla de este trato,
impropio de las circunstancias. Está descrito, además,
como un idealista, que piensa que basta cambiar la Constitución
para que reine la igualdad social. Dice luchar «por la soberanía
de la mujer», no pierde oportunidad de ayudar a los humildes, mantiene
un discurso erudito, de tendencia liberal, laica y humanitaria y
se queja de que en la parroquia se malinterpreten las buenas intenciones
de los legisladores. Asiste a reuniones y certámenes con
el ánimo de documentarse para escribir sobre las costumbres
y caracterizar las distintas razas y culturas. Colecciona y estudia
la fauna y la flora y mantiene con el cura extensas conversaciones
sobre los adelantos de la medicina, las propiedades saludables del
tabaco y sobre el sistema óseo de los micos en comparación
con el de ciertos humanos (pp.87, 190, 314). Se interesa también
por unas piedras grabadas con caracteres indígenas (p.65).
La aplicación de sus ideas lo lleva a cometer arbitrariedades:
pretende impedirle a su novia Celia que practique el catolicismo,
con grave deterioro de sus relaciones; no tolera ciertas costumbres,
como la de «bailar al muerto», reclamándole al cabildo y
al cura "mano dura en estos casos". Está convencido de poseer
la "verdad" y pretende imponérsela .los demás. Sus
ideas con tan excluyentes y autoritarias como ciertas formas de
gobierno que pretende combatir. Este liberalismo utópico
e intransigente, de ribetes ilustrados, científicos y socialistas,
fue característico de algunos programas políticos
de la Colombia del siglo pasado.
En realidad, el narrador, exagera la caracterización de
Demóstenes llevándola hasta lo ridículo: se
empeña en difundir su pensamiento "libresco" entre los campesinos,
con términos técnicos y apreciaciones que sus oyentes
no alcanzan a conprender. Se perciben entonces ecos de El Quijote:
Demóstenes, como don Quijote, le predica a unos sanchos y
éstos repiten sus palabras finas por juego o burla. Si dice
"aberraciones" su criado repite "herraciones" (p.32). En una visita
que le hace a Clotidle, la hija de don Blas, el rico propietario
del trapiche "El Retiro", Demóstenes, a pesar de su maneras
elegantes, torpemente unta con carbón las manos a Clotilde,
mata sus guacharaca preferida, ensalza a la criada con el título
de Señora, se presenta en el comedor con retraso y firma
el cuaderno de la sal como sí fuese el libro de visitas de
un castillo(p.121). En éste y otros pasajes, tales torpezas
le dan un carácter irónico o caricaturesco, configurándose
una crítica hacia la ideología liberal: es tan perfecta
y sublime que no hay que pensar en aplicarla en este medio "primitivo".
Al ridiculizar a su protagonista, Díaz ridiculiza a toda
una clase social, sobre todo capitalina, y a toda una ideología
política.
La burla, la v parodia y la caricatura van más allá:
es paródico el diálogo entre Demóstenes y el
cura sobre el género costumbrista (p.344), pues en él
se perciben ecos entre serios y burlescos del diálogo que
sostuvieron el Canónigo de Toledo y el género de caballerías.
En un episodio de cacería, Demóstenes contrata los
servicios del mejor cazador y montero de la parroquia, ñor
Dimas, quien no sólo se extravía en el monte sino
que termina ridículamente colgado de una soga que ha puesto
como trampa otro cazador (cap.VII)
De otro lado, las relaciones entre Demóstenes y Manuela
son de acercamiento y coqueteo. Ella admira su caballerosidad, su
distinción,en el trato, su porte elegante, sus conocimiento
y su dinero. El en ella su viveza, su belleza, su espontaneidad
Los diálogos asumen un carácter cariñoso e
intimo, situación que se facilita porque él vive en
casa de ella, a modo de pensión A él le gusta verla
caminar, porque ella «tenia gentileza en su andar, belleza en su
cintura y formas, que a favor de su escasa ropa, se dejaban percibir
como eran» (p.40). En una sesión de baile, Demóstenes
le propicia caricias intimas; ella se queja de «cosquillas», pero
no rechaza de manera tajante la situación (p.96). El narrador
llega a utilizar frases aún más sugerentes «sus manos
estrechaban con dulzura los miembros palpitante de (la) beldad»
(p.99). En otra oportunidad ella desciende d un zarzo y «se fue
dejando resbalar para que la cogiese do Demóstenes» (p. 1
71). A cada paso el lector espera una escena pasional entre Demóstenes
y Manuela. Al final, Demóstenes se confiesa enamorado de
ella y de inmediato se dice: «es preciso partir» (p.440) y, en efecto,
abandona la parroquia. Sus relaciones con Manuela no pasaron de
un filtreo ingenuo e inocente. La conciencia de clase y sus ambiciones
políticas pudieron más que el deseo. Demóstenes
regresa con Celia, su prometida, para efectuar posiblemente una
unión de conveniencia, y desoye los dictados de su corazón.
Al manejar de esta manera la trama amorosa, el autor no sólo
se aparta del patrón romántico, sino que añade
un elemento más de ironía y de crítica a este
personaje «cachaco»: a pesar del humanismo que pregona y de su interés
aparente por los humildes, privan en él las consideraciones
económicas de carrera y de abolengo.
Costumbrismo y multiculturanismo
Muchos críticos han subrayado que el rasgo más destacado
de la obra es el costumbrismo. Yo agregaría que también
el multiculturalismo y la diversidad. El autor busca, a través
de la palabra, apropiarse de una realidad que es multiforme. Demuestra
avidez por signos fundacionales de lo patrio e inclinación
científica al querer caracterizar, describir, clasificar
personas, comportamientos, tradiciones, lenguajes, entornos geográficos,
las formas de la tenencia la flora y la fauna, los tipos humanos,
las formas de la tenencia de la tierra, la agricultura, el comercio
y la administración local, la ajusticia y demás instituciones
políticas. También hay un propósito didáctico,
pues explica el beneficio de la caña, ciertos usos como el
de las babuchas (p.265) y define términos del habla popular
como el de la "zurriaga" o perrero (p.234) y el de "sestear". (p.236)
En general se exageran los contrastes para mejor comprender los
caracteres. La suma de los varios propósitos individuales
produce un gran propósito político y nacionalista:
se trata, en último caso, de definir una identidad nacional;
de ahí su importancia fundadora v postcolonial. El autor
busca establecer aquello que subyace bajo tanta diversidad. Según
palabras de Eloy, uno de los estancieros, la identidad estaría
basada en «idioma, partido y raza» (p.302), aunque no explica cuál
idioma, cuál partido, ni cuál raza. En todo caso y
tal como explicaré más adelante, el autor sacrifica
la fluidez de la trama y la armonía estructural, para describir
la diversidad de costumbres, ideologías y tipos humanos.
Así conoce el lector detalles de la vida en las posadas
de los caminos de entonces, con abundancia de insectos incómodos
para el viajero, como los «chiribicos», la comida miserable, la
falta de aguia potable, matizadas estas incomodidades por la hospitalidad
sencilla y espontánea de los campesinos. En los grabados
que decoran las paredes de sus casas se trasluce el gusto por el
sosiego pastoril, tan alejado de sus vidas. Describe los ambientes
de las casas de las haciendas (la cocina, el aposento, la troje
del maíz), las comidas y usos culinarios, la mistela y la
mantecada, la preparación de fermentados, ciertos vestidos
populares (como el chingado de las mujeres' p.265); el comportamiento
de los animales domésticos: los perros Ayacucho y Guarapo,
la marrana de Manuela que estuvo a punto de causar una «revolución»,
la Perla, una mulita resabiado víctima de la más atroz
golpiza en el trapiche (p.204), los toros finos de la sabana de
Bogotá, Chamicero, Salitre y Tintal (p.323) y sus bramidos
lastimeros cuando huelen la sangre de una res sacrificada.
Describe también ciertos oficios: la cacería de animales
salvajes, en especial de «cafuches»; el de las lavanderas; el de
guardián, cuya misión consiste en ahuyentar los pájaros
y demás animales que invaden los sembrados; el de los cargueros
de caña en los trapiches, cuya vida está muy cercana
a la de los esclavos. A este respecto, le dedica una larga digresión
a «el día del gasto», cuando los peones y peonas reciben
su paga y ese mismo día se la gastan en juegos, baile y borrachera.
Las jóvenes campesinas, apenas adolescentes, condenadas a
servir en los trapiches «para el beneficio de sus amos», son entregadas
a la peonada para que se divierta, abuse de ellas y luego las repudien.
Habla de los bailes populares como el torbellino, el bambuco y
el bolero; instrumentos como el tiple, la guacharaca y el alfandoque;
los certámenes de trova; los actos sociales por motivo de
casorio o muerte (velorio del hijo de Pia) y, sobre todo, las fiestas
del carnaval, que tienen lugar por el mes de junio con motivo de
la celebración del día de San Juan. La descripción
es interesante porque realza el proceso de sindéresis cultural
con base en elementos católicos, paganos y de la tradición
negra. Hay bailes y borrachera, baños en los arroyos al amanecer
para celebrar la salida del astro rey en la mejor tradición
bucólica, y juegos como el del sacrificio del gabo, que consiste
en enterrar un gallo vivo hasta el cuello y luego descabezarlo con
un palo, así como «Judit cortó la (cabeza) de Holofemes»
(p. 347). Quien lo logre con los ojos vendados gana un premio. Luego
desentierran los cuartos sangrantes y se bañan en sangre
unos a otros.
El hábitad intocado; civilización y barbarie
Para el lector de este final del siglo XX, la novela comporta un
encanto adicional, al comparar el hábitat que hoy conocemos
con el que se gozaba en aquella primera mitad del siglo XIX: las
aguas del río Funza eran cristalinas y en ellas se bañaban
los ribereños y las bebían libremente. La naturaleza
era primitiva virgen v estaba adornada de una maravillosa diversidad,
tanto en plantas como en animales. En pocas páginas el lector
ve desfilar micos y pericos de muchas clases, guacamayas, guapas,
corcovados, paujiles, pechiblancos, catarnicas, toches, lulúes,
arditas perico-ligeros,y hasta venados y tigres. La lista podría
establecerse también respecto de los insectos, las serpientes
y las plantas.
La riqueza del entorno es tan abundante que nadie piensa en
conservarla. Más bien es vista como un lugar salvaje y primitivo,
como una molestia, como algo que puede y debe ser destruido. El
mismo Demóstenes sale de cacería, le dispara a cualquier
cosa que se mueva en la selva y, en varias ocasiones, desperdicia
el resultado de la cacería. En todo caso, la descripción
minuciosa del entorno le da a la narración un tono local
y es una forma de apropiación del tópico clásico
del locus amoenus.
En la novela El desierto prodigioso se recurre a este tópico
con frecuencia y, según vimos, comienza a aparecer en él
elementos americanos. En Manuela el tópico ha sido plenamente
amerizanizado. Muchos lugares son descritos con frases del siguiente
tenor: "bosque pequeño de caracolíes", "un pequeño
arroyo tan cristalino que se veían los pescados", "graciosos
palmitas", "fruto agridulce muy aparente para quitar la sed" (p.232).
En otras ocasiones el topo se desarrolla de manera mucho más
completa:
La salida del sol fue anunciada con un concierto universal de
todas la aves: toches, cardenales, guacharacas, papagayos y azulejos.
Un nuevo día es, sobre todo en la tierra caliente, un espectáculo
que hace comprender la omnipotencia infinita de Dios. Las flores
que se presentan a la vista son muchas, y sus colores y figuras
admirables: las orquídeas de distintos colores las flores
del batatillo blancas, amarillas, y moradas, de las cuales la blanca
no pasa de las nueve del día, y otras mil que la vista no
alcanza a abarcar; todas forman sobre el fondo verde de las hojas
labores tan primorosas que sólo el pincel de la naturaleza
ha podido dibujarlas. A la luz soberana del astro día, que
se levantaba para recorrer la bóveda azul de los cielos,
presenciaba Manuela todas estas bellezas y daba gracias a Dios por
su existencia (p.231)
Encontramos alusiones paganas al sol, cristianas a Dios, barrocas
al «pincel», otras científicas y clasificatorias propias
de la Ilustración. Esta naturaleza maravillosa subyace a
lo largo de todo relato. En ocasiones, al combinarla con la presencia
de las bellas parroquianas o en los baños matutinos del carnaval,
se evidencia otro tópico clásico, el de Diana Cazadora.
Otro elemento destacable es la manera como el material del bosque
y la naturaleza se supedita a las jergas de las artes y la ciudad,
según la tradición europea: se habla entonces de «teatro»,
«drama», «decorado», «bastidores», de los campesinos como «actores»
o «actrices»; «primer papel», «agreste cuadro», «concierto», «espectáculo»,
«historia», «columna vegetal», «capiteles», «bóveda», «cúpula
de aquel soberbio templo de la naturaleza» (p.34), del ruido del
agua del arroyo con el «rumor venerable (... ) de la pila principal
de un convento» (p. 78), de las hojas de papayo como «paraguas»;
se afirma que el cazador ñor Dimas «era poeta» porque a su
paso el bosque es descrito como «poesía sublime», «hermosura
de los gigantes vegetales», «sombra deliciosa», «silencio inmutable»
(p.247). El poeta es, en realidad, el autor, quien proyecta estas
sensaciones y esta terminología en su personaje. Al usar
tales términos para describir la naturaleza, podemos identificar
un propósito «civilizador».
La descripción de la hacienda La Esmeralda, en la sabana
de Bogotá, comporta un tono diferente, pues enfatiza el logro
que el trabajo tecnificado ha tenido sobre la naturaleza inculta:
los señores (la) encontraron convertida en una joya de
mayor precio, después del invierno de abril. Los potreros
de cría estaban verdes completamente, merced a la
exuberancia y la frescura de las dramas, y habla uno de color
amarillo anaranjado, por estar cubierto de las flores de
la pacunga, a causa de haberse barbechado dos años
antes ( .. ). El triqal era un horizonte de verdura
(..) y la ondulacidn de los vientos lo hacía figurar
como un mar cuyas olas se mecen con poca fuerza ( ..
) Los ganados mugían, satifechos del alimento diario.
(p.136)
La naturaleza asi descrita, en todo caso, ya no es el lugar propicio
para la felicidad y el amor, sino el territorio de la desgracia.
Aquí surge una interesante contradicción. Las bellas
muchachas (que a veces parecen encarnar a las bellas pastoras de
antaño), Manuela, Pia, Rosa, son acosadas, violentadas y
tendrán vidas y muertes dolorosas. Dice el autor: «nuestras
dos heroínas estaban sufriendo los resultados de los grandes
crímenes, sin haber disfrutado los goces de los pueblos cultos,
que es lo que sucede cuando se desmoraliza a los pueblos antes de
civilizarlos» (p.196).
En esta forma, el autor efectúa un constante contrapunto
con paradigmas bien conocidos: arte - naturaleza; Roma o París
- América; ciudad - campo; civilización - barbarie.
La belleza del lugar ameno se ha tropicalizado, se le ha dado un
contenido romántico y científico, se ha convertido
en teatro y comporta un aire mágico o fantástico:
«no creemos que el arte haya superado nunca en los mejores teatros
de París o de Roma las decoraciones del que nos ocupa. Solamente
la naturaleza silvestre de América puede ofrecer esta clase
de adornos materiales» (p.335).
La estructura general del relato está, pues, montada en
oposiciones binarias, reflejo de un intenso choque cultural y de
una intensa búsqueda de identidades. La llegada del «cachaco»
a la parroquia puede simbolizar la Negada de una incipiente modernidad
a este entorno tradicional. Demóstenes, quien conoce las
«maravillas» de Estados Unidos (posadas cómodas, ferrocarriles),
aporta nuevas ideas, costumbres «civilizadas» e, inclusive, le enseña
a Manuela bailes europeos, que ya se conocen en la capital, como
el strauss y la varsoviana (p.96). Al referirse a los métodos
primitivos para el beneficio de los productos del campo, afirma
que en Bogotá hay 10 imprentas, pero no has una sola trilladora,
contrario a Estados Unidos donde hay más trilladoras
que imprentas (p. 146), lo que implica una crítica al exceso
de letras y enidición «inútil» que se respira en el
país y,, en especial, en Bogotá, en detrimento de
los avances de la técnica.
Las visiones de mundo (paradigmas) de Demóstenes y Manuela
(la mentalidad científica frente a la tradición; la
escritura frente a la oralidad) quedan en evidencia cuando Manuela
«arregla» el escritorio de trabajo de Demóstenes, y pone
en «montoncitos» sus colecciones de plantas y animales disecados
y sus tarjetas de citas de lectura (p. 122). Esta técnica
de subrayar, no las similitudes sino las diferencias, se repite
con frecuencia. Se contrapone el espiritismo «moderno» con las creencias
tradicionales sobre la resurrección de los muertos (p.370),
la posición ilustrada sobre el amor y el matrimonio y la
tradicional católica (cap. XXI).
El espíritu sedentario y de rutina de los habitantes de
la parroquia se resalta al contrastarlo con el de otra población
calentona, Ambalema, famosa en la época por el cultivo de
tabaco para la exportación, por su aire licencioso y multicultural.
En la parroquia hay multiculturalismo, pero en Ambalema éste
es mucho más acentuado. A pesar de rodar allí el dinero,
las casas son de paja y no hay hospital; la justicia está
al arbitrio de los ricos y las gentes están de paso: anhelan
hacer dinero para regresar a sus regiones. Entre tanto reina la
lascivia, el baile y la borrachera (capítulo XX). El contacto
con la cultura exterior no le ha traído felicidad a este
pueblo.
Hay contraposición también entre la cultura calentona
(la Parroquia y Ambalema) y la de tierra fria. Cuando asiste al
entierro de un niño (el hijo de Pia), Demóstenes describe
y compara mentalmente el rito calentano con el que se hubiera llevado
a cabo en Bogotá, en situación parecida y ambos dentro
de la religión católica (p.365). Compara también
los camposantos (p. 3 73), la agricultura y la tenencia de la tierra
(cap.XII). La descripción se detiene en los tipos humanos:
las peonas de fierra fria, Dolores Gacha, de raza indígena
y Francisca Rubiano, de raza blanca, pero de padres empobrecidos,
tímidas y recatadas, contrastan con la desenvoltura de Manuela
y otras «Calentanas». El propósito de estos contrastes es,
en primer término, resaltar el choque entre «la alta cultura»,
inmersa en la tradición letrada, ilustrada y erudita y que
actúa como «supercultura» y la popular, de naturaleza oral
y muy cercana a lo vital, local y provinciana, que podría
definirse como «subcultura»; y en segundo, la rica diversidad de
culturas que comporta el territorio nacional, y que están
en contacto unas con otras en lo que podría llamarse un proceso
de interculturación 6.
Se trata, pues, de una novela de frontera7
en la que confluyen múltiples contrarios: la civilización
y la barbarie, la escritura y la oralidad, la ciudad y el campo,
la alta cuittira las populares, el paradigma externo y lo nacional.
La parroquia que está en la periferia respecto de la capital,
se convierte en centro civilizado frente a la amplitud de los bosques
que no conocen la presencia del ser humano y que se abren un poco
más allá de las calles del poblacho.
Conciencia de raza y lengua
La conciencia sobre las razas y los procesos de mestizaje es clara.
Cada personaje es descrito desde la perspectiva racial. Francisca
Rubiano era «blanca española pura». Dolores Gacha era indígena
y tenla un «rezago de la pronunciación nacional de los muiscas,
que todavía se nota en los pueblos de la sabana» (p. 142).
José Fititá era «indio concertados (p. 22). En los
trapiches trabajan negros, españoles e indios, quienes «con
sus variedades, se encuentran allí confundidos» (p.42). Y
para que «no faltase nada qué desear al estudioso de la historia
natural, (en Ambalema) habla dos o tres ingleses puros» (p.268).
De igual manera la novela es rica en usos lingüisticos. Refleja,
de un lado, el habla erudita de Demóstenes y del cura, y,
de otro, la de peones, campesinos arrieros. Evidencia de manera
cuidadosa las formas del trato: Demóstenes puede usar el
«tú» con todos; los campesinos hacia él el «usted»
y el «su merced». El vehículo principal de todas estas manifestaciones
es el diálogo, casi siempre rápido, ágil; algunas
pocas farragoso. Su utilización amplia en ocasiones magistral,
es una de las características destacadas de la obra. El lector
se entera de los desarrollos de la trama y de la historia de los
protagonistas a través de largas conversaciones que reflejan
no sólo, como se dijo, las formas del habla, sino y sobre
todo las creencias y la visión de mundo, en especial de Demóstenes
y Manuela.
Gran parte de las conversaciones se llevan a cabo al aire libre,
pues en la parroquia escasean los recintos y el clima benévolo
lo permite: fiestas, ceremonias, marchas por los caminos. Esta socialización
en descampado, propia de lo oral, contrasta con lo que ocurre en
otras novelas de la época, ambientadas en Bogotá y
cuyos diálogos son, por lo general, en recintos cerrados.
Las formas del diálogo en Manuela son variadas. En una ocasión
conversan, durante el bano en la quebrada, Clotilde y Juanita, hija
de don Cosme, propietario del trapiche de la Soledad (p.62). El
lector debe aquí interpretar dos diálogos superpuestos
ocurridos en épocas diferentes: el de juanita con Clotilde
y el de juanita con «La lámina» en un momento del pasado
(tal es el sobrenombre de una tendera). Juanita le repite miméticamente
a Clotilde las palabras que le dijo a La lámina y las que
escuchó de ésta. El conjunto es abigarrado y confuso
y exige un esfuerzo adicional por parte del lector. Si al segundo
diálogo se le hubiese dado un tratamiento diegético,
ambas instancias habrían quedado separadas en beneficio de
la claridad. En todo caso, lo que es menester resaltar es la voluntad
dialógica de Díaz y su preferencia por esta técnica.
No hay uniformidad en el uso de la voz narrativa: a veces se describe
la conciencia de Demóstenes (intradiegesis); otras sólo
vemos sus actuaciones y desconocemos los motivos (extradiegesis).
En cuanto a la participación en los hechos narrados, la voz
siempre es heterodiegética, pues los narra el autor sin involucrarse.
Desde esta perspectiva, se trata de un narrador bastante tradicional,
de los denominados «omniscientes», como se aprecia en comentarios
del siguiente tenor: «el profesor (Demóstenes) habla tomado
sus lecciones del arte en Paris y Nueva York y las utilizaba civilizando
a una belleza (Manuela) del pueblo descalso» (p. 1 00).
En ocasiones, el narrador hetero-intradiegético enfoca a
un personaje y, aprovechando un encuentro ocasional, cambia su foco
de atención hacia otro u otros personajes de los cuales el
lector poco o nada conoce. Tal ocurre al cruzarse Demóstenes
con un estanciero y su esposa (p. 105). El procedimiento permite
ampliar las posibilidades narrativas, abarcando nuevos horizontes,
nuevos personajes y nuevas conciencias. Otras, el narrador hetero-intradiegético,
contradiciendo su naturaleza «omnisciente», duda de repente de su
capacidad de conocerlo todo, rasgo propio de una modernidad narrativa
incipiente: la frase «se sabe que don Demóstenes le dijo
al cura» (p.327) implica que el narrador lo supo por las consejas
que le llegaron, no tanto por su omnisciencia.
Dentro de la estructura se acomodan algunas historias intercaladas.
Si, como vimos, el tiempo de la narración es de sólo
unas semanas, con el recurso de la historia intercalada que aparece,
por lo regular, en la forma de diálogo, se amplia el universo
narrativo y el lector conoce hechos ocurridos años o décadas
antes. Tal es el caso de doña Patrocinio, madre de Manuela,
quien le cuenta a Demóstenes la historia de Alejo, su esposo.
Este había sido reclutado a la fuerza por los constitucionalistas
y muerto en una batalla el 4 de diciembre de 1854. La mención
de la fecha produce en Demóstenes una anagnórisis
parcial: participó en esta batalla en el bando contrario.
A veces ocurren situaciones de autoconciencia narrativa: el narrador
se abstrae del entorno de la ficción, pasa del tiempo de
la narración al de la escritura, para aludir a elementos
de ésta o poner en duda lo que está presentando. Son
también autoconscientes aquellas frases en las que deja traslucir
apreciaciones personales, no de los protagonistas, sino de aquel
narrador que ha preferido pasar en el anonimato y que es una creación
más del autor de carne y hueso. En otras palabras, son oportunidades
en las cuales aflora lo que la critica ha denominado «el autor implicito»:
el capítulo VII se abre con la siguiente observación:
«En dos capítulos seguidos hemos tratado de dar a conocer
los habitantes del Retiro y de la Soledad, que aunque no representan
el primer papel (... ) necesario era que acompañaran a los
héroes de esta historia»: se refiere al libro como objeto
material, dividido en capítulos y clasifica a sus personajes
en héroes y secundarios. En otro lugar dice: «No podemos
prescindir de obsequiar a nuestro lector, con una copia (lenguaje
mimético) del diálogo que tuvo lugar» (p. 119). La
pluralización del hablante («hemos», «podemos») esconde narrador
implicito.
Una carta que Demóstenes recibe de su novia lo obliga a
regresar a la altiplanicie para visitarla en la hacienda La Esmeralda,
cercana a Bogotá y de propiedad de su padre. Este recurso
anecdótico le permite al novelista un cambio de escenario,
para satisfacer un propósito más acorde con su interés
por la descripción costumbrista, que necesario a la trama.
De la misma manera, la huida de Dámaso y Manuela a Ambalema
le permite un propósito similar. El resultado puede ser más
o menos satisfactorio desde la perspectiva del costumbrismo y del
deseo de resaltar las diversidad regional, pero es forzado desde
la perspectiva puramente literaria. Produce desbalance de la estructura,
presenta personajes nuevos que no son bien desarrollados y complica
la trama innecesariamente, creando elementos que retardan el desenlace
y atentan contra la fluidez de la lectura.
La técnica narrativa
Al privar el detalle, el interés costumbrista, la descripción
del entomo sobre la armonía general de la obra, se llega
al final sin haber preparado el desarrollo verosímil de las
peripecias: hay muertes repentinas, encarcelamientos y fugas con
el uso de vestidos del sexo contrario, encuentros inesperados, se
escuchan conversaciones en el bosque con revelaciones increíbles,
ocurren incendios que cambian el curso de los acontecimientos. En
el momento del fallo, un juez recibe una carta que cambia totalmente
la situación (p.282). Se trata de viejos recursos narrativas,
propios de la novela bizantina, que en manos de Díaz, por
lo dicho, no logran un efecto convincente. El producto es un desenlace
apretado e inverosímil. El moroso narrador costumbrista de
repente se ha visto afanado para terminar.
Díaz busca utilizar, aunque de forma incipiente, una forma
de la técnica del suspenso: unos personajes y unos hechos
son nombrados directamente; otros son oscuros, sugeridos y misteriosos
y sólo se aclaran páginas más adelante. Aunque
el protagonista aparece desde la primera página, sólo
conocemos su nombre ya avanzado el relato (p. 11), luego de ser
presentados otros personajes secundarios. Al llegar al pueblo encuentra
«un embozado» que fisgonea un baile y sólo más adelante
conocemos que se trata de uno de los perseguidos por Tadeo.
La estrategia de no utilizar el nombre propio de¡ pueblo le permite
al autor convertir «la parroquias en una especie de epitome o resumen
de toda la República. En otras palabras, es evidente el propósito
del autor de hacer de la parroquia una especie de laboratorio, para
analizar los conflictos que ocurren en la nación, y frecuentemente
en el curso del relato el autor se empeña en resaltarlo.
La parroquia es un Iugar típico del territorio nacional,
tanto por su geografía como por la riqueza de su fauna, su
flora y por los aspectos sociales, políticos y económicos.
Allí se dan cita personas de todas las clases sociales, de
todas las razas y de todas las creencias políticas. Los personajes
hablan de los asuntos locales parafraseando o parodiando el habla
que utilizan los gobernantes para referirse a todo el país.
En una ocasión, Demóstenes, para defenderse de los
secuaces de Tadeo, utiliza términos tomados del derecho internacional
en situaciones de conflicto, diciéndose «cónsul del
país Hesse-Cassel» y enarbolando una bandera ficticia (p.
171).
La mujer
Desde otra perspectiva podría afirmarse que Manuela es
una novela de la mujer, o sobre la mujer. Llama la atención
la cantidad y variedad de personajes femeninos, muchos de ellos
caracterizados de manera amplia y verosimil. La lista es extensa:
en la parroquia Manuela y su madre Patrocinio, Cecilia, Marta; las
peonas Pia, Rosa y su hermana Matea; las estancieros Clotilde y
Juanita; Nicomedes (esposa del hacendado Matías); la sirvienta
Sildana; en Bogotá y la sabana Natalia Moreno y sus hijas
Celia, Felisa y Virginia; las peonas de tierra fria, Dolores v Francisca.
Aparecen Liberata, «la más garrida de todas las caqueseñas»
(p. 356) y Anita, «verdadera campesina, estanciero o aldeana, robusta,
de buenos colores y vergonzosa, lo que era un verdadero prodigio»
(p. 3 30). Muchas tienen vidas tristes N, son víctimas
de la violación, el repudio v el abandono. En una ocasión,
Demóstenes libera a una mujer campesina que encuentra colgada
de un árbol, sistema utilizado por su esposo para castigarla
(p.333). Seis mujeres viven hacinadas en un cuartucho en Ambalema
(p.270). A pesar de todo, muchas son valientes y, al igual que Manuela,
demuestran su iniciativa y su capacidad de lucha: Clotilde y Juanita
participan en la administración de los trapiches y haciendas
de sus padres8. Cecilia, a pesar de
haber sido prostituida por Tadeo, se sacrifica para salvar a Dámaso,
quien en el pasado habla sido su prometido. Rufina, oriunda del
Tolima, habla sido burlada en su pueblo natal: se vino a Ambalema
y quiere reunir dinero para regresar y montar una estancia (p.266).
Estas mujeres están caracterizadas de manera
amplia, situación que contrasta con otras novelas de la época9,
en las cuales aparecen descritas con clichés y metáforas
desgastadas alrededor de temas como el honor, el recato, la pureza,
la belleza. En Manuela, las mujeres son de carne y hueso,
reflejan el garbo y la desenvoltura natural de la mujer calentona:
si Manuela y otras protagonistas se bañan en la quebrada
en forma desenvuelta, y en presencia de sus amigos y galanes, sin
menoscabo de su honra, las bogotanas sólo pueden conversar
con éstos a través de la reja de la ventana. Al tratar
el tema con Demóstenes, exclama Manuela: «Sola o acompañada
nadie me ha comido hasta el presente» (p.38).
Ya sean madres, esposas, amantes, peonas burladas, ricas hacendados,
recatadas damas de alcurnia, son víctimas, por lo general,
de la intransigencia masculina de la época, de la norma varonil
que les exigía un honor mal entendido; de la manipulación
masculina cruel e injusta. Notemos que mientras la parroquia carece
de nombre propio, Manuela, prototipo de mujer perseguida, le da
título a la obra. En otras palabras, podría inferirse
que Manuela encarna la parroquia, esa célula del territorio
nacional, símbolo de toda la República, que es mancillada
y oprimida por la supercultura capitalina de carácter varonil.
Los personales masculinos, por el contrario, rara vez están
bien caracterizados. Son personajes planos que no evolucionan. Dos
excepciones son el cazador Dimas y el Cura, con quienes dialoga
Demóstenes en distintas oportunidades, y a través
del dialogo sabemos algo de su forma de pensar. Del carácter
de los propietarios de fincas, de Tadeo y de muchos otros personajes
masculinos poco se conoce; por lo general son definidos de manera
heterodigética-extradiegética y sólo con el
propósito de reflejar una posición determinada en
la controversia ideológica que subyace en la novela.
En todo caso, el título
de la novela y la preferencia por los personajes femeninos, me parece,
significan una continuación de una larga e intensa tradición:
la feminización de América. Desde el Diario de Cristobal
Colón, en muchas crónicas del descubrimiento y la
conquista el territorio americano es alegorizado en forma de mujer.
Los indios, inclusive, han sido siempre presentados con caracteres
ferninoides de acuerdo con los paradigmas culturales españoles
y europeos: desnudos, cobardes, adornados con atuendos femeniles,
sujetos de violación, dominio, corrección, adoctrinarniento,
por parte del sí, América, como si fuese una tímida
virgen, ha sido mancillada, sometida, educada10.
América le sirvió al conquistador a la manera de una
"página blanca" para que en ella se escribiese
la historia vencedora del macho europeo11.
De la misma manera, la parroquia habitada por gran número
de mujeres de muchas clases y condiciones, es víctima ahora
del abuso de los estancieros y terratenientes, de los tinterillos
y demás varones dominantes, herederos y representantes de
la cultura colonial, quienes a su vez representan, perpetúa
o han sido víctimas del poderío colonial europeo.
La sociedad postcolonial
En la novela, la sociedad postcolonial está caracterizada
por dos grandes grupos: los calzados (los ricos, los instruidos,
los propietarios) y los descalzos (peones y campesinos, arrendatarios).
Los segundos se sienten perseguidos y explotados por los primeros.
Se habla, entonces, de la «tiranía de las botas» (p.219). Rosa
se declara «enemiga de la clase de las botas» (p. 109). Pocos
años llevaba la República y, menos aún, la
liberación de los esclavos. De hecho, gran parte de la clase
trabajadora vivía al nivel de la esclavitud, sin ninguna
protección legal frente a la voracidad de los terratenientes
y hacendados. La novela describe con lujo de detalles la vida en
los trapiches, muy cercana a la esclavitud (p.206).
En este estado de cosas, «no habiendo leyes ni
administración de justicia, el más violento es el
que manda» (p.234). Pero hay conciencia social y todos proponen
alguna solución, dentro de un rico diálogo ideológico.
Ya vimos que Demóstenes es un liberal gólgota, «bueno»,
anticlerical y científico, pero ingenuo, desubicado, irreal,
utópico. Tadeo es el liberal «malo», radical, populachero,
inmoral, delincuente, violento. Los personajes conservadores (el
cura, don Blas) buscan un pretendido justo medio, son amantes del
trabajo honrado y rescatan y conservan los valores de la tradición
colonial, en especial la religión. No se dejan sugestionar
por las «novedades» aunque aceptan que a veces es necesario escuchar
a los «novadores»12. Algunos defienden
el socialismo, sin tener mucha claridad sobre lo que esta palabra
significa; o abogan por el voto femenino. Lo importante es alcanzar
algún día una sociedad homogénea y un país
unido bajo las ideas de nación, idioma o religión.
Se trata del sueño de un lenguaje común, de una sociedad
transparente y culturalmente homogénea, anhelos de carácter
postcolonial que marcaron el debate ideológico durante el
siglo XIX. Los representantes de cada facción se atacan mutuamente.
Se acusa a los conservadores de que su programa es «volvemos al
tiempo de la colonia: inquisición, camándula y picota»
(p.422), y se habla de «las letales influencias del catolicismos
(p.429). Unos defienden el liberalismo radical socializante, con
el argumento de que elevará el país «a la cúspide
de las naciones más civilizadas del mundo» (p.429); otros
piden salvar la familia, la moral y la propiedad «de las garras
del socialismo, que amenaza destruirlo todo» (p.429). Las ideas
de progreso son atacadas con argumentos como «no creo que la Nueva
Granada, con millón y medio de rentas anuales, pueda hacer
ni un puente de cal y canto como los que hacían los virreyes,
ni creo que tenga uso un ferrocarril sino cuando tenga población
y tenga industrias (p.428). Demóstenes, por su parte, se
pregunta: «¿por qué teniendo tierras fértiles y exuberantes,
la gente vive en la miserial» (p.79). Muchas prácticas son
«feudales» (p.85). El cura sostiene que la «caridad vale más
que la divisa igualdad, libertad, fraternidad» (p.19). Demóstenes,
defendiendo la separación de la iglesia y el estado, le contesta
que «los curas no deberían meterse con el cabildo, la escuela,
el congreso, las elecciones» (p.28). En ima simpática «junta
de notables» reunida en la hacienda El Retiro, hay representantes
de todas las ficciones políticas que «existían en
la Nueva Granada», y se proponen nombrar una comisión de
paz para hablar con el gamonal Tadeo. Entre tanto, Demóstenes
defiende la Constitución del 21 de mayo de 1853 (p.186).
Dentro del diálogo ideológico de la época
tiene importancia principal el debate sobre la Compañia de
Jesús. Recordemos que, casi desde su misma fundación,
ha sido la organización político-religiosa más
poderosa y más rica del mundo. Fue expulsada de España
y sus colonias por Carlos III en 1768. Regresó a Colombia
en 1844. En 1850 fue expulsada de nuevo por el presidente José
Hilario López, para regresar sólo en 1867. Algunas
novelas decimonónicas toman partido en la polémica.
En Manuela, el debate no se da de manera
explícita, pero son muchas las alusiones: una vieja pero
sólida y confortable silla que utiliza Demóstenes
perteneció a los jesuitas antes de su expulsión, detalle
que se trae a cuento una y otra vez. Demóstenes se expresa
en contra de la Compañía. Cecilia afirrna que «don
Tadeo lo hace todo a fuerza de mónitas» (p.177). Tanto en
el contexto de la escena como en el de la época, la palabra
«mónitas» alude a un famoso texto del siglo XVI titulado
Monita secreta ' Societatis Jesus que siempre figuró
en la lista prohibida del Indice y que los enemigos de la
orden aseguran sirvió de manual secreto para acrecentar el
poder temporal y la influencia política. A mediados del siglo
XIX, cuando la polémica sobre la expulsión de los
jesuitas estaba al rojo vivo en Colombia, la mónita prohibida
circuló profusamente13. Las
palabras «mónita» y «jesuita» Negaron a significar engaño,
pacto secreto, fraude, traición.
Otro término relacionado con la lucha
por el poder es el de «embozado». Alude a fuerzas ocultas, desestabilizadoras
del orden; a espía y espionaje. Una de las primeras y más
famosas acciones de los embozados fue la conjura contra Bolívar
en Bogotá14. Don Tadeo es un
«demonio de embozado»(p.154). Al poco tiempo de su llegada, Demóstenes
descubre un embozado, quien «apunta en una libreta grasientas lo
que cree de importancia. «En la parroquia también hay prisioneros,
calabozos, intrigas y maldades. No me figuraba yo que en la parroquia
hubiera misterios tan temidos y tan horrorosos» (p. 168), exclama
Demóstenes. Al comienzo de la obra (p. 16) aparecen aludidos
y sutilmente hermanados los jesuitas, los embozados y Santander.
Tadeo es también descrito como «tinterillo» y populista.
Pretende ganarse al pueblo con afirmaciones como «no puede haber
igualdad hasta que no acabemos con todos los cachacos de botas y
zapatos» (p. 105). Ya hemos dicho que es un liberal draconiano.
Además, es partidario del ejército, de la pena de
muerte, de las facultades omnimodas del ejecutivo, del centralismo,
de la teocracia a medias y de los códigos fuertes (p. 1 56).
Es la figura más poderosa de la parroquia. Juan Acero es
una especie de sicario a su servicio, investido de inmunidad. Matias
Urquijo, otro de sus secuaces, negocia con mulas robadas. Algunos
de los jueces de las parroquias han caído en sus garras y
se prestan para todo tipo de atropellos. En algún momento
se afirma que «Tadeo es el que mas sabe aquí (p.41). En su
caracterización subyace la idea de que la escritura es peligrosa,
pues con ella, y con el manejo de los códigos, puede lograr
sus más oscuros intereses. A esta caracterización
se opone, por ejemplo, la de Manuela, que por ser analfabeta y pertenecer
a la oralidad primaria, es franca, espontánea, directa y
no guarda agendas ocultas.
Otro personaje con características parecidas a las de Tadeo
es Aniceto, cacique en Ambalema, quien le ofrece ayuda a Manuela
para sacarla de la cárcel a cambio de sus favores en el lecho
(p.278).
La novela pone en evidencia el estado menesteroso
de la justicia en aquellos primeros años republicanos. A
falta de una organización y de personas capacitadas, se nombra
como «juez» a cualquier campesino que sepa leer y, escribir 15.
Carece de sueldo, autonomia, capacidad y es víctima de los
ricos: así, «un pobre lo que gana con aprender a leer es
que lo planten de juez y lo frieguen los gamonales» (p.79). En otro
lugar se afirma que los hacendados deciden «los precios de las cosechas,
la suerte y honor de las estancieros y las sentencias de los jueces»
(p.283). En estas condiciones, las gentes honradas se ven en la
necesidad de jugar al «fómeque y el contrafómeque»,
que consiste en oponer a una picardia una picardia mayor (p. 188).
Todas estas circunstancias confluyen en los días previos
a las elecciones. La corrupción se ha generalizado, y hasta
Manuela le promete a Dámaso comprar votos en su favor: «Yo
gastaré unas botellas de aguardiente y con esto ganaré
o compraré la mayor parte de los votos» (p.299).
Uno de los objetivos centrales de la novela es el de ironizar el
estado permanente de revolución y guerra civil que vivía
el país después de la muerte de Bolívar en
1830. Cualquier gamonal de pueblo, cualquier caudillo regional iniciaba,
en el momento menos pensado, una revolución. En este sentido,
en la novela se cita la revolución de 1854, descrita como
la lucha de los conservadores apegados al colonialismo contra los
golgotas que luchan por establecer las teorías mas impracticables
(p.220). También la revolución de Melo, como el acto
político de más trascendencia (p.321). En todo caso,
parecería que el único derecho que rige en el país
es el del más fuerte, y así lo afirma el narrador
(p.336).
En la novela, las circunstancias políticas y sociales de
la parroquia son tan explosivas, que bastó que la marrana
de Manuela saliera a recorrer las calles sin la horqueta reglamentaria
para que se desencadenase una «revolución» que estuvo a punto
de trascender los límites parroquiales.
Conclusiones
Manuela, la novela de Eugenio Diaz, es la obra de ficción
más rica e interesante del periodo fundacional de la literatura
republicana. Desde la perspectiva política y social ironiza
el estado de turbulencia revolucionaria de su época. Hace
de la parroquia una especie de epitome de la República, un
laboratorio para analizar las tesis encontradas, las clases sociales,
los tipos humanos de aquella etapa durante la cual se pretendía
fundar las bases de la nueva nación.
El inmenso vacío de poder, resultado de las luchas de Independencia,
fue hábilmente aprovechado por los «embozados» de turno.
Eran, además, los años (década de 1850) del
choque demoledor de la modernidad occidental contra la cultura tradicional
de origen español. Queda claro que el grueso de la población
era profundamente tradicional, apegado al orden y, a las jerarquías
coloniales, al catolicismo y al idioma español, v que los
liberales ilustrados, portadores de las ideas modernas de progreso,
eran una minoría utópica y todavía desubicada
frente al contexto nacional, que pretendía imponer una modernidad
a la fuerza y de inmediato.
El vehículo de estas confrontaciones es doble. De un lado,
la caricatura, la exageración, la ironía. De otro,
el diálogo: hay diálogo entre los sexos, las clases
sociales, los partidos. Cada quien expresa cabalmente sus puntos
de vista. Sin embargo, el diálogo no es fructífero;
cada cual sigue aferrado a lo suyo. En ningún momento se
vislumbra una conciliación. La lucha partidista apenas comienza.
Víctima de esta confrontación, muere Manuela, la más
débil. Manuela, símbolo del pueblo, de la parroquia,
de la clase desposeída. Así, la parroquia (y por extensión
el pueblo, la clase trabajadora) es alegorizada en forma de mujer,
victimizada por la cultura dominante de signo varonil.
El diálogo no produce efectos positivos, porque está
montado en la premisa de que cada uno tiene la razón. Se
evidencia la falta de una conciencia de otredad. Se pretende imponer
una identidad en un conglomerado de diferencias. Al dialogar, cada
uno cree poseer la verdad, una y única verdad. Nunca se acepta
que el contrario pueda tener siquiera algo de razón. El otro
siempre es el equivocado, el «malo», a quien hay que subyugar, corregir
o educar. Por ejemplo, el liberal Demóstenes condena todo
lo que huela a tradicional o colonial como «superstición»
que es necesario superar (pp.126 y 135). Como no está dispuesto
a aceptar ninguna diferencia en relación con sus propias
ideas, nada se soluciona en la novela: el pobre sigue pobre, los
pueblos incomunicados, las ideas no sirven para mejorar la realidad,
las mujeres siguen siendo víctimas de los amos.
El discurso político, científico, costumbrista, realista,
objetivo, priva sobre los elementos estéticos (el drama,
la estructura, las peripecias y anagnórisis). La estética
cede ante la necesidad de presentar un «mensaje» o una posición
ideológica. Así, la estructura es acomodaticio y la
trama, a veces, inverosiml y forzada. La novela, sin embargo, no
carece de belleza. La expresa de manera magistral en las descripciones
del lugar ameno, ya tropicalizado y auténticamente nacional.
La expresa también en los diálogos, algunos de los
cuales son magistrales; en la expresión popular, y en la
caracterización de algunos personajes, sobre todo de Manuela.
El léxico es rico y variado.
De otro lado, la novela expresa de manera inigualable
el sueño de la clase dominante, aun hasta nuestros días:
el sueño de un lenguaje común, el sueño de
una sociedad transparente, uniforme, homogénea. El sueño
de «El gran mestizo» (de que hablara Fernando González) o
la cultura del mestizaje (como la ha denominado Otto Morales Benítez16).
Siempre hemos querido limar diferencias, cubrirnos todos con la
misma identidad. La nación se fundó sobre las bases
de un solo idioma (el español), una sola religión
(la católica), una sola raza (un mestizo que tire a blanco),
una sola regla (la del varón). La paradoja que se desprende
de la novela, al leerla desde estaperspeciva contemporánea,
es que la única realidad que logra transmitir el autor es
la de la diversidad Cómo fundar, a partir de ella, una identidad,
sin respetar los derechos de otro. En la novela fracasa la utopía.
1. Entre otros: «Una ronda de don Ventura Ahumada»,
cuento, Bogotá, 1858; «María Ticence o los pescadores del Funza»,
cuadro de costumbres, Bogotá, 1860; El rejo de enlazar, novela,
Bogotá, 1873
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2. «Contra el afrancesamiento», Bogotá, El Iris,
13 de abril de 1867.
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3. Otros críticos nacionales y extranjeros se
han ocupado con cierta profundidad de la novela: Tomás Rueda Vargas
(1942:.7-10). Antonio Curcio Altamar (1975: 136-140). Rafael Maya
(1968: 87-105). Cedomil Goic (1972: 57-60). óscar Gerardo Ramos
(1972: 13-19). Seymour Menton (1978: 53-107). Elisa Mújica (1985:
TI, pp.9-36). Raymond L. Wiliamns. (1989: 19-29).
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4. El debate sobre el colonialismo y el postcolonialismo
y en general sobre la dependencia cultural ha sido intenso en los
últimos años, sobre todo con motivo de la celebración del Quinto
Centenario de la llegada de CoIón a América. En relación con Manuela
utilizo el término «postcolonial» no sólo para aludir al período
que siguió a la independencia, sino también en el marco de tal debate.
A partir de la dialéctica entre el centro (Europa v Estados Unidos)
y, la periferia (Colombia), la novela aborda, con toda clase de
contradicciones y ambivalencias, pero de manera notable, como trataré
de señalar en estas páginas, la problemática de la búsqueda de identidades
tanto nacional como raciales v regionales. La novela alude también
a un entorno multicultural de consecuencias políticas. Para una
discusión teórica -al respecto véase, entre otros, Arif Dirlik (1994:
329-356).
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5. Las páginas citadas en el texto corresponden
a la edición de la editorial Bedout, Medellín, 1986
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6. Los términos «supercultura», «subcultura»
e «interculturación» son de Mark Slobin, citado por Ingrid Monson
(1994: 286).
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7. Frontera o «umbral», paso de la colonia a
la república, de la dependencia a la independencia. También de colonización,
avanzada del progreso, sobre todo, de c-ulturas diferentes en proceso
de mestizaje
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8 Esta forma aguerrida y emprendedora de caracterizar
a muchas mujeres por parte de Díaz, constituye un antecedente destacado
en relación con la caracterización que, décadas después, haría Carrasquilla
en su novela La marquesa de Yolombó.
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9. Por ejemplo Yngermina o la hija de Calamar.
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10. Véase el interesante, amplio y documentado
estudio de Alvaro Felix Bolanos (1994:138-149)
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11. La metáfora es de Micheal De certeau, citado
por Botafios, Ibid. P. 139.
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12. El uso del término «novadores» por parte
del novelista es interesante, porque alude a una venerable tradición
española, la de los «Novadores» (Diego de Saavedra y Fajardo, Francisco
Gutiérrez de los Ríos, Gregorio Mayáns y Siscar, Pedro Rodíguez
de Campomanes, Pablo Olavide y otros) quienes, a partir del siglo
XVII, renovaron la cultura española dentro de su misma tradición
y sin copiar valores extranjeros.
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13. La Mónita... se editó clandestinamente en
español en Barcelona y Madrid en 1835 y 1845 respectivamente. La
primera edición colombiana fue impresa en Santa Marta en 1849. Curiosamente,
su editor anónimo se la dedicó a Eugenio Sue, el autor de Los misterios
de París (1842-1843), y de El judt'o errante (1844-1845). Esta última
es una virulenta diatriba contra los jesuitas. Los misterios de
Paris, como se dijo, está expresamente citada en Manuela. La posición
anticlerícal de Sue motivó que todas sus obras fuesen condenadas
por el la Sagrada Congregación del índice. Véase Juan Camilo Rodríguez
Gómez (1994).
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14. Tanto la discusión sobre los jesuitas como
el tema de los embobados es muy frecuente en las novelas colombianas
de la época, como vimos enel Mudo y en Viene por mi i carga con
usted.
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15. En el fascinante relato que Manuel Ancizar
(1984: TI, 129-130, 160) hizo con ocasión de su viaje en 1850-1851
por gran parte del territorio del Oriente Colombiano, se describen
situaciones que coinciden casi puntualmente con las descritas por
Diaz en su novela. Afirma Ancizar que en el pueblo de Cunacua, en
el cantón de Oiba, provincia del Socorro, 1()s vecinos que poseen
instrucción aborrecen los cargos de juez y alcalde y se valen de
cualquier influencia «para que no recaiga en ellos el nombramiento,
echándolo sobre algún labriego ignorante. Lo dejan allí perdido
en el laberinto de un oficio que es incapaz de entender, o lo mueven
cual dócil instrumento para cubrir con el aparato de la justicia
sus venganzas personales (... ) se establece un torbellino de renuncias
Y nuevos nombramientos, que equivale a una vacante permanente del
empleo (... ) la República existe en la constitución escrita, en
las teorías del congreso (leyes) y en la intención de los altos
funcionarios; la proclaman y, la defienden las periodistas, la sostienen
moralmente los hombres ilustrados; pero en la realidad, en la base
del edificio, que es el distrito parroquial, no existe sino una
monstruosa mezcla de costumbres del régimen colonial, disfrazadas
con las fórmulas republicanas sin -vigor, sin la vida de las ideas
que sólo la cumplida ejecución de las leyes podrá infundirles. (De
esta situación se desprenden) males verdaderamente serios, pues
de ellos nace el descontento de las poblaciones agrícolas y un malestar
íntimo que a la menor ocasión se expresa y predispone los ánimos
a resistencias y revueltas». Agrega que «tal vez sea éste el origen
de la facilidad con que en nuestro país se traman y estallan las
revoluciones». En cuanto a los «tinterillos» afirma que «ora tramando
por su propia cuenta o fomentando las rencillas que no faltan entre
vecinos, ha creado tal cúmulo de causas criminales que la mitad
de los habitantes se hallan comprometidos como reos de imaginarios
delitos y la otra mitad como testigos. Sus enredos convierten pueblos
otrora prósperos en campos de discordia y desolación. La maldad
de algunos, en cuyas manos las leyes destinadas a proteger la sociedad
se transforman en armas venenosas que le hieren y le matan».
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16. Véase Otto Morales Benítez (1988: 33).
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