Pax (1907)
Pax es, sin duda, una de las novelas más
interesantes de época, por la ambición de su espectro
narrativo, el uso sobre saliente del lenguaje, sus múltiples
registros, la variedad de sus personajes y el trasfondo de historia
e ideología que la sustenta.
En ella quedan entrelazados lo sublime, lo bello,
la santidad, entrega, la nobleza, el desprendimiento y la generosidad
con la burla cruel, la bajeza, el vicio, la caricatura, los despojos
sangrantes, el odio y la sevicia. Fue escrita bajo los dictados
de la lucha partidista y, por eso, sus logros literarios quedan
a veces empañados y deformados algunos de sus elementos centrales.
Generalmente la crítica ha establecido correspondencias
puntuales entre la fábula y la realidad, olvidando resaltar
los aspectos novelísticos. Creo, sin embargo, que si le damos
a cada personaje y a cada escena la oportunidad de vibrar sólo
con las resonancias de su forma estética, sin pretender llegar
a conclusiones de verdad quizá podamos apreciar su real magnitud.
No es fácil deslindar el aporte de cada uno
de sus autores el poeta Lorenzo Marroquín (1856-1916), hijo
de José Manuel Marroquín, y José María
Rivas Groot (1863-1923), de quien ya analizamos su novela Resurrección
– pues la novela puede leerse de corrido, sin que sea posible determinar
los puntos de quiebre, las costuras, los cambios de estilo. Está
narrada por una única voz: un narrador omnisciente anónimo
no representado (heterodiegético intradiegético),
con lo cual Marroquín y Rivas Groot demuestran sus afinidades
ideológicas y de estilo.
Pax describe un conflicto político
de dimensiones gigantes que afecta la nación.1
Concurren tres partidos o facciones: El Ministerial, que detenta
el poder y profesa una ideología católica españolizante.
Los Integros, una facción de los ministeriales, que actúan
en la oposición por motivos de circunstancia política.
Y la Revaluación, un partido definido en la
novela corno de ideas anarquistas, ateas y anticlericales, compuesto
por líderes revolucionarios populistas en cuyos discursos
se invita a la lucha armada y se amenaza con expropiar la riqueza
de los de clase alta para repartirla entre los pobres.
Son ministeriales, entre otros, el presidente de la
República, de apellido San Martín, cuya participación
en la novela es mínima; el ministro de guerra y finanzas
general Pedro Alcántara Ronderos y los congresistas Alejandro
Borja y Roberto Avila, quienes al comenzar la guerra se hacen oficiales
del ejército, el primero con el rango de General y el segundo
de Coronel. Relacionados de cerca con los ministeriales están:
una prima de Roberto llamada Inés; Ana, la madre de Roberto;
Teresa, la madre de Inés; el conde francés Hugo Dax
Bellegarde; la hermana san Ligorio y el sacerdote Miranda. Pertenecen
a la raza blanca, son fieles practicantes de la religión
católica, se enorgullecen de sus altos abolengos españoles
o franceses, han tenido una educación esmerada y consideran
que su moral, sus creencias y sus ideales deben imperar en toda
la nación.
Las figuras más sobresalientes de los íntegros
son Sánchez Méndez, Alcón y Karlonoff. Sánchez
Méndez es uno de los miembros más poderosos del Congreso;
Melchor Alcón, a quien se le describe como «publicista y
filólogo», es un político avezado de provincia que
trabaja en un alto cargo a órdenes de Ronderos. Avanzada
la obra será nombrado ministro y luego elegido para el Congreso.
Aunque por sus actuaciones), pronunciamientos está en la
oposición, conserva su puesto, al igual que Karlonoff, por
generosidad del presidente, quien se esmera en mantener con este
grupo una actitud conciliatoria. Kalonoff es Carlos Onofre Sandoval,
«consultor técnico del ministerio», que utiliza aquel seudónimo
para firmar sus artículos de prensa.
El partido de la Revaluación está representado
por Floro Landáburo, el general González Mogollón,
Tubalcaín Cardoso v el Periodista Escipión Socarraz,
dueño del periódico Escipión Socarraz, dueño
del periódico " El Alacrán».
Otros Personajes con papeles protagónicos son
Ramón Montellano y su hija Dolores, quienes al comienzo no
aparecen alineados en cuestiones políticas, pero luego demuestran
su simpatía por revolucionistas. Montellano es un campesino
de provincia que por su sagacidad y capacidad de trabajo ha construido
una fortuna. Se ha radicado en la capital con Dolores. . Compra
ferrocarriles, colisiones completas de bonos de] gobierno y propiedades
de nobles arruinados (por ejemplo la casa señorial de Avila
y la finca de recreo de Borja. Participa tanto en política
como en sociedad y aprovecha la guerra civil para multiplicar su
fortuna. El general Polanco es uno de sus hombres de confianza.
Aura del Campo es la esposa de Cardoso. Creyéndolo
muerto se casa con Montellano, relación que termina cuando
se sabe en Bogotá que Cardoso ha abrazado la revolución
y actúa al mando de un fuerte destacamento. Es directora
de la revista «La mujer independientes, escribe novelas, monografias
históricas y defiende los derechos de la mujer.
Solón Carlos Mata, más conocido como
S.C. Mata, es un poeta que escribe versos «decadentes», ha Publicado
varios libros de poesía y dirige también una revista:
«La pagoda de Nietzsche».
Otros personajes menores son Sánchez de Peñanegra,
de profesión inventor, que se cree genial presenta innovaciones
ingenuas y risibles; Milán Gil, el Chispas, mayordomo de]
general Ronderos, que muere extraviado en una selva virgen en el
Magdalena; Gacharnah, un negociante de armas, servil aliado de Montellano;
y el afeminado capitán alemán Müller, comandante
de un barco ruinoso que llega al país para reforzar las fuerzas
del gobierno.
A pesar de la extensión considerable
de la obra2, la anécdota es
sencilla. Ha llegado a Bogotá el conde francés Hugo
Dax Bellegarde, representante de una firma franco-belga de ingenieros
e inversionistas, con el propósito de canalizar el río
Magdalena y hacer de Honda un puerto al que puedan llegar buques
marítimos de gran calado. Ronderos, como ministro de finanzas,
aprueba el contrato a pesar de la oposición de sus asesores
Alcón y Karlonoff. Avila, , quien para pagar sus deudas ha
debido vender la casa familiar a Montellano, invierte sus últimos
recursos en acciones de la nueva empresa. Las perspectivas de lucro
para los inversionistas y de progreso para el país son enormes:
se colonizarán las tierras ribereñas, habrá
empleo, riqueza, productos de exportación. Comienzan los
trabajos y en pocos meses los avances son notorios. Borja se desempeña
como adrninistrador de las obras. Entretanto sube el precio de las
acciones en las bolsas europeas.
Pero los íntegros se oponen al proyecto, no
sólo dentro de la administración sino también
en el Congreso, y los de la revaluación atacan al gobierno
con discursos incendiarios. La situación se complica. Ronderos
despide a Alcón y se produce una revuelta que pide la destitución
de Ronderos. El presidente accede para conservar el orden público
y nombra en su reemplazo a Alcón. A partir de ese momento
se precipitan los acontecimientos: luego de un álgido debate
en el Congreso, estalla la guerra: Landáburo se declara «presidente
provisorio» y, con el apoyo de Cardoso, recluta un ejército
y se hace fuerte en varias zonas del país. El presidente
Rama de nuevo a Ronderos y lo nombra comandante general de las fuerzas
militares.
Estos hechos cubren un poco más de la mitad
de la obra (hasta la página 244). El resto narra, de manera
pormenorizado, la inmensa confrontación bélica: los
combates en Honda Y «Puerto Borja» (en el Magdalena medio); la persecución
inclemente a los guerrilleros por las llanuras del Tolima; la desaparición
y muerte de Bellegarde, quien fue secuestrado por Socarraz; la campaña
de la Costa y el combate de Cartagena; la destrucción de
las obras de ingeniería y la quiebra de la compañía
constructora; y, finalmente, la larga y sangrienta mataza en los
páramos orientales de Bogotá, para detener la horda
de revolucionarios comandada por Cardoso y proveniente de los Llanos.
La novela combina de manera notable lo moderno con
lo primitivo. Al lado de ciertos inventos como la luz eléctrica,
el teléfono, el ferrocarril, las lanchas con motor de gasolina,
dragas y otras máquinas sofisticadas; de ciertas técnicas
para secar los pantanos, explotar la madera y el caucho; de cañones
y demás armamentos modernos utilizados por el ejército
oficial, aparecen la selva impenetrable, las fiebres y las fieras;
el fanatismo más recalcitrante; los procedimientos más
rudimentarios en los hospitales y las luchas salvajes a cuchillo,
bayoneta y machete. Así pues, los protagonistas viven en
dos mundos: el de la civilización, refinamiento, lujo y comodidad,
adornado con cuadros famosos, vinos finos y maneras europeas; y
el bárbaro y salvaje.
También, a manera de contrapunto,
se habla en la novela de la idea del arte por el arte y del pragmatismo
ingenieril, este último unido al ánimo de lucro. Bellegarde,
Ávila y Borja se han formado bajo los conceptos de la educación
estética. Sostienen conversaciones sobre pintura, música,
literatura, y en ellas esbozan las teorías de moda. Hablan
de Nietzsche, Goethe, Zola, Tennyson, Cyrano de Bergerac, Verlaine,
además de otros autores y compositores de moda3.
Es Wagner, sin embargo, el artista más destacado en distintas
partes de la obra. Bellegarde lo define como un revolucionario del
arte, y afirma que antes que músico era filósofo:
«Consiguió encarnar en la forma viva del drama lírico,
los pensamientos más profundos, más abstractos. (...)
Subordinó la voz humana a la orquesta. Nadie como él
conoce los efectos de cada instrumentos (p.25). Son también
abundantes las alusiones de estos mismos personajes a temas técnicos
y financieros.
En Bellegarde los autores configuran el ideal masculino
de la época. En él confluyen las dos vertientes que
definen la modernidad: el arte y la tecnología. Se trata
de un hombre joven, inteligente, elegante, con las maneras refinadas
del dandy. Habla bien el español aunque conserva un lejano
acento francés. Son notables sus conocimientos de ingeniería
y finanzas, su sentido práctico y su capacidad para adaptarse
a la selva. Al mismo tiempo, al afirmar que el verdadero objeto
de la existencia es el arte, da a la vida un sentido estético,no
religioso.
La guerra, la política y el amor determinan
la trama. Roberto Ávila, quien se considera de altos abolengos,
aunque empobrecido, sólo espera recuperar su fortuna (con
las inversiones en la canalización) para pretender en amores
a su bella prima Inés, muchacha de la más alta distinción
bogotana. A pesar de todas sus virtudes, Roberto la encuentra a
veces fría y distante, como si fuese incapaz de sentir el
soplo de la pasión. Al conocer a Dolores Montellano, Roberto
vacila. Dolores carece de abolengos, sus cabellos o sus manos no
son tan finas corno él quisiera y sus maneras no se han librado
del todo de algún gesto plebeyo; pero estudia francés
y música y lee connotados autores europeos. Esta vacilación
se mantiene a lo largo del relato. Al final se decide por Inés
pero también se ha enamorado de Inés, pero al creerla
comprometida con Roberto evita manifestar sus sentimientos. Sólo
en los momentos anteriores a su muerte, e irónicamente por
conducto del propio Roberto, se anima a enviarle su mensaje de amor.
Alejandro Borja es protagonista de otra extraña
historia de amor. Durante un viaje por Europa y Jerusalén
tuvo oportunidad de conocer y encontrarse repetidamente con Berta
de Mortemar, una bella francesa que lo cautivó. La muchacha,
sin embargo, elige la vida religiosa y adopta el nombre de Hermana
san Ligorio. Destinada a América, durante la guerra sirve,
con otras compañeras, como enfermera en los hospitales improvisados;
siempre abnegada, silenciosa, dispuesta al misticismo y al sacrificio.
Trabaja con el ejército comandado por Alejandro y muere en
un asalto de las guerrillas.En general, a la mujer se la valora
con base en el esteticismo y la moral de corte europeo que practican
los ministeriales. Por esto, los papeles protagónicos femeninos
quedan definidos a partir de la mirada patriarcal, con elementos
ya desgastada de la tradición del siglo anterior: educadas
para el matrimonio, son piadosas y conservan la virtud. El decoro
no permite a los autores presentarlas en situaciones pasionales.
El lector desconoce, por lo general, sus sentimientos y sus verdaderos
rasgos psicológicos
Varios espacios o escenarios sirven de soporte estructural.
Son lugares de encuentro, de encrucijada, de peripecia y anagnórisis.
En ellos ocurren diálogOs9 discursos, pronunciamientos Políticos;
se sellan alianzas o quedan al descubierto los conflictos. Al comienzo
se describe una cena en casa de doña Ana con la presencia
de Ronderos, Bellegarde, Roberto, Inés y Miranda. Otros encuentros
Ocurren en el teatro, durante la representación de la opera
«Werther» de Massenet por una famosa compañía italiana,
cuyo argumento se narra con detalle; en la casa de Montebello, con
ocasión de su matrimonio con Aura; en el Congreso de la República,
donde se celebra una reñida e importante votación;
en la oficina ministerial de Ronderos; en dos ocasiones en la posada
«El Consuelo» en el camino de Honda; en el pueblo de Ubaque durante
las vacaciones; en un banquete en el hotel Bicontinental en honor
de Landáburo; en un baile de máscaras la noche de
año nuevo; en el hipódromo y en los campos de batalla.
Algunos de estos encuentros parecen inverosímiles, como los
de la posada «El Consuelo», donde en el espacio de unas pocas horas
se cruzan por azar individuos como Ronderos, Ávila, Borja,
Montellano, Inés, la Hermana san Ligorio, el Dr. Miranda,
Socarraz y otros, que han permanecido distantes y sin comunicación
entre si por meses y que no se han dado cita previa.
En el comienzo de este comentario aludí a los
múltiples registros de la obra. Me refiero, en especial,
a dos estrategias narrativas entreverados, la lírica y
la épica, y al uso de la ironía. La dimensión
lírica se relaciona con los estados de conciencia, los sentimientos
principalmente amorosos de los protagonistas y ciertos espacios
interiores como residencias, patios, salones, en concordancia con
tales estados de conciencia. Hay descripciones de muebles, tapices,
manteles, cortinajes, floreros, copas de cristal, prismas que cuelgan
en los candelabros, la luz de una lámpara que ilumina los
objetos sobre la mesa. A doña Ana «le hacen compañía
objetos insignificantes. para un extraño, pero que hablan
para ella un lenguaje intimo y resumen épocas enteras
de su vida» (p.62). Se describen cenas en las que se sirven con
el más riguroso ritual vinos extranjeros y viandas refinadas,
y en las que se desarrollan largas conversaciones. Es notable la
descripción de la última visita que hace Roberto a
su casa antes de entregársela a Montellano: al recorrer las
habitaciones y corredores la nostalgia lo lleva a remontarse hacia
el pasado, para dar cuenta de las glorias de su familia a través
de las generaciones. Este ejercicio logra su punto culminante al
llegar al salón principal, donde están colgados los
retratos al óleo de sus antepasados que incluyen al que fuera
compañero de Gonzalo Jiménez de Quesada en la fundación
de la ciudad de Bogotá y a aquéllos que obtuvieron
honores reales o se hicieron héroes en las guerras de la
independencia. Al considerar su situación actual, Roberto
siente una enorme tristeza, pues considera pues considera su bancarrota
no sólo económica sino también moral; él
es el último y el más indigno. En otros episodios
se habla de Alejandro Borja, quien dedica sus horas libres a la
pintura. Uno de sus cuadros representa la alegría de una
multitud que asiste al hipódromo y otro la tristeza de un
campo después de la batalla, es decir, las delicias de la
paz y los horrores de la guerra. Estos cuadros sirven de tema a
otros protagonistas.
Hay otros motivos finamente concebidos que enfatizan
el contenido lírico de la obra. Las rosas, por ejemplo. Aparecen
al comienzo sobre el piano de Inés. Bellegarde las ha traído
del jardín con motivo de una velada intima. Al final, Bellegarde,
poco antes de morir, saca de su cartera unos pétalos secos
de aquellas rosas, para enviárselos a Inés como prueba
de su inquebrantable devoción. En otro lugar se cuenta
la historia del rosal de la casa de Ávila. Las cepas fueron
traídas de España por alguna abuela, y fueron siempre
un símbolo familiar. Cuando Montellano toma posesión
de la casa, abre puertas y ventanas estruendosamente y destruye
el rosal a bastonazos, pues prefiere otro tipo de flores.
La dimensión épica está dada
por las descripciones de los grandes espacios: el mar, las llanuras,
montañas, ríos y seIvas y, sobre todo, por la grandiosidad
de las batallas, la marcha de los ejércitos, la muerte multiplicada,
la destrucción y el holocausto causados por ideologías
en conflicto y por ambiciones personales. Son notables las marchas
de] ejército Oficial por los llanos inmensos del Tolima en
persecución de Socarraz y en el intento de salvar la vida
de Bellegarde; las luchas cuerpo a cuerpo en las montañas
en medio de la oscuridad nocturna; el sórdido y doloroso
ambiente de los hospitales; los campos cubiertos de cadáveres
y el extravío y muerte de Chispas en un inmenso territorio
de ciénagas y selva virgen. Algunos ejemplos:
«Entre gritos salvajes se precipitan al encuentro
del enemigo. En mitad de la pendiente un choque colosal ( ) ruido
de aceros, gritos, caballos que huyen sin jinete ( ) lanzas que
se hunden» (p.274). Los combatientes «enloquecidos, embriagados
de sangre, pelean a fuego y hierro, se mezclan, se derriban, se
muerden, se estrangulan, se apuñalan» (p.350).
En los hospitales, «las emanaciones de gangrena, de
fiebre, de podredumbre, quedaban mezclarlas con el olor de los desinfectantes
( ) Un herido, boca abajo, dejaba caer sobre un platón la
sangre que goteaba de su nariz: una hemorragia incontenible lo mataba
lentamente» (p.325). «Los médicos, inclinados, impasibles,
cortan la carne, asierran los huesos, esculcan las entrañas,
sin cuidarse de los alaridos del. paciente» (p.348).
Uno de estos hospitales es víctima del incendio:
«tras el tejón rojizo sólo se vislumbra la muchedumbre
de enfermos, revolviéndose entre las llamas ( ) las palmeras
y los edificios, los follajes tupidos, la paja y el maderamen de
la techumbre, de los muros, arden en una sola llamarada (...)
del cráter pavoroso revientan remolinos de chispas» (p.275).
«Hace pocos meses las locomotoras pitaban alegremente
entre el bosque (...) era la conquista del hombre sobre la selva,
sobre el río, sobre la barbarie. Ahora la selva toma venganza,
invade las bodegas (... ) los caimanes duermen en las playas sin
que los ahuyente el incesante vaivén de los vapores (...)»;
los caimanes están bien comidos «con los cadáveres
que bajan de tantos combates» (p.276).
Después de la lucha «Yacían cadáveres
insepultos por los caminos. Bandadas de gallinazas que Oscurecían
el sol, atraídos de distancias inconmensurables por el olor
de la podredumbre (... ) cruzaban el espacio como nubarrones de
tempestad. Caen, cubriendo el suelo de un manto negro, llenando
el espacio de graznidos se sacian, sin que se agote el espléndido
festín de carne humana. Cadáveres que han perdido
la orzadas muestran la red de nervios, la masa informe
la piel y en posiciones forzadas muestran la red de
nervios, la masa informa de los músculos descubiertos» i
(p.346). "Un grupo de hombres y mujeres de facha siniestra
registra los cadáveres, los vuelven, los desnudan, hurtan
baratijas miserables, prendas de vestir, despojos manchados de sangre"
(p.347).
La ironía puede establecerse desde dos perspectivas.
Como ironía trágica, dada por episodios que resaltan
lo insulso y lo cruel de aquellas actitudes arrogantes o ciegas
que conducen muchedumbres al sacrificio cruento. El final de Avila
es, también, ejemplo de ironía trágica: actúa
con el mayor heroísmo en todos los combates; en el último
una bala lo deja tendido en orilla del camino. Sus soldados avanzan
enloquecidos para dar la carga final y al pasar le gritan «cobarde»:
creen que esta ahí, entre el rastrojo, para esconderse. Esta
palabra injuriosa queda resonando en su conciencia mientras la vida
se le escapa por la herida.
La ironía,
en su aspecto caricaturesco y burlón4
es utilizada como arma de venganza, sectarismo y pasión política.5
S.C. Mata
es el más deformado por la caricatura. Se trata de un poeta
morfinómano, petimetre, objeto de escarnio social, que asume
las posiciones más radicales. Ha publicado varios libros
con títulos como "El Oriente eterno", "El cantar de mis cantares"
y "Líneas rojas"-. No sólo se caricaturiza su persona,
también su obra, con el uso de la parodia6.
Termina suicidándose ("ése se mata") de manera teatral
en el momento culminante de una ópera de Wagner7
Aura del Campo sirve a los autores para ridiculizar
ciertas tendencias feministas que ya se presentaban en aquella sociedad
tradicional. Se la muestra como una especie de marimacho. La voz
narrativa pone en su boca las siguientes palabras: «Me asfixio en
este país. Anhelo la patria de George Sand, Anais de Segalais,
Madame Staél, Madame Caven esas mujeres varoniles vivieron
de su Pluma. Allí una mujer puede ser hombre de letras» (p.
1 39).
Con las descripciones de Montellano se busca ridiculizar
a quienes no fueron formados dentro de los patrones de la Atenas
surarmericana y, por lo tanto, desconocen la filología, no
son poetas ni pertenecen al circulo bogotano que desde la colonia
setenta el poder. Montellano simboliza una clase social en ascenso:
la de los cultivadores de caña de azúcar y café,
la de los colonos que en aquellas décadas abrieron el centro
montañoso de] país y llegaban a la capital dispuestos
a participar en el manejo de la cosa pública. Sus modales
son bruscos, hablan recio, escriben sin ortografía y gastan
a manos llenas. Es notable, por ejemplo, el contraste entre la desmesura
del banquete que ofrece Montellano por motivo de su boda, que recuerda
el episodio de las bodas de Camacho del Quijote, y la mesura
de la cena que ofrece doña Ana al comienzo de la novela.
Respecto de Alcón se alude a "esa sonrisa falsa,
esa nariz curva, esos ojos de ave de rapiña" (p.140). Se
le presenta como oportunista, falso, capaz de fraguar traiciones
y componendas políticas. En cuestiones de amor, en cambio,
es un incapaz, un tímido. Está enamorados de Dolores,
cifra en esta alianza su futuro profesional, pero no logra expresar
sus sentimientos.
Mientras Bellegarde, como se dijo, aparece como el
prototipo ideal del ser humano, Karlonoff encarna los atributos
contrarios. Es un "hombrecillo rechoncho, moreno, de ojos inquietos,
con una nariz enrome" (p.33) Odia la llegada de extranjeros a quienes
ataca con un discurso nacionalista incoherente y afirma que Suramérica
es para los suramericanos" (p.199). Sus alardes de conocimiento
técnico resultan retóricos y vacuos y las necesidades
del ejército terminan causando una inmensa matanza.
La presencia de un tal senador Pinillos sirve para
ridiculizar las votaciones en el Congreso. Sin comprender el asunto
en discusión, vota unas veces a favor y otras en contra,
con lo cual siempre se llega a un empate. "Aquel imbécil,
víctima de una enfermedad cerebral, había sido electo
acaso por una transacción entre dos círculos. Se hacía
llevar de la mano a las sesiones" (p.199).
La ironía permea otras instancias de la narración.
Cuando Bellegarde interpreta al piano el adagio de una majestuosa
sonata de Beethoven, Maratón, el perro de la familia Avila,
lo "acompaña" con sus aullidos (.26). Más ridículos
aún son los episodios del barco alemán: perteneció
al rey Luis II de Baviera y Wagner viajó en él dirigiendo
para el rey su ópera "El buque fantasma". Muller, el capitán,
a quien se le describe como un homosexual apasionado por el arte,
no alcanza a distinguir entre lo que sucede en el escenario y lo
que sucede en la realidad. Cuando el barco entra al combate que
se desarrolla en la bahía de Cartagena, se desata una tempestad.
El vejete reblandecido cree que los rayos que caen del cielo, los
disparos y el incendio que abrasa su navío son parte de una
representación teatral. Cuando finalmente se da cuenta de
su error, y con el ánimo de vengarse del ultraje que el arte
ha recibido, se suicida haciendo estallar la caldera.
Uno de los grandes logros de la novela europea dei
XIX fue la creación del antihéroe, es decir, de aquel
personaje cuya alma está escindida entre la creencia y la
duda, entre el valor y la cobardía, entre la virtud y el
vicio. Es aquel que fluctúa y evoluciona, y cuya personalidad
es compleja e impredecible. En Pax este logro es deformado
por el interés de crear caricaturas o tipos, no personajes,
con lo cual se afecta la credibilidad y, en cierta medida, se hace
de la novela un panfleto. Lo que afirmé antes sobre las mujeres
es válido, en general, para todos los personajes, aun para
aquéllos no sometidos a tratamientos irónicos. Su
psicología no evoluciona, no demuestran libertad interior,
son planos, acartonados y están determinados moralmente.
El «bueno» siempre lo es y el «malo» no tiene redención.
Algo similar ocurre con los asuntos religiosos y políticos:
las ideas quedan expresadas de manera simplista, esquemática,
ciega. Las propias se consideran inamovibles y las contrarias se
reducen a caricatura. Por esta causa los conflictos no se resuelven.
Desde el comienzo soplan los vientos de la violencia.
A poco de comenzar, el Dr. Miranda pronuncia una frase latina que
se convierte en leit motiv:: Vocem terroris audivimus, fornido
et non est pax: «Escuchamos las voces del terror y tememos
que no haya paz». La locura, la ambición personal, los negociados
de armas, buques o productos de exportación, las confiscaciones
arbitrarias, el secuestro, se adueñan de un entorno pacífico,
de un territorio rico y bello en el cual, en otras circunstancias,
el progreso y el arte serían posibles. Las dos ideologías
en conflicto - el tradicionalismo católico jerárquico
y autoritario y un socialismo populista con visos de anarquismo
- presentadas de manera burda y simple, chocan ciegamente sin que
en ningún momento haya la posibilidad de un entendimiento.
No sólo quedan en ruina las obras de la canalización;
el país entero sufre los horrores bélicos y miles
de soldados, casi todos de origen campesino, encuentran la muerte
cruenta en un ambiente apocalíptico.
1. Aunque los nombres de personas, lugares y
partidos políticos han sido modificados, se trata, por supuesto,
de la guerra de los Mil Días, que afectó al país entre 1899 y 1903
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2. Cito por la edición de Oveja Negra, Bogotá,
1986, 355 págs. La primera edición es de la imprenta de «La Luz»,-
Bogotá, 1907.
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3. Al analizar estos pasajes es fácil establecer
correspondencias con las otras novelas de Rivas Groot, en especial
con Resurreción
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4. La caricatura se logra con las formas retóricas
de la sátira, la ironía, la parodia, y ocupa grandes secciones,
en especial, en los capítulos II, III, XX, XXI de la primera parte
y II y XII de la segunda.
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5. Eduardo Santa (1990) ha encontrado estrechas
correspondencias con personajes históricos. San Martín sería José
Manuel Marroquín; Floro Landáburo, Rafael Uribe Uribe; Tubalcaín
Cardoso, Bejamín Herrera el general Polanco, Gabriel Vargas Santos;
Escipión Socarraz, José Ignacio Gálvez; Pedro Alcántara Ronderos,
Pedro Nel ospina; Alejandro Borja Alejandro Urdaneta; Roberto Ávila,
Roberto de Narváez; Ramón Montellano, Pepe Sierra; Dr. Miranda,
Carlos Cortes Lee; Sánchez Mendez, Carlos Martinez SiIva; Melchor
Alcón, Marco Fidel Suárez Karlonoff, Franciso Javier Vergara. En
Aura del Campo hay elementos que corresponden a Soledad Acosta de
Samper.
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6. En el texto de la novela aparecen muchos
de los poemas que se le atribuyen a Mata. Se trata, en realidad,
de un alarde poético de Lorenzo Marroquín y Rivas Groot, para repetir,
parafrasear y parodiar poemas modernistas de Silva y de Guillermo
Valencia, sobre todo los nocturnos del primero y poemas como «Palemón
el Estilita» y «Los camellos» del segundo.
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7. (1997: 49 ) Atribuye la presencia de este
personaje desfigurado en la novela al rencor de Lorenzo Marroquín
y José María Rivas-Groot contra José Asunción Silva. En el Periódico
La miscelánea de Medellín (octubre 1887 y abril 1888), Silva, bajo
el seudónimo de José Luis Ríos, había entrevistado a un tal Mr.
Collins. Allí afirmó que Marroquín (y otros) «se preocupan Más por
hacer malos versos que por servirle al país» y que «el estudio preliminar
al Parnaso colombiano (elaborado por Rivas Groot) es una característica
muestra de literatura cursi, a un tiempo imperceptible e inconmensurable».
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